Revista espírita — Periódico de estudios psicológicos — 1858
Enero
La rapidez con la que se han propagado por todas las partes del mundo los extraños fenómenos de las manifestaciones espíritas, es una prueba del interés que suscitan. Al principio han sido un simple objeto de curiosidad, pero no tardaron en despertar la atención de los hombres serios que han vislumbrado, desde un comienzo, la inevitable influencia que deben tener sobre el estado moral de la sociedad. Las ideas nuevas que de ellos surgen se popularizan cada día más, y nada ha de detener su progreso, por la sencilla razón de que esos fenómenos están al alcance de todo el mundo, o de casi todos, y que ningún poder humano puede impedir que se produzcan. Si se los sofoca en un punto, reaparecen en otros cien. Por lo tanto, los que pudiesen ver en ellos algún inconveniente, serán obligados por la fuerza de las cosas a sufrir las consecuencias, como sucede con las industrias nuevas que, en su origen, rozan los intereses privados, y con las cuales todos terminan poniéndose de acuerdo, porque no podría ser de otro modo. ¡Qué no se ha hecho y dicho contra el magnetismo! Y, sin embargo, todos los dardos que se han arrojado contra él, todas las armas con las que lo han golpeado —incluso la del ridículo— se han debilitado ante la realidad, y para lo único que han servido ha sido para ponerlo cada vez más en evidencia. Lo que ocurre es que el magnetismo es un poder natural y, delante de las fuerzas de la Naturaleza, el hombre es un pigmeo que se parece a esos perritos que ladran inútilmente contra aquello que los asusta. Sucede con las manifestaciones espíritas lo mismo que con el sonambulismo; si ellas no se producen públicamente a la luz del día, nadie puede oponerse a que tengan lugar en la intimidad, ya que cada familia puede encontrar un médium entre sus miembros, desde el niño hasta el anciano, así como también puede encontrar un sonámbulo. Entonces, ¿quién podría impedir a cualquier otra persona llegar a ser médium o sonámbulo? Sin duda, los que combaten la cuestión no han reflexionado acerca de la misma. Una vez más, cuando una fuerza está en la Naturaleza, se la puede detener por un instante, ¡pero nunca destruirla! No se hace más que desviar su curso. Por consecuencia, el poder que se revela en el fenómeno de las manifestaciones, cualquiera que sea su causa, está en la Naturaleza, como el magnetismo; por lo tanto, no será destruido, como no puede destruirse la fuerza eléctrica. Lo que es necesario hacer es observarlo y estudiar todas sus fases para deducir las leyes que lo rigen. Si es un error, una ilusión, el tiempo hará justicia; si es verdad, la verdad es como el vapor: cuanto más se lo comprime, mayor es su fuerza de expansión.
Es para sorprenderse con razón que, mientras en América, solamente los Estados Unidos poseen diecisiete diarios consagrados a esas materias, sin contar con una multitud de escritos no periódicos, Francia —uno de los países de Europa donde esas ideas se han aclimatado más rápidamente— no posea más que uno. * Por consiguiente, no se debería poner en duda la utilidad de un órgano especial que tenga al público al corriente del progreso de esta nueva ciencia, previniéndolo contra la exageración de la credulidad, así como también del escepticismo. Es esta laguna que nos proponemos llenar con la publicación de esta Revista, con el objetivo de ofrecer un medio de comunicación a todos los que se interesen por esas cuestiones, y para unir con un lazo común a aquellos que comprenden la Doctrina Espírita bajo su verdadero punto de vista moral: la práctica del bien y la caridad evangélica para con todo el mundo.
* Hasta el presente no existe en Europa más que un solo periódico consagrado a la Doctrina Espírita; nos referimos al Journal de l'âme, publicado en Ginebra por el Dr. Boessinger. En América, el único periódico en francés es el Spiritualiste de la NouvelleOrléans, publicado por el Sr. Barthès. [Nota de Allan Kardec.]
Si no se tratase más que de una compilación de hechos, la tarea sería fácil; éstos se multiplican en todos los puntos con tal rapidez, que no faltaría material; pero narrar solamente hechos se volvería monótono como consecuencia de su cantidad y, sobre todo, de su similitud. Lo que es necesario al hombre que reflexiona, es algo que hable a su inteligencia. Pocos años han pasado desde la aparición de los primeros fenómenos, y ya nos encontramos lejos de las mesas giratorias y parlantes, que no han sido más que su infancia. Hoy en día es una ciencia que devela todo un mundo de misterios, que hace patentes las verdades eternas que nuestro espíritu sólo presentía; es una Doctrina sublime que muestra al hombre el camino del deber y que abre el campo más vasto que haya sido dado a la observación del filósofo. Por lo tanto, nuestra obra sería incompleta y estéril si nos quedáramos en los estrechos límites de una revista anecdótica, cuyo interés se agotaría rápidamente.
Quizá nos objeten la calificación de ciencia que damos al Espiritismo. Sin duda que no podría tener, en ningún caso, los caracteres de una Ciencia exacta, y ahí está precisamente el error de aquellos que pretenden juzgarlo y someterlo a experimentación como a un análisis químico o un problema matemático; ya es suficiente que tenga el carácter de una ciencia filosófica. Toda ciencia debe estar basada en hechos; pero los hechos por sí solos no constituyen la ciencia; la ciencia nace de la coordinación y de la deducción lógica de los hechos: es el conjunto de las leyes que los rigen. ¿Ha llegado el Espiritismo al estado de ciencia? Si se entiende por ésta una ciencia perfecta, sería sin duda prematuro responder afirmativamente; pero las observaciones son hoy bastante numerosas como para poder, por lo menos, deducir de ellas los principios generales, y es ahí donde comienza la ciencia.
La apreciación razonada de los hechos y de las consecuencias que de ellos derivan es, por consiguiente, un complemento sin el cual nuestra publicación sería de una mediocre utilidad y sólo ofrecería un interés muy secundario para aquel que reflexiona y que quiere darse cuenta de lo que ve. Sin embargo, como nuestro objetivo es llegar a la verdad, acogeremos todas las observaciones que nos sean dirigidas e intentaremos, tanto como nos lo permita el estado de los conocimientos adquiridos, disipar las dudas y esclarecer los puntos aún oscuros. Nuestra Revista será así una tribuna abierta, pero donde la discusión nunca deberá faltar el respeto a las leyes más estrictas de las conveniencias. En una palabra, discutiremos, pero no disputaremos. Las inconveniencias del lenguaje jamás han sido buenas razones a los ojos de las personas sensatas; son las armas de los que no tienen otra cosa mejor, y estas armas se vuelven contra quienes se sirven de las mismas.
Aunque los fenómenos de que nos ocupamos se hayan producido en estos últimos tiempos de una manera más general, todo prueba que han tenido lugar desde los tiempos más remotos. No sucede con los fenómenos naturales lo mismo que con las invenciones que siguen el progreso del espíritu humano; desde que aquéllos están en el orden de las cosas, su causa es tan antigua como el mundo y los efectos han debido producirse en todas las épocas. Entonces, no somos testigos hoy de un descubrimiento moderno: es el despertar de la Antigüedad, pero de la Antigüedad despojada del entorno místico que ha engendrado las supersticiones, y de la Antigüedad esclarecida por la civilización y por el progreso de las cosas positivas.
La consecuencia capital que resulta de esos fenómenos es la comunicación que los hombres pueden establecer con los seres del mundo incorpóreo y el conocimiento que, dentro de ciertos límites, pueden adquirir sobre su estado futuro. El hecho de las comunicaciones con el mundo invisible se encuentra en términos inequívocos en los relatos bíblicos; pero por una parte, para ciertos escépticos, la Biblia no tiene en absoluto una autoridad suficiente; por otra parte, para los creyentes, son hechos sobrenaturales, suscitados por un favor especial de la Divinidad. Por lo tanto, esto no sería para todo el mundo una prueba de la generalidad de esas manifestaciones si no las encontrásemos en mil otras fuentes diferentes. La existencia de los Espíritus y su intervención en el mundo corporal, está atestiguada y demostrada, no como un hecho excepcional, sino como un principio general, en san Agustín, san Jerónimo, san Juan Crisóstomo, san Gregorio Nacianceno y en muchos otros Padres de la Iglesia. Además, esta creencia forma la base de todos los sistemas religiosos. Los más sabios filósofos de la Antigüedad la han admitido: Platón, Zoroastro, Confucio, Apuleyo, Pitágoras, Apolonio de Tiana y tantos otros. Nosotros la encontramos en los misterios y en los oráculos, entre los griegos, los egipcios, los hindúes, los caldeos, los romanos, los persas, los chinos, etc. La vemos sobrevivir a todas las vicisitudes de los pueblos, a todas las persecuciones, y desafiar todas las revoluciones físicas y morales de la Humanidad. Más tarde la encontramos entre los adivinos y hechiceros de la Edad Media, en las willis y en las valquirias de los escandinavos, en los elfos de los teutones, en los leschies y en los domeschnies doughi de los eslavos, en los ourisks y en los brownies de Escocia, en los poulpicans y en los tensarpoulicts de los bretones, en los cemíes del Caribe, en una palabra, en toda la falange de ninfas, genios buenos y malos, silfos, gnomos, hadas y duendes, los cuales pueblan el espacio de todas las naciones. Encontramos la práctica de las evocaciones en Kamchatka —uno de los pueblos de Siberia—, en Islandia, entre los indios de América del Norte, entre los aborígenes de México y del Perú, en la Polinesia y hasta entre los estúpidos salvajes de Australia. Porque algunos absurdos hayan rodeado y tergiversado esta creencia según los tiempos y los lugares, no se puede negar que ella parte de un mismo principio, más o menos desfigurado; luego, una doctrina no se vuelve universal, ni sobrevive a millares de generaciones, como tampoco se implanta de un polo a otro entre los pueblos más disímiles y en todos los grados de la escala social, sin estar fundada sobre algo positivo. ¿Qué es ese algo? Es lo que nos demuestran las recientes manifestaciones. Buscar las relaciones que puedan haber entre estas manifestaciones y todas esas creencias, es buscar la verdad. La historia de la Doctrina Espírita es, de alguna forma, la historia del espíritu humano; tendremos que estudiarla en todas esas fuentes que nos han de proporcionar una mina inagotable de observaciones, tan instructivas como interesantes, sobre hechos generalmente poco conocidos. Esta parte nos dará la ocasión de explicar el origen de una multitud de leyendas y de creencias populares, sabiendo diferenciar la verdad, de la alegoría y de la superstición.
En lo que concierne a las manifestaciones actuales, haremos una relación todos los fenómenos patentes de los que seamos testigo o los que lleguen a nuestro conocimiento, cuando nos parezca que merecen la atención de nuestros lectores. Haremos lo mismo con los efectos espontáneos que a menudo se producen entre las personas que son más extrañas a la práctica de las manifestaciones espíritas y que revelan la acción de un poder oculto o la independencia del alma; tales son los casos de visiones, apariciones, doble vista, presentimientos, advertencias íntimas, voces secretas, etc. Al relato de los hechos daremos la explicación de los mismos, tal cual resulte del conjunto de los principios. Haremos notar al respecto que esos principios son aquellos que derivan de la propia enseñanza dada por los Espíritus y que siempre haremos abstracción de nuestras propias ideas. No será, pues, en absoluto, una teoría personal la que expondremos, sino la que nos haya sido comunicada y de la cual no seremos más que su intérprete.
Una gran parte será igualmente reservada a las comunicaciones escritas o verbales de los Espíritus, cada vez que tengan un objetivo útil, así como las evocaciones de personajes antiguos o modernos, conocidos o desconocidos, sin dejar a un lado las evocaciones íntimas que frecuentemente no son menos instructivas; en una palabra, abarcaremos todas las fases de las manifestaciones materiales e inteligentes del mundo incorpóreo.
En fin, la Doctrina Espírita nos ofrece la única solución posible y racional de una multitud de fenómenos morales y antropológicos, de los que somos diariamente testigos y de los que se buscará en vano su explicación en todas las doctrinas conocidas. Colocaremos en esta categoría, por ejemplo, la simultaneidad de los pensamientos, la anomalía de ciertos caracteres, las simpatías y las antipatías, los conocimientos intuitivos, las aptitudes, las propensiones, los destinos que parecen marcados por la fatalidad, y en un cuadro más general, el carácter distintivo de los pueblos, su progreso o su degeneración, etc. Ampliaremos la cita de los hechos con la búsqueda de las causas que han podido producirlos. De la apreciación de los mismos resultarán naturalmente enseñanzas útiles sobre la línea de conducta más acorde con la sana moral. En sus instrucciones, los Espíritus superiores tienen siempre por objetivo fomentar en los hombres el amor al bien, por medio de la práctica de los preceptos evangélicos; nos trazan así el pensamiento que debe presidir la redacción de esta compilación.
Nuestro cuadro —como se ve— comprende todo lo que se relaciona con el conocimiento de la parte metafísica del hombre; la estudiaremos en su estado presente y en su estado futuro, porque estudiar la naturaleza de los Espíritus es estudiar al hombre, ya que éste un día deberá formar parte del mundo de los Espíritus; es por eso que hemos añadido a nuestro título principal el de periódico de estudios psicológicos, a fin de hacer comprender todo su alcance.
Nota. — Por múltiples que sean nuestras observaciones personales, y las fuentes de donde las hemos extraído, no disimulamos ni las dificultades de la tarea, ni nuestra insuficiencia. Para suplirlas, contamos con la benévola colaboración de todos aquellos que se interesan en estas cuestiones; estaremos, pues, muy agradecidos por las comunicaciones que consientan en hacernos llegar sobre los diversos objetos de nuestros estudios; a este efecto, llamamos la atención para los siguientes puntos sobre los cuales podrán proporcionarnos documentos:
1º) Manifestaciones materiales o inteligentes obtenidas en las reuniones a las que se haya asistido.
2°) Hechos de lucidez sonambúlica y de éxtasis.
3°) Casos de segunda vista, previsiones, presentimientos, etc.
4°) Hechos relacionados al poder oculto atribuido, con o sin razón, a ciertos individuos.
5°) Leyendas y creencias populares.
6°) Casos de visiones y apariciones.
7°) Fenómenos psicológicos particulares que algunas veces suceden en el instante de la muerte.
8°) Problemas morales y psicológicos a resolver.
9°) Hechos morales, actos notables de devoción y abnegación, cuyo ejemplo pueda ser útil propagar.
10°) Indicación de obras antiguas o modernas, francesas o extranjeras, donde se encuentren hechos relacionados a la manifestación de inteligencias ocultas, con la designación y —si es posible— la cita bibliográfica de los pasajes. Lo mismo en lo que concierne a la opinión emitida sobre la existencia de los Espíritus y sus relaciones con los hombres, por autores antiguos o modernos, cuyo nombre y saber puedan conferirles autoridad. Sólo daremos a conocer los nombres de las personas que consientan en hacernos llegar comunicaciones, cuando estemos formalmente autorizados por las mismas.
Resp. «–Según vosotros, el Espíritu no es nada; esto es un error; nosotros ya hemos dicho que el Espíritu es algo, y es por eso que puede obrar por sí mismo; pero vuestro mundo es demasiado grosero para que pueda hacerlo sin intermediario, es decir, sin el lazo que une el Espíritu a la materia.
» Nota – El lazo que une el Espíritu a la materia, si no es inmaterial, es por lo menos impalpable; esta respuesta no resolvería la cuestión si no tuviésemos el ejemplo de fuerzas igualmente imponderables que obran sobre la materia: es así que el pensamiento es la causa primera de todos nuestros movimientos voluntarios y que la electricidad derriba, levanta y transporta masas inertes. De lo que no se conoce el móvil, sería ilógico concluir que éste no existe. Por lo tanto, el Espíritu puede tener palancas que nos son desconocidas; la Naturaleza nos prueba todos los días que su fuerza no se detiene ante el testimonio de los sentidos. En los fenómenos espíritas, la causa inmediata es indiscutiblemente un agente físico, pero la causa primera es una inteligencia que obra sobre este agente, como nuestro pensamiento obra sobre nuestros miembros. Cuando queremos golpear, es nuestro brazo que obra, no es el pensamiento el que golpea: éste es quien dirige al brazo.
Preg. –Entre los Espíritus que producen efectos físicos, los que llamamos golpeadores ¿forman una categoría especial o son los mismos que producen los movimientos y los ruidos?
Resp. «–El mismo Espíritu puede ciertamente producir efectos muy diferentes, pero los hay quienes se ocupan más particularmente de ciertas cosas, como entre vosotros tenéis los herreros y los hacedores de proezas.»
Preg. –El Espíritu que obra sobre los cuerpos sólidos, ya sea para moverlos o para golpear, ¿penetra en la propia substancia de los cuerpos o actúa fuera de la misma?
Resp. «–Lo uno y lo otro; hemos dicho que la materia no es un obstáculo para los Espíritus; ellos penetran todo.»
Preg. –Las manifestaciones materiales, tales como los ruidos, el movimiento de los objetos y todos esos fenómenos provocados frecuentemente, ¿son producidos indistintamente por los Espíritus superiores y por los Espíritus inferiores?
Resp. «–Sólo los Espíritus inferiores se ocupan de esas cosas. Los Espíritus superiores se sirven de ellos algunas veces, como tú lo harías con un changador, a fin de que ejecute su cometido. ¿Puedes creer que los Espíritus de un orden superior estén a vuestras órdenes para divertiros con trivialidades? Es como preguntar si, en vuestro mundo, los hombres sabios y serios hacen cosas de juglares y bufones.»
Nota – En general, los Espíritus que se revelan por efectos físicos son de un orden inferior. Ellos divierten o impresionan a aquellos para los cuales el espectáculo visual tiene más atractivo que el ejercicio de la inteligencia; son, de cierto modo, los saltimbanquis del mundo espírita. A veces actúan espontáneamente; en otras ocasiones, por orden de los Espíritus superiores.
Preg. –¿Cómo probar que el poder oculto que actúa en las manifestaciones espíritas está fuera del hombre? ¿No podría pensarse que reside en sí mismo, es decir, que obra bajo el impulso de su propio Espíritu?
Resp. «–Cuando una cosa se hace contra tu voluntad y tu deseo, ciertamente que no eres tú quien la produce; pero a menudo eres la palanca de la que se sirve el Espíritu para obrar, y tu voluntad viene en su ayuda; tú puedes ser un instrumento más o menos conveniente para él.»
Nota – Es precisamente en las comunicaciones inteligentes que la intervención de un poder extraño se vuelve patente. Cuando esas comunicaciones son espontáneas y ajenas a nuestro pensamiento y a nuestro control, cuando responden a preguntas cuya solución es desconocida por los asistentes, es necesario buscar la causa fuera de nosotros. Esto se hace evidente para cualquiera que observe los hechos con atención y perseverancia; los detalles de sus matices escapan al observador superficial.
Preg. –¿Todos los Espíritus son aptos para dar manifestaciones inteligentes?
Resp. «–Sí, puesto que todos los Espíritus son inteligencias; pero como los hay de todos los grados, es como entre vosotros: unos dicen cosas insignificantes o estúpidas y otros cosas sensatas.»
Preg. –¿Todos los Espíritus son aptos para comprender las preguntas que se les propone?
Resp. «–No; los Espíritus inferiores son incapaces de comprender ciertas preguntas, lo que no les impide que respondan bien o mal; es igual que entre vosotros.»
Nota – Esto demuestra que es esencial ponerse en guardia contra la creencia en el saber indefinido de los Espíritus. Sucede con ellos lo mismo que con los hombres: no es suficiente con interrogar al primero que llega para obtener una respuesta sensata; es necesario saber a quién uno se dirige.
Evocaciones particulares
Hace algunos meses atrás la señora ... había visto desencarnar a su única hija de catorce años, objeto de toda su ternura y muy digna de sus lamentos por las cualidades que prometían hacer de ella una mujer cabal. Esta joven había sucumbido a una larga y dolorosa enfermedad. La madre, inconsolable ante esta pérdida, veía que su salud se alteraba a cada día y repetía sin cesar que pronto ella iría a reunirse con su hija. Informada de la posibilidad de comunicarse con los seres del Más Allá, la señora ... resolvió buscar, en una conversación con su hija, un alivio a su pena. Una dama de su conocimiento era médium; pero al ser una y otra poco experimentadas para semejantes evocaciones, sobre todo en una circunstancia tan solemne, me pidieron para que yo asistiera a la misma. Éramos tres: la madre, la médium y yo. He aquí el resultado de esta primera sesión.
LA MADRE –En el nombre de Dios Todopoderoso, Espíritu Julie ..., mi hija querida, te ruego que vengas si Dios lo permite.
JULIE –¡Mamá, estoy aquí!
LA MADRE –¿Sos realmente vos, hija mía, que me responde? ¿Cómo puedo saber que sos vos? JULIE –Lili.
(Era un sobrenombre familiar dado a la joven en su infancia; no era conocido ni por la médium ni por mí, puesto que desde varios años sólo se la llamaba por su nombre de Julie. Ante esta señal, la identidad era evidente; la madre no pudo dominar su emoción y estalló en sollozos.)
JULIE –¡Mamá! ¿Por qué te afligís? Soy feliz, muy feliz; no sufro más y te veo siempre.
LA MADRE –Pero yo no te veo. ¿Dónde estás?
JULIE –Aquí, a tu lado, mi mano está sobre la señora ... (la médium) para hacerla escribir lo que te digo. Mirá mi escritura. (En efecto, la escritura era la de su hija.)
LA MADRE –Vos decís: mi mano; ¿Entonces tenés un cuerpo?
JULIE –No tengo más ese cuerpo que me hacía sufrir tanto; pero tengo su apariencia. ¿No estás contenta de que yo no sufra más, ya que puedo conversar con vos?
LA MADRE –Entonces, ¿si te viera, te reconocería?
JULIE –Sí, sin duda, y a menudo ya me viste en tus sueños.
LA MADRE –Realmente, te vi en mis sueños, pero creí que era un efecto de mi imaginación, un recuerdo. JULIE –No; era yo la que siempre estaba con vos, buscando consolarte; fui yo que te inspiré la idea de evocarme. Tengo muchas cosas para decirte. Desconfiá del señor ...; él no es sincero.
(Ese señor, conocido únicamente por la madre y nombrado tan espontáneamente, era una nueva prueba de la identidad del Espíritu que se manifestaba.)
LA MADRE –¿Qué puede, pues, hacer contra mí el señor ...?
JULIE –No puedo decírtelo; esto me está vedado. Solamente puedo advertirte que desconfíes de él.
LA MADRE –¿Estás entre los ángeles?
JULIE –¡Oh, todavía no! No soy lo bastante perfecta.
LA MADRE –Sin embargo, no te conocí ningún defecto; eras buena, dulce, amorosa y benévola para con todo el mundo; ¿esto no es suficiente?
JULIE –Para vos, mamá querida, yo no tenía ningún defecto; ¡y me lo creía, porque frecuentemente me lo decías! Pero ahora veo lo que me falta para ser perfecta.
LA MADRE –¿Cómo vas a adquirir las cualidades que te faltan?
JULIE –En nuevas existencias que serán cada vez más felices.
LA MADRE –¿Será en la Tierra que tendrás esas nuevas existencias?
JULIE –No lo sé.
LA MADRE –Puesto que no habías hecho mal alguno durante tu vida, ¿por qué sufriste tanto?
JULIE –¡Pruebas! ¡Pruebas! Las he soportado con paciencia por mi confianza en Dios; soy muy feliz hoy. ¡Hasta pronto, mamá querida!
En presencia de semejantes hechos, ¿quién osaría hablar de la nada después de la tumba, cuando la vida futura se nos revela –por así decirlo– tan palpable? Esta madre, minada por la tristeza, siente hoy una felicidad inefable al poder conversar con su hija; entre ellas no existe más la separación; sus almas se entrelazan y se expanden en el seno de una y de otra por el intercambio de sus pensamientos.
A pesar del velo con el cual hemos rodeado este relato, no nos hubiéramos permitido publicarlo, si no estuviésemos formalmente autorizados para ello. Nos decía esta madre: ¡Si todos los que han visto partir de la Tierra a sus afectos, pudiesen sentir el mismo consuelo que yo!
Por nuestra parte, solamente agregaremos una palabra dirigida a los que niegan la existencia de los buenos Espíritus: les preguntaremos cómo podrían probar que esta joven, en Espíritu, era un demonio maléfico.
Aunque desde otro punto de vista, la siguiente evocación no ofrece un menor interés.
Un señor, al que designaremos con el nombre de Georges, farmacéutico en una ciudad del Sur, hacía poco había visto desencarnar a su padre, objeto de toda su ternura y de una profunda veneración. El Sr. Georges padre unía a una sólida instrucción todas las cualidades que hacen al hombre de bien, aunque profesaba opiniones muy materialistas. Al respecto, su hijo compartía e incluso sobrepasaba las ideas de su padre; dudaba de todo: de Dios, del alma, de la vida futura. El Espiritismo no podía concordar con tales pensamientos. Sin embargo, la lectura de El Libro de los Espíritus le produjo una cierta reacción, corroborada por una conversación directa que hemos tenido con él. «Si mi padre pudiese responderme –decía–, yo no dudaría más.» Fue entonces que tuvo lugar la evocación que vamos a narrar, y en la cual encontraremos más de una enseñanza.
–En el nombre del Todopoderoso ruego a mi padre, en Espíritu, que se manifieste. ¿Estáis cerca de mí? «Sí.» –¿Por qué no os manifestáis a mí directamente, ya que nos hemos amado tanto? «Más adelante.» –¿Podremos reencontrarnos un día? «Sí, pronto.» – ¿Nos amaremos como en esta vida? «Más.» –¿En qué estado os halláis? «Soy feliz.» –¿Estáis reencarnado o errante? «Errante por poco tiempo.»
–¿Qué sensación habéis tenido cuando dejasteis vuestra envoltura corporal? «Turbación.» –¿Cuánto tiempo ha durado esa turbación? «Poco para mí, mucho para ti.» –¿Podéis apreciar la duración de esa turbación, según nuestra manera de contar? «Diez años para ti, diez minutos para mí.» –Pero no ha transcurrido todo ese tiempo desde que os he perdido, puesto que no han pasado más que cuatro meses. «Si tú, que estás encarnado, estuvieses en mi lugar, hubieras sentido ese tiempo.»
–¿Creéis ahora en un Dios justo y bueno? «Sí.» –¿Y creíais en Él en vuestra vida en la Tierra? «Lo presentía, pero no creía en Él.» – ¿Dios es Todopoderoso? «No me he elevado hasta Él para medir su poder; sólo Él conoce los límites de su poder, porque sólo Él es su igual.» –¿Se ocupa Él con los hombres? «Sí.» – ¿Seremos punidos o recompensados según nuestros actos? «Si haces el mal, sufrirás por ello.» –¿Seré recompensado si hago el bien? «Avanzarás en tu senda.» –¿Estoy en la buena senda? «Haz el bien y lo estarás.» –Creo ser bueno, pero yo sería mejor si como recompensa pudiese un día encontraros. «¡Que este pensamiento te sostenga y te dé coraje!» –¿Mi hijo será tan bueno como su abuelo? «Desarrolla sus virtudes, sofoca sus vicios.»
–Esto me parece tan maravilloso que no puedo creer que nos comuniquemos así en este momento. «¿De dónde viene tu duda?» – De que por compartir vuestras opiniones filosóficas, me incliné a atribuir todo a la materia. «¿Ves a la noche lo que ves de día?» – ¡Oh, padre mío! ¿Estoy, entonces, en la noche? «Sí.» –¿Qué veis de más maravilloso? «Explícate mejor.» –¿Habéis encontrado a mi madre, a mi hermana, y a Ana, la querida Ana? «Las he vuelto a ver.» –¿Las veis cuando queréis? «Sí.»
–¿Os es penoso o agradable que me comunique con vos? «Es una felicidad para mí si puedo llevarte hacia el bien.» –Al regresar a casa, ¿cómo podría hacer para comunicarme con vos, lo que me vuelve tan feliz? Eso serviría para conducirme y ayudarme mejor a educar a mis hijos. «Cada vez que un movimiento te lleve hacia el bien, síguelo; seré yo quien te ha de inspirar.»
–Me callo por temor a importunaros. «Habla más, si quieres.» –Ya que me lo permitís, os haré todavía algunas preguntas. ¿De qué afección habéis muerto? «Mi prueba había llegado a su término.» – ¿Dónde habíais contraído el absceso pulmonar que se hubo producido? «Poco importa; el cuerpo no es nada, el Espíritu lo es todo.» –¿De qué naturaleza es la enfermedad que me despierta tan a menudo de noche? «Lo sabrás más adelante.» –Creo que mi afección es grave y quisiera vivir aún para mis hijos. «No es nada; el corazón del hombre es una máquina de vida; deja actuar a la Naturaleza.»
–Ya que estáis aquí presente, ¿con qué forma lo estáis? «Con la apariencia de mi forma corporal.» –¿Estáis en un lugar determinado? «Sí, detrás de Ermance» (la médium). 18 –¿Podríais aparecernos visiblemente? «¿Para qué? Tendríais miedo.»
–¿Nos veis a todos aquí reunidos? «Sí.» –¿Tenéis una opinión sobre cada uno de los aquí presentes? «Sí.» –¿Quisierais decir algo a cada uno de nosotros? «¿En qué sentido me haces esta pregunta?» – Desde el punto de vista moral. «En otra ocasión; por hoy ha sido suficiente.»
El efecto que esta comunicación produjo en el Sr. Georges fue inmenso, y una luz totalmente nueva parecía ya aclarar sus ideas; en una sesión que tuvo lugar al día siguiente en la casa de la señora Roger, sonámbula, acabó de disipar las pocas dudas que pudieron haber quedado. He aquí un extracto de la carta que nos ha escrito al respecto. «Esta dama ha entrado espontáneamente conmigo en detalles muy precisos en lo que atañe a mi padre, a mi madre, a mis hijos y a mi salud; ha descrito con tal exactitud todas las circunstancias de mi vida, incluso recordando hechos que habían escapado hacía mucho tiempo de mi memoria; en una palabra, ella me ha dado pruebas tan patentes de esta maravillosa facultad de la que están dotados los sonámbulos lúcidos, que la reacción de las ideas en mí ha sido completa desde ese momento. En la evocación, mi padre me había revelado su presencia; en la sesión sonambúlica, yo era –por así decirlo– el testigo ocular de la vida extracorpórea, de la vida del alma. Para describir con tanta minuciosidad y exactitud, y a doscientas leguas de distancia, lo que sólo era conocido por mí, era algo digno de ser visto; ahora bien, ya que no podía hacerlo con los ojos del cuerpo, había por lo tanto un lazo misterioso e invisible que unía a la sonámbula con las personas y las cosas ausentes, a las que nunca había visto; por consecuencia, había algo fuera de la materia. ¿Qué podía ser ese algo, si no es lo que se llama alma, el ser inteligente del cual el cuerpo es sólo la envoltura, pero cuya acción se extiende mucho más allá de nuestra esfera de actividad?»
Hoy el Sr. Georges no sólo ha dejado de ser materialista, sino que es uno de los adeptos más fervientes y activos del Espiritismo, por lo que es doblemente feliz, por la confianza que ahora le inspira el porvenir y por el placer motivado que encuentra en hacer el bien.
Esta evocación, muy simple al principio, no es menos notable en más de un aspecto. El carácter del Sr. Georges padre se refleja en sus respuestas breves y sentenciosas que le eran habituales; hablaba poco y jamás decía una palabra inútil; pero el que habla, ya no es más el escéptico: reconoce su error; su Espíritu es más libre, más clarividente, y describe la unidad y el poder de Dios con estas admirables palabras: Sólo Él es su igual; antes, cuando estaba encarnado, él atribuía todo a la materia; ahora dice: El cuerpo no es nada, el Espíritu lo es todo; y esta otra frase sublime: ¿Ves a la noche lo que ves de día? Para el observador atento, todo tiene un alcance, y es así que encuentra a cada paso la confirmación de las grandes verdades enseñadas por los Espíritus.
Si las primeras manifestaciones espíritas han hecho numerosos adeptos, han encontrado no sólo muchos incrédulos, sino también los adversarios más encarnizados y, frecuentemente, hasta los interesados en su descrédito. Hoy los hechos han hablado tan alto que obligan a aceptar la evidencia, y si aún existen incrédulos sistemáticos, podemos predecirles con certeza que no pasarán muchos años antes de que suceda con los Espíritus lo mismo que con la mayoría de los descubrimientos, que han sido combatidos a ultranza o considerados como utopías por aquellos mismos cuyo saber debería haberlos hecho menos escépticos en lo tocante al progreso. Ya hemos encontrado a muchas personas, entre las que no han podido profundizar estos extraños fenómenos, que están de acuerdo que nuestro siglo es tan fecundo en cosas extraordinarias, y que la Naturaleza tiene tantos recursos desconocidos, que sería más que una ligereza negar la posibilidad de lo que no se comprende. Éstos dan prueba de sabiduría. Mientras tanto, he aquí una autoridad que no podría ser sospechosa de prestarse con ligereza a una mistificación: es uno de los principales diarios eclesiásticos de Roma, la Civiltà Cattolica (Civilización Católica). Reproducimos a continuación un artículo que este diario publicó en el mes de marzo último, y se verá que sería difícil probar la existencia y la manifestación de los Espíritus con argumentos más perentorios. Es verdad que diferimos del mismo acerca de la naturaleza de los Espíritus; sólo admite a los malos, mientras que nosotros admitimos a los buenos y a los malos: éste es un punto que trataremos más adelante con todo el desarrollo necesario. El reconocimiento de las manifestaciones espíritas por una autoridad tan seria y respetable es un punto capital; por lo tanto, sólo resta juzgarlas: es lo que haremos en el próximo número. L'Univers (El Universo), al reproducir este artículo, lo hace preceder de las sabias reflexiones siguientes:
«Por ocasión de una obra publicada en Ferrara, sobre la práctica del magnetismo animal, hemos hablado últimamente a nuestros lectores de los sabios artículos que acaban de aparecer en la Civiltà Cattolica, de Roma, sobre la Necromancia moderna, reservándonos el hacérselos conocer más ampliamente. Damos hoy el último de estos artículos, que contiene en algunas páginas las conclusiones de la revista romana. Además del interés que naturalmente se atribuye a esas materias y la confianza que debe inspirar un trabajo publicado por la Civiltà, la oportunidad particular de la cuestión, en este momento, nos dispensa de llamar la atención sobre un asunto que muchas personas han tratado en la teoría y en la práctica de una manera muy poco seria, a despecho de esta regla de vulgar prudencia que aconseja que cuanto más extraordinarios son los hechos, con más circunspección se debe proceder.»
He aquí este artículo: «De todas las teorías que se han expuesto para explicar naturalmente los diversos fenómenos conocidos con el nombre de espiritualismo americano, no hay ninguna que alcance su objetivo, y menos aún que llegue a dar la explicación de todos esos fenómenos. Si una u otra de estas hipótesis fuese suficiente para explicar algunos, habría siempre muchos que quedarían inexplicados e inexplicables. La superchería, la mentira, la exageración, las alucinaciones deben por cierto formar parte ampliamente en los hechos citados; pero después de haber realizado este descuento, resta todavía una cantidad tal que, para negar la realidad, sería necesario rechazar todo crédito en la autoridad de los sentidos y del testimonio humano. Entre los hechos en cuestión, un cierto número puede explicarse con la ayuda de la teoría mecánica o mecánicofisiológica; pero hay una parte, y mucho más considerable, que de ninguna manera puede prestarse a una explicación de este género. A este orden de hechos se relacionan todos los fenómenos en los cuales los efectos obtenidos superan evidentemente la intensidad de la fuerza motriz que debería –dicen– producirlos. Tales son: 1°) Los movimientos, los sobresaltos violentos de masas pesadas y sólidamente equilibradas, a la simple presión y al solo contacto de las manos; 2°) Los efectos y los movimientos que se producen sin contacto alguno, por consecuencia, sin ningún impulso mecánico, ya sea inmediato o mediato; y, en fin, esos otros efectos que son de una naturaleza en que se manifiestan, en quien los produce, una inteligencia y una voluntad distintas a las de los experimentadores. Para explicar estos tres órdenes de hechos diversos, tenemos todavía la teoría del magnetismo; pero por más amplias concesiones que se esté dispuesto a hacer, e incluso admitiéndola a ojos cerrados, todas las hipótesis gratuitas en las cuales se basa, todos los errores y los absurdos de 28 que está plagada, y las facultades milagrosas que atribuye a la voluntad humana, al fluido nervioso y a cualquier otro agente magnético, esta teoría jamás podrá explicar –con ayuda de sus principios– cómo una mesa magnetizada por un médium, manifiesta en sus movimientos una inteligencia y una voluntad propias, es decir, diferentes a las del médium, y que a veces son contrarias y superiores a la inteligencia y a la voluntad de éste.
«¿Cómo dar la explicación de semejantes fenómenos? ¿Queremos también nosotros recurrir a no sé qué causas ocultas o a qué fuerzas aún desconocidas de la Naturaleza? ¿O a explicaciones nuevas de ciertas facultades, de ciertas leyes que hasta el presente habían permanecido inertes y como adormecidas en el seno de la Creación? Sería como confesar abiertamente nuestra ignorancia y enviar el problema a que aumente el número de tantos enigmas que el Espíritu humano no ha podido hasta el presente encontrar la clave, ni podrá jamás hacerlo. Por lo demás, no dudamos en confesar nuestra ignorancia con respecto a los varios fenómenos en cuestión, cuya naturaleza es tan equívoca y tan desconocida que nos parece que el partido más sabio sea el de no buscar explicarlos. En compensación, existen otros para los cuales no nos parece difícil encontrar la solución; es verdad que es imposible buscarla en las causas naturales; pero, ¿por qué entonces dudaríamos en recurrir a esas causas que pertenecen al orden sobrenatural? Quizás estuviésemos desviados por las objeciones que nos oponen los escépticos y aquellos que, al negar este orden sobrenatural, nos dicen que no se puede definir hasta dónde se extienden las fuerzas de la Naturaleza; que el campo que falta descubrir a las Ciencias físicas no tiene límites y que nadie sabe suficientemente bien cuáles son los límites del orden natural para poder indicar con precisión el punto donde termina uno y comienza el otro. La respuesta a semejante objeción nos parece fácil: admitiendo que no se pueda determinar de una manera precisa el punto de división de estos dos órdenes opuestos – el orden natural y el orden sobrenatural–, de esto no se deduce que no pueda definirse con certeza si tal efecto pertenece a uno o a otro de esos órdenes. ¿Quién puede, en el arco iris, distinguir el punto preciso donde termina uno de los colores y donde comienza el siguiente? ¿Quién puede fijar el instante exacto donde termina el día y donde comienza la noche? Y, sin embargo, no hay un hombre que sea tan limitado como para sacar en conclusión que no puede saber si tal zona del arco iris es roja o amarilla, o si a tal hora es de día o de noche. ¿Quién es aquel que no comprende que para conocer la naturaleza de un hecho, de ningún modo es necesario pasar por el límite donde comienza o donde termina la categoría a la cual pertenece, y que basta constatar si reúne los caracteres que son propios de esta categoría?
«Apliquemos esta observación tan simple a la presente cuestión: nosotros no podemos decir hasta dónde van las fuerzas de la Naturaleza; sin embargo, al darse un hecho podemos frecuentemente determinar con certeza –según ciertos caracteres– que pertenece al orden sobrenatural. Y para no salir de nuestro problema, entre los fenómenos de las mesas parlantes, hay varios que, a nuestro entender, manifiestan esos caracteres de la manera más evidente; tales son aquellos en los cuales el agente que mueve las mesas obra como causa inteligente y libre, al mismo tiempo que muestra una inteligencia y una voluntad que le son propias, es decir, superiores o contrarias a la inteligencia y a la voluntad de los médiums, de los experimentadores y de los asistentes; en una palabra, son distintas de éstas, cualquiera que pueda ser la manera que atestigüe esta distinción. En casos semejantes somos obligados a admitir, sea como fuere, que este agente es un Espíritu y no un Espíritu humano, y que por lo tanto está fuera de este orden, de esas causas que tenemos la costumbre de llamar naturales, de las que –digamos– no superan las fuerzas del hombre.
«Tales son precisamente los fenómenos que, así como lo hemos dicho anteriormente, han resistido a cualquier otra teoría fundada en los principios puramente naturales, mientras que en la nuestra encuentran una explicación más fácil y más clara, ya que cada uno sabe que el poder de los Espíritus sobre la materia sobrepasa en mucho las fuerzas del hombre; y que no hay efecto maravilloso, entre los citados de la necromancia moderna, que no pueda ser atribuido a su acción.
«Sabemos muy bien que al ver que ponemos aquí a los Espíritus en escena, más de un lector sonreirá con piedad. Sin hablar de esas personas que, como verdaderos materialistas, no creen en absoluto en la existencia de los Espíritus y rechazan como siendo una fábula todo lo que no sea materia ponderable y palpable, así como los que, a pesar de admitir que existen los Espíritus, les niegan cualquier influencia y cualquier intervención en lo que atañe a nuestro mundo; hay en nuestros días muchos hombres que, por más que atribuyan a los Espíritus lo que ningún buen católico podría negarles –a saber: la existencia y la facultad de intervenir en los hechos de la vida humana de una manera oculta o patente, ordinaria o extraordinaria–, parecen, entretanto, desmentir su fe en la práctica, y consideran como una vergüenza, como un exceso de credulidad y como una superstición de viejas, admitir la acción de estos mismos Espíritus en ciertos casos especiales, contentándose con no negarla en tesis general. Y, a decir verdad, desde hace un siglo se han burlado tanto de la simplicidad de la Edad Media, acusándola de ver por todas partes Espíritus, maleficios y hechiceros, y se ha hablado tanto sobre ese asunto, que no es sorprendente que tantas cabezas débiles, que quieren parecer fuertes, sientan de aquí en adelante repugnancia y una especie de vergüenza por creer en la intervención de los Espíritus. Pero este exceso de incredulidad no es menos irracional que lo que no haya podido ser en otras épocas el exceso contrario; y si creer demasiado conduce, en semejante materia, a vanas supersticiones, no querer admitir nada, por otro lado, lleva directamente a la impiedad del naturalismo. Por consiguiente, el hombre sabio, el cristiano prudente deben evitar también esos dos extremos y mantenerse firmes en la línea intermedia: porque es ahí que se encuentra la verdad y la virtud. Ahora bien, en la cuestión de las mesas parlantes, ¿hacia qué lado nos hará inclinar una fe prudente?
«La primera, la más sabia de las reglas que nos impone esta prudencia, nos enseña que para explicar los fenómenos que ofrecen un carácter extraordinario, no se debe recurrir a las causas sobrenaturales sino cuando las que pertenecen al orden natural sean insuficientes para darles una explicación. De donde se deduce, en cambio, la obligación de admitir las primeras, cuando las segundas son insuficientes. Y éste es justamente nuestro caso; en efecto, entre los fenómenos de los que hemos hablado, existen aquellos en los cuales ninguna teoría y ninguna causa puramente natural podría explicarlos. Por lo tanto, no es solamente prudente, sino también necesario buscar su explicación en el orden sobrenatural o, en otras palabras, atribuirlos exclusivamente a los Espíritus, ya que, por fuera y por encima de la Naturaleza, no existe otra causa posible.
«He aquí una segunda regla, un criterium infalible para establecer, con relación a un hecho cualquiera, si pertenece al orden natural o sobrenatural: es examinar bien los caracteres y determinar, según los mismos, la naturaleza de la causa que lo ha producido. Ahora bien, los más maravillosos hechos de este género, los que no puede explicar ninguna otra teoría, ofrecen caracteres tales que demuestran una causa, no solamente inteligente y libre, sino también dotada de una inteligencia y de una voluntad que no tienen nada de humano; por consecuencia, esta causa no puede ser otra que exclusivamente un Espíritu.
«Así, por dos caminos, uno indirecto y negativo, que procede por exclusión, el otro directo y positivo, el cual está fundado en la propia naturaleza de los hechos observados, hemos arribado a esta misma conclusión, a saber: que entre los fenómenos de la necromancia moderna hay, por lo menos, una categoría de hechos que sin ninguna duda son producidos por los Espíritus. Hemos llegado a esta conclusión por un razonamiento tan simple y tan natural que, al aceptarlo, lejos del temor de ceder a una imprudente credulidad, al contrario, creeríamos dar prueba –si nos negáramos a admitirlo– de una debilidad y de una incoherencia de espíritu imperdonables. Para confirmar nuestra aserción, los argumentos no nos faltarían; lo que sí nos falta son el espacio y el tiempo para desarrollarlos aquí. Lo que hemos dicho hasta ahora es plenamente suficiente y puede resumirse en las cuatro siguientes proposiciones:
«1°) Entre los fenómenos en cuestión, separando razonablemente lo que se puede atribuir a la impostura, a las alucinaciones y a las exageraciones, existe todavía un gran número cuya realidad no puede ponerse en duda sin violar todas las leyes de una crítica saludable.
«2°) Todas las teorías naturales que hemos expuesto y discutido anteriormente son impotentes para dar una explicación satisfactoria de todos esos hechos. Si explican algunos, dejan un número mayor (y éstos son los más difíciles) totalmente inexplicados e inexplicables.
«3°) Al implicar la acción de una causa inteligente ajena al hombre, los fenómenos de este último orden sólo pueden explicarse a través de la intervención de los Espíritus, sea cual fuere, además, el carácter de esos Espíritus, cuestión de la que nos ocuparemos más adelante.
«4°) Todos estos hechos pueden dividirse en cuatro categorías: muchos de ellos deben ser rechazados como falsos o como producidos por la superchería; en cuanto a los otros, los más simples y los más fáciles de concebir, tales como las mesas giratorias, admiten en ciertas circunstancias una explicación puramente natural; por ejemplo, la de un impulso mecánico; una tercera clase se compone de fenómenos más extraordinarios y más misteriosos, sobre la naturaleza de los cuales se duda aún, porque, aunque parecen sobrepasar las fuerzas de la Naturaleza, no presentan, sin embargo, caracteres tales que se deba evidentemente recurrir –para explicarlos– a una causa sobrenatural. Finalmente, colocamos en la cuarta categoría los hechos que, al ofrecer de una manera evidente esos caracteres, deben ser atribuidos a la operación invisible y exclusiva de los Espíritus.
«¿Pero quiénes son esos Espíritus? ¿Son buenos o malos? ¿Ángeles o demonios? ¿Almas bienaventuradas o almas réprobas? La respuesta a esta última parte de nuestro problema no podría ser dudosa, por poco que sean considerados, de un lado, la naturaleza de esos diversos Espíritus, y del otro, el carácter de sus manifestaciones. Es lo que nos queda por demostrar.»
Historia de Juana de Arco DICTADA POR ELLA MISMA A LA SEÑORITA ERMANCE DUFAUX
He aquí una cuestión que a menudo nos ha sido presentada: la de saber si los Espíritus que responden con mayor o menor precisión a las preguntas que se les dirigen, podrían hacer un trabajo de gran extensión. La prueba está en la obra de la cual hablamos, porque aquí no es más una serie de preguntas y respuestas, es una narración completa y continuada como hubiera podido hacerla un historiador, y que contiene una infinidad de detalles poco o nada conocidos sobre la vida de la heroína. A los que podrían creer que la señorita Dufaux se ha inspirado en sus conocimientos personales, responderemos que ella ha escrito este libro a la edad de catorce años y que había recibido la instrucción que reciben todas las jóvenes de buena familia, educadas con esmero; pero aunque tuviese una memoria fenomenal, no es en los libros clásicos donde se pueden obtener documentos íntimos que difícilmente se encontrarían en los archivos de la época. Los incrédulos –lo sabemos– siempre tendrán mil objeciones que hacer; pero para nosotros, que hemos visto a la médium en acción, el origen del libro no admite ninguna duda.
Aunque la facultad de la señorita Dufaux se presta a la evocación de cualquier Espíritu, nosotros mismos hemos comprobado, en las comunicaciones personales que nos ha transmitido, que su especialidad es la Historia. De la misma manera, ella ha escrito la de Luis XI y la de Carlos VIII, que serán publicadas como la de Juana de Arco. Se ha presentado en la Srta. Dufaux un fenómeno bastante curioso. Al principio, era una muy buena médium psicógrafa y escribía con gran facilidad; poco a poco se volvió médium psicofónica, y a medida que esta nueva facultad se desarrolló, la primera disminuyó; hoy en día escribe poco o muy difícilmente; pero lo que tiene de singular, es que al hablar necesita tener un lápiz en la mano, simulando escribir; es preciso una tercera persona para recoger sus palabras, como las de la sibila. Al igual que todos los médiums favorecidos por los Espíritus buenos, nunca recibió comunicaciones que no fueran de un orden elevado.
Tendremos ocasión de volver a la Historia de Juana de Arco para explicar los hechos de su vida relacionados con el mundo invisible, y citaremos lo que ella ha dictado de más notable a su intérprete con respecto a este tema. (1 vol. in 12º; 3 fr. Librería Dentu, en el PalaisRoyal.)
CONTIENE LOS PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA ESPÍRITA
Febrero
Escala espírita
TERCER ORDEN – ESPÍRITUS IMPERFECTOS
SEGUNDO ORDEN – ESPÍRITUS BUENOS
PRIMER ORDEN – ESPÍRITUS PUROS
ESPÍRITUS ERRANTES O ENCARNADOS En el aspecto de las cualidades íntimas, los Espíritus son de diferentes órdenes, que recorren sucesivamente a medida que se depuran. Con respecto al estado en que se encuentran, pueden hallarse: encarnados, es decir, unidos a un cuerpo en algún mundo, o errantes, es decir, despojados del cuerpo material y esperando una nueva encarnación para mejorarse. Los Espíritus errantes no forman una categoría especial: es uno de los estados en los cuales pueden encontrarse. El estado errante o de erraticidad de manera ninguna constituye una inferioridad para los 44 Espíritus, puesto que pueden allí haberlos en todos los grados. Todo Espíritu que no esté encarnado es, por esto mismo, errante, con excepción de los Espíritus puros que, al no tener que pasar más por encarnaciones, se encuentran en su estado definitivo. Al ser la encarnación un estado transitorio, la erraticidad es en realidad el estado normal de los Espíritus, y de ningún modo este estado es forzosamente una expiación para ellos; son felices o infelices según el grado de su elevación y de acuerdo al bien o al mal que hayan hecho.
El aparecido de mademoiselle Clairon *
Esta historia tuvo una gran repercusión en su tiempo, por la posición de la heroína y por el gran número de personas que atestiguó lo ocurrido. A pesar de su singularidad, ya sería probablemente olvidada si mademoiselle Clairon no la hubiese consignado en sus Memorias, de donde nosotros hemos extraído el relato que vamos a hacer. La analogía que ella presenta con algunos de los hechos que pasan hoy en día le da un lugar natural en esta Compilación. Mademoiselle Clairon, como se sabe, era tan notable por su belleza como por su talento de cantante y de actriz trágica; ella había inspirado a un joven bretón, el Sr. S..., una de esas pasiones que frecuentemente deciden una vida, cuando no se tiene la suficiente fuerza de carácter para vencerla.
Mademoiselle Clairon no correspondió sino con la amistad; sin embargo, las asiduidades del Sr. S... se volvieron tan inoportunas que ella decidió romper toda relación con él. La tristeza que él sintió le causó una larga enfermedad de la cual falleció. El hecho sucedió en 1743. Dejemos ahora hablar a mademoiselle Clairon.
«Dos años y medio habían pasado desde que nos conocimos hasta su muerte. Envió a alguien para rogarme que yo le concediera la dulzura de verlo en sus últimos momentos; mis allegados me impidieron acceder a esa solicitud. Murió en la sola presencia de sus criados y de una dama anciana, que era la única compañía que tenía desde hacía mucho tiempo. En aquel entonces él vivía cerca de La Chaussée d'Antin, próximo a las murallas que comenzaban a ser construidas; yo, en la rue de Bussy, cerca de la rue de Seine (calle del Sena) y de la abadía Saint-Germain (San Germán). Yo estaba con mi madre y con varios amigos que vinieron a cenar conmigo... Había terminado de cantar algunas bellas melodías pastorales que hubieron encantado a mis amigos, cuando al sonar las once horas se produjo un grito muy agudo. Su modulación sombría y su duración causaron espanto a todos; me sentí desfallecer y estuve casi un cuarto de hora sin conocimiento...
«Toda mi gente, mis amigos, mis vecinos, incluso la policía, han escuchado ese mismo grito, siempre a la misma hora, saliendo siempre por debajo de mis ventanas y pareciendo surgir de la vaguedad del aire... Raramente yo cenaba en la ciudad, pero cuando lo hacía no se escuchaba nada, y varias veces, al preguntar a mi madre y a mi gente sobre si había alguna novedad, cuando entraba en mi cuarto el grito surgía entre nosotros. Una vez, el presidente B..., en cuya casa había cenado, quiso llevarme a mi hogar para asegurarse que nada me sucedería en el camino. En el momento en que se despedía en mi puerta, el grito surgió entre él y yo. Así como toda París, él sabía de esta historia: no obstante, lo recondujeron a su carroza más muerto que vivo.
«En otra oportunidad le pedí a mi amigo Rosely que me acompañase a la rue Saint-Honoré (calle San Honorato) para elegir algunas telas. El único asunto de nuestra conversación era mi aparecido (así se lo llamaba). Este joven, lleno de espíritu, no creía en nada; sin embargo, había quedado impresionado con mi aventura y me urgía a evocar el fantasma, prometiéndome creer en él si me contestase. Ya sea por debilidad o por audacia, hice lo que me pedía: el grito se escuchó tres veces y fue terrible por su estallido y rapidez. A nuestro regreso, fue necesario el socorro de todos para sacarnos del carruaje donde ambos estábamos desvanecidos. Después de esta escena permanecí algunos meses sin escuchar nada. Creí haberme liberado para siempre, pero estaba equivocada.
«Todos los espectáculos habían sido transferidos a Versalles para el casamiento del Delfín. Me habían reservado un cuarto en la avenue de Saint-Cloud (avenida San Cloud), que ocupé con la señora Grandval. A las tres horas de la madrugada, le dije: Estamos en el fin del mundo; sería muy difícil que el grito nos buscara aquí... ¡Y éste se hizo escuchar! La señora Grandval creyó que el infierno entero estaba en el cuarto; corrió en camisón de arriba a abajo de la casa, donde nadie pudo dormir esa noche; por lo menos, ésa ha sido la última vez que el grito surgió.
«Siete u ocho días después, mientras conversaba con mis compañías habituales, la campanada de las once horas se hizo seguir de un tiro de fusil disparado en una de mis ventanas. Todos escuchamos el tiro; todos vimos el fogonazo; la ventana no presentaba ningún tipo de daño. Dedujimos que lo que se quería era mi vida, que habían errado el blanco y que era necesario tomar precauciones para el futuro. El Sr. Marville, que en aquel entonces era teniente de policía, hizo inspeccionar todas las casas ubicadas enfrente de la mía; en mi calle fueron apostados todos los espías posibles; pero, por más cuidados que se hubieron tomado, durante tres meses seguidos ese tiro fue visto y escuchado, siendo disparado siempre a la misma hora y en la misma ventana, sin que nadie haya podido nunca ver de qué lugar partía. De este hecho ha quedado constancia en los registros de la policía.
«Acostumbrada a mi aparecido, al que yo no consideraba una mala persona, ya que se limitaba a hacerme jugarretas, no me di cuenta de la hora que era –puesto que hacía mucho calor– y abrí la ventana en cuestión, apoyándonos el administrador y yo sobre el balcón. Al sonar las once horas el tiro disparó y nos arrojó a ambos al centro del cuarto, donde caímos como muertos. Cuando nos recuperamos, fuimos a ver si no teníamos nada, y nos echamos a reír como locos cuando constatamos que cada uno había recibido la más terrible bofetada que jamás nos hayan dado, a él en la mejilla izquierda y a mí en la derecha.
«Dos días después, al ser invitada por mademoiselle Dumesnil a asistir a una pequeña fiesta nocturna que ella daba en su casa de Barrière Blanche (Barrera Blanca), tomé un fiacre a las once horas con mi criada. Bajo un bello claro de luna fuimos conducidas por los bulevares que comenzaban a poblarse de casas. Mi criada me dijo: ¿No fue aquí que murió el Sr. S...? –Según las informaciones que he recibido, debe ser ahí, le dije, indicándole con mi dedo a una de las dos casas que teníamos delante nuestro. Y de una de las dos se disparó el mismo tiro de fusil que me perseguía: atravesó nuestro carruaje e hizo conque el cochero redoblase la velocidad, creyéndose que estaba siendo atacado por ladrones. Llegamos a la fiesta estando apenas recompuestas y, por mi parte, presa de un terror que – confieso– he conservado por mucho tiempo; pero esta proeza ha sido la última con armas de fuego.
«A la explosión siguió un palmoteo, que repetía un determinado compás. Ese ruido, al cual la bondad del público me había acostumbrado, no me ha dejado hacer ningunas observaciones durante largo tiempo; mis amigos las hicieron por mí. Hemos espiado –me han dicho– y es a las once horas que se produce, casi bajo vuestra puerta; nosotros lo hemos escuchado, pero no vimos a nadie; esto no puede ser otra cosa que la continuidad de lo que habéis pasado. Como este ruido no tenía nada de terrible, no conservé el tiempo de su duración. Tampoco presté atención a los sonidos melodiosos que después se hicieron escuchar; parecía que una voz celestial recitase un aria noble y conmovedora que iba a ser cantada; esta voz comenzaba en el carrefour de Bussy (cruce Bussy) y finalizaba en mi puerta; al igual que como había sucedido con todos los sonidos anteriores, éstos se escuchaban pero no se veía nada. En fin, todo cesó después de un poco más de dos años y medio.»
Posteriormente, mademoiselle Clairon se enteró a través de la dama anciana que había sido la única amiga devota del Sr. S..., el relato de sus últimos momentos.
«Él contaba –decía la anciana– todos los minutos, cuando a las diez y media su lacayo vino a decirle que, decididamente, vos no vendríais. Después de un momento de silencio, tomó mi mano con una desesperación creciente que me asustó y dijo: ¡Insensible!... No ganará nada con eso; ¡la perseguiré después de mi muerte tanto como la he perseguido durante mi vida!... Quise tratar de calmarlo, pero había muerto.»
En la edición que nosotros tenemos a la vista, este relato es precedido por la siguiente nota sin firma:
«He aquí una anécdota muy singular que sin duda ha suscitado y suscitará los más diferentes juicios. Se adora lo maravilloso, incluso sin creer en ello: mademoiselle Clairon parece convencida de la realidad de los hechos que cuenta. Nos contentaremos en hacer notar que en el tiempo en que fue o se creyó atormentada por su aparecido, ella tenía de veintidós años y medio a veinticinco; ésta es la edad de la imaginación, y esa facultad era continuamente ejercida y exaltada en ella por el género de vida que llevaba en el teatro y fuera del mismo. Recordemos que dijo, en el comienzo de sus Memorias que, en su infancia, solamente le contaban aventuras de aparecidos y de hechiceros, que le aseguraban que se trataba de historias verdaderas.»
Al no conocer el hecho sino por el relato de mademoiselle Clairon, sólo podemos juzgar por inducción; ahora bien, he aquí nuestro razonamiento. Este acontecimiento, descrito en sus más mínimos detalles por la propia mademoiselle Clairon, tiene más autenticidad que si hubiera sido narrado por un tercero. Agreguemos que cuando ella escribió la carta en la que se encuentra el relato tenía aproximadamente sesenta años, y que había pasado la edad de la credulidad de que habla el autor de la nota. Este autor no pone en duda la buena fe de mademoiselle Clairon sobre su aventura; únicamente piensa que ella ha podido ser el juguete de una ilusión. Que lo haya sido una vez, no sería nada sorprendente; pero que lo haya sido durante dos años y medio, esto nos parece más difícil, y más difícil aún es suponer que esta ilusión haya sido compartida por tantas personas, testigos oculares y auriculares de los hechos, y hasta por la propia policía. Para nosotros, que conocemos lo que puede ocurrir en las manifestaciones espíritas, la aventura no tiene nada que pueda sorprendernos, y la damos como probable. En esta hipótesis, no tenemos dudas en pensar que el autor de todas esas malas pasadas no era otro que el alma o el Espíritu S..., sobre todo si observamos la coincidencia de sus últimas palabras con la duración de los fenómenos. Él había dicho: La perseguiré después de mi muerte tanto como la he perseguido durante mi vida. Ahora bien, sus relaciones con mademoiselle Clairon habían durado dos años y medio, exactamente el mismo tiempo que duraron las manifestaciones después de su muerte.
Algunas palabras aún sobre la naturaleza de este Espíritu. No era malo, y mademoiselle Clairon está con la razón cuando no lo califica como una mala persona; pero tampoco se puede decir que era la bondad en persona. La pasión violenta a la cual sucumbía como hombre, prueba que en él las ideas terrestres eran predominantes. Los trazos profundos de esta pasión –que sobrevivió a la destrucción del cuerpo– prueban que, como Espíritu, estaba todavía bajo la influencia de la materia. Su venganza, por inofensiva que haya sido, denota sentimientos poco elevados. Por lo tanto, si nos remitimos a nuestro cuadro de la clasificación de los Espíritus, no será difícil asignarle su rango; la ausencia de maldad real lo aparta naturalmente de la última clase, la de los Espíritus impuros; pero evidentemente se encuadra en las otras clases del mismo orden; nada en él podría justificar un rango superior.
Algo digno de ser señalado es la sucesión de los diferentes modos por los cuales ha manifestado su presencia. Ha sido en el mismo día y en el momento de su muerte que se hace oír por primera vez, y esto sucede en medio de una cena jovial. Cuando estaba encarnado, veía a mademoiselle Clairon en pensamiento, rodeada con un halo que la imaginación presta al objeto de una ardiente pasión; pero una vez que el alma se ha despojado de su velo material, la ilusión da lugar a la realidad. Él está ahí, a su lado, la ve rodeada de amigos, debiendo por completo incitar sus celos; su alegría y su canto parecen insultar a su desesperación, y ésta se manifiesta a través de un grito de rabia que repite cada día a la misma hora, como para reprocharle el haberse rehusado a consolarlo en sus últimos momentos. A los gritos suceden los tiros de fusil, inofensivos –es cierto–, pero que no por eso denotan menos una impotente rabia y el deseo de perturbar su reposo. Posteriormente, su desesperación reviste un carácter más calmo; influido, sin duda, por ideas más sanas, parece haberse resignado; sólo le queda el recuerdo de los aplausos de que ella era objeto, y los repite. En fin, más tarde le dice adiós, haciéndola escuchar sonidos que parecían como el eco de esa voz melodiosa que tanto lo había encantado cuando estaba encarnado.
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* Mademoiselle Clairon nació en 1723 y falleció en 1803. Debutó en la Compañía Italiana a la edad de 13 años y en la Comédie Française en 1743. Se retiró del teatro en 1765, a la edad de 42 años. [Nota de Allan Kardec.]
Respuesta al Sr. Viennet, por Paul Auguez *
El Sr. Paul Auguez es un adepto sincero y esclarecido de la Doctrina Espírita; su obra, que hemos leído 57 con gran interés, y donde se reconoce la pluma elegante del autor de Élus de l'avenir (Elegidos del porvenir), 58 es una demostración lógica y sabia de los puntos fundamentales de esta Doctrina, es decir, de la existencia de los Espíritus, de sus relaciones con los hombres y, por consecuencia, de la inmortalidad del alma y de su individualidad después de la muerte. Al ser su objetivo principal el de responder a las agresiones sarcásticas del Sr. Viennet, no aborda más que los puntos capitales y se limita a probar a través de los hechos, por el razonamiento y por intermedio de las más respetables autoridades, que esta creencia de ninguna manera está fundada en ideas sistemáticas ni en prejuicios vulgares, sino que reposa sobre bases sólidas. El arma del Sr. Viennet es el ridículo; la del Sr. Auguez es la ciencia. A través de numerosas citas que atestiguan un estudio serio y una profunda erudición, éste prueba que si los adeptos de hoy –a pesar de su número siempre creciente y de las personas esclarecidas que adhieren de todos los países– son, como lo pretende aquel ilustre académico, cerebros desequilibrados, esta enfermedad la comparten con los mayores genios que honran a la Humanidad.
En sus refutaciones, el Sr. Auguez ha sabido siempre conservar la dignidad del lenguaje, y éste es un mérito que no podemos dejar de loar; en ninguna parte se encuentran esas diatribas fuera de lugar, convertidas en expresiones triviales de mal gusto, y que no prueban nada, sino la falta de buenos modales. Todo lo que él dice es profundo, serio, grave, y a la altura del erudito al cual se dirige. ¿Lo ha convencido? Lo ignoramos; hablando francamente, hasta dudamos de ello; pero como en definitivo su libro se ha escrito para todos, las semillas que ha lanzado no habrán de perderse. Más de una vez tendremos la ocasión de citar pasajes del mismo en el transcurso de esta publicación, a medida que la naturaleza del tema nos conduzca a ello.
La teoría desarrollada por el Sr. Auguez, salvo quizás algunos puntos secundarios, es la misma que nosotros profesamos; por lo tanto, no haremos al respecto ninguna crítica de su obra, que ha de dejar huellas y se leerá con interés. Sólo hubiéramos deseado una cosa: un poco más de claridad en las demostraciones y de método en el orden de las materias. El Sr. Auguez ha tratado la cuestión como un erudito, porque se dirigía a un erudito, seguramente capaz de entender las cosas más abstractas, pero debería haber pensado que escribía menos para un hombre que para el público, que siempre lee con más placer y provecho lo que comprende sin esfuerzos.
ALLAN KARDEC
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* Opúsculo in 12º; precio: 2 fr. 50 cents., en la Librería Dentu, Palais-Royal, y en Germer Baillière: calle de l'École de médicine, 4. [Nota de Allan Kardec.]
ALLAN KARDEC
Marzo
Al hablar de la Historia de Juana de Arco dictada por ella misma, de la que nos propusimos citar diversos pasajes, 84 hemos dicho que la señorita Dufaux había escrito de la misma manera la Historia de Luis XI. Este trabajo –uno de los más completos en ese género– contiene preciosos documentos desde el punto de vista histórico. En el mismo, Luis XI se muestra el profundo político que nosotros conocemos; además, nos da la clave de varios hechos hasta ahora inexplicados. Desde el punto de vista espírita, es uno de los más curiosos modelos de trabajos de larga duración producido por los Espíritus. En este aspecto, dos cosas son particularmente notables: la primera, la velocidad de ejecución (quince días han sido suficientes para dictar la materia de un gran volumen); la segunda, la memoria tan precisa que un Espíritu puede conservar de los acontecimientos de la vida terrestre. A los que dudaren del origen de este trabajo, haciéndole el honor de atribuirlo a la memoria de la señorita Dufaux, responderemos que, en efecto, sería necesario de parte de una niña de catorce años, una memoria muy fenomenal y un talento de una precocidad no menos extraordinaria para escribir de un solo trazo una obra de esta naturaleza; pero, suponiendo que así fuese, preguntaremos de dónde esta niña habría sacado las explicaciones inéditas de la sombría política de Luis XI, y si no hubiese sido más hábil –por parte de sus padres– dejarle ese mérito a ella. De las diversas historias escritas por su intermedio, la de Juana de Arco es la única que ha sido publicada. Hacemos votos para que prontamente las otras lo sean, y les predecimos un éxito aún mayor, puesto que las ideas espíritas son hoy infinitamente más difundidas. Hemos extraído de la de Luis XI el pasaje relacionado con la muerte del conde de Charolais:
Los historiadores que llegaron a este hecho histórico: «Luis XI dio al conde de Charolais la tenencia general de Normandía», confiesan que no comprenden cómo un rey que era tan gran político hubo cometido un error tan grande. *
Las explicaciones dadas por Luis XI son difíciles de contradecir, puesto que están confirmadas por tres actos conocidos por todo el mundo: la conspiración de Constain, el viaje del conde de Charolais –que sigue a la ejecución del culpable– y finalmente la obtención por parte de este príncipe de la tenencia general de Normandía, provincia que reunía a los Estados de los duques de Borgoña y de Bretaña, enemigos siempre unidos contra Luis XI.
Luis XI se expresa así:
«El conde de Charolais fue gratificado con la tenencia general de Normandía y una pensión de treinta y seis mil libras. Era una imprudencia muy grande aumentar así el poder de la Casa de Borgoña. Aunque esta digresión nos aleje de la continuación de los asuntos de Inglaterra, creo un deber indicar aquí los motivos que me hicieron obrar así.
«Algún tiempo después de su regreso a los Países Bajos, el duque Felipe de Borgoña había caído peligrosamente enfermo. El conde de Charolais amaba verdaderamente a su padre, a pesar de los disgustos que le había causado: es cierto que su carácter ardiente e impetuoso –y sobre todo mis pérfidas insinuaciones– podrían disculparlo. Lo cuidó con un afecto sumamente filial y no dejó, ni de día ni de noche, la cabecera de su lecho.
«El peligro del viejo duque me había llevado a hacer serias reflexiones; yo odiaba al conde y creía un deber temer todo lo que viniese de él; además, éste sólo tenía una hija de pocos años, lo que hubiera producido después de la muerte del duque –quien parecía no tener mucho tiempo de vida– una minoría de edad que los flamencos, siempre turbulentos, habrían vuelto extremamente tormentosa. Entonces, yo habría podido apoderarme fácilmente, si no de la totalidad de los bienes de la Casa de Borgoña, por lo menos de una parte, ya sea cubriendo esta usurpación con una alianza o dejándole todo lo que la fuerza le daba de odioso. Había más razones que las necesarias para hacer envenenar al conde de Charolais; además, el pensamiento de un crimen no me espantaba más.
«Conseguí seducir al sumiller del príncipe, Jean Constain. De cierto modo, Italia era el laboratorio de los envenenadores: fue allí que Constain envió a Jean d'Ivy, al que se había ganado con la ayuda de una considerable suma que debía pagarle a su regreso. D'Ivy quiso saber a quien era destinado ese veneno; el sumiller tuvo la imprudencia de confesarle que era para el conde de Charolais.
«Después de haber cumplido su encargo, d'Ivy se presentó para recibir la suma prometida; pero, lejos de dársela, Constain lo abrumó de injurias. Furioso con esta recepción, d'Ivy juró vengarse. Fue al encuentro del conde de Charolais y le confesó todo lo que sabía. Constain fue arrestado y conducido al castillo de Rippemonde. El miedo a la tortura le hizo confesar todo, excepto mi complicidad, esperando quizás que yo intercediera por él. Estaba ya en lo alto de la torre –lugar destinado a su suplicio, y en donde se lo preparaba para ser decapitado– cuando expresó el deseo de hablar con el conde. Entonces, le contó el papel que yo había desempeñado en esa tentativa. El conde de Charolais, a pesar del asombro y de la cólera que sintió, se calló, y las personas presentes no pudieron formarse más que vagas conjeturas fundadas en los movimientos de sorpresa que este relato les causó. A pesar de la importancia de esta revelación, Constain fue decapitado y sus bienes confiscados, pero devueltos a su familia por el duque de Borgoña.
«Su delator sufrió el mismo destino, debido en parte a la imprudente respuesta que dio al príncipe de Borgoña; éste le preguntó si él habría delatado el complot si le hubiesen pagado la suma prometida, y tuvo la inconcebible temeridad de responder que no.
«Cuando el conde vino a Tours, me pidió una conversación en particular; allí él dejó estallar toda su furia y me abrumó de reproches. Yo lo apacigüé dándole la tenencia general de Normandía y la pensión de treinta y seis mil libras; la tenencia general no era más que un vano título; en cuanto a la pensión, sólo recibió el primer pago.»
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* Histoire de France, por Velly y continuadores. [Nota de Allan Kardec.]
Instrucciones dadas por san Luis.
«En el mes de septiembre último, una embarcación menor, que hacía la travesía de Dunkerque a Ostende, fue sorprendida por un temporal durante la noche; el pequeño barco naufragó, y de las ocho personas que lo ocupaban, cuatro perecieron; las otras cuatro, entre las cuales me encontraba yo, consiguieron mantenerse sobre la quilla. Permanecimos toda la noche en esa horrible posición, sin otra perspectiva que la muerte, que nos parecía inevitable y de la cual sentimos todas las angustias. Al amanecer, el viento nos había empujado hacia la costa, y pudimos alcanzar la tierra a nado.
«¿Por qué en ese peligro, igual para todos, sólo cuatro personas han sucumbido? Notad que, por mi parte, es la sexta o la séptima vez que escapo de un peligro tan inminente, y más o menos en las mismas circunstancias. Soy realmente llevado a creer que una mano invisible me protege. ¿Qué he hecho para esto? No sé gran cosa, no tengo importancia ni utilidad en este mundo y no me jacto de valer más que los otros; lejos de eso: había entre las víctimas del accidente un digno eclesiástico —modelo de virtudes evangélicas— y una venerable hermana de la congregación de San Vicente de Paúl, que iban a cumplir una santa misión de caridad cristiana. La fatalidad parece desempeñar un gran papel en mi destino. ¿No estarían allí los Espíritus para alguna cosa? ¿Sería posible obtener de ellos una explicación al respecto, preguntándoles, por ejemplo, si son ellos los que provocan o desvían los peligros que nos amenazan?…»
De conformidad con el deseo de nuestro corresponsal, dirigimos las siguientes preguntas al Espíritu san Luis, que consiente en comunicarse con nosotros todas las veces que hay instrucciones útiles para dar.
1. –Cuando un peligro inminente amenaza a alguien, ¿es un Espíritu el que dirige el peligro? Y cuando la persona escapa del mismo, ¿es otro Espíritu el que lo desvía?
Resp. —Cuando un Espíritu se encarna, elige una prueba; al elegirla se traza una especie de destino que no puede impedir más, una vez que a la misma se ha sometido; hablo de las pruebas físicas. Al conservar su libre albedrío sobre el bien y el mal, el Espíritu es siempre dueño de soportar o de rechazar la prueba; un Espíritu bueno, al verlo flaquear, puede venir en su ayuda, pero no puede influir en él adueñándose de su voluntad. Un Espíritu malo, es decir, inferior, mostrándole y exagerándole un peligro físico, puede hacerlo vacilar y asustarlo, pero la voluntad del Espíritu encarnado no queda por ello menos libre de toda traba.
2. —Cuando un hombre está a punto de perecer por accidente, parece que el libre albedrío no interviene en nada. Por lo tanto, interrogo si es un Espíritu malo el que provoca este accidente, siendo de cierto modo su agente; y, en el caso en que escape del peligro, pregunto si un Espíritu bueno ha venido en su ayuda.
Resp. —El Espíritu bueno o el Espíritu malo no pueden sino sugerir pensamientos buenos o malos, según su naturaleza. El accidente está marcado en el destino del hombre. Cuando tu existencia ha sido puesta en peligro, es una advertencia que tú mismo has deseado, a fin de desviarte del mal y de volverte mejor. Cuando escapas de ese peligro, todavía bajo la influencia del mismo, piensas de manera más o menos firme en volverte mejor, según la acción más o menos firme de los Espíritus buenos. Al sobrevenir el Espíritu malo (digo malo sobrentendiendo el mal que aún hay en él), piensas que escaparás del mismo modo a otros peligros y dejas nuevamente desencadenar tus pasiones.
3. —La fatalidad que parece presidir a los destinos materiales de nuestra existencia, ¿aún sería, pues, el efecto de nuestro libre albedrío?
Resp. —Tú mismo has elegido tu prueba: cuanto más ruda sea y mejor la soportes, más te elevas. Aquellos que pasan su existencia en la abundancia y en la satisfacción humana son Espíritus débiles que permanecen estacionarios. De esta manera, el número de desafortunados aventaja en mucho al de los felices de este mundo, teniendo en cuenta que los Espíritus buscan en su mayoría la prueba que les será más fructífera. Ellos perciben muy bien la futilidad de vuestras grandezas y de vuestros goces. Además, la existencia más feliz es siempre agitada, siempre movida, aunque más no sea por la ausencia del dolor.
4. —Entendemos perfectamente esta doctrina, pero eso no nos explica si ciertos Espíritus tienen una acción directa sobre la causa material del accidente. Supongamos que en el momento en que un hombre pasa por un puente, éste se derrumbe. ¿Quién ha llevado al hombre a pasar por ese puente?
Resp. —Cuando un hombre pasa por un puente que debe romperse, no es un Espíritu el que lo lleva a pasar por ese puente: es el instinto de su destino el que lo conduce.
5. —¿Quién ha hecho romper el puente?
Resp. —Las circunstancias naturales. La materia tiene en sí misma las causas de su destrucción. En el caso tratado, el Espíritu, teniendo necesidad de recurrir a un elemento extraño a su naturaleza para mover fuerzas materiales, más bien ha de recurrir a la intuición espiritual. De este modo, si ese puente debía romperse, ya que el agua había desunido las piedras que lo componen y el óxido había corroído las cadenas que lo suspenden, el Espíritu —decía— insinuará más bien al hombre para pasar por ese puente, en lugar de hacer romper otro bajo sus pasos. Además, tenéis una prueba material que os adelantaré: cualquier accidente sucede siempre naturalmente, es decir, que las causas que se vinculan unas a otras, lo conducen insensiblemente.
6. —Tomemos otro caso en el que la destrucción de la materia no sea la causa del accidente. Un hombre mal intencionado me da un tiro; la bala me roza, pero no me alcanza. ¿La habría desviado un Espíritu benévolo?
—Resp. No.
7. —¿Pueden los Espíritus advertirnos directamente de un peligro? He aquí un hecho que parecería confirmarlo: Una mujer salía de su casa y seguía por el bulevar. Una voz íntima le dijo: Detente, vuelve a tu casa. Ella titubea. La misma voz se hace escuchar varias veces; entonces, ella volvió sobre sus pasos; pero, cambiando de parecer, se dijo: ¿Qué he de hacer en mi casa? Seguiré; sin duda, es un efecto de mi imaginación. Entonces ella continuó su camino. A algunos pasos de allí, una viga que se desprendió de una casa la golpea en la cabeza y la deja caída sin conocimiento. ¿Qué era esa voz? ¿No era un presentimiento de lo que iba a suceder a esa mujer?
—Resp. Era la voz del instinto; además, ningún presentimiento tiene tales caracteres: son siempre vagos.
8. —¿Qué entendéis por la voz del instinto?
—Resp. Entiendo que el Espíritu, antes de encarnarse, tiene conocimiento de todas las fases de su existencia; cuando éstas tienen un carácter saliente, conserva una especie de impresión en su fuero interno, y esta impresión, al despertarse cuando el momento se aproxima, se vuelve presentimiento.
Nota. — Las explicaciones precedentes se relacionan con la fatalidad de los acontecimientos materiales. La fatalidad moral está tratada de una manera completa en El Libro de los Espíritus.
Espíritus más burgueses (permítasenos esta expresión) nos vuelven más palpables las circunstancias de su nueva existencia. Entre ellos, el lazo entre la vida corporal y la vida espírita es más íntimo; la comprendemos mejor porque nos toca más de cerca. Al aprender con ellos mismos lo que han llegado a ser, lo que piensan, lo que sienten los hombres de todas las condiciones y de todos los caracteres –tanto los hombres de bien como los viciosos, los grandes y los pequeños, los felices y los desdichados del siglo, en una palabra, los hombres que han vivido entre nosotros, que hemos visto y conocido, de los cuales conocemos sus vidas reales, sus virtudes y defectos–, comprendemos sus alegrías y sus sufrimientos, nos asociamos y extraemos de los mismos una enseñanza moral tanto más provechosa cuanto más íntimas son las relaciones entre ellos y nosotros. Nos ponemos más fácilmente en el lugar del que ha sido nuestro igual que en el del que no vemos sino a través del espejismo de una gloria celestial. Los Espíritus vulgares nos muestran la aplicación práctica de las grandes y sublimes verdades, de las que los Espíritus superiores nos enseñan la teoría. Además, en el estudio de una ciencia nada es inútil: Newton encontró la ley de las fuerzas del Universo en el fenómeno más simple.
Esas comunicaciones tienen otra ventaja: la de constatar la identidad de los Espíritus de una manera más precisa. Cuando un Espíritu nos dice haber sido Sócrates o Platón, somos obligados a creer bajo palabra, porque no trae consigo un certificado de autenticidad; podemos ver en sus discursos si desmiente o no el origen que se atribuye: nosotros lo juzgaremos un Espíritu elevado, eso es todo; que en realidad haya sido Sócrates o Platón, poco nos importa. Pero cuando nuestros parientes, nuestros amigos o los que hemos conocido se nos manifiestan en Espíritu, se presentan mil y una circunstancias de detalles íntimos donde la identidad no podría ser puesta en duda: se adquiere, de alguna manera, la prueba material. Por lo tanto, pensamos que se ha de apreciar el hecho de ofrecer de cuando en cuando algunas de esas evocaciones íntimas: es la novela de las costumbres de la vida espírita sin la ficción.
Conversaciones familiares del Más Allá
Condenado a la pena de muerte por el Supremo Tribunal de Justicia en lo Criminal del Aisne y ejecutado el 31 de diciembre de 1857. Evocado el 29 de enero de 1858.
1. Ruego a Dios Todopoderoso que permita al asesino Lemaire, ejecutado el 31 de diciembre de 1857, venir hacia nosotros.
—Resp. Estoy aquí.
2. ¿Cómo se explica que hayas atendido tan rápidamente a nuestro llamado? –Resp. Raquel lo ha dicho. 3. ¿Qué sentimiento tienes al vernos?
—Resp. Vergüenza.
4. ¿Cómo una joven, mansa como un cordero, puede servir de intermediario a un ser sanguinario como tú?
—Resp. Dios lo ha permitido.
5. ¿Has conservado todo tu conocimiento hasta el último momento?
—Resp. Sí.
6. E inmediatamente después de tu ejecución, ¿has tenido conciencia de tu nueva existencia?
—Resp. Estaba sumergido en una inmensa turbación, de la que aún no he salido. Sentí un inmenso dolor; me pareció que mi corazón lo sufría. He visto rodar algo al pie del patíbulo; he visto correr sangre, y mi dolor se ha vuelto más punzante.
7. ¿Era éste un dolor puramente físico, análogo al que sería causado por una herida grave, como la amputación de un miembro, por ejemplo?
—Resp. No; imagínate un remordimiento, un gran dolor moral.
8. ¿Cuándo has comenzado a sentir este dolor?
—Resp. Desde que he quedado libre.
9. El dolor físico causado por el suplicio, ¿era sentido por el cuerpo o por el Espíritu?
—Resp. El dolor moral estaba en mi Espíritu; el cuerpo sintió el dolor físico, pero el Espíritu, desligado, lo sentía también.
10. ¿Has visto tu cuerpo mutilado?
—Resp. He visto algo deforme que me parecía no haber dejado; sin embargo, todavía me sentía entero: era yo mismo.
11. ¿Qué impresión te produjo esa visión?
—Resp. Sentía demasiado dolor; estaba absorbido por él.
12. ¿Es verdad que el cuerpo vive aún algunos instantes después de la decapitación, y que el ajusticiado tiene conciencia de sus ideas?
—Resp. El Espíritu se retira poco a poco; cuanto más lo atan los lazos de la materia, menos rápida es la separación.
13. ¿Cuánto tiempo ha durado eso?
—Resp. Más o menos. (Ver la respuesta anterior.)
14. Se dice haber notado en la cara de ciertos ajusticiados la expresión de cólera y de movimientos como si quisiesen hablar; ¿esto es efecto de una contracción nerviosa o de un acto de la voluntad?
—Resp. De la voluntad, porque el Espíritu no se había aún retirado.
15. ¿Cuál es el primer sentimiento que tuviste al entrar en tu nueva existencia?
—Resp. Un sufrimiento intolerable; una especie de remordimiento punzante, cuya causa ignoraba.
16. ¿Te has encontrado con tus cómplices, los cuales fueron ejecutados al mismo tiempo que tú?
—Resp. Para nuestra desgracia; el hecho de vernos es un continuo suplicio: cada uno de nosotros reprocha al otro su crimen.
17. ¿Has reencontrado a tus víctimas?
—Resp. Las veo... Son felices... Sus miradas me persiguen... Las siento que penetran hasta lo más profundo de mi ser... Y en vano intento evitarlas.
18. ¿Qué sentimiento has tenido al verlas?
—Resp. Vergüenza y remordimiento. Las he arrebatado con mis propias manos, y aún las odio.
19. ¿Qué sienten ellas al verte?
—Resp. ¡Piedad!
20. ¿Tienen ellas odio y deseo de venganza?
—Resp. No; sus ruegos solicitan para mí la expiación. No sabrías comprender cuán horrible es el suplicio de deberlo todo a quien se odia.
21. ¿Lamentas la vida terrestre?
—Resp. Lamento mis crímenes; si la situación estuviese aún en mis manos, yo no volvería a sucumbir.
22. ¿Cómo has sido conducido a la vida criminal que has llevado?
—Resp. ¡Escucha! Me he creído fuerte; he elegido una ruda prueba y he cedido a las tentaciones del mal.
23. ¿La tendencia al crimen estaba en tu naturaleza o has sido arrastrado por el medio en el que has vivido?
—Resp. La tendencia al crimen estaba en mi naturaleza, porque no era más que un Espíritu inferior. Quise elevarme rápidamente, pero pedí más de lo que mis fuerzas podían dar.
24. Si hubieses recibido buenos principios de educación, ¿habrías podido desviarte de la vida criminal?
—Resp. Sí; pero elegí la posición en que nací.
25. ¿Te habrías podido transformar en un hombre de bien?
—Resp. Un hombre débil, incapaz del bien como del mal. Podría haber paralizado el mal de mi naturaleza durante mi existencia, pero no podía elevarme hasta hacer el bien.
26. ¿Creías en Dios cuando estabas encarnado?
—Resp. No.
27. Se dice que en el momento de morir te has arrepentido; ¿es verdad?
—Resp. He creído en un Dios vengador... He tenido miedo de su justicia.
28. En este momento, ¿tu arrepentimiento es más sincero?
—Resp. ¡Ay de mí! Veo lo que he hecho.
29. ¿Qué piensas de Dios ahora?
Resp. Lo siento y no lo comprendo.
30. ¿Te parece justo el castigo que te ha sido infligido en la Tierra?
—Resp. Sí.
31. ¿Esperas obtener el perdón de tus crímenes?
—Resp. No sé.
32. ¿Cómo piensas reparar tus crímenes?
—Resp. Por medio de nuevas pruebas; pero es como si la Eternidad estuviese entre ellas y yo.
33. ¿Estas pruebas tendrán lugar en la Tierra o en otro mundo?
—Resp. No lo sé.
34. ¿Cómo podrás expiar tus faltas pasadas en una nueva existencia, si no las recuerdas?
—Resp. Tendré la intuición de las mismas.
35. ¿Dónde estás ahora?
—Resp. Me encuentro en mi sufrimiento.
36. Pregunto en qué lugar estás.
—Resp. Cerca de Ermance.
37. ¿Estás reencarnado o errante?
—Resp. Errante; si estuviera reencarnado, tendría esperanza. Ya te he dicho: es como si la Eternidad estuviese entre la expiación y yo.
38. Ya que estás aquí, si pudiéramos verte, ¿con qué forma nos aparecerías?
—Resp. Con mi forma corporal y mi cabeza separada del tronco.
39. ¿Podrías aparecernos?
—Resp. No; déjenme.
40. ¿Quisieras decirnos cómo te has escapado de la prisión de Montdidier?
—Resp. No sé más... Mi sufrimiento es tan grande que sólo tengo el recuerdo del crimen... Déjenme.
41. ¿Podríamos dar algún alivio a tus sufrimientos?
—Resp. Hagan votos para que la expiación llegue.
1. ¿Qué sensación habéis tenido al dejar la vida terrestre?
—Resp. Yo no sabría decirlo; siento aún una turbación.
2. ¿Sois feliz?
—Resp. No.
3. ¿Por qué no sois feliz?
—Resp. Extraño la vida… No sé… Siento un punzante dolor; la vida me habría librado del mismo… Quisiera que mi cuerpo se levantase del sepulcro.
4. ¿Lamentáis no haber sido enterrada en vuestro país y de estarlo entre cristianos?
—Resp. Sí; la tierra de la India pesaría menos en mi cuerpo.
5. ¿Qué pensáis de las honras fúnebres rendidas a vuestros restos mortales?
—Resp. Han sido muy poca cosa; yo era reina, y no todos han doblado sus rodillas ante mí… Dejadme… Se me fuerza a hablar… No quiero que sepáis lo que soy ahora… He sido reina, sabedlo bien.
6. Respetamos vuestro rango y os rogamos que respondáis para nuestra instrucción. ¿Pensáis que vuestro hijo ha de recobrar un día los Estados de su padre?
—Resp. Ciertamente, mi sangre reinará; es digna de ello.
7. ¿Dais a la reintegración de vuestro hijo al trono de Oudh la misma importancia que cuando estabais encarnada?
—Resp. Mi sangre no puede confundirse con la del vulgo.
8. ¿Cuál es vuestra opinión actual sobre la verdadera causa de la revuelta de las Indias?
—Resp. La India ha sido hecha para ser dueña en su casa.
9. ¿Qué pensáis del porvenir que está reservado a ese país?
—Resp. La India será grande entre las naciones.
10. No ha podido inscribirse en vuestra partida de defunción el lugar de vuestro nacimiento; ¿podríais decirlo ahora?
—Resp. He nacido de la sangre más noble de la India. Creo que nací en Delhi.
11. Vos que habéis vivido en los esplendores del lujo y que habéis estado rodeada de honores, ¿qué pensáis ahora de los mismos?
—Resp. Que me eran debidos.
12. La posición que habéis ocupado en la Tierra, ¿os da otra más distinguida en el mundo donde estáis hoy?
—Resp. Soy siempre reina… ¡Que me envíen esclavos para servirme!… No sé; parece que aquí no se preocupan conmigo… Sin embargo, soy siempre yo.
13. ¿Pertenecíais a la religión musulmana o a una religión hindú?
—Resp. Musulmana; pero yo era demasiado grande como para ocuparme de Dios.
14. ¿Qué diferencia hacéis entre la religión que profesáis y la religión cristiana, con respecto a la felicidad futura del hombre?
—Resp. La religión cristiana es absurda: dice que todos son hermanos.
15. ¿Cuál es vuestra opinión sobre Mahoma?
—Resp. Él no era hijo de rey.
16. ¿Tenía él una misión divina?
—Resp. ¡Qué me importa eso!
17. ¿Cuál es vuestra opinión sobre el Cristo?
—Resp. El hijo del carpintero no es digno de ocupar mi pensamiento.
18. ¿Qué pensáis de la costumbre que sustrae a las mujeres musulmanas de las miradas de los hombres?
—Resp. Pienso que las mujeres son hechas para dominar: yo era mujer.
19. ¿Habéis envidiado alguna vez la libertad que gozan las mujeres en Europa?
—Resp. No; ¡qué me importaba su libertad! ¿Ellas son servidas de rodillas?
20. ¿Cuál es vuestra opinión sobre la condición de la mujer, en general, en la especie humana?
—Resp. ¡Qué me importan las mujeres! ¡Si me hablaras de reinas!
21. ¿Os recordáis de haber tenido otras existencias en la Tierra antes de la que acabáis de dejar?
—Resp. Yo siempre debo haber sido reina.
22. ¿Por qué habéis venido tan rápidamente a nuestro llamado?
—Resp. Yo no lo he querido; se me ha forzado a ello… ¿Piensas tú, entonces, que me hubiera dignado a responder? ¿Qué sois, pues, comparados conmigo?
23. ¿Quién os ha forzado a venir?
—Resp. No lo sé… Sin embargo, no debe haber aquí nadie mayor que yo.
24. ¿En qué lugar os encontráis aquí?
—Resp. Cerca de Ermance.
25. ¿Con qué forma estáis?
—Resp. Siempre como reina… ¿Piensas tú, pues, que he dejado de serlo? Vosotros sois poco respetuosos… Sabed que se habla de otra manera a las reinas.
26. ¿Por qué no podemos verlos?
—Resp. No lo quiero.
27. Si pudiésemos veros, ¿os veríamos con vuestras vestimentas, adornos y joyas?
—Resp. ¡Por supuesto!
28. ¿Cómo se explica que habiendo dejado todo eso, vuestro Espíritu haya conservado la apariencia, sobre todo de vuestros adornos?
—Resp. No me han dejado… Soy siempre tan bella como era… ¡No sé qué idea os hacéis de mí! Es verdad que nunca me habéis visto.
29. ¿Qué impresión sentís al encontraros entre nosotros?
—Resp. Si pudiera no estaría aquí: ¡me tratáis con tan poco respeto! No quiero que se me tutee… Llamadme Majestad, o no responderé más.
30. ¿Vuestra Majestad comprendía la lengua francesa?
—Resp. ¿Por qué no habría de comprenderla? Yo sabía todo.
31. ¿Vuestra Majestad tendría a bien respondernos en inglés?
—Resp. No… Entonces, ¿no me dejaréis tranquila?… Quiero irme… Dejadme… ¿Pensáis someterme a vuestros caprichos?… Soy reina y no esclava.
32. Os rogamos solamente que aceptéis en responder aún a dos o tres preguntas. Respuesta de san Luis, que estaba presente: Dejad a esta pobre alucinada; tened piedad de su ceguera. ¡Que os sirva de ejemplo! No sabéis cuánto sufre su orgullo.
Nota. Esta conversación ofrece más de una enseñanza. Al evocar a esta grandeza decaída, ahora en el Más Allá, no esperábamos respuestas de una gran profundidad, considerando el género de educación de las mujeres de ese país; pero pensábamos encontrar en este Espíritu, si bien no la filosofía, por lo menos un sentimiento más verdadero de la realidad y de ideas más sanas sobre las vanidades y las grandezas de este mundo. Lejos de eso: en ella las ideas terrestres han conservado toda su fuerza; es el orgullo —que nada pierde de sus ilusiones— que lucha contra su propia debilidad, y que debe, en efecto, sufrir mucho por su impotencia. En la previsión de respuestas de naturaleza totalmente diversa, habíamos preparado varias preguntas que se han vuelto sin objeto. Estas respuestas son tan diferentes de las que esperábamos todos los presentes que no se podría encontrar en esto la influencia de un pensamiento extraño. Además, ellas tienen un sello tan característico de personalidad, que claramente revelan la identidad del Espíritu que se ha manifestado. Podría causar sorpresa, con razón, al ver a Lemaire —hombre degradado y mancillado por todos sus crímenes— manifestar a través de su lenguaje del Más Allá sentimientos que denotan una cierta elevación y una apreciación bastante exacta de su situación, mientras que en la reina de Oudh, cuya posición hubiera debido desarrollar en ella el sentido moral, las ideas terrestres no han sufrido ninguna modificación. La causa de esta anomalía nos parece fácil de explicar. Por más degradado que fuese, Lemaire vivía en medio de una sociedad civilizada y esclarecida que había reaccionado ante su naturaleza grosera; sin saberlo, había absorbido algunos rayos de la luz que lo rodeaba, y esta luz hizo nacer en él pensamientos sofocados por su abyección, pero cuyo germen no dejaba, por ello, de subsistir. Con la reina de Oudh sucede de un modo totalmente diferente: el medio donde ella ha vivido, sus hábitos, la absoluta falta de cultura intelectual, todo ha debido contribuir para mantener con toda su fuerza las ideas de las que estaba imbuida desde su infancia; nada ha venido a modificar esta naturaleza primitiva, sobre la cual los prejuicios han conservado todo su imperio.
1. ¿Recordáis el manuscrito que habéis dejado? –Resp. Le doy poca importancia.
2. ¿Cuál es vuestra opinión actual acerca de ese manuscrito? – Resp. Obra vana de un ser que no se conocía a sí mismo.
3. ¿Pensabais, sin embargo, que esta obra podría provocar una revolución en la Ciencia? –Resp. Ahora veo demasiado claro.
4. Como Espíritu, ¿podríais corregir y acabar este manuscrito? – Resp. He partido de un punto que conocía mal; quizá sería necesario rehacerlo todo.
5. ¿Sois feliz o desdichado? –Resp. Espero y sufro.
6. ¿Qué esperáis? –Resp. Nuevas pruebas.
7. ¿Cuál es la causa de vuestros sufrimientos? –Resp. El mal que he hecho.
8. Sin embargo, ¿habéis hecho el mal con intención? –Resp. ¿Conoces bien el corazón del hombre?
9. ¿Estáis errante o encarnado? –Resp. Errante.
10. Cuando estabais encarnado, ¿cuál era vuestra opinión sobre la Divinidad? –Resp. No creía en ella.
11. ¿Y ahora? –Resp. Creo demasiado.
12. Teníais el deseo de poneros en contacto conmigo; ¿lo recordáis? –Resp. Sí.
13. ¿Me veis y me reconocéis como la persona con la que queríais entrar en relación? –Resp. Sí.
14. ¿Qué impresión os había causado El Libro de los Espíritus? – Resp. Me había aturdido.
15. ¿Qué pensáis del mismo ahora? –Resp. Es una gran obra.
16. ¿Qué pensáis acerca del porvenir de la Doctrina Espírita? – Resp. Es grande, pero ciertos discípulos lo perjudican.
17. ¿Quiénes son los que lo perjudican? –Resp. Aquellos que atacan lo que existe: las religiones, las primeras y las más simples creencias de los hombres.
18. Como médico, y en razón de los estudios que habéis hecho, sin duda podréis responder a las siguientes preguntas: ¿puede el cuerpo conservar algunos instantes la vida orgánica después de la separación del alma? –Resp. Sí.
19. ¿Cuánto tiempo? –Resp. No tiene un tiempo.
20. Os pido para ser más preciso en vuestra respuesta. –Resp. Esto no dura más que algunos instantes.
21. ¿Cómo se opera la separación entre el alma y el cuerpo? – Resp. Como un fluido que se escapa de cualquier recipiente.
22. ¿Hay una línea de demarcación realmente establecida entre la vida y la muerte? –Resp. Ambos estados se tocan y se confunden; de esta manera, el Espíritu se desprende poco a poco de sus lazos; se desata y no los rompe.
23. ¿Este desprendimiento del alma se opera más rápidamente en unos que en otros? –Resp. Sí: en aquellos que, cuando estaban encarnados, ya se hubieron elevado por encima de la materia, porque entonces su alma pertenece más al mundo de los Espíritus que al mundo terrestre.
24. ¿En qué momento se opera la unión entre el alma y el cuerpo en el niño? –Resp. Cuando el niño respira; es como si recibiese el alma con el aire exterior.
Nota – 99 Esta opinión es la consecuencia del dogma católico. En efecto, la Iglesia enseña que el alma solamente puede ser salvada a través del bautismo; ahora bien, como la muerte natural intrauterina es muy frecuente, ¿qué sucedería con esta alma que, según la Iglesia, ha sido privada de este único medio de salvación, si existía en el cuerpo antes del nacimiento? Para ser consecuente, sería preciso que el bautismo tuviera lugar, si no de hecho, por lo menos de intención, desde el instante de la concepción.
25. Entonces, ¿cómo explicáis la vida intrauterina? –Resp. Como la de la planta que vegeta. El niño vive la vida animal.
26. ¿Hay crimen en privar a un niño de la vida antes de su nacimiento, ya que antes de esta época, no teniendo alma el niño, no es en cierta forma un ser humano? –Resp. La madre o cualquier otro cometerá siempre un crimen al quitar la vida al niño antes de su nacimiento, porque impide al alma soportar las pruebas cuyo instrumento debía ser el cuerpo.
27. Sin embargo, ¿tendrá lugar la expiación que debía ser sufrida por el alma a la que se ha impedido encarnarse? –Resp. Sí, pero Dios sabía que el alma no se uniría a ese cuerpo; de esta manera, ninguna alma debía unirse a esta envoltura corporal: era una prueba para la madre.
28. En el caso en que la vida de la madre corriese peligro con el nacimiento del niño, ¿hay crimen en sacrificar al niño para salvar a la madre? –Resp. No; es preferible sacrificar el ser que no existe al ser que existe.
29. ¿La unión del alma y el cuerpo se opera instantáneamente o gradualmente, es decir, es preciso un tiempo apreciable para que esta unión sea completa? –Resp. El Espíritu no entra bruscamente al cuerpo. Para medir ese tiempo, imaginaos que la primera inspiración que el niño realiza es el alma que entra al cuerpo: el tiempo en que el pecho se eleva y baja.
30. ¿La unión de un alma con tal o cual cuerpo está predestinada o la elección solamente se lleva a cabo en el momento del nacimiento? –Resp. Dios la ha marcado; esta cuestión requiere un mayor desarrollo. Al elegir la prueba que quiere pasar, el Espíritu pide para encarnarse; sin embargo, Dios que sabe todo y ve todo, ha sabido y visto anticipadamente que tal alma se uniría a tal cuerpo. Cuando el Espíritu nace en las clases bajas de la sociedad, sabe que su vida no será más que trabajo y sufrimientos. El niño que va a nacer tiene una existencia que resulta, hasta un cierto punto, de la posición de sus padres.
31. ¿Por qué de padres buenos y virtuosos nacen hijos de una naturaleza perversa? Dicho de otro modo, ¿por qué las buenas cualidades de los padres no atraen siempre, por simpatía, un Espíritu bueno para animar a su hijo? –Resp. Un Espíritu malo pide padres buenos, en la esperanza de que sus consejos lo guíen hacia una senda mejor.
32. ¿Pueden los padres, mediante sus pensamientos y oraciones, atraer al cuerpo del niño un Espíritu bueno en lugar de un Espíritu inferior? –Resp. No; pero pueden mejorar al Espíritu reencarnado: éste es su deber; los hijos malos son una prueba para los padres.
33. Se concibe el amor materno para la conservación de la vida del niño; pero, ya que este amor está en la Naturaleza, ¿por qué existen madres que odian a sus hijos, y a menudo esto sucede desde el nacimiento? –Resp. Son Espíritus malos que tratan de poner obstáculos al Espíritu reencarnante, para que éste sucumba frente a la prueba que ha solicitado.
34. Os agradecemos las explicaciones que habéis tenido a bien darnos. –Resp. Haré todo para instruiros. Nota – La teoría dada por este Espíritu con respecto al instante de la unión del alma y del cuerpo no es del todo exacta. La unión comienza desde la concepción; es decir que, desde ese momento, el Espíritu –sin estar encarnado– se une al cuerpo por un lazo fluídico que se va estrechando cada vez más hasta el nacimiento; la encarnación sólo se completa cuando el niño respira. (Ver El Libro de los Espíritus, N° 344 y siguientes.)
ALLAN KARDEC
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* El magnetizador es el que practica el magnetismo; magnetista se dice de aquel que adopta sus principios. Se puede ser magnetista sin ser magnetizador, pero no se puede ser magnetizador sin ser magnetista. [Nota de Allan Kardec.]
Abril
Con el título: Le Vieux-Neuf (Lo Viejo Nuevo), el Sr. Édouard Fournier ha publicado en Le Siècle (El Siglo) –hace unos diez años– una serie de artículos tan notables desde el punto de vista de la erudición, que interesan bajo el aspecto histórico. Al pasar revista a todos los inventos y descubrimientos modernos, el autor prueba que si nuestro siglo tiene el mérito de la aplicación y del desarrollo, no tiene –al menos para la mayoría– el de la prioridad. En la época en que el Sr. Édouard Fournier escribía estos cultos folletines, aún no era planteada la cuestión de los Espíritus, sin la que no hubiera dejado de mostrarnos que todo lo que sucede no es más que una repetición de lo que los Antiguos sabían tan bien y quizás mejor que nosotros. Por nuestra parte lo lamentamos, porque sus profundas investigaciones le hubiesen permitido sondar la antigüedad mística, como ha sondado la antigüedad industrial; formulamos votos para que un día él dirija hacia ese lado sus laboriosas investigaciones. En cuanto a nosotros, nuestras observaciones personales no nos dejan ninguna duda sobre la antigüedad y la universalidad de la Doctrina que nos enseñan los Espíritus. Esta coincidencia entre lo que ellos nos dicen hoy y las creencias de los tiempos más remotos son un hecho significativo de un alto alcance. Entretanto, haremos notar que si encontramos por todas partes los vestigios de la Doctrina Espírita, en ninguna parte la vemos completa: parece haber sido reservado a nuestra época coordinar esos fragmentos esparcidos entre todos los pueblos, para llegar a la unidad de principios por medio de un conjunto más completo y sobre todo más general de manifestaciones, que parecen dar razón al autor del artículo anterior sobre el período psicológico en que la Humanidad parece entrar.
Casi por todas partes la ignorancia y los prejuicios han desfigurado esta doctrina, cuyos principios fundamentales son mezclados con las prácticas supersticiosas de todos los tiempos, explotadas para sofocar la razón. Pero bajo este montón de absurdos germinan las ideas más sublimes, como preciosas semillas escondidas bajo las malezas, sólo esperando la luz vivificante del Sol para emprender su vuelo. Más universalmente esclarecida, nuestra generación aparta las malezas, pero tal roturación no puede cumplirse sin transición. Por lo tanto, dejemos a las buenas semillas el tiempo para desarrollarse y a las hierbas malas el de desaparecer. La doctrina druídica nos ofrece un curioso ejemplo de lo que acabamos de decir. Esta doctrina, de la que apenas se conocen sus prácticas externas, en ciertos aspectos se elevaba hasta las más sublimes verdades; pero estas verdades eran solamente para los iniciados: el vulgo, aterrorizado por los sangrientos sacrificios, recogía con un santo respeto el muérdago sagrado del roble y sólo veía lo fantasmagórico. Se podrá juzgar eso por la siguiente cita extraída de un documento tan precioso como poco conocido, y que derrama una luz enteramente nueva sobre la verdadera teología de nuestros antepasados.
«Entregamos a la reflexión de nuestros lectores un texto céltico publicado hace poco y cuya aparición ha causado una cierta emoción en el mundo cultural. Es imposible saber exactamente quién ha sido el autor, ni tampoco a qué siglo se remonta. Pero lo que es indiscutible es que pertenece a la tradición de los bardos del País de Gales, y este origen es suficiente para conferirle un valor de primer orden.
«En efecto, se sabe que el País de Gales forma todavía en nuestros días el refugio más fiel de la nacionalidad gala que, entre nosotros, ha sufrido modificaciones tan profundas. Apenas rozado por la dominación romana, estuvo allí por poco tiempo y débilmente; preservado de la invasión de los bárbaros por la energía de sus habitantes y por las dificultades de su territorio, y sometido más tarde por la dinastía normanda que debió dejarle, sin embargo, un cierto grado de independencia, el nombre de Gales, Gallia, que siempre ha llevado, es un rasgo distintivo por el cual se vincula al período antiguo, sin discontinuidad. La lengua kímrica –hablada en otros tiempos en toda la parte septentrional de la Galia– nunca ha dejado de estar en uso en aquel lugar, y muchas de las costumbres son allí igualmente galas. De todas las influencias extranjeras, la del Cristianismo ha sido la única que hubo encontrado un medio de triunfar allí plenamente; pero esto no ha ocurrido sin haber pasado por grandes dificultades relacionadas con la supremacía de la Iglesia romana, cuya reforma del siglo XVI no ha hecho más que determinar la caída desde largo tiempo preparada en esas regiones llenas de un sentimiento indefectible de independencia.
«Se puede incluso decir que los druidas, al convertirse enteramente al Cristianismo, no se extinguieron totalmente en el País de Gales, como en nuestra Bretaña y en los otros países de sangre gala. Ellos han tenido como consecuencia inmediata una sociedad muy sólidamente constituida, principalmente consagrada, en apariencia, al culto de la poesía nacional, pero que bajo el manto poético ha conservado con una fidelidad notable la herencia intelectual de la antigua Galia: es la Sociedad Bárdica del País de Gales que, después de haberse mantenido como sociedad secreta durante toda la duración de la Edad Media –a través de una transmisión oral de sus monumentos literarios y de su doctrina, a imitación de la práctica de los druidas–, decidió, hacia el siglo XVI y XVII, confiar a la escritura las partes más esenciales de esta herencia.De este bagaje, cuya autenticidad está así atestada por una cadena tradicional ininterrumpida, procede el texto del cual hablamos; y en razón de esas circunstancias, su valor no depende – como se ve– ni de la mano que tuvo el mérito de escribirlo, ni de la época en la que su redacción pudo haber adquirido su última forma. Por encima de todo, lo que allí se refleja es el espíritu de los bardos de la Edad Media, que eran los últimos discípulos de esta corporación sabia y religiosa que, con el nombre de druidas, dominó la Galia durante el primer período de su Historia, más o menos de la misma manera como el clero latino durante el de la Edad Media.
«Aunque estuviésemos privados de todas las luces sobre el origen de ese texto, sería puesto muy claramente en camino por su concordancia con las enseñanzas que los autores griegos y latinos nos han dejado con relación a la doctrina religiosa de los druidas. Esta concordancia constituye puntos de solidaridad que no ofrecen ninguna duda, porque se apoyan en las razones extraídas de la propia esencia del escrito; y la solidaridad así demostrada por los artículos capitales –los únicos de los cuales los Antiguos nos han hablado– se extiende naturalmente a los desarrollos secundarios. En efecto, estos desarrollos, penetrados del mismo Espíritu, derivan necesariamente de la misma fuente; forman parte de ese bagaje y no pueden explicarse sino a través de éste. Y al mismo tiempo que por una generación tan lógica remontan a los primitivos depositarios de la religión druídica, es imposible asignarles cualquier otro punto de partida; porque, fuera de la influencia druídica, el país de donde ellos provienen sólo ha conocido la influencia cristiana, la cual es totalmente extraña a tales doctrinas.
«Los desarrollos contenidos en las tríadas están, incluso, tan perfectamente fuera del Cristianismo, que las pocas emociones cristianas que se han deslizado aquí y allá en su conjunto, se distinguen a primera vista del fondo primitivo. Estas emanaciones, ingenuamente salidas de la conciencia de los bardos cristianos, bien han podido –si se puede decirlo así– intercalarse en los intersticios de la tradición, pero no pudieron fundirse con ella. Por lo tanto, el análisis del texto es tan simple como riguroso, desde que puede reducirse a poner a un lado todo lo que lleva la marca del Cristianismo y, una vez operada la selección, considerarse como de origen druídico todo lo que queda visiblemente caracterizado por una religión diferente de la del Evangelio y de los concilios. De esta manera, para no citar más que lo esencial, partiendo de este principio tan conocido de que el dogma de la caridad en Dios y en el hombre es tan especial al Cristianismo como el de la migración de las almas lo es al antiguo druidismo, un cierto número de tríadas –en las cuales se refleja un espíritu de amor como nunca ha conocido la Galia primitiva– revela inmediatamente las marcas de un carácter comparativamente moderno; mientras que las otras, animadas por un soplo diferente, dejan ver un tanto mejor el sello de la alta Antigüedad que las distingue.
«En fin, no es inútil hacer observar que la propia forma de la enseñanza contenida en las tríadas es de origen druídico. Se sabe que los druidas tenían una predilección particular por el número tres, y ellos lo empleaban especialmente –así como nos lo muestra la mayoría de los monumentos galeses– para la transmisión de sus lecciones que, mediante esa precisa presentación, se grababan más fácilmente en la memoria. Diógenes Laercio nos ha conservado una de esas tríadas que sucintamente resume el conjunto de los deberes del hombre para con la Divinidad, para con sus semejantes y para consigo mismo: «Honrar a los seres superiores, no cometer injusticias y cultivar en sí mismo la virtud viril». La literatura de los bardos ha propagado hasta nosotros una multitud de aforismos del mismo género, en lo tocante a todas las ramas del saber humano: Ciencias, Historia, Moral, Derecho, Poesía. No las hay de más interesantes y más propias para inspirar grandes reflexiones que aquellas cuyo texto publicamos aquí, según la traducción que ha sido hecha por el Sr. Adolphe Pictet.
«De esta serie de tríadas, las once primeras son consagradas a la exposición de los atributos característicos de la Divinidad. Como era fácil preverlo, es en esta sección que las influencias cristianas han tenido una mayor acción. Si no se puede negar que el druidismo haya conocido el principio de la unidad de Dios, puede incluso ser que, por consecuencia de su predilección por el número ternario, pudo haber sido llevado a concebir algo confusamente la divina Trinidad; sin embargo, es indiscutible que lo que completa esta alta concepción teológica –el saber la distinción de las personas y particularmente de la tercera– ha debido quedar perfectamente extraño a esta antigua religión. Todo está de acuerdo en probar que sus sectarios estaban mucho más preocupados en fundar la libertad del hombre que en fundar la caridad; y es por seguir esta falsa posición desde su punto de partida que ha perecido. Todo ese inicio también parece relacionarse a una influencia cristiana, más o menos determinada, particularmente a partir de la quinta tríada.
«A continuación de los principios generales relativos a la naturaleza de Dios, el texto pasa a exponer la constitución del Universo. El conjunto de esta constitución es superiormente formulado en tres tríadas que, mostrando a los seres particulares en un orden absolutamente diferente al de Dios, completan la idea que debe formarse del Ser único e inmutable. Además, con fórmulas más explícitas, esas tríadas no hacen sino reproducir lo que ya se sabía –a través del testimonio de los Antiguos– sobre la doctrina de la circulación de las almas, que pasan alternadamente de la vida a la muerte y de la muerte a la vida. Pueden ser consideradas como el comentario de un célebre verso de La Farsalia, en el cual el poeta exclama, al dirigirse a los sacerdotes de la Galia, que si lo que ellos enseñan es verdad, la muerte no es más que el medio de una larga vida: Longæ vitæ mors media est.
II – Tres cosas proceden de las tres unidades primitivas: toda vida, todo bien y todo poder.
III – Dios es necesariamente tres cosas: la parte mayor de la vida, la parte mayor de la ciencia y la parte mayor del poder; y no podría tener una parte mayor de cada cosa.
IV – Tres cosas que Dios no puede dejar de ser: lo que debe constituir el bien perfecto, lo que debe querer el bien perfecto y lo que debe cumplir el bien perfecto.
V – Tres garantías de lo que Dios hace y hará: su poder infinito, su sabiduría infinita y su amor infinito; porque no hay nada que no pueda ser efectuado, que no pueda volverse verdadero y que no pueda ser querido por un atributo.
VI – Tres fines principales de la obra de Dios, como Creador de todas las cosas: disminuir el mal, reforzar el bien y hacer resaltar toda la diferencia, de tal manera que se pueda saber lo que debe ser o, al contrario, lo que no debe ser.
VII – Tres cosas que Dios no puede dejar de conceder: lo que hay de más ventajoso, lo que hay de más necesario y lo que hay de más bello para cada cosa.
VIII – Tres poderes de la existencia: no poder ser de otro modo, no ser necesariamente otro y no poder ser mejor por la concepción; y en eso está la perfección de todas las cosas.
IX – Tres cosas prevalecerán necesariamente: el supremo poder, la suprema inteligencia y el supremo amor de Dios.
X – Las tres grandezas de Dios: vida perfecta, ciencia perfecta, poder perfecto.
XI – Tres causas originales de los seres vivos: el amor divino de acuerdo con la suprema inteligencia, la sabiduría suprema por el conocimiento perfecto de todos los medios y el poder divino de acuerdo con la voluntad, el amor y la sabiduría de Dios.
XIII – Tres estados sucesivos de seres animados: el estado de descenso en el abismo (annoufn), el estado de libertad en la humanidad y el estado de felicidad en el cielo.
XIV – Tres fases necesarias de toda existencia con relación a la vida: el comienzo en annoufn, la transmigración en abred y la plenitud en gwynfyd; y sin estas tres cosas nadie puede existir, excepto Dios.
| ESCALA ESPÍRITA | ESCALA DRUÍDICA | ||
| Ceugant. Morada de
Dios. | |||
| 1ª orden | 1ª Clase | Espíritus puros. (Sin necesidad de
reencarnación.) . | Gwynfyd. Morada de
los bienaventurados.
Vida eterna. |
| 2ª classe | Espíritus superiores* | ||
| 2ª orden Espíritus buenos 3º ORDEN Espíritus imperfectos | 3ª clase 4ª clase 5ª clase | Espíritus de sabiduría Espíritus eruditos Espíritus benévolos | Abred, círculo de las
migraciones o de las
diferentes existencias
corporales que las
almas recorren para
llegar de annoufn a
gwynfyd. |
| 6ª clase 7ª clase 8ª clase 9ª clase | Espíritus neutros Espíritus pseudosabios Espíritus ligeros Espíritus impuros | ||
| Annoufn, abismo;
punto de partida de las
almas. | |||
En su Voyage aux sources du Nil (Viaje a las fuentes del Nilo), en 1768, James Bruce relata lo siguiente con respecto a Gingiro, pequeño reino situado en la parte meridional de Abisinia, al este del reino de Adal. Se trata de dos embajadores que Socinios, rey de Abisinia, envió al papa, hacia 1625, y que debieron atravesar Gingiro.
«Entonces fue necesario –dice Bruce– avisar al rey de Gingiro de la llegada de la caravana y pedirle una audiencia; pero en ese momento él estaba ocupado con una importante operación de magia, sin la cual ese soberano nunca se atrevía a emprender nada.
«El reino de Gingiro puede ser considerado como el primero de ese lado de África, donde se ha establecido la extraña práctica de predecir el futuro por la evocación de Espíritus y por una comunicación directa con el diablo.
«El rey de Gingiro estimó que debía dejar pasar ocho días antes de admitir en audiencia al embajador y a su acompañante, el jesuita Fernández. En consecuencia, al noveno día, éstos recibieron el permiso para ir a la corte, donde llegaron a la misma tarde.
«En el país de Gingiro nada se hace sin la ayuda de la magia. Se ve por ahí cuán degradada se encuentra la razón humana a algunas leguas de distancia. Que no vengan más a decirnos que se debe atribuir esta debilidad a la ignorancia o al calor del clima. ¿Por qué un clima cálido induciría más a los hombres a volverse magos que un clima frío? ¿Por qué la ignorancia ampliaría el poder del hombre a punto de hacerlo transponer los límites de la inteligencia común y de darle la facultad de corresponderse con un nuevo orden de seres, habitantes de otro mundo? Los etíopes que circundan casi toda Abisinia son más negros que los de Gingiro; su país es más cálido y son, como ellos, indígenas en los lugares que habitan desde el comienzo de los siglos; sin embargo, no adoran al diablo, ni pretenden tener comunicación con él; ni sacrifican hombres en sus altares; en fin, no se encuentra entre ellos ningún vestigio de esta indignante atrocidad.
«En las partes de África que tienen comunicación abierta con el mar, el comercio de esclavos está en uso desde los siglos más remotos; pero el rey de Gingiro, cuyos Estados se encuentran ubicados casi en el centro del continente, sacrifica al diablo los esclavos que no puede vender al hombre. Es ahí que comienza esta horrible costumbre de derramar sangre humana en todas las solemnidades. Ignoro –dice el Sr. Bruce– hasta dónde la misma se extiende hacia el sur de África, pero considero Gingiro como el límite geográfico del reino del diablo, del lado septentrional de la península.»
Si el Sr. Bruce hubiese visto lo que hoy nosotros atestiguamos, no encontraría nada de asombroso en la práctica de las evocaciones en uso en Gingiro. Él sólo ve ahí una creencia supersticiosa, mientras que nosotros encontramos la causa en los hechos de las manifestaciones falsamente interpretadas, que han podido producirse allí como en otra parte. El papel que la credulidad hace representar aquí al diablo no tiene nada de sorprendente. En primer lugar, notemos que todos los pueblos bárbaros atribuyen a un poder maléfico los fenómenos que ellos no pueden explicar. En segundo lugar, un pueblo tan atrasado como para sacrificar seres humanos no puede atraer Espíritus superiores. Por lo tanto, la naturaleza de aquellos que lo visitan no puede más que confirmarlo en su creencia. Además, es preciso considerar que los pueblos de esa parte de África han conservado un gran número de tradiciones judías, mezcladas más tarde con algunas ideas deformadas del Cristianismo, fuente donde han extraído, como consecuencia de su ignorancia, la doctrina del diablo y de los demonios.
Conversaciones familiares del Más Allá
Bernard Palissy (9 de marzo de 1858)
1. ¿Dónde te has encontrado al dejar la Tierra? –Resp. Aún en la misma.
2. ¿En qué condición estabas aquí? –Resp. Bajo los rasgos de una mujer amorosa y abnegada; no era sino una misión.
3. ¿Ha durado mucho tiempo esa misión? –Resp. Treinta años.
4. ¿Recuerdas el nombre de esta mujer? –Resp. Es desconocido.
5. ¿Te satisface la estima que se tiene por tus obras? Y esto, ¿te compensa los sufrimientos que has soportado? –Resp. ¡Qué me importan las obras materiales de mis manos! Lo que me importa es el sufrimiento que me ha elevado.
6. ¿Con qué objetivo has trazado, por la mano del Sr. Victorien Sardou, los admirables dibujos que nos has dado sobre el planeta Júpiter que habitas? –Resp. Con el objetivo de inspiraros el deseo de volveros mejores.
7. Ya que vuelves a menudo a la Tierra que has habitado diversas veces, debes conocer bastante el estado físico y moral para establecer una comparación entre ésta y Júpiter; te rogamos, pues, que consientas en esclarecernos sobre varios puntos. –Resp. En vuestro globo, no vengo sino en Espíritu; el Espíritu no tiene sensaciones materiales.
9. El cuadro que los Antiguos nos han dado de los Campos Elíseos, ¿sería el resultado del conocimiento intuitivo que ellos tenían de un mundo superior, tal como Júpiter, por ejemplo? –Resp. Del conocimiento positivo; la evocación permanecía en las manos de los sacerdotes.
10. ¿Varía la temperatura según las latitudes, como aquí? –Resp. No.
11. Según nuestros cálculos el Sol debe aparecer a los habitantes de Júpiter desde un ángulo muy pequeño, y darles, por consecuencia, poca luz. ¿Puedes decirnos si la intensidad de la luz es allí igual a la de la Tierra, o si es menos fuerte? –Resp. Júpiter está rodeado de una especie de luz espiritual en relación con la esencia de sus habitantes. La luz grosera de vuestro Sol no ha sido hecha para ellos.
12. ¿Hay una atmósfera? –Resp. Sí.
13. ¿Está la atmósfera formada por los mismos elementos que la atmósfera terrestre? –Resp. No; los hombres no son los mismos; sus necesidades han cambiado.
14. ¿Hay allí agua y mares? –Resp. Sí.
15. ¿Está el agua formada con los mismos elementos que la nuestra? –Resp. Más etérea.
16. ¿Hay volcanes? –Resp. No; nuestro globo no es atormentado como el vuestro; la Naturaleza no ha tenido sus grandes crisis; es la morada de los bienaventurados. En él, la materia apenas se toca.
17. ¿Tienen las plantas analogía con las nuestras? –Resp. Sí, pero más bellas.
19. ¿Puedes darnos una idea de su talla comparada con la de los habitantes de la Tierra? –Resp. Grandes y bien proporcionados. Mayores que vuestros hombres mayores. El cuerpo del hombre es como la marca de su Espíritu: bello donde él es bueno; la envoltura es digna de él; no es más una prisión.
20. ¿Son allí los cuerpos opacos, diáfanos o translúcidos? –Resp. Los hay de unos y otros. Unos tienen tal propiedad, otros tienen tal otra, según su destinación.
21. Concebimos esto para los cuerpos inertes, pero nuestra pregunta es relativa a los cuerpos humanos. –Resp. El cuerpo envuelve al Espíritu sin esconderlo, como un tenue velo arrojado sobre una estatua. En los mundos inferiores la envoltura grosera oculta el Espíritu a sus semejantes; pero los buenos no tienen nada a esconder: pueden leer en el corazón de unos y de otros. ¡Qué sería si fuera así en la Tierra!
22. ¿Hay sexos diferentes? –Resp. Sí; los hay por todas partes donde la materia existe; es una ley de la materia.
23. ¿Cuál es la base de la alimentación de los habitantes? ¿Es animal y vegetal como aquí? –Resp. Puramente vegetal; el hombre es el protector de los animales.
24. Se nos ha dicho que una parte de su alimentación es extraída del medio ambiente del cual aspiran las emanaciones; ¿esto es exacto? –Resp. Sí.
25. La duración de su existencia, comparada con la nuestra, ¿es más larga o más corta? –Resp. Más larga.
26. ¿De cuánto tiempo es el promedio de vida? –Resp. ¿Cómo medir el tiempo?
27. ¿No puedes tomar uno de nuestros siglos como punto de comparación? –Resp. Creo que alrededor de cinco siglos.
28. ¿Es el desarrollo de la infancia proporcionalmente más rápido que entre nosotros? –Resp. El hombre conserva su superioridad; la infancia no comprime su inteligencia, ni la vejez la extingue.
29. ¿Están los hombres sujetos a las enfermedades? –Resp. No están sujetos a vuestros males.
30. ¿Se divide la existencia entre la vigilia y el sueño? –Resp. Entre la acción y el reposo.
31. ¿Podrías darnos una idea de las diversas ocupaciones de los hombres? –Resp. Sería preciso decir mucho. Su principal ocupación es la de dar aliento a los Espíritus que habitan en los mundos inferiores para que perseveren en la buena senda. Al no haber infortunios que aliviar entre ellos, van en busca de los que sufren: son los Espíritus buenos que os sostienen y os atraen a la buena senda.
32. ¿Se cultivan allí nuestras artes? –Resp. Éstas son inútiles allí. Vuestras artes son juguetes que distraen vuestros dolores.
33. La densidad específica del cuerpo del hombre, ¿le permite transportarse de un lugar a otro sin permanecer, como aquí, atado al suelo? –Resp. Sí.
34. ¿Se siente allí el fastidio y el disgusto de la vida? –Resp. No; el disgusto de la vida sólo viene del desprecio de sí mismo.
35. Al ser menos densos que los nuestros los cuerpos de los habitantes de Júpiter, ¿son formados de materia compacta y condensada o vaporosa? –Resp. Compacta para nosotros; pero, para vosotros, no lo sería; es menos condensada.
36. El cuerpo, considerado como formado de materia, ¿es impenetrable? –Resp. Sí.
37. ¿Tienen los habitantes un lenguaje articulado como nosotros? –Resp. No; existe entre ellos comunicación por el pensamiento.
38. ¿Es la segunda vista, como se nos ha dicho, una facultad normal y permanente entre vosotros? –Resp. Sí, el Espíritu no tiene obstáculos; nada está oculto para él.
39. Si nada está oculto para el Espíritu, ¿conoce entonces el futuro? (Queremos hablar de los Espíritus encarnados en Júpiter.) – Resp. El conocimiento del futuro depende de la perfección del Espíritu; tiene menos inconvenientes para nosotros que para vosotros; incluso nos es necesario, hasta un cierto punto, para el cumplimiento de misiones que tenemos que efectuar; pero decir que conocemos el futuro sin restricciones sería colocarnos en el mismo nivel que Dios.
40. ¿Podéis revelar todo lo que sabéis del futuro? –Resp. No; esperad saberlo cuando lo hayáis merecido.
41. ¿Os comunicáis más fácilmente que nosotros con los otros Espíritus? –Resp. ¡Sí! Siempre: la materia no está más entre ellos y nosotros.
42. ¿Inspira la muerte el horror y el espanto que causa entre nosotros? –Resp. ¿Por qué habría de ser espantosa? El mal no está más entre nosotros. Sólo el malo ve su último momento con espanto; él teme su juicio.
43. ¿Qué sucede con los habitantes de Júpiter después de la muerte? –Resp. Crecen siempre en perfección sin sufrir más pruebas.
44. ¿No hay Espíritus, en Júpiter, que se someten a pruebas para cumplir una misión? –Resp. Sí, pero eso no es más una prueba; sólo el amor al bien los lleva a sufrir.
45. ¿Pueden ellos fallar en su misión? –Resp. No, porque son buenos; sólo hay debilidad donde hay defectos.
46. ¿Podrías nombrarnos algunos Espíritus que habitan en Júpiter, que han cumplido una gran misión en la Tierra? –Resp. San Luis.
47. ¿Podrías nombrar otros? –Resp. ¡Esto no es importante! Hay misiones desconocidas que tienen como objetivo la felicidad de uno solo; a veces, ésas son las mayores y las más dolorosas.
49. ¿Existen animales carnívoros? –Resp. Los animales no se destrozan entre sí; todos viven sometidos al hombre y se aman mutuamente.
50. ¿Pero no hay animales que escapan a la acción del hombre, como los insectos, los peces, los pájaros? –Resp. No; todos le son útiles.
51. Se nos ha dicho que los animales son los servidores y los peones que ejecutan los trabajos materiales, construyendo viviendas, etc. ¿Esto es verdad? –Resp. Sí; el hombre no se rebaja más siendo sirviente de sus semejantes.
52. ¿Son los animales servidores vinculados a una persona o a una familia, o bien son tomados y cambiados a voluntad como aquí? – Resp. Todos se vinculan a una familia particular: vosotros cambiáis para encontrar otro mejor.
53. ¿Están los animales servidores en el estado de esclavitud o de libertad? ¿Son ellos una propiedad o pueden cambiar de dueño a voluntad? –Resp. Se encuentran en el estado de sumisión.
54. ¿Reciben los animales trabajadores alguna remuneración por sus esfuerzos? –Resp.
No. 55. Las facultades de los animales, ¿se desarrollan por una especie de educación? –Resp. Ellos lo hacen por sí mismos.
56. ¿Tienen los animales un lenguaje más preciso y más caracterizado que el de los animales terrestres? –Resp. Ciertamente.
58. ¿Los Espíritus son iguales o de diferentes grados? –Resp. De diferentes grados, pero del mismo orden.
59. Te pedimos que consientas en remitirte a la Escala espírita que hemos dado en el segundo número de la Revista, y decirnos a qué orden pertenecen los Espíritus encarnados en Júpiter. –Resp. Todos buenos, todos superiores; algunas veces el bien desciende al mal; pero nunca el mal se mezcla con el bien.
60. ¿Los habitantes forman diferentes pueblos como en la Tierra? –Resp. Sí; pero todos unidos entre sí por los lazos del amor.
61. ¿Por eso las guerras son allí desconocidas? –Resp. Pregunta inútil.
62. ¿Podrá llegar el hombre en la Tierra a un grado bastante alto de perfección como para abstenerse de las guerras? –Resp. Seguramente ha de llegar; la guerra desaparecerá con el egoísmo de los pueblos y a medida que ellos comprendan mejor la fraternidad.
63. ¿Son los pueblos gobernados por jefes? –Resp. Sí.
64. ¿En qué consiste la autoridad de los jefes? –Resp. En el grado superior de perfección.
65. ¿En qué consiste la superioridad y la inferioridad de los Espíritus en Júpiter, ya que son todos buenos? –Resp. Ellos tienen más o menos conocimientos y experiencia; se depuran al esclarecerse.
66. ¿Existen pueblos más o menos adelantados que los otros como en la Tierra? –Resp. No; pero en los pueblos hay diferentes grados.
67. Si el pueblo más avanzado de la Tierra fuese transportado a Júpiter, ¿qué rango ocuparía allí? –Resp. El rango de los monos entre vosotros.
68. ¿Están los pueblos gobernados por leyes? –Resp. Sí.
69. ¿Existen leyes penales? –Resp. No hay más crímenes.
70. ¿Quién hace las leyes? –Resp. Dios las ha hecho.
71. ¿Hay ricos y pobres, es decir, hombres que están en la abundancia y en lo superfluo, mientras que a otros les falta lo necesario? –Resp. No; todos son hermanos; si uno tuviera más que el otro, habría de repartir; no disfrutaría en cuanto su hermano sufriese carencias.
72. Según esto, ¿serían las fortunas iguales para todos? –Resp. Yo no he dicho que todos eran ricos en el mismo grado; me habéis preguntado si existen los que tienen lo superfluo, mientras que a otros les falta lo necesario.
73. Estas dos respuestas nos parecen contradictorias; te rogamos que las aclares. –Resp. A nadie le falta lo necesario; nadie tiene lo superfluo, es decir, que la fortuna de cada uno está en relación con su condición. ¿Estáis satisfecho?
74. Ahora comprendemos; pero preguntaremos todavía si el que tiene menos no es desdichado con relación al que tiene más. –Resp. No puede ser desdichado desde el momento que él no es envidioso ni celoso. La envidia y los celos producen más desdichados que la miseria.
75. ¿En qué consiste la riqueza en Júpiter? –Resp. ¡Qué interés puede tener esto!
76. ¿Hay desigualdades de posición social? –Resp. Sí.
77. ¿En qué están fundadas? –Resp. En las leyes de la sociedad. Unos son más o menos adelantados en la perfección. Los que son superiores tienen sobre los otros una especie de autoridad, como un padre sobre sus hijos.
78. ¿Se desarrollan las facultades del hombre a través de la educación? –Resp. Sí.
79. ¿Puede el hombre adquirir bastante perfección en la Tierra para merecer pasar inmediatamente a Júpiter? –Resp. Sí, pero el hombre, en la Tierra, está sometido a las imperfecciones para que esté en relación con sus semejantes.
80. Cuando un Espíritu que deja la Tierra debe reencarnarse en Júpiter, ¿permanece errante durante algún tiempo antes de haber encontrado el cuerpo a que debe unirse? –Resp. Él queda en ese estado durante un cierto tiempo, hasta que se haya liberado de sus imperfecciones terrestres.
81. ¿Existen varias religiones? –Resp. No; todos profesan el bien y todos adoran a un solo Dios.
82. ¿Hay templos y cultos? –Resp. Por templo, el corazón del hombre; por culto, el bien que hace.
1. ¿Qué os indujo a venir a nuestro llamado? –Resp. He venido para instruiros.
2. ¿Estáis contrariado por haber venido entre nosotros y por responder a las preguntas que deseamos dirigiros? –Resp. No; aquellas que tengan por objetivo vuestra instrucción, no veo inconvenientes.
3. ¿Qué prueba podemos tener de vuestra identidad, y cómo podemos saber que no es otro Espíritu que ha tomado vuestro nombre? –Resp. ¿Para qué serviría eso?
4. Sabemos por experiencia que a menudo Espíritus inferiores usurpan nombres supuestos, y es por esto que os hemos hecho esa pregunta. –Resp. Ellos usurpan también las pruebas; pero el Espíritu que se pone una máscara se devela también a sí mismo por sus palabras.
5. ¿Con qué forma y en qué lugar estáis entre nosotros? –Resp. Con la que lleva el nombre de Mehemet Alí,129 cerca de Ermance.
6. ¿Estaríais satisfecho si os cediéramos un lugar especial? –Resp. En la silla vacía. Nota – Había cerca de allí una silla vacante a la cual no se había prestado atención.
7. ¿Tenéis un recuerdo preciso de vuestra última existencia corporal? –Resp. No lo tengo todavía preciso; la muerte me ha dejado su turbación.
8. ¿Sois feliz? –Resp. No; infeliz.
9. ¿Estáis errante o reencarnado? –Resp. Errante.
10. ¿Recordáis lo que habéis sido antes de vuestra última existencia? –Resp. Yo era pobre en la Tierra; envidié las grandezas terrestres: subí para sufrir.
11. Si pudierais renacer en la Tierra, ¿qué condición elegiríais de preferencia? –Resp. La de ser desconocido; los deberes son menores.
12. ¿Qué pensáis ahora de la última posición que habéis ocupado en la Tierra? –Resp. ¡Vanidad de la nada! ¡He querido conducir a los hombres, sin saber conducirme a mí mismo!
13. Se dice que vuestra razón estaba alterada desde hacía algún tiempo; ¿esto es verdad? –Resp. No.
14. La opinión pública aprecia lo que habéis hecho por la civilización de Egipto, y os coloca entre sus mayores príncipes. ¿Sentís satisfacción? –Resp. ¡Qué me importa esto! La opinión de los hombres es el viento del desierto que levanta el polvo.
15. ¿Veis con placer a vuestros descendientes marchar en el mismo camino, y os interesáis por sus esfuerzos? –Resp. Sí, ya que tienen como objetivo el bien común.
16. Sin embargo, se os reprochan actos de una gran crueldad: ¿los reprobáis ahora? –Resp. Los expío.
17. ¿Veis a los que habéis hecho masacrar? –Resp. Sí.
18. ¿Qué sentimientos tienen por vos? –Resp. El odio y la piedad.
19. Desde que habéis dejado esta vida, ¿volvisteis a ver al sultán Mahmud?–Resp. Sí: en vano huimos uno del otro.
20. ¿Qué sentimiento tenéis uno por el otro ahora? –Resp. Aversión.
21. ¿Cuál es vuestra opinión actual sobre las penas y las recompensas que nos esperan después de la muerte? –Resp. La expiación es justa.
22. ¿Cuál es el mayor obstáculo que habéis tenido que combatir para el cumplimiento de vuestras miras de progreso? –Resp. Yo reinaba sobre esclavos.
23. ¿Pensáis que si el pueblo que tuvisteis que gobernar hubiese sido cristiano, hubiera sido menos rebelde a la civilización? –Resp. Sí; la religión cristiana eleva el alma; la religión mahometana no habla más que de la materia.
24. Cuando encarnado, ¿era absoluta vuestra fe en la religión musulmana? –Resp. No; yo creía en un Dios mayor.
25. ¿Qué pensáis ahora de la religión mahometana? –Resp. Ella no forja a los hombres.
26. ¿Tenía Mahoma, según vos, una misión divina? –Resp. Sí, pero la echó a perder.
27. ¿En qué la echó a perder? –Resp. Quiso reinar.
28. ¿Qué pensáis de Jesús? –Resp. Éste ha venido de Dios.
29. Según vos, ¿cuál de los dos, Jesús o Mahoma, ha hecho más para la felicidad de la Humanidad? –Resp. ¿Por qué lo preguntáis? ¿Qué pueblo Mahoma ha regenerado? La religión cristiana ha salido pura de la mano de Dios: la religión mahometana es la obra de un hombre.
30. ¿Creéis que una de esas religiones está destinada a desaparecer de la faz de la Tierra? –Resp. El hombre progresa siempre; la mejor permanecerá.
31. ¿Qué pensáis de la poligamia, consagrada por la religión musulmana? –Resp. Es uno de los lazos que retienen en la barbarie a los pueblos que la profesan.
32. ¿Creéis que la sumisión de la mujer está en conformidad con las miras de Dios? –Resp. No; la mujer es igual al hombre, ya que el Espíritu no tiene sexo.
33. Se dice que el pueblo árabe solamente puede ser conducido a través del rigor; ¿no creéis que los malos tratos lo embrutecen más que someterlo? –Resp. Sí, es el destino del hombre: cuando es esclavo se envilece.
34. ¿Podéis transportaros a los tiempos de la Antigüedad, donde el Egipto estaba floreciente, y decirnos cuáles han sido las causas de su decadencia moral? –Resp. La corrupción de las costumbres.
35. Parece que hacéis poco caso a los monumentos históricos que cubren el suelo de Egipto; no nos explicamos esta indiferencia por parte de un príncipe amigo del progreso. –Resp. ¡Qué importa el pasado! El presente no lo reemplazaría.
36. ¿Podríais explicaros más claramente? –Resp. Sí. No sería preciso recordar al egipcio degradado un pasado demasiado brillante: no lo hubiera comprendido. He desdeñado lo que me ha parecido inútil; ¿no podía yo engañarme?
37. Los sacerdotes del antiguo Egipto, ¿tenían conocimiento de la Doctrina Espírita? –Resp. Era la de ellos.
38. ¿Recibían manifestaciones? –Resp. Sí.
39. Las manifestaciones que obtenían los sacerdotes egipcios, ¿tenían la misma fuente que las que obtenía Moisés? –Resp. Sí, él fue iniciado por ellos.
40. ¿De dónde proviene que las manifestaciones de Moisés eran más poderosas que las de los sacerdotes egipcios? –Resp. Moisés quería revelar; los sacerdotes egipcios sólo tendían a ocultar.
41. ¿Pensáis que la doctrina de los sacerdotes egipcios tenía alguna relación con la de los hindúes? –Resp. Sí; todas las religiones madres están ligadas entre sí por lazos casi invisibles: derivan de una misma fuente.
42. ¿Cuál de esas dos religiones, la de los egipcios y la de los hindúes, es la madre de la otra? –Resp. Ellas son hermanas.
43. ¿Cómo se explica que vos, que cuando encarnado erais tan poco esclarecido sobre esas cuestiones, podéis responder con tanta profundidad? –Resp. En otras existencias lo he aprendido.
44. En el estado errante donde estáis ahora, ¿tenéis entonces un pleno conocimiento de vuestras existencias anteriores? –Resp. Sí, salvo de la última.
45. ¿Habéis vivido, entonces, en el tiempo de los faraones? –Resp. Sí; tres veces he vivido en el suelo egipcio: como sacerdote, mendigo y príncipe.
46. ¿En qué reinado habéis sido sacerdote? –Resp. ¡Es tan antiguo! El príncipe era vuestro Sesostris.
47. Según esto, parecería que no habéis progresado, puesto que expiáis ahora los errores de vuestra última existencia. – Resp. Sí, he progresado lentamente; ¿era yo perfecto para ser sacerdote?
48. ¿Es porque habéis sido sacerdote en aquel tiempo que habéis podido hablarnos con conocimiento de causa de la antigua religión de los egipcios? –Resp. Sí; pero no soy lo bastante perfecto como para saberlo todo; otros leen en el pasado como en un libro abierto.
49. ¿Podríais darnos una explicación sobre el motivo de la construcción de las pirámides? –Resp. Es demasiado tarde.
(NOTA – Eran casi las once horas de la noche.)
50. No os haremos más que esta pregunta; ¿podríais responderla? Os lo ruego. –Resp. No, es demasiado tarde, y esta pregunta llevaría a otras.
51. ¿Tendríais la bondad de respondernos en otra ocasión? –Resp. No me comprometo.
52. Os agradecemos, no obstante, la complacencia con la que habéis tenido a bien responder a las otras preguntas. –Resp. ¡Bien! Yo volveré.1
En ciertos individuos la malevolencia no conoce límites; la calumnia tiene siempre veneno para el que se eleve por encima de la multitud. Los adversarios del Sr. Home han descubierto que el arma del ridículo es demasiado frágil; en efecto, debía debilitarse contra los nombres honorables que lo cubren con su protección.Entonces, al no poder más hacer reír a sus expensas, han querido difamarlo. Se ha difundido el rumor –se adivina con qué objetivo, y las malas lenguas lo repiten– que el Sr. Home no había partido a Italia, como lo habíamos anunciado, sino que estaba en la prisión de Mazas bajo el peso de las más graves acusaciones, que son formuladas como anécdotas de las que los ociosos y los amantes del escándalo están siempre ávidos. Podemos afirmar que no hay una palabra de verdad en todas esas maquinaciones infernales. Tenemos bajo nuestros ojos varias cartas del Sr. Home fechadas en Pisa, Roma y Nápoles, ciudad ésta donde él se encuentra en este momento, y estamos en condiciones de dar pruebas de lo que adelantamos. Los Espíritus tienen mucha razón al decir que los verdaderos demonios están entre los hombres.
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Leemos en un periódico: «Según la Gazette des Hôpitaux (Gaceta de los Hospitales), en este momento se cuentan, en el hospital de alienados de Zürich, 25 personas que han perdido la razón gracias a las mesas giratorias y a los Espíritus golpeadores.»
Para comenzar preguntamos si está bien comprobado que esos 25 alienados deben todos la pérdida de la razón a los Espíritus golpeadores, lo que al menos es cuestionable hasta que se tengan pruebas auténticas. Suponiendo que esos extraños fenómenos hayan podido impresionar sensiblemente a ciertos caracteres débiles, preguntaremos por otra parte si el miedo al diablo no ha hecho más locos que la creencia en los Espíritus. Ahora bien, como no se impedirá a los Espíritus de golpear, el peligro está en la creencia de que todos los que se manifiestan son demonios. Descartad esta idea haciendo conocer la verdad, y no se tendrá más miedo que de los fuegos fatuos; la idea de que se está asediado por el diablo es la que realmente perturba a la razón. Además, he aquí la contrapartida del artículo anterior. Leemos en otro periódico: «Existe un curioso documento estadístico de las funestas consecuencias que acarrea, entre el pueblo inglés, el hábito de la intemperancia y de los licores fuertes. En 100 individuos admitidos en el hospicio de locos de Hamwel, hay 72 cuya alienación mental debe ser atribuida a la embriaguez.»
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Hemos recibido de nuestros suscriptores numerosos relatos de hechos muy interesantes que nos apresuraremos a publicar en nuestras próximas entregas, debido a la falta de espacio que nos impide de hacerlo en ésta.
ALLAN KARDEC
Mayo
Ya habíamos escuchado hablar de ciertos fenómenos espíritas que en 1852 tuvieron una gran repercusión en la Baviera renana, en los alrededores de Spira, y sabíamos que un relato auténtico de los mismos había sido publicado en un opúsculo alemán. Después de largas investigaciones infructíferas, una dama –entre nuestros suscriptores de Alsacia–, que en esta circunstancia ha demostrado un gran interés y una perseverancia de las cuales le somos infinitamente agradecidos, finalmente consiguió encontrar ese opúsculo que ha tenido a bien hacernos llegar. Nosotros damos la traducción in extenso; sin duda, será leída con tanto más interés cuanto es, entre tantas otras, una prueba más de que hechos de este género son de todos los tiempos y de todos los países, puesto que han sucedido en una época en que apenas se comenzaba a hablar de Espíritus.
PREFACIO
Hace varios meses un acontecimiento extraño es el asunto de todas las conversaciones de nuestra ciudad y de los alrededores. Queremos referirnos al Golpeador –como se lo llama– de la casa del sastre Pierre Senger.
Hasta ahora nos abstuvimos de cualquier narración en nuestra publicación –Journal de Bergzabern (Periódico de Bergzabern)– sobre las manifestaciones que se han producido en aquella casa desde el 1° de enero de 1852; pero como las mismas han llamado la atención general, a tal punto que las autoridades creyeron un deber pedir al Dr. Bentner una explicación al respecto, y que incluso el Dr. Dupping, de Spira, se dirigió al lugar de los hechos para observarlos, no podemos postergar más tiempo en entregarlos al público.
Nuestros lectores no esperen de nosotros un juicio sobre la cuestión, en el cual estaríamos en aprietos; dejamos esa incumbencia a aquellos que, por la naturaleza de sus estudios y de su posición, son más aptos para pronunciarse, lo que además harán sin dificultad si consiguieren descubrir la causa de esos efectos. En cuanto a nosotros, nos limitaremos al simple relato de los hechos, principalmente de los que hemos sido testigo o de los que hemos obtenido de personas dignas de fe, dejando al lector que forme su opinión.
F.-A. BLANCK, Redactor del Journal de Bergzabern.
Mayo de 1852
El 1° de enero de este año (1852), la familia de Pierre Senger, de Bergzabern, oyó en su casa –y en un cuarto vecino al que comúnmente se encontraba– como un martilleo que al principio comenzaba con golpes sordos que parecían venir de lejos, y que después se volvían sucesivamente más fuertes y más marcados. Esos golpes parecían ser dados contra la pared, junto a la cual estaba ubicada la cama donde dormía su hija de once años de edad. Habitualmente el ruido se escuchaba entre las nueve y media y las diez y media. Al principio, los esposos Senger no le prestaron atención, pero como esta singularidad se repetía a cada noche, ellos pensaron que el ruido podía provenir de la casa vecina, donde un enfermo se divertía, a manera de pasatiempo, en tocar el tambor contra la pared. Luego se convencieron que ese enfermo no existía y que no podría ser la causa de ese ruido. Removieron el piso del cuarto, derrumbaron la pared, pero sin resultado. La cama fue transportada hacia el lado opuesto del cuarto; entonces sucedió una cosa asombrosa: el ruido apareció en aquel lugar, tan pronto como la niña se durmió. Estaba claro que la niña participaba en algo en la manifestación del ruido, y se supuso, después de que todas las investigaciones de la policía no hubieron descubierto nada, que ese hecho debía ser atribuido a una enfermedad de la niña o a una particularidad de su conformación. Sin embargo, hasta entonces nada ha venido a confirmar esta suposición. Es, todavía, un enigma para los médicos.
A la espera de esto, la situación continuó desarrollándose: el ruido se prolongó por más de una hora y los golpes aplicados tenían más fuerza. La niña fue cambiada de cuarto y de cama, pero el golpeador se manifestó en este nuevo cuarto, bajo la cama, en la propia cama y en la pared. Los golpes efectuados no eran idénticos; unas veces eran fuertes, otras veces débiles y aislados, y otras, en fin, se sucedían rápidamente, siguiendo el ritmo de marchas militares y de danzas.
Desde algunos días la niña ocupaba el cuarto mencionado, cuando se notó que, durante su sueño, emitía palabras breves e incoherentes. Luego las palabras se volvieron más claras y más inteligibles; parecía que la niña conversaba con otro ser, sobre el cual tenía autoridad. Entre los hechos que diariamente se producían, el autor de este opúsculo relatará uno del cual ha sido testigo: La niña estaba en su cama, acostada sobre el lado izquierdo. Ni bien se durmió, los golpes comenzaron y ella se puso a hablar de este modo: «–Tú, tú, toca una marcha». Y el golpeador tocaba una marcha que se parecía bastante a una marcha bávara. A la orden de: «¡Alto!», de la niña, el golpeador paró. Entonces, la niña dijo: «–Golpea tres, seis, nueve veces», y el golpeador ejecutó la orden. A una nueva orden de que diera 19 golpes, se escucharon 20; la niña, que continuaba dormida, dijo: «–No está bien, fueron 20 golpes», e inmediatamente 19 golpes fueron contados. Luego la niña pidió 30 golpes; se escucharon 30 golpes. «–100 golpes». Sólo se pudo contar hasta 40, ya que los golpes se sucedieron rápidamente. En el último golpe, la niña dijo: «–Está bien; ahora 110». Aquí solamente se pudo contar hasta cerca de 50. En el último golpe, la niña dijo, dormida: «–No es así, sólo fueron 106», e inmediatamente otros 4 golpes se escucharon para completar el número de 110. Luego la niña pidió: «–¡Mil!» No fueron dados sino 15 golpes. «–¡Bien, vamos!» Hubo aún 5 golpes más y el golpeador se detuvo. Entonces, los asistentes tuvieron la idea de dar ellos mismos las órdenes al golpeador, el cual las ejecutó. Se detenía cuando recibía la orden de: «¡Alto! ¡Silencio! ¡Quieto!» Después él mismo, y sin recibir orden alguna, comenzaba a golpear. En un rincón del cuarto, uno de los asistentes dijo, en voz baja, que quería pedir –sólo por el pensamiento– que golpease 6 veces. Entonces, el experimentador se ubicó delante de la cama y no dijo una sola palabra: se escucharon 6 golpes. Mientras tanto, fueron ordenados a través del pensamiento que se dieran 4 golpes: 4 golpes fueron efectuados. La misma experiencia ha sido intentada por otras personas, pero no siempre ha tenido éxito. Luego la niña extendió los miembros, sacó las cobijas y se levantó.
Cuando se le preguntó lo que había sucedido, respondió que había visto a un hombre grande y de mal aspecto que permanecía delante de su cama y le apretaba las rodillas. Agregó que sentía en las rodillas un dolor cuando este hombre golpeaba. La niña se durmió nuevamente y las mismas manifestaciones se repitieron hasta el momento en que el reloj del cuarto dio las once horas. De repente el golpeador se calló, la niña entró en un sueño tranquilo –que se reconoció por la regularidad de su respiración– y en esa noche nada más se escuchó. Hemos notado que, bajo la orden que recibía, el golpeador ejecutaba marchas militares. Varias personas afirman que cuando se le pedía una marcha rusa, austríaca o francesa, la misma era ejecutada con mucha exactitud.
El 25 de febrero, la niña dijo dormida: «–Tú no quieres golpear más ahora, quieres raspar; ¡está bien! Yo quiero ver cómo lo harás». Y, en efecto, al día siguiente, el 26, en lugar de golpes se escucharon raspaduras que parecían venir de la cama y que se han manifestado hasta este día. Los golpes se mezclaron con las raspaduras, tanto alternada como simultáneamente, de tal manera que, en las arias de marcha o de danza, las raspaduras hacían la primera parte y los golpes la segunda. Según lo pedido, la hora del día y la edad de las personas presentes eran indicadas por raspaduras o por golpes secos. Con respecto a la edad de las personas, algunas veces había errores; pero eran rectificados en la 2ª o en la 3ª vez, cuando se le decía que el número de golpes efectuados no era exacto. Otras veces, en lugar de responder a la edad preguntada, el golpeador ejecutaba una marcha.
Durante el sueño, el lenguaje de la niña se volvió a cada día más perfecto. Lo que al principio eran solamente palabras simples u órdenes muy breves al golpeador, después se transformó en una conversación mantenida con sus parientes. De este modo, un día conversó con su hermana mayor sobre temas religiosos y en un tono de exhortación e instrucción, diciéndole que ella debería ir a misa, hacer sus oraciones todos los días y mostrar su sumisión y obediencia a su padre y a su madre. A la noche retomó los mismos temas de conversación; en sus enseñanzas nada había de teológico, sino solamente algunas nociones que se aprenden en la escuela.
Antes de sus conversaciones se escuchaban, por lo menos durante una hora, golpes y raspaduras, no sólo durante el sueño de la niña, sino también cuando ésta se encontraba en estado de vigilia. Nosotros la hemos visto comer y beber mientras los golpes y las raspaduras se manifestaban, y también la hemos visto –en estado de vigilia– dar al golpeador órdenes que fueron todas ejecutadas.
El sábado 6 de marzo, a la noche, habiendo la niña de día –y totalmente despierta– predicho a su padre que el golpeador aparecería a las nueve horas, varias personas se reunieron en la casa del Sr. Senger. A las nueve horas en punto, cuatro golpes tan violentos fueron dados contra la pared que los asistentes se asustaron. Inmediatamente, y por primera vez, los golpes fueron dados en la madera de la cama y exteriormente; todo el lecho se sacudió. Esos golpes se manifestaron por todos los lados de la cama, tanto en un lugar como en otro. Los golpes y las raspaduras se alternaron en el lecho. A la orden de la niña y de las personas presentes, los golpes se hicieron escuchar ya sea en el interior de la cama, como en el exterior. De repente el lecho se levantó en sentidos diferentes, mientras que los golpes eran aplicados con fuerza. Más de cinco personas intentaron, en vano, bajar la cama; entonces, habiendo desistido de hacerlo, el lecho aún se balanceó algunos instantes y después retomó su posición natural. Este hecho ya había tenido lugar una vez, antes de esta manifestación pública.
También todas las noches la niña hacía una especie de discurso. De esto vamos a hablar muy sucintamente.
Ante todo es preciso remarcar que la niña, luego que bajaba la cabeza, se dormía, y los golpes y las raspaduras comenzaban. Con los golpes, la niña gemía, agitaba sus piernas y parecía sentirse mal. No sucedía lo mismo con las raspaduras. Cuando llegaba el momento de hablar, la niña se acostaba y su rostro se volvía pálido, así como sus manos y sus brazos. Hacía señales con la mano derecha y decía: «–¡Vamos! Ven delante de mi cama y junta tus manos: voy a hablarte del Salvador del mundo». Entonces, los golpes y las raspaduras cesaban y todos los asistentes escuchaban con una respetuosa atención el discurso de la niña adormecida.
Ella hablaba despacio, muy inteligiblemente y en puro alemán, lo que sorprendía tanto más cuanto menos avanzada era la niña en comparación con sus compañeros de clase, lo que sobre todo provenía de una afección a la vista que le impedía estudiar. Sus conversaciones versaban sobre la vida y las acciones de Jesús desde los doce años, de su presencia en el templo con los escribas, de sus beneficios hacia la Humanidad y de sus milagros; luego ella se extendía en el relato de sus sufrimientos, y censuraba severamente a los judíos por haber crucificado a Jesús, a pesar de sus numerosas bondades y bendiciones. Al terminar, la niña dirigía a Dios una fervorosa oración «por concederle la gracia de soportar con resignación los sufrimientos que le había enviado, ya que había sido elegida para entrar en comunicación con el Espíritu». Pedía a Dios para no dejarla morir todavía, ya que era sólo una niña y que no quería descender a la tumba oscura. Terminados sus discursos, recitaba con una voz solemne el Paternóster, después del cual decía: «Ahora puedes venir», e inmediatamente los golpes y las raspaduras volvían a comenzar. También habló dos veces al Espíritu y, a cada vez, el Espíritu golpeador se detenía. Aún decía algunas palabras y después: «Ahora puedes irte en el nombre de Dios». Y se despertaba.
Durante esos discursos los ojos de la niña permanecían bien cerrados, pero sus labios se movían; las personas que estaban más próximas pudieron notar este movimiento. La voz era pura y armoniosa.
Al despertarse, le preguntaron lo que había visto y lo que había sucedido. Ella respondió: «–¿Dónde se encuentra el hombre que vino a verme? –Cerca de mi cama, con otras personas. –¿Has visto a otras personas? –He visto a las que estaban cerca de mi cama.»
Fácilmente se comprenderá que semejantes manifestaciones encontraron muchos incrédulos, y se supuso que toda esta historia no era más que una mistificación; pero el padre no era capaz de una prestidigitación, sobre todo de una prestidigitación que habría exigido toda la destreza de un prestidigitador de profesión; él goza de la reputación de un hombre cabal y honesto.
Para responder a esas sospechas y hacerlas cesar, la niña fue trasladada a otra casa. Apenas hubo ahí llegado, los golpes y las raspaduras se hicieron escuchar. Además, algunos días antes, la niña había ido con su madre a un pequeño pueblo llamado Capelle, a media legua de allí, a la casa de la viuda Klein; al llegar, ella dijo que estaba fatigada; la acostaron en un canapé e inmediatamente el mismo fenómeno tuvo lugar. Varios testigos pueden afirmar el hecho. Aunque la niña parecía saludable, no obstante debía estar afectada por una enfermedad que si no quedase probada por las manifestaciones anteriormente relatadas, al menos lo sería por los movimientos involuntarios de los músculos y de los sobresaltos nerviosos. Para terminar, haremos notar que hace algunas semanas la niña ha sido llevada a la casa del Dr. Bentner, donde debería permanecer para que este erudito pudiese estudiar más de cerca los fenómenos en cuestión. Desde entonces, todo ruido ha cesado en la casa de los Senger y se ha producido en la del Dr. Bentner.
Tales son, en toda su autenticidad, los hechos que han sucedido. Nosotros los entregamos al público sin emitir juicio alguno. Que los hombres estudiosos del tema puedan darnos pronto una explicación satisfactoria.
BLANCK
En cuanto a la niña, es cierto que era una de esas médiums de efectos físicos, dotadas –sin saberlo– de esta facultad, y que son para los otros médiums lo que los sonámbulos naturales son para los sonámbulos magnéticos. Esta facultad, dirigida con prudencia por un hombre experimentado en esta nueva ciencia, hubiera podido producir cosas más extraordinarias todavía y de naturaleza a derramar una nueva luz sobre estos fenómenos, que sólo son maravillosos porque no se los comprende.
Un soberbio poseía algunos acres de buena tierra; estaba envanecido con las pesadas espigas que cubrían su campo, y sólo tenía una mirada de desdén para con el campo estéril del humilde. Éste se levantaba con el canto del gallo y pasaba todo el día curvado sobre el suelo ingrato; recogía pacientemente las piedras y las arrojaba al borde del camino; removía profundamente la tierra y extirpaba penosamente las zarzas que la cubrían. Ahora bien, su sudor fecundó el campo, que se convirtió en un puro trigal.
Había un hombre rico y poderoso que tenía el favor del príncipe; vivía en el palacio, y numerosos sirvientes se apresuraban en sus pasos para satisfacer sus deseos.
¡Soberbio, humíllate, porque la mano del Señor doblegará tu orgullo hasta el polvo!
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–San Luis, ¿por qué nos hablas por parábolas? –Resp. El Espíritu humano ama el misterio; la lección se graba mejor en el corazón cuando se la ha buscado.
Al ser interrogados sobre este punto, Abelardo y Eloísa nos han dado las siguientes respuestas:
Preg. ¿Han sido las almas creadas dobles? –
Resp. Si hubieran sido creadas dobles, las simples serían imperfectas.
Preg. ¿Es posible que dos almas puedan unirse en la eternidad y formar un todo? –
Resp. No.
Preg. Tú y Eloísa ¿formabais, desde el origen, dos almas bien distintas? –Resp. Sí.
Preg. ¿Formáis todavía, en este momento, dos almas distintas? –
Resp. Sí, pero siempre unidas.
Preg. ¿Se encuentran todos los hombres en las mismas condiciones? –
Resp. Según sean más o menos perfectos.
Preg. ¿Están destinadas todas las almas a reunirse un día con otra alma? –
Resp. Cada Espíritu tiene la tendencia a buscar un otro Espíritu que le sea semejante; tú llamas a esto de simpatía.
Preg. ¿Hay en esta unión una condición de sexo? –
Resp. Los Espíritus no tienen sexo. Tanto para complacer el deseo de nuestro suscriptor como para nuestra propia instrucción, hemos dirigido las siguientes preguntas al Espíritu san Luis:
1. Las almas que deben reunirse, ¿están predestinadas a esta unión desde su origen, y cada uno de nosotros tiene en alguna parte del Universo su mitad, a la cual un día estará fatalmente unido? –Resp. No. No existe una unión particular y fatal entre dos almas. La unión existe entre todos los Espíritus, pero en grados diferentes, según el rango que ocupen, es decir, según la perfección que han adquirido: cuanto más perfectos, más unidos. De la discordia nacen todos los males humanos; de la concordia resulta la felicidad completa.
2. ¿En qué sentido se debe entender la palabra mitad, de la cual ciertos Espíritus se sirven a menudo para designar a los Espíritus simpáticos? –Resp. La expresión es inexacta; si un Espíritu fuera la mitad del otro, separado de éste, sería incompleto.
3. Dos Espíritus perfectamente simpáticos, una vez reunidos ¿lo son para la eternidad, o pueden separarse y unirse a otros Espíritus? –Resp. Todos los Espíritus están unidos entre sí; hablo de aquellos que han llegado a la perfección. En las esferas inferiores, cuando un Espíritu se eleva, no es más simpático con aquellos que ha dejado.
4. Dos Espíritus simpáticos, ¿son el complemento uno del otro, o esta simpatía es el resultado de una perfecta identidad? –Resp. La simpatía que atrae un Espíritu al otro es el resultado de la perfecta concordancia de sus tendencias, de sus instintos; si uno tuviera que completar al otro, perdería su individualidad.
5. La identidad necesaria para la simpatía perfecta, ¿no consiste en la similitud de pensamientos y de sentimientos, o bien en la uniformidad de los conocimientos adquiridos? –Resp. En la igualdad de los grados de elevación.
6. Los Espíritus que no son simpáticos hoy, ¿pueden serlo más adelante? –Resp. Sí, todos lo serán. De esta manera, el Espíritu que hoy se encuentra en una esfera inferior, al perfeccionarse llegará a la esfera donde reside el otro. Su reencuentro tendrá lugar más prontamente si el Espíritu más elevado, al soportar mal las pruebas a que se ha sometido, permanece en el mismo estado.
7. Dos Espíritus simpáticos ¿pueden dejar de serlo? –Resp. Ciertamente, si uno fuere perezoso. Estas respuestas resuelven perfectamente la cuestión. La teoría de las mitades eternas es una figura que describe la unión de dos Espíritus simpáticos; inclusive es una expresión usada en el lenguaje común, al hablar de dos esposos, y que no es necesario tomar al pie de la letra; los Espíritus que se han servido de la misma, seguramente no pertenecen al orden más elevado; la esfera de sus ideas es necesariamente limitada y han expresado su pensamiento con los términos que habrían usado durante su existencia corporal. Por lo tanto, es preciso rechazar esta idea de que dos Espíritus creados el uno para el otro deban fatalmente un día unirse en la eternidad, después de haber estado separados durante un lapso de tiempo más o menos largo.
PRIMERA CONVERSACIÓN
1. En el nombre de Dios, Espíritu Mozart, ¿estás aquí? –Resp. Sí.
2. ¿Por qué es Mozart y no otro Espíritu? –Resp. Ha sido a mí a quien habéis evocado: entonces he venido.
3. ¿Qué es un médium? –Resp. El agente que une mi Espíritu al tuyo.
4. ¿Cuáles son las modificaciones, tanto fisiológicas como anímicas, que experimenta sin saber el médium al entrar en acción intermediaria? –Resp. Su cuerpo no siente nada, pero su Espíritu, desprendido parcialmente de la materia, está en comunicación con el mío y me une a vosotros.
5. ¿Qué sucede con él en ese momento? –Resp. Nada con el cuerpo; pero una parte de su Espíritu es atraída hacia mí; yo hago mover su mano por el poder que mi Espíritu ejerce sobre él.
6. ¿Entonces es de esta manera que el individuo médium entra en comunicación con una individualidad espiritual diferente de la suya? –Resp. Ciertamente; tú también, sin ser médium, estás en relación conmigo.
7. ¿Cuáles son los elementos que convergen en la producción de este fenómeno? –Resp. La atracción de los Espíritus para instruir a los hombres y las leyes de electricidad física.
8. ¿Cuáles son las condiciones indispensables? –Resp. Una facultad concedida por Dios.
9. ¿Cuál es el principio determinante? –Resp. No puedo decirlo.
10. ¿Podrías revelarnos sus leyes? –Resp. No, no en el presente; más tarde sabréis todo.
11. ¿En qué términos positivos podrías enunciarnos la fórmula sintética de este fenómeno maravilloso? –Resp. Leyes desconocidas que no podrían ser comprendidas por vosotros.
12. ¿Podría el médium ponerse en relación con el alma de una persona viva, y en qué condiciones? –Resp. Fácilmente, si la persona viva duerme.X
13. ¿Qué entiendes por la palabra alma? –Resp. La chispa divina.
14. ¿Y por Espíritu? –Resp. El Espíritu y el alma son una misma cosa.
15. Como Espíritu inmortal, ¿tiene el alma conciencia del acto de la muerte y conciencia de sí misma, o del yo, inmediatamente después de la muerte? –Resp. El alma no sabe nada del pasado y sólo conoce el futuro después de la muerte del cuerpo; entonces, ella ve su existencia pasada y sus últimas pruebas; elige su nueva expiación para una nueva existencia, y la prueba que va a pasar; es por eso que no debe quejarse de lo que sufre en la Tierra, debiendo así soportarlo con coraje.
16. Después de la muerte, ¿se encuentra el alma desligada de todo elemento y de todo lazo terrestre? –Resp. De todo elemento, no; ella tiene todavía un fluido que le es propio, que extrae de la atmósfera de su planeta y que representa la apariencia de su última encarnación; los lazos terrestres no son nada más para ella. X Si una persona viva es evocada en el estado de vigilia, ella puede adormecerse en el momento de la evocación o al menos sentir un entorpecimiento y una suspensión de las facultades sensitivas; pero, muy frecuentemente, la evocación no produce efecto, sobre todo si no es hecha con una intención seria y benevolente. [Nota de Allan Kardec.]
17. ¿Sabe ella de dónde viene y hacia dónde va? –Resp. La respuesta decimoquinta contesta a esto.
18. ¿No lleva nada consigo de este mundo? –Resp. Lleva el recuerdo de sus buenas acciones, el pesar de sus faltas y el deseo de ir hacia un mundo mejor.
19. ¿Abarca el alma de un vistazo retrospectivo el conjunto de su vida pasada? –Resp. Sí, para servir a su vida futura.
20. ¿Vislumbra ella el objetivo de la vida terrestre, su significado y el sentido de esta vida, así como la importancia del curso que le proporcionamos, con respecto a la vida futura? –Resp. Sí; ella comprende la necesidad de depuración para llegar al infinito; quiere purificarse para alcanzar los mundos bienaventurados. ¡Soy feliz, pero aún no estoy en los mundos donde se disfruta la visión de Dios!
21. ¿Existe en la vida futura una jerarquía de los Espíritus, y cuál es su ley? –Resp. Sí: es el grado de depuración que la caracteriza; la bondad, las virtudes son los títulos de gloria.
22. Como fuerza progresiva, ¿es la inteligencia que le determina la marcha ascendente? –Resp. Sobre todo las virtudes: el amor al prójimo por encima de todo.
23. Una jerarquía de los Espíritus haría suponer una jerarquía de residencias; ¿existe esta última, y bajo qué forma? –Resp. La inteligencia –don de Dios– es siempre la recompensa de las virtudes: caridad, amor al prójimo. Los Espíritus habitan diferentes planetas según su grado de perfección: en ellos gozan de más o menos felicidad.
24. ¿Qué es preciso entender por Espíritus superiores? –Resp. Los Espíritus purificados.
25. ¿Es nuestro globo terrestre el primero de esos grados, el punto de partida, o venimos de más abajo? –Resp. Hay dos globos antes del vuestro, que es uno de los menos perfectos.
26. ¿Cuál es el mundo que habitas? ¿Eres feliz allí? –Resp. Júpiter. Disfruto allí de una gran calma; amo a todos los que me rodean; no tenemos odio.
27. Si te acuerdas de la vida terrestre, debes recordarte de los esposos A..., de Viena; ¿los has vuelto a ver a ambos después de tu muerte? ¿En qué mundo y en qué condiciones? –Resp. No sé dónde ellos están; no puedo decírtelo. Uno es más feliz que el otro. ¿Por qué me hablas de ellos?
28. Por una única palabra indicativa de un hecho capital de tu vida, y que no puedes haber olvidado, puedes aportarme una prueba cierta de ese recuerdo. Te ruego que digas esta palabra. –Resp. Amor; reconocimiento.
SEGUNDA CONVERSACIÓN
El interlocutor ya no es el mismo. Por la naturaleza de la conversación juzgamos que se trata de un músico, feliz por conversar con un maestro. Después de diversas preguntas que creemos inútil relatar, Mozart dijo:
1. Finalizad con las preguntas de G...: hablaré contigo; te diré lo que nosotros entendemos por melodía en nuestro mundo. ¿Por qué no me has evocado antes? Yo te habría respondido.
2. ¿Qué es la melodía? –Resp. Para ti es a menudo un recuerdo de la existencia pasada; tu Espíritu se recuerda de lo que ha vislumbrado en un mundo mejor. En el planeta donde estoy – Júpiter–, la melodía está por todas partes, en el susurro de las aguas, en el murmullo de las hojas, en el canto del viento; las flores murmuran y cantan; todo emite sonidos melodiosos. Sé bueno; alcanza ese planeta por tus virtudes; has elegido bien al cantar a Dios: la música religiosa ayuda a la elevación del alma. ¡Cómo quisiera poder inspiraros el deseo de ver ese mundo donde somos tan felices! Es pleno de caridad; ¡todo allá es bello! ¡La naturaleza es tan admirable! Todo os inspira el deseo de estar con Dios. ¡Coraje! ¡Coraje! Creed en mi comunicación espírita: soy realmente yo quien está aquí; me regocijo de poder deciros lo que sentimos. ¡Que yo pueda inspiraros bastante el amor al bien para volveros dignos de esta recompensa, que no es nada comparada con otras a las cuales anhelo!
3. ¿Es nuestra música la misma que en otros planetas? –Resp. No; ninguna música puede daros una idea de la música que tenemos allí; ¡es divina! ¡Oh, felicidad! Busca merecer el gozo de semejantes armonías: ¡lucha, coraje! Nosotros no tenemos instrumentos; son las plantas y los pájaros que son los coristas; el pensamiento compone y los oyentes disfrutan sin audición material, sin la ayuda de la palabra y esto a una distancia inconmensurable. En los mundos superiores es todavía más sublime.
4. ¿Cuál es la duración de la vida de un Espíritu encarnado en otro planeta? –Resp. Corta en los planetas inferiores; más larga en los mundos como el que tengo la felicidad de estar; por término medio, en Júpiter, de trescientos a quinientos años.
5. ¿Hay una gran ventaja en volver a habitar en la Tierra? –Resp. No, a menos que sea en misión; entonces, uno adelanta.
6. ¿No seríamos más felices si permaneciéramos como Espíritu? – Resp. ¡No, no! Quedaríamos estacionarios; pedimos reencarnar para avanzar hacia Dios.
7. ¿Es la primera vez que yo estoy en la Tierra? –Resp. No; pero no puedo hablarte del pasado de tu Espíritu.
8. ¿Podría yo verte en sueño? –Resp. Si Dios lo permite, te haré ver mi vivienda, en sueño, y la recordarás.
9. ¿Dónde estás aquí? –Resp. Entre ti y tu hija; yo os veo; estoy bajo la forma que tenía cuando estaba en la Tierra.
10. ¿Podría verte? –Resp. Sí; cree y verás. Si tuvieseis una fe mayor nos sería permitido deciros el porqué; tu propia profesión es un lazo entre nosotros.
11. ¿Cómo has entrado aquí? –Resp. El Espíritu lo atraviesa todo.
12. ¿Estás aún muy lejos de Dios? –Resp. ¡Oh, sí!
13. ¿Comprendes mejor que nosotros qué es la eternidad? –Resp. Sí, sí, vosotros no la podéis comprender estando en el cuerpo.
14. ¿Qué entiendes por Universo? ¿Ha tenido un comienzo y tendrá un fin? –Resp. Según vosotros, ¡el Universo es vuestra Tierra! ¡Insensatos! El Universo no tuvo comienzo y no tendrá fin; pensad que es la obra de Dios; el Universo es el infinito.
15. ¿Qué debo hacer para tranquilizarme? –Resp. No te inquietes tanto con tu cuerpo; tienes el Espíritu perturbado; resiste a esta tendencia.
16. ¿Qué es esa perturbación? –Resp. Tienes miedo a la muerte.
17. ¿Qué hacer para no tener miedo? –Resp. Creer en Dios; sobre todo, cree que Dios no arrebata a un padre útil de su familia.
18. ¿Cómo llegar a esa tranquilidad? –Resp. Queriendo.
19. ¿Dónde encontrar esta voluntad? –Resp. Distrae tu pensamiento de eso por el trabajo.
20. ¿Qué debo hacer para depurar mi talento? –Resp. Puedes evocarme; he obtenido el permiso para inspirarte.
21. ¿Será cuando trabaje? –Resp. ¡Ciertamente! Cuando quieras trabajar, algunas veces estaré a tu lado.
22. ¿Escucharás mi obra? (Una obra musical del interrogador) – Resp. Eres el primer músico que me evoca; vengo a ti con placer y escucho tus obras.
23. ¿Cómo se explica que no hayas sido evocado? –Resp. He sido evocado, pero no por músicos.
24. ¿Por quién? –Resp. Por varias señoras y aficionados de Marsella.
25. ¿Por qué el Ave ... me conmueve hasta las lágrimas? –Resp. Tu Espíritu se desprende y se une al mío y al de Pergolesi, que me ha inspirado esta obra; pero ya me he olvidado de ese fragmento musical.
26. ¿Cómo has podido olvidar la música compuesta por ti? –Resp. ¡La que existe aquí es tan bella! ¿Cómo recordar aquello que era todo materia?
27. ¿Has visto a mi madre? –Resp. Ella está reencarnada en la Tierra.
28. ¿En qué cuerpo? –Resp. No puedo decirte nada al respecto.
29. ¿Y a mi padre? –Resp. Está errante para ayudar en el bien; hará progresar a tu madre; estarán reencarnados juntos y serán felices.
30. ¿Viene a verme? –Resp. Frecuentemente; tú le debes gestos caritativos.
31. ¿Ha sido mi madre quien ha pedido reencarnarse? –Resp. Sí; ella tenía un gran deseo de elevarse por una nueva prueba y entrar en un mundo superior a la Tierra; ella ya ha dado un paso inmenso.
32. ¿Qué quieres decir con eso? –Resp. Ella ha resistido a todas las tentaciones; su existencia en la Tierra ha sido sublime en comparación con su pasado, que era el de un Espíritu inferior; por eso es que ha subido varios peldaños.
33. ¿Entonces ella había elegido una prueba por encima de sus fuerzas? –Resp. Sí, así es.
34. Cuando sueño que la veo, ¿es realmente ella a quien veo? – Resp. Sí, sí.
35. Si hubiese evocado a Bichat en el día de la inauguración de su estatua, ¿habría él respondido? ¿Estaba allá? –Resp. Él estaba allá, y yo también.
36. ¿Por qué tú estabas allá? –Resp. Estaba allá como varios otros Espíritus que gozan el bien y que son felices en ver que glorificáis a aquellos que se ocupan de la Humanidad sufrida.
37. Gracias, Mozart; adiós. –Resp. Creed, creed que estoy aquí... Soy feliz... Creed que hay mundos por encima del vuestro... Creed en Dios... Evocadme más frecuentemente y en compañía de músicos; estaré feliz en instruiros, en contribuir para vuestro adelanto y en ayudar a elevaros hacia Dios. Evocadme; adiós.
El falso Home
Hace poco tiempo leíamos en los periódicos de Lyon el siguiente anuncio, igualmente fijado en los muros de la ciudad:
«El Sr. Hume, el célebre médium americano que ha tenido el honor de hacer sus experiencias delante de Su Majestad el Emperador, dará –a partir del jueves 1º de abril– sesiones de espiritualismo en el gran teatro de Lyon. Producirá algunas apariciones, etc., etc. En el teatro estarán dispuestos algunos asientos para los señores médicos y sabios, a fin de que ellos puedan asegurarse que nada está preparado. Las sesiones serán variadas por las experiencias de la célebre vidente, Sra. ..., sonámbula extralúcida que reproducirá sucesivamente todos los sentimientos a voluntad de los espectadores. Precio de los lugares: 5 francos la primera clase, 3 francos la segunda.»
Los antagonistas del Sr. Home (algunos escriben Hume) no han querido perder esta ocasión para ponerlo en ridículo. En su ardiente deseo de encontrar donde criticar, ellos han acogido esta grosera mistificación con un apresuramiento que poco testimonia en favor de su juicio, y menos aún de su respeto por la verdad, porque, antes de arrojar piedras a alguien, es preciso al menos asegurarse que no errarán el blanco; pero la pasión es ciega, no razona y frecuentemente se equivoca al querer perjudicar a los otros. «¡Por lo tanto, he aquí –exclamaron con júbilo– a ese hombre tan elogiado, reducido a subir a los palcos y a dar sesiones a tanto por lugar!» Y sus periódicos le dieron crédito al hecho sin ningún examen. Infelizmente para ellos, su alegría no ha durado mucho. Prontamente nos han escrito de Lyon pidiendo informaciones que pudiesen ayudar a desenmascarar el fraude, y esto no ha sido difícil, sobre todo gracias al gran interés de numerosos adeptos con los que el Espiritismo cuenta en esta ciudad. Tan pronto como el director de los teatros supo con quién iría a relacionarse, dirigió inmediatamente a los periódicos la siguiente carta: «Señor redactor, me adelanto en anunciaros que la sesión marcada para el jueves 1º de abril, en el gran teatro, no tendrá lugar. Yo pensaba que había cedido la sala al Sr. Home y no al Sr. Lambert Laroche, llamado Hume. Las personas que con anticipación han adquirido camarotes o butacas podrán presentarse en la secretaría para retirar su dinero.»
Por su parte, el mencionado Lambert Laroche (oriundo de Langres), interpelado acerca de su identidad, se creyó en el deber de responder en los siguientes términos, que reproducimos en su integridad, no queriendo de forma alguna que nos pueda acusar de la menor alteración.
«Vos me habéis sometido diverzo excesu de vuestra correspondencia de París, de las cualesle resultáis queun Sr. Home que da sesiónen algún salón de la capittal se encuentra en este momento en Itali yno puede por consiguiente encontrase en Lyon. Señor hignoro 1° el conocimiento de ese Sr. Home, 2° yo nosabe cuales su talento 3° yo nohemos jamás tenidos nada de común c óm ese Sr. Home, 4° yoha tabajado y tabajo com mi hapodo que es Hume y del cual yo os justific por los artículo de periódicos extrangeros y franceses que yo os es sometido 5° yo viajo c óm dos sencitivo mi género de esperriencia consiste en espiritualismo o evocación visión, y en una palabra reproducción de las idieas del espectador por un sencitivo, mi expecialidad es de operár por ese procedimento sobre las personas extraña como se la pued verla en los periódicos yo veng deespaña y de áfrica. Hesto Sr. redactor os demuestra que yo no hes querido para nadas tomar el nombre de ese pretendido Home que os decís de reputación, el mio es sufisientemente conocido por su gran notoriedad y por las experiencia que yo produsco. Recibíd Sr. redator mis saludo atentamente.»
Creemos inútil decir si el Sr. Lambert Laroche salió de Lyon en condiciones honorables; él irá, sin duda, a buscar en otra parte ingenuos más fáciles para engañar. Sólo agregaremos una palabra para expresar nuestro pesar al ver con qué deplorable avidez ciertas personas que se dicen serias acogen todo lo que puede servir a su animosidad. El Espiritismo es hoy muy respetado por no tener nada que temer de la prestidigitación; no es más rebajado por los charlatanes de lo que lo ha sido la verdadera 147 Ciencia médica por los embaucadores de las esquinas; por todas partes encuentra –pero sobre todo entre las personas esclarecidas– afanosos y numerosos defensores que saben arrostrar la burla. Lejos de perjudicarlo, el caso de Lyon sólo puede servir para su propagación al llamar la atención de los indecisos hacia la realidad. ¿Quién sabe si no ha sido provocado con este objetivo por un poder superior? ¿Quién puede vanagloriarse de sondar los caminos de la Providencia? No obstante, en cuanto a los adversarios, que se les permita reír, pero no calumniar; algunos años más y veremos quién tendrá la última palabra. 148 Si es lógico dudar de lo que no se conoce, es siempre imprudente tachar de falso las ideas nuevas que tarde o temprano pueden dar un humillante desmentido a nuestra perspicacia: la Historia está ahí para demostrarlo. Aquellos que, en su orgullo, tienen piedad de los adeptos de la Doctrina Espírita, ¿están, pues, tan alto como creen? Esos Espíritus –de los cuales se burlan– prescriben hacer el bien e incluso defienden que se ame a los enemigos; nos dicen que nos rebajamos al desear el mal. Por lo tanto, ¿cuál es el más elevado: el que busca hacer el mal o el que no guarda en su corazón ni odio, ni rencor?
Hace poco que el Sr. Home hubo regresado a París; pero, en breve, él debe partir hacia Escocia y de allí dirigirse a San Petersburgo.
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L'Indépendant de la Charente-Inférieure (El Independiente del Charente Inferior) citaba, en el mes de marzo último, el siguiente caso que habría sucedido en el Hospital Civil de Saintes: «Desde hace ocho días se cuentan las historias más maravillosas y no se habla de otra cosa en la ciudad sino de los singulares ruidos que, todas las noches, imitan el trote de un caballo, así como el andar de un perro o de un gato. Botellas ubicadas sobre una chimenea son arrojadas al otro extremo del cuarto. Una mañana ha sido encontrado un paquete de trapos torcidos en mil nudos, que han sido imposibles de desatar. Un papel en el cual estaba escrito: «¿Qué quieres?, ¿qué pides?», ha sido dejado una noche sobre la chimenea; a la mañana siguiente la respuesta estaba escrita, pero en caracteres desconocidos e indescifrables. Fósforos ubicados sobre una mesita de luz desaparecen como por encanto; en fin, todos los objetos cambian de lugar y son dispersados hacia todos los rincones. Esos sortilegios sólo ocurren en la oscuridad de la noche. Tan pronto como una luz aparece, todo se vuelve silencioso; al apagarla, los ruidos recomienzan inmediatamente. Es un Espíritu amigo de las tinieblas. Varias personas –eclesiásticos y antiguos militares– han dormido en este cuarto hechizado y les ha sido imposible descubrir algo que explicase lo que escuchaban.
«Un empleado del hospital, sospechoso de ser el autor de esas travesuras, acaba de ser dimitido. Pero se asegura que él no es el culpable y que, al contrario, ha sido muchas veces la propia víctima.
«Parece que hace más de un mes que toda esta situación comenzó. Pasó mucho tiempo sin decirse nada sobre eso, cada uno desconfiando de sus sentidos y temiendo prestarse al ridículo. Sólo desde hace algunos días que se ha comenzado a hablar al respecto.»
NOTA – Nosotros todavía no hemos tenido tiempo para verificar la autenticidad de los hechos anteriormente mencionados; por lo tanto, no los damos sino con las debidas reservas; solamente haremos observar que, si ellos son controvertidos, no son menos posibles, y nada presentan de más extraordinario que muchos otros del mismo género y que están perfectamente constatados.
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ALLAN KARDEC
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* Para todas las informaciones relativas a la Sociedad, dirigirse al Sr. Allan Kardec: calle Sainte-Anne Nº 59, de las 15h a las 17 horas; o al Sr. Ledoyen, librero: Galerie d'Orléans Nº 31, en el Palais-Royal. [Nota de Allan Kardec.]
Junio
1. ¿Cómo puede un Espíritu aparecer con la solidez de un cuerpo vivo? –Resp. Él combina una parte del fluido universal con el fluido que el propio médium libera para este efecto. Ese fluido reviste, a su voluntad, la forma que él desea, pero generalmente esta forma es impalpable.
2. ¿Cuál es la naturaleza de ese fluido? –Resp. Fluido, está todo dicho.
3. ¿Es material ese fluido? –Resp. Semimaterial.
4. ¿Es éste el fluido que compone el periespíritu? –Resp. Sí, es el lazo entre el Espíritu y la materia.
5. Ese fluido ¿es el que da la vida, el principio vital? –Resp. Siempre él; he dicho lazo.
6. ¿Es este fluido una emanación de la Divinidad? –Resp. No.
7. ¿Es una creación de la Divinidad? –Resp. Sí; todo es creado, excepto el propio Dios. 150
8. ¿Tiene el fluido universal alguna relación con el fluido eléctrico del cual conocemos sus efectos? –Resp. Sí, es su elemento.
9. La sustancia etérea que se encuentra entre los planetas, ¿es el fluido universal en cuestión? –Resp. Él envuelve los mundos: sin el principio vital, nada viviría. Si un hombre ascendiese más allá de la envoltura fluídica que rodea a los globos, perecería, porque el principio vital se retiraría de él para unirse a la masa. Ese fluido os anima, es el que vosotros respiráis.
10. ¿Es este fluido el mismo en todos los globos? –Resp. Es el mismo principio, pero más o menos etéreo según la naturaleza de los globos; el vuestro es uno de los más materiales.
11. Puesto que es ese fluido el que compone el periespíritu, ¿parece que se encuentra en una especie de estado de condensación que, hasta un cierto punto, lo aproxima de la materia? –Resp. Sí, hasta un cierto punto, porque no tiene sus propiedades; es más o menos condensado según los mundos.
12. ¿Son los Espíritus solidificados los que levantan una mesa? – Resp. Esta respuesta no conducirá todavía a lo que deseáis. 155 Cuando una mesa se mueve bajo vuestras manos, el Espíritu que vuestro Espíritu evoca va a extraer del fluido universal lo necesario para animar esta mesa con una vida ficticia. Los Espíritus que producen esta clase de efectos son siempre Espíritus inferiores, que aún no se han desprendido enteramente de toda influencia material. Al estar la mesa así preparada a su voluntad (a la voluntad de los Espíritus golpeadores), el Espíritu la atrae y la mueve bajo la influencia de su propio fluido liberado voluntariamente. Cuando la masa que quiere levantar o mover es demasiado pesada para él, llama en su ayuda a Espíritus que se encuentran en sus mismas condiciones. Creo haberme explicado con bastante claridad como para hacerme comprender.
13. ¿Le son inferiores los Espíritus que llama en su ayuda? –Resp. Casi siempre son iguales, y a menudo vienen por sí mismos.
14. Comprendemos que los Espíritus superiores no se ocupan de cosas que están por debajo de ellos; pero preguntamos si, debido a que son más desmaterializados, tendrían el poder de hacerlo si lo desearan. –Resp. Ellos tienen la fuerza moral como los otros tienen la fuerza física; cuando tienen necesidad de esta fuerza, se sirven de los que la poseen. ¿No se os ha dicho que ellos se sirven de los Espíritus inferiores como vosotros lo hacéis con los changadores?
15. ¿De dónde viene el poder especial del Sr. Home? –Resp. De su organismo.
16. ¿Qué tiene de particular? –Resp. Esta pregunta no es precisa.
17. Preguntamos si se trata de su organismo físico o moral. –Resp. He dicho organismo.
18. Entre las personas presentes, ¿hay alguien que pueda tener la misma facultad que el Sr. Home? –Resp. La tienen en un cierto grado. ¿No ha sido uno de vosotros que ha hecho mover la mesa?
19. Cuando una persona hace mover un objeto, ¿es siempre con la colaboración de un Espíritu extraño, o dicha acción puede provenir solamente del médium? –Resp. Algunas veces el Espíritu del médium puede obrar solo, pero lo más frecuente es que lo haga con la ayuda de los Espíritus evocados; esto es fácil de reconocerse.
20. ¿Cómo explicáis que los Espíritus aparezcan con las vestimentas que tenían en la Tierra? –Resp. Frecuentemente no son más que una apariencia. Además, ¡cuántos fenómenos tenéis entre vosotros sin solución! ¿Cómo explicáis que el viento, que es impalpable, derribe y quiebre árboles, que son compuestos de materia sólida?
21. ¿Qué entendéis al decir que esas vestimentas no son más que una apariencia? –Resp. Al tocarlas no se siente nada.
22. Si hemos comprendido bien lo que habéis dicho, el principio vital reside en el fluido universal; el Espíritu extrae de este fluido la envoltura semimaterial que constituye su periespíritu, y es por medio de ese fluido que obra sobre la materia inerte. ¿Es exactamente así? –Resp. Sí; es decir que él anima la materia con una especie de vida ficticia; la materia se anima de la vida animal. La mesa que se mueve bajo vuestras manos vive y sufre como el animal; obedece por sí misma al ser inteligente. No es él que la dirige como el hombre lo hace con un fardo; cuando la mesa se levanta, no es el Espíritu que la levanta: es la mesa animada que obedece al Espíritu inteligente.
23. Puesto que el fluido universal es la fuente de la vida, ¿es al mismo tiempo la fuente de la inteligencia? –Resp. No; el fluido sólo anima a la materia.
Hemos extraído los siguientes pasajes de un nuevo opúsculo alemán, publicado en 1853 por el Sr. Blanck, redactor del Journal de Bergzabern (Periódico de Bergzabern), sobre el Espíritu golpeador del cual hemos hablado en nuestro número del mes de mayo. Los fenómenos extraordinarios que están allí relatados, y cuya autenticidad no podría ser puesta en duda, prueban que nosotros no tenemos nada que envidiar, en ese aspecto, a los de América. Se ha de notar en este relato el minucioso cuidado con el cual los hechos han sido observados. Sería de desear que siempre se aplicase, en casos semejantes, la misma atención y la misma prudencia. Hoy se sabe que los fenómenos de este género no son de manera alguna el resultado de un estado patológico, sino que siempre denotan –entre aquellos en que se manifiestan– una sensibilidad fácil de sobreexcitar. El estado patológico no es la causa eficiente, pero puede ser consecutiva. En casos análogos, la manía de experimentación ha causado más de una vez accidentes graves que de modo alguno habrían tenido lugar si se hubiese dejado a la Naturaleza obrar por sí misma. En nuestras Instrucciones Prácticas sobre las Manifestaciones Espíritas 159 se encuentran los consejos necesarios a este efecto. Sigamos al Sr. Blanck en su informe.
"Los lectores de nuestro opúsculo intitulado Los Espíritus golpeadores han visto que las manifestaciones de Philippine Senger tienen un carácter enigmático y extraordinario. Hemos relatado esos hechos maravillosos desde su comienzo hasta el momento en que la niña fue conducida al médico real del cantón. Ahora vamos a examinar lo que ha sucedido desde ese día.
Cuando la niña dejó la residencia del Dr. Bentner para entrar en la casa paterna, los golpes y las raspaduras recomenzaron en el hogar de los Senger; hasta esa hora, e incluso desde la cura completa de la jovencita, las manifestaciones han sido más marcadas y han cambiado de naturaleza.XII En ese mes de noviembre (1852), el Espíritu comenzó a silbar; luego se oyó un ruido comparable al de la rueda de una carretilla girando sobre su eje seco y oxidado; pero lo más extraordinario de todo, son sin duda los muebles derribados en el cuarto de Philippine, desorden que duró quince días. Una sucinta descripción del lugar me parece necesaria. Este cuarto tiene aproximadamente 18 pies de largo por 8 de ancho; se llega al mismo a través de un cuarto común. La puerta que comunica esas dos piezas se abre a la derecha. La cama de la niña estaba ubicada a la derecha; en el medio se encontraba un armario, y en el rincón a la izquierda la mesa de trabajo del Sr. Senger, en la cual había dos cavidades circulares cubiertas por tapas.
La noche en que comenzó el tumulto, la Sra. Senger y su hija mayor Francisque se encontraban sentadas en el primer cuarto, cerca de una mesa, y estaban ocupadas en desvainar habas; de repente un pequeño huso de hilar, lanzado desde el dormitorio, cayó cerca de ellas. Se asustaron mucho más al saber que solamente Philippine, sumergida en sueño, estaba en el cuarto; además, el pequeño huso había sido lanzado del lado izquierdo, mientras que se encontraba sobre el estante de un pequeño mueble ubicado a la derecha. Si hubiera salido de la cama, habría debido encontrar la puerta y allí hubiese parado; por lo tanto, era evidente que la niña no estaba para nada en este hecho. Mientras que la familia Senger expresaba su sorpresa por este acontecimiento, alguna cosa cayó de la mesa al suelo: era un pedazo de paño que antes estaba de remojo en una cubeta llena de agua. Al lado del huso yacía también una cabeza de pipa; la otra mitad había quedado en la mesa. Lo que volvía la cuestión aún más incomprensible era que la puerta del armario donde estaba el huso –antes de ser lanzado– se encontraba cerrada, el agua de la cubeta no estaba agitada y ninguna gota había sido derramada sobre la mesa. De repente la niña, siempre adormecida, gritó desde su cama: ¡Padre, vete, él va arrojar! ¡Salgan, él también arrojará en ustedes! Ellos obedecieron a esta exhortación; y apenas llegaron al primer cuarto, la cabeza de pipa fue lanzada con una gran fuerza, pero sin romperse. Una regla que Philippine usaba en la escuela siguió el mismo camino. El padre, la madre y la hija mayor se miraban asustados y, mientras pensaban qué decisión tomar, un cepillo grande del Sr. Senger y un pedazo muy grueso de madera fueron lanzados desde su mesa de sastre hacia el otro cuarto. En su mesa de trabajo, las tapas estaban en XII Tendremos ocasión de hablar de la indisposición de la niña, puesto que después de su cura los mismos efectos se han producido; esto es una prueba evidente de que ellos eran independientes de su estado de salud. [Nota de Allan Kardec.] su lugar y, a pesar de esto, los objetos cubiertos por las mismas también habían sido arrojados lejos. En esa misma noche, las almohadas de la cama fueron lanzadas sobre un armario y la cobija contra la puerta.
Otro día habían puesto a los pies de la niña, debajo de la cobija, una plancha de alrededor de seis libras de peso; luego ésta fue arrojada a la primera pieza; el asa había sido arrancada y fue encontrada sobre una silla del dormitorio.
Nosotros hemos sido testigo de que las sillas ubicadas aproximadamente a tres pies de la cama fueron derribadas, y que las ventanas hubieron sido abiertas, aunque antes estaban cerradas, y esto sucedió ni bien dimos la espalda para entrar en la primera pieza. En otra ocasión, dos sillas fueron transportadas para encima de la cama, sin desarmar la cobija. El 7 de octubre se había cerrado fuertemente la ventana y tendido delante de la misma un paño blanco. Desde que dejamos el cuarto, se han dado golpes redoblados con tanta violencia que todo fue sacudido, y las personas que pasaban por la calle huían espantadas. Acudimos al cuarto: la ventana estaba abierta, el paño arrojado sobre el pequeño armario que se encontraba al lado, la cobija de la cama y las almohadas por el suelo, las sillas volcadas y la niña en la cama, abrigada solamente por su camisa. Durante catorce días la Sra. Senger no se ocupó sino de hacer la cama.
Una vez habían dejado una armónica sobre un asiento: sonidos se hicieron escuchar; al entrar precipitadamente en el cuarto, la niña se encontraba –como siempre– tranquila en su cama; dicho instrumento estaba sobre la silla, pero no sonaba más. Una noche, el Sr. Senger salía del cuarto de su hija cuando recibió en la espalda el almohadón de un asiento. Otra vez, eran un par de viejas pantuflas, zapatos que estaban debajo de la cama o zuecos que venían a su encuentro. También muchas veces la vela encendida, que estaba en su mesa de trabajo, era soplada. Los golpes y las raspaduras se alternaban con esa demostración del moblaje. La cama parecía ser puesta en movimiento por una mano invisible. A la orden de: «Balancead la cama» o «Meced a la niña», la cama iba y venía con ruido, a lo largo y a lo ancho; a la orden de: «¡Alto!», se detenía. Podemos afirmar que hemos visto a cuatro hombres que se sentaron en la cama e incluso sobre la misma fueron suspendidos sin poder detener el movimiento; ellos fueron levantados con el mueble. Al cabo de catorce días el alboroto del moblaje cesó, y a esas manifestaciones se sucedieron otras.
El 26 de octubre a la noche, entre otras personas se encontraban en el cuarto los Sres. Louis Soëhnée, licenciado en Derecho, el capitán Simon –ambos de Wissembourg–, así como el Sr. Sievert, de Bergzabern. Philippine 156 Senger estaba en ese momento sumergida en sueño magnético. El Sr. Sievert presentó a ésta un papel que contenía cabellos, para ver lo que ella haría. Entretanto, ella abrió el papel sin poner los cabellos al descubierto, los aplicó sobre sus párpados cerrados, después los alejó como para examinarlos a distancia y dijo: «Consiento en saber lo que contiene este papel... Son los cabellos de una dama que no conozco... Si ella quiere venir, que venga... No puedo invitarla, no la conozco.» A las preguntas que le dirigía el Sr. Sievert, ella no respondía; pero al haber colocado el papel en la palma de la mano, la extendía y la daba vuelta, quedando éste allí suspendido. Luego ella lo colocó en la punta del índice e hizo describir a su mano, durante bastante tiempo, un semicírculo, diciendo: «No caigas», y el papel permanecía en la punta del dedo; después, a la orden de: «Ahora cae», él se desprendió sin que ella hiciera el menor movimiento para determinar la caída. De repente, volviéndose hacia el lado de la pared, dijo: «Ahora quiero fijarte en la pared»; y aplicó el papel allí, que permaneció fijo alrededor de 5 a 6 minutos, retirándolo después. Un examen minucioso del papel y de la pared no permitió descubrir ninguna causa de adherencia. Creemos un deber señalar que el cuarto estaba perfectamente iluminado, lo que nos permitió darnos cuenta exacta de todas estas particularidades.
Al día siguiente, a la noche, le dieron otros objetos: llaves, monedas, cigarreras, relojes de bolsillo, anillos de oro y de plata; y todos –sin excepción– quedaban suspendidos de su mano. Se notó que la plata se le adhería más que las otras sustancias, porque hubo dificultad en retirarle las monedas, y esta operación le causó dolor. Uno de los hechos más curiosos de este género es el siguiente: El sábado 11 de noviembre, un oficial que estaba presente le dio su sable con el talabarte, y todo eso pesaba 4 libras; fue constatado que los mismos permanecieron suspendidos del dedo medio de Philippine, balanceándose por bastante tiempo. Lo que no es menos singular es que todos los objetos, cualquiera que fuere la sustancia, también quedaban suspendidos. Esta propiedad magnética se comunicaba por el simple contacto de las manos a las personas susceptibles de la transmisión del fluido; de esto hemos tenido varios ejemplos.
Un capitán, el caballero Zentner, acuartelado en esa época en Bergzabern y testigo de estos fenómenos, tuvo la idea de poner una brújula cerca de la niña para observar sus variaciones. En el primer ensayo la aguja XIII Una sonámbula de París había sido puesta en contacto con la joven Philippine y, desde entonces, ésta caía espontáneamente en sonambulismo. En esta ocasión han sucedido hechos notables que relataremos en otra oportunidad. (Nota del Traductor francés.) se desvió 15 grados, pero en los siguientes permaneció inmóvil, pese a que la niña la sostuviera en una de sus manos y la tocase con la otra. Esta experiencia nos ha probado que estos fenómenos no podrían explicarse por la acción del fluido mineral, ya que la atracción magnética no se ejerce indiferentemente sobre todos los cuerpos.
Habitualmente, cuando la pequeña sonámbula se disponía a comenzar sus sesiones, llamaba a su cuarto a todas las personas que se encontraban allí. Ella decía simplemente: «¡Venid! ¡Venid!» O bien: «¡Dad! ¡Dad!» A menudo sólo se quedaba tranquila cuando todos, sin excepción, estaban cerca de su cama. Entonces pedía con prontitud e impaciencia un objeto cualquiera; ni bien se lo daban, quedaba adherido a sus dedos. Frecuentemente sucedía que diez, doce o más personas estaban presentes, y que cada una de ellas le entregaba varios objetos. Durante la sesión no admitía que le tomasen ninguno de ellos; sobre todo, parecía preferir los relojes de bolsillo; los abría con una gran destreza, examinaba el movimiento, los cerraba de nuevo y después los ponía cerca suyo para examinar otra cosa. Al finalizar, devolvía a cada uno lo que a ella se le había confiado; examinaba los objetos con los ojos cerrados y jamás se equivocaba de dueño. Si alguien extendía la mano para tomar lo que no le pertenecía, ella lo repelía. ¿Cómo explicar esta múltiple distribución sin errores a un número tan grande de personas? En vano se habría de intentar que hiciera lo mismo con los ojos abiertos. Terminada la sesión y habiendo partido los individuos, los golpes y las raspaduras, momentáneamente interrumpidos, recomenzaron. Es preciso agregar que la niña no quería que nadie quedase al pie de su cama cerca del armario, lo que dejaba entre ambos muebles un espacio de alrededor de un pie. Si alguien allí se metía, ella lo echaba por intermedio de gestos. Si se rehusaba a salir, mostraba una gran inquietud y ordenaba con gestos imperiosos que dejase el lugar. Una vez advirtió a los asistentes que nunca ocupasen el lugar vedado, porque ella no quería –decía– que le sucediese una desgracia a alguien. Esta advertencia era tan convincente, que nadie la olvidó en el futuro.
Después de algún tiempo, a los ruidos y a las raspaduras se agregó un zumbido que se puede comparar al sonido producido por una cuerda gruesa de contrabajo; un cierto silbido se mezclaba con ese zumbido. Si alguien pedía una marcha o una danza, su deseo era satisfecho: el músico invisible se mostraba muy complaciente. Con la ayuda de las raspaduras, él llamaba nominalmente a las personas de la casa o a los extraños presentes; éstos comprendían fácilmente a quién se dirigía. Al ser llamada por las raspaduras, la persona designada respondía sí, para dar a entender que sabía que se trataba de ella: entonces, él ejecutaba en su honor un fragmento musical que a veces daba lugar a escenas agradables. Si otra persona, que no fuese la llamada, respondía sí, las raspaduras le hacían comprender por un no –expresado a su manera– que nada tenía que decirle por el momento. Estos hechos se han producido por primera vez en la noche del 10 de noviembre, y continuaron manifestándose hasta este día.
Ahora, he aquí cómo el Espíritu golpeador procedía para designar a las personas. Después de varias noches, se había notado que a las diversas invitaciones para hacer tal o cual cosa, él respondía con un golpe seco o con raspaduras prolongadas. Luego que el golpe seco era dado, el golpeador comenzaba a ejecutar lo que se deseaba de él; al contrario, cuando raspaba, no satisfacía el pedido. Entonces, un médico tuvo la idea de tomar por un sí el primer ruido y por un no el segundo, y desde entonces esta interpretación siempre ha sido confirmada. También se notó que por una serie de raspaduras más o menos fuertes, el Espíritu exigía ciertas cosas de las personas presentes. De tanto prestar atención, y observando el modo por el cual el ruido se producía, se pudo comprender la intención del golpeador. Así, por ejemplo, el Sr. Senger ha contado que por la mañana, al amanecer, escuchaba ruidos modulados de una cierta manera; sin encontrarles al principio ningún sentido, notó que ellos sólo cesaban cuando estaba fuera de la cama, de donde comprendió que significaban: «Levántate». Ha sido así que poco a poco se familiarizó con ese lenguaje, y que por ciertos signos las personas designadas pudieron reconocerse.
Al llegar el aniversario del día en que el Espíritu golpeador se hubo manifestado por primera vez, numerosos cambios se operaron en el estado de Philippine Senger. Los golpes, las raspaduras y el zumbido continuaron, pero a todas estas manifestaciones se sumó un grito particular que se parecía al de un ganso, otras veces al de un loro y otras al de un ave grande; al mismo tiempo se escuchaba una especie de picoteo contra la pared, parecido al ruido que haría un pájaro picoteando. En esta época Philippine Senger hablaba mucho durante el sueño, y sobre todo parecía preocupada con un cierto animal que se asemejaba a un loro y que permanecía al pie de la cama, gritando y dando picotazos contra la pared. Al deseo de escuchar gritar al loro, éste lanzaba gritos agudos. Se le hicieron diversas preguntas a las cuales respondió con gritos del mismo género; varias personas le ordenaron decir: Cacatúa, y se escuchó muy claramente la palabra Cacatúa como si hubiese sido pronunciada por la propia ave. Pasaremos por alto los hechos menos interesantes y nos limitaremos a relatar lo que hubo de más notable en el aspecto de los cambios ocurridos en el estado corporal de la niña.
Poco antes de la Navidad, las manifestaciones se renovaron con más energía; los golpes y las raspaduras se volvieron más violentos y duraron por más tiempo. Philippine, más agitada que de costumbre, frecuentemente pedía para no acostarse más en su cama, sino en la de sus padres; ella se movía en la suya gritando: «No puedo más quedarme aquí; me estoy sofocando: ellos me van a poner en la pared; ¡socorro!» Y solamente se calmaba cuando era transportada a la otra cama. Ni bien allí llegó, golpes muy fuertes se hicieron escuchar en lo alto; parecían partir del desván, como si un carpintero hubiera golpeado en las vigas; incluso a veces eran tan vigorosos que la casa se estremecía, las ventanas vibraban y las personas presentes sentían temblar el piso bajo sus pies; golpes similares eran igualmente dados contra la pared, cerca de la cama. A las preguntas efectuadas, los mismos golpes respondían como de costumbre, alternándose siempre con las raspaduras. Los siguientes hechos, no menos curiosos, se reprodujeron muchas veces.
Cuando hubo cesado el ruido y la niña reposaba tranquilamente en su pequeña cama, de repente se la vio postrarse y unir las manos, de ojos cerrados; después giró la cabeza hacia todos los lados, tanto a la derecha como a la izquierda, como si algo extraordinario hubiera llamado su atención. Entonces, una amable sonrisa se dibujó en sus labios; se diría que estaba dirigiéndose a alguien; tendió sus manos, y con este gesto se deducía que estrechaba las de algunos amigos o conocidos. Después de esas escenas fue también vista retomando su primera actitud suplicante al unir nuevamente las manos, inclinando la cabeza hasta tocar la cobija, para después erguirse y derramar lágrimas. Entonces suspiraba y parecía orar con un gran fervor. En esos momentos su rostro se transformaba; estaba pálida y tenía la expresión de una mujer de 24 a 25 años. Este estado duraba frecuentemente más de media hora, estado durante el cual sólo pronunciaba: ¡ah, ah! Los golpes, las raspaduras, el zumbido y los gritos cesaban hasta el momento del despertar; entonces, el golpeador se hacía escuchar de nuevo, buscando la ejecución de arias alegres para disipar la penosa impresión producida sobre los asistentes. Al despertar, la niña estaba muy abatida; apenas podía levantar los brazos, y los objetos que se le presentaban no quedaban más suspendidos de sus dedos.
Curiosos por conocer lo que ella había sentido, la interrogaron varias veces. No fue sino bajo reiteradas instancias que se decidió a decir que había visto conducir y crucificar al Cristo en el Gólgota; que el dolor de las santas mujeres postradas al pie de la cruz y la crucifixión habían producido en ella una impresión que no podía describir. Había visto también a una multitud de mujeres y de jóvenes vírgenes con vestidos negros, y a personas jóvenes con largos vestidos blancos recorriendo en procesión las calles de una bella ciudad, y por último se vio transportada a una gran iglesia donde asistió a un servicio fúnebre.
En poco tiempo el estado de Philippine Senger cambió de tal modo que causó preocupaciones sobre su salud, porque en el estado de vigilia divagaba y soñaba en voz alta; no reconocía a su padre, ni a su madre, ni a su hermana, ni a ninguna otra persona e incluso este estado vino a agravarse con una sordera completa que persistió durante quince días. No podemos pasar por alto lo que tuvo lugar en este lapso de tiempo.
La sordera de Philippine se manifestaba desde el mediodía hasta las quince horas, y ella misma declaró que permanecería sorda por un cierto tiempo y que caería enferma. Lo que hay de singular es que a veces recobraba la audición durante media hora, con lo que se mostraba feliz. Ella misma predijo el momento en que la sordera tenía que tomarla y dejarla. Una vez, entre otras, anunció que a las ocho y media de la noche escucharía claramente durante media hora; en efecto, a la hora predicha, su audición había vuelto y esto duró hasta las nueve horas.
Durante la sordera sus facciones estaban cambiadas; su rostro tomaba una expresión de estupidez, que perdía luego que volvía a su estado normal. Entonces, nada le causaba impresión; permanecía sentada mirando fijamente a las personas presentes, pero sin reconocerlas. Uno podía hacerse comprender solamente por medio de señales, a las cuales la mayoría de las veces ella no respondía, limitándose a fijar los ojos sobre aquel que le dirigía la palabra. En una ocasión, de repente agarró del brazo a una de las personas presentes y le dijo, empujándola: ¿Quién eres tú? A veces, en esta situación, se quedaba inmóvil más de una hora y media en su cama. Sus ojos estaban medio abiertos y fijos en un punto cualquiera; de vez en cuando se movían a la derecha y a la izquierda, volviendo después al mismo lugar. Entonces, toda la sensibilidad parecía embotada en ella; su pulso apenas latía, y cuando se le colocaba una luz ante sus ojos, ningún movimiento hacía: se diría que estaba muerta.
Durante su sordera sucedió que una noche, estando acostada, pidió una pizarra y una tiza, y luego escribió: «A las once diré algo, pero exijo que se queden tranquilos y silenciosos.» Después de estas palabras agregó cinco signos que se parecían con la escritura latina, pero que ninguno de los asistentes pudo descifrar. Se escribió en la pizarra que no se comprendían esos signos. En respuesta a esta observación, ella escribió: «¡Claro que no podéis leerlo!» Y más abajo: «No es alemán, es una lengua extranjera». Enseguida, dando vuelta la pizarra, escribió del otro lado: «Francisque (su hermana mayor) se sentará a la mesa y escribirá lo que le voy a dictar.» Acompañó estas palabras con cinco signos similares a los primeros y devolvió la pizarra. Notando que esos signos no habían sido todavía comprendidos, volvió a pedir la pizarra y agregó: «Son órdenes particulares».
Un poco antes de las once horas, dijo: «Quedaos tranquilos; ¡que todos se sienten y que presten atención!» Y al dar las once, se dio vuelta en la cama y cayó en su sueño magnético habitual. Algunos instantes después se puso a hablar, lo que duró media hora sin interrupción. Entre otras cosas, declaró que en el corriente año se producirían hechos que nadie podría comprender, y que todas las tentativas hechas para explicarlos serían infructuosas.
Durante la sordera de la jovencita Senger, varias veces se repitieron el alboroto del moblaje, la abertura inexplicada de las ventanas y el apagar de las luces sobre la mesa de trabajo. Ocurrió una noche que dos gorros colgados en una percha del dormitorio fueron lanzados sobre la mesa del otro cuarto, volcando una taza llena de leche que se derramó en el suelo. Los golpes dados contra la cama eran tan violentos que ese mueble fue desplazado; incluso algunas veces era desarreglada con estruendos, sin que los golpes se hicieran escuchar.
Como todavía allí había personas incrédulas o que atribuían esas singularidades a un juego de la niña, que –según las mismas– golpeaba o raspaba con sus pies o sus manos, el capitán Zentner imaginó un medio de convencerlas, a pesar de que los hechos hubiesen sido constatados por más de cien testigos y de que fuera comprobado que la jovencita tenía los brazos extendidos sobre la cobija, mientras que los ruidos se producían. Hizo traer del cuartel dos cobijas muy gruesas que puso una sobre la otra, y con ellas envolvió el colchón y las sábanas de la cama; aquéllas eran afelpadas, de manera que era imposible producir el menor ruido por fricción. Vestida con una simple camisa y con un camisón, Philippine fue puesta bajo dichas cobijas; apenas ubicada, las raspaduras y los golpes tuvieron lugar como antes, ya sea contra la madera de la cama o contra el armario vecino, según el deseo que era expresado.
Sucede a menudo que cuando alguien tararea o silba cualquier aria, el golpeador lo acompaña, y los sonidos que se perciben parecen provenir de dos, tres o cuatro instrumentos: se escucha raspar, golpear, silbar y murmurar al mismo tiempo, siguiendo el ritmo del aria cantada. Frecuentemente también el golpeador pide a uno de los asistentes para cantar una canción; lo designa a través del procedimiento que conocemos, y cuando éste ha comprendido que es a él que el Espíritu se dirige, le pregunta a su turno si debe cantar tal o cual aria; y él responde por sí o por no. Al cantarse el aria indicada, se escucha un acompañamiento de zumbidos y silbidos perfectamente al compás. Después de un aria alegre, el Espíritu pedía a menudo el aria: Gran Dios, nosotros te alabamos, o la canción de Napoleón I. Si se le decía que tocara solamente esta última canción o cualquier otra, la hacía escuchar desde el principio hasta el fin.
Las cosas siguieron así en la casa del Sr. Senger, ya sea de día o de noche, durante el sueño o en el estado de vigilia de la niña, hasta el 4 de marzo de 1853, época en que las manifestaciones entraron en otra fase. Ese día fue marcado por un hecho aún más extraordinario que los precedentes." (Continúa en el próximo número.)
Nota – Sin duda nuestros lectores no llevarán a mal la extensión que hemos dado a esos curiosos detalles, y pensamos que han de leer la continuación con no menos interés. Hacemos notar que esos hechos no nos llegan de países transatlánticos, cuya distancia, no obstante, es un gran argumento para ciertos escépticos; ellos nos llegan del otro lado del Rin, porque han sucedido en nuestras fronteras y casi bajo nuestros ojos, puesto que ocurrieron hace apenas seis años.
Como se ve, Philippine Senger era una médium natural muy compleja; más allá de la influencia que ejercía sobre los fenómenos bien conocidos de los ruidos y de los movimientos, era una sonámbula extática. Conversaba con los seres incorpóreos que ella veía; al mismo tiempo veía a los asistentes y les dirigía la palabra, pero no siempre les respondía, lo que prueba que en ciertos momentos estaba aislada. Para aquellos que conocen los efectos de la emancipación del alma, las visiones que hemos descrito nada tienen que no pueda ser explicado fácilmente; en esos momentos de éxtasis es probable que la niña, en Espíritu, se encontrase transportada a alguna región lejana, donde asistía –tal vez en recuerdo– a una ceremonia religiosa. Uno puede admirarse de la memoria que tenía al despertar; pero este hecho de ningún modo es insólito; además, puede notarse que el recuerdo era confuso y que era preciso insistir mucho para provocarlo.
Si se observa atentamente lo que sucedía durante su sordera, se ha de reconocer allí, sin dificultad, un estado cataléptico. Ya que la sordera era temporaria, es evidente que de forma alguna se debía a la alteración de los órganos del oído. Ocurría lo mismo con la obnubilación momentánea de las facultades mentales, obnubilación que no tenía nada de patológico, puesto que, en un instante dado, todo volvía a su estado normal. Esta especie de estupidez aparente se debía a un desprendimiento más completo del alma, cuyas excursiones se hacían con más libertad, no dejando a los sentidos más que su vida orgánica. ¡Que se juzgue, por lo tanto, el efecto desastroso que hubiera podido producir un tratamiento terapéutico en semejantes circunstancias! Fenómenos del mismo género pueden producirse a cada instante; en este caso, no podemos dejar de recomendar sino más circunspección; una imprudencia puede comprometer la salud e incluso la vida.
Un hombre salió de madrugada y se dirigió hacia la plaza pública para contratar obreros. Ahora bien, vio allí a dos hombres del pueblo que estaban sentados de brazos cruzados. Se acercó a uno ellos y, abordándolo, le dijo: «¿Qué haces aquí?» Y éste le respondió: «No tengo trabajo»; aquel que buscaba obreros le dijo: «Toma tu azada y ve a mi campo, en la ladera de la colina donde sopla el viento del sur; cortarás el brezo y removerás la tierra hasta que llegue el atardecer; la tarea es ruda, pero tendrás un buen salario». Y el hombre del pueblo cargó su azada sobre los hombros, agradeciéndole de corazón.
II
Yo os digo, la fuerza no ha sido dada al hombre y la inteligencia a su espíritu para que consuma sus días en la ociosidad, sino para que sea útil a sus semejantes. Ahora bien, aquel cuyas manos estuvieren desocupadas y el espíritu ocioso será punido, y deberá recomenzar su tarea.
Conversaciones familiares del Más Allá
Sr. Morisson, monomaníaco.
En el mes de marzo último un periódico inglés daba la siguiente noticia sobre el Sr. Morisson, que acaba de morir en Inglaterra dejando una fortuna de cien millones de francos. Dice ese periódico que, en los dos últimos años de su vida, él era presa de una singular monomanía. Imaginaba que estaba reducido a una extrema pobreza y que debía ganar su pan cotidiano mediante un trabajo manual. Su familia y sus amigos habían reconocido que era inútil sacarlo del engaño; él tenía la convicción de que era pobre, de que no tenía un chelín y que era necesario trabajar para vivir. Por lo tanto, a cada mañana le ponían una azada en la mano y lo mandaban a trabajar en sus jardines. Luego volvían a buscarlo: su tarea estaba terminada; entonces, se le pagaba un modesto salario por su trabajo y él se ponía contento; su espíritu estaba tranquilizado, su manía satisfecha. Hubiera sido el más infeliz de los hombres si lo hubiesen contrariado.
1. Ruego a Dios Todopoderoso que permita al Espíritu Morisson, que acaba de morir en Inglaterra dejando una considerable fortuna, comunicarse con nosotros. –Resp. Él está aquí.
2. ¿Recordáis el estado en el cual os encontrabais en los dos últimos años de vuestra existencia corporal? –Resp. Ha sido siempre el mismo.
3. Después de vuestra muerte, ¿se resintió vuestro Espíritu de la aberración de sus facultades durante la encarnación? –Resp. Sí. –San Luis completa la respuesta diciendo espontáneamente: Desprendido del cuerpo, el Espíritu se resiente algún tiempo de la compresión de sus lazos.
4. Así, una vez muerto, ¿no recobró inmediatamente vuestro Espíritu la plenitud de sus facultades? –Resp. No.
5. ¿Dónde estáis ahora? –Resp. Atrás de Ermance.
6. ¿Sois feliz o infeliz? –Resp. Me falta algo... No sé qué... Yo busco... Sí, sufro.
7. ¿Por qué sufrís? –Resp. Él sufre por el bien que no ha hecho. (San Luis.)
8. ¿De dónde os venía esa manía de creeros pobre con una fortuna tan grande? –Resp. Yo lo era; el verdadero rico es aquel que no tiene necesidades.
9. ¿De dónde os venía, sobre todo, esa idea de que os era necesario trabajar para vivir? –Resp. Estaba loco; aún lo estoy.
10. ¿Cómo os llegó esa locura? –Resp. ¡Qué importa! Yo había elegido esta expiación.
11. ¿Cuál era el origen de vuestra fortuna? –Resp. ¿Qué os importa?
12. Sin embargo, el invento que habéis hecho ¿no tenía como objetivo aliviar a la Humanidad? –Resp. Y de enriquecerme.
13. ¿Qué uso hacíais de vuestra fortuna cuando gozabais enteramente de vuestra razón? –Resp. Ningún uso; creo que la disfrutaba.
14. ¿Por qué Dios os concedió la fortuna, ya que no haríais de ella un uso útil para los otros? –Resp. Yo había elegido esa prueba.
15. Aquel que goza de una fortuna adquirida con su trabajo, ¿no tiene más disculpas por retenerla que aquel que nace en el seno de la opulencia y que nunca ha conocido la necesidad? –Resp. Menos. – San Luis agrega: Aquél conocía el dolor y no lo alivió.
16. ¿Recordáis la existencia que precedió a la que acabáis de dejar? –Resp. Sí. 17. ¿Qué erais entonces? –Resp. Un obrero.
18. Nos habéis dicho que sois infeliz; ¿veis un término a vuestro sufrimiento? –Resp. No. –San Luis agrega: Es demasiado pronto.
19. ¿De quién depende esto? –Resp. De mí. Aquel que está aquí me lo ha dicho.
20. ¿Conocéis aquel que está aquí? –Resp. Vos lo llamáis Luis.
21. ¿Sabéis lo él ha sido en Francia, en el siglo XIII? –Resp. No... Lo conozco por vosotros... Agradezco por lo que él me ha enseñado.
22. ¿Creéis en una nueva existencia corporal? –Resp. Sí.
23. Si debéis renacer en la vida corporal, ¿de quién dependerá la posición social que tendréis? –Resp. Creo que de mí. Tantas veces he elegido que sólo puede depender de mí. Nota – Estas palabras: Tanto he elegido, son características. Su estado actual prueba que, a pesar de sus numerosas existencias, poco ha progresado, y que siempre es un recomenzar para él.
24. ¿Qué posición social elegiríais si pudieseis recomenzar? – Resp. Baja; se marcha más seguro; uno no está encargado sino de sí mismo.
25. (A san Luis) ¿No hay un sentimiento de egoísmo al elegir una baja posición, donde uno no debe encargarse sino de sí mismo? – Resp. En ninguna parte uno se encarga solamente de sí mismo; el hombre responde por aquellos que lo rodean, no sólo por las almas cuya educación le es confiada, sino también por otras: el ejemplo hace todo el mal.
26. (A Morisson) Os agradecemos por haber tenido a bien responder a nuestras preguntas, y rogamos a Dios que os dé la fuerza para soportar nuevas pruebas. –Resp. Vosotros me habéis aliviado, y he aprendido.
Nota – Se reconoce fácilmente en las respuestas anteriores el estado moral de este Espíritu; éstas son breves y, cuando no son monosilábicas, tienen algo de sombrío y de vago: un loco melancólico no hablaría de otra manera. Esa persistencia de la aberración de las ideas después de la muerte es un hecho destacable, pero no es una constante, o a veces presenta un carácter totalmente diverso. Al respecto, tendremos ocasión de citar varios ejemplos, estando en condiciones de estudiar los diferentes géneros de locura.
El suicida de la Samaritana
Últimamente los diarios han informado el siguiente hecho: «Ayer (7 de abril de 1858), hacia las siete horas de la noche, un hombre de unos cincuenta años, y vestido apropiadamente, se presentó en el establecimiento de la Samaritana y pidió que le preparasen un baño. Admirándose el empleado de servicio de que después de un intervalo de dos horas este individuo no haya llamado, decidió entrar en el cuarto para ver si no estaba indispuesto. Entonces fue testigo de un horrible espectáculo: aquel desdichado se había cortado la garganta con una navaja de afeitar, y toda su sangre se había mezclado con el agua de la bañera. No habiendo podido establecerse su identidad, el cadáver fue transportado a la Morgue.»
Pensamos que podríamos extraer una enseñanza útil a nuestra instrucción mediante una conversación con este hombre, en Espíritu. Por lo tanto, lo hemos evocado el 13 de abril, por consiguiente, sólo seis días después de su muerte.
1. Ruego a Dios Todopoderoso que permita al Espíritu del individuo que se ha suicidado el 7 de abril de 1858, en los baños de la Samaritana, comunicarse con nosotros. –Resp. Esperad... (Después de algunos segundos): Él está aquí.
Nota – Para comprender esta respuesta es preciso saber que, en todas las reuniones regulares, hay generalmente un Espíritu familiar: el del médium o de la familia, que está siempre presente sin que se lo llame. Es él que hace venir a aquellos que se evoca y, según sea más o menos elevado, sirve él mismo de mensajero o da órdenes a los Espíritus que le son inferiores. Cuando nuestras reuniones tienen por intérprete a la Srta. Ermance Dufaux, es siempre el Espíritu san Luis que consiente en asistirla de oficio; es él que ha dado la respuesta anterior.
2. ¿Dónde estáis ahora? –Resp. No sé... Decidme dónde estoy.
3. Estáis en la rue de Valois (Palais-Royal) N° 35, en una reunión de personas que se ocupan de estudios espíritas y que os son benévolas. –Resp. Decidme si vivo... Me ahogo en el ataúd.
4. ¿Quién os indujo a venir a nosotros? –Resp. Me he sentido aliviado.
5. ¿Cuál es el motivo que os ha llevado a suicidaros? –Resp. ¿Estoy muerto?... No... Estoy en mi cuerpo... ¡No sabéis cuánto sufro!... ¡Me ahogo!... ¡Que una mano compasiva acabe conmigo! Nota – Su alma, aunque separada del cuerpo, aún está completamente sumergida en lo que se podría llamar el torbellino de la materia corporal; las ideas terrestres están todavía vivaces; no cree estar muerto.
6. ¿Por qué no habéis dejado ningún vestigio que pudiese haceros reconocer? –Resp. Estoy abandonado; he huido del sufrimiento para encontrar la tortura.
7. ¿Tenéis ahora los mismos motivos para permanecer desconocido? –Resp. Sí; no pongáis un hierro candente en la herida que sangra.
8. ¿Quisierais decirnos vuestro nombre, edad, profesión o domicilio? –Resp. No..., de ninguna manera.
9. ¿Teníais familia, mujer e hijos? –Resp. Yo estaba abandonado; ningún ser me amaba.
10. ¿Qué habíais hecho para no ser amado por nadie? –Resp. ¡Cuántos son como yo!... Un hombre puede ser abandonado en medio de su familia, cuando ningún corazón lo ama.
11. En el momento de llevar a cabo vuestro suicidio, ¿no has vacilado? –Resp. Tenía sed de muerte... Esperaba el descanso.
12. ¿Cómo es que el pensamiento del porvenir no os hizo renunciar a vuestro intento? –Resp. No creía en el futuro; estaba sin esperanzas. El porvenir es la esperanza.
13. ¿Qué reflexiones habéis hecho en el momento en que sentíais que la vida se os extinguía? –Resp. No reflexionaba, sentía... Pero mi vida no se ha extinguido... Mi alma está ligada al cuerpo... No he muerto... Sin embargo, siento que me roen los gusanos...
14. ¿Qué sensación habéis tenido en el momento en que la muerte se completaba? –Resp. ¿Se ha completado?
15. ¿Ha sido doloroso el momento en que la vida se os extinguía? –Resp. Menos doloroso que después. Sólo el cuerpo ha sufrido. – San Luis continúa: El Espíritu se liberaba de un peso que lo abrumaba; sentía la voluptuosidad del dolor. (A san Luis.) Ese estado ¿es siempre la consecuencia del suicidio? –Resp. Sí; el Espíritu del suicida está ligado a su cuerpo hasta el término de su vida. La muerte natural es el enflaquecimiento de la vida: el suicidio la quiebra bruscamente.
16. Este estado ¿es el mismo en toda muerte accidental, independiente de la voluntad, y que abrevia la duración natural de la vida? –Resp. No. ¿Qué entendéis por suicidio? El Espíritu sólo es culpable por sus obras.
Nota – Habíamos preparado una serie de preguntas que nos proponíamos dirigir a este hombre, en Espíritu, sobre su nueva existencia; en presencia de sus respuestas, aquéllas se volvieron sin objeto; era evidente que él no tenía ninguna conciencia de su situación;su sufrimiento fue la única cosa que pudo describirnos.
Esta duda de la muerte es muy común en las personas fallecidas recientemente y sobre todo en aquellas que, cuando estaban encarnadas, no elevaron su alma por encima de la materia. A primera vista es un fenómeno raro, pero que se explica muy naturalmente. Si a un individuo puesto en sonambulismo por primera vez se le pregunta si duerme, casi siempre responde que no, y su respuesta es lógica: el interrogador es el que hace mal la pregunta, sirviéndose de un término impropio. La idea de sueño, en nuestro lenguaje usual, está ligada a la suspensión de todas nuestras facultades sensitivas; ahora bien, el sonámbulo que piensa y ve, que tiene la conciencia de su libertad moral, no cree estar durmiendo y, en efecto, no duerme en la acepción vulgar de la palabra. Por eso responde que no hasta que se familiarice con esta nueva manera de entender la cuestión. Y lo mismo sucede con el hombre que acaba de morir; para él la muerte era la nada; ahora bien, al igual que el sonámbulo, él ve, siente, habla; por lo tanto, él no se considera muerto, y lo dice hasta que haya adquirido la intuición de su nuevo estado. _
Vemos aquí ciertos escritores eméritos encogerse de hombros al simple nombre de una historia escrita por los Espíritus. –¡Cómo! – dicen ellos–, ¡seres de otro mundo que vienen a controlar nuestro saber, a nosotros, sabios de la Tierra! ¡Pero vamos! ¿Esto es posible? –Señores, no os forzamos a creerlo; ni siquiera haremos el menor empeño para arrancaros tan cara ilusión. En el interés de vuestra gloria futura, os comprometemos a inscribir vuestros nombres en caracteres INDESTRUCTIBLES al pie de esta modesta sentencia: Todos los adeptos del Espiritismo son insensatos, porque sólo a nosotros compete juzgar hasta dónde va el poder de Dios; y esto para que la posteridad no pueda olvidaros; ella misma verá si debe daros un lugar al lado de aquellos que, no hace mucho, han rechazado a los hombres a los cuales la Ciencia y el reconocimiento público hoy erigen estatuas.
Mientras tanto, he aquí un escritor cuyas altas capacidades no son desconocidas por nadie, y que se atreve, a riesgo de también pasar por una persona que no tiene juicio, a enarbolar él mismo la bandera de las nuevas ideas sobre las relaciones del mundo físico con el mundo incorpóreo. Leemos lo siguiente en la Histoire de France de Henri Martin, 171 tomo 6, página 143, a propósito de Juana de Arco:
«... Existe en la Humanidad un orden excepcional de hechos morales y físicos que parecen derogar las leyes comunes de la Naturaleza: es el estado de éxtasis y de sonambulismo –ya sea espontáneo o artificial– con todos sus asombrosos fenómenos de desdoblamiento de los sentidos, de insensibilidad total o parcial del cuerpo, de exaltación del alma y de percepciones fuera de todas las condiciones de la vida habitual. Esta clase de hechos ha sido juzgada desde puntos de vista muy opuestos. Al ver las relaciones acostumbradas de los órganos alterados o dislocados, los fisiólogos califican de enfermedad al estado extático o sonambúlico, admitiendo la realidad de los fenómenos que pueden conducir a una patología, y negando todo el resto, es decir, todo lo que parece fuera de las leyes constatadas de la Física. A sus ojos, inclusive, la enfermedad se vuelve locura cuando al desdoblamiento de la acción de los órganos se le suman las alucinaciones de los sentidos y las visiones de objetos que sólo existen para el visionario. Un eminente fisiólogo estableció muy crudamente que Sócrates estaba loco, porque creía conversar con su demonio. Los místicos responden no solamente afirmando como reales los fenómenos extraordinarios de las percepciones magnéticas –cuestión sobre la cual encuentran innumerables auxiliares y testigos fuera del misticismo–, sino que sostienen que las visiones de los extáticos tienen objetos reales, vistos, es verdad, no con los ojos del cuerpo y sí con los ojos del Espíritu. El éxtasis es para ellos el puente arrojado del mundo visible al mundo invisible, el medio de comunicación del hombre con los seres superiores, el recuerdo y la promesa de una existencia mejor, de donde decaímos y a la cual debemos reconquistar.
«En este debate, ¿qué partido deben tomar la Historia y la Filosofía?
«La Historia no podría pretender determinar con precisión los límites ni el alcance de los fenómenos, ni de las facultades extáticas y sonambúlicas; pero constata que son de todos los tiempos y de todos los lugares; que los hombres siempre han creído en ellas; que han ejercido una acción considerable sobre los destinos del género humano; que se han manifestado no solamente entre los contemplativos, sino entre los genios más poderosos y más activos, entre la mayoría de los grandes iniciados; que por más irrazonables que sean muchos extáticos, no hay nada de común entre las divagaciones de la locura y las visiones de algunos; que esas visiones son regidas por ciertas leyes; que los extáticos de todos los países y de todos los siglos tienen lo que se puede llamar un lenguaje común, el de los símbolos, del cual la poesía no es más que un derivado, lenguaje que expresa más o menos constantemente las mismas ideas y sentimientos por las mismas imágenes.
«Tal vez es más temerario tratar de pronunciarse en nombre de la Filosofía; entretanto, el filósofo, después de haber reconocido la importancia moral de estos fenómenos, por más desconocidos que sean para nosotros su ley y su objetivo; después de haberlos distinguido en dos grados, uno inferior –que no es sino una extensión extraña o un desdoblamiento inexplicable de la acción de los órganos– y otro superior –que es una exaltación prodigiosa de los poderes morales e intelectuales–, nos parece que el filósofo podría sostener que la ilusión del inspirado consiste en tomar como una revelación traída por seres exteriores, ángeles, santos o genios, a las revelaciones interiores de esta personalidad infinita que está en nosotros, y que entre los mejores y los mayores se manifiesta a veces por relámpagos de fuerzas latentes que sobrepasan, casi sin medida, las facultades de nuestra condición actual. En una palabra, en lenguaje académico, son para nosotros hechos de subjetividad; en el lenguaje de las antiguas filosofías místicas y de las religiones más elevadas, son las revelaciones del feruer mazdeísta, del buen demonio (el de Sócrates), del ángel guardián, de este otro Yo que no es sino el yo eterno en plena posesión de sí mismo, cerniéndose sobre el yo envuelto en las sombras de esta vida (es la figura del magnífico símbolo del Zoroastrismo, representado por todas partes en Persépolis y en Nínive: el feruer alado o el yo celestial cerniéndose sobre la persona terrestre).
«Negar la acción de seres exteriores sobre el inspirado, sólo ver en sus supuestas manifestaciones la forma dada a las intuiciones del extático para las creencias de su tiempo y de su país, buscar la solución del problema en las profundidades de la persona humana, esto no es de ninguna manera poner en duda la intervención divina en esos grandes fenómenos y en esas grandes existencias. El autor y el sostén de todas las vidas, por más esencialmente independiente que sea de cada criatura y de toda la creación, por más distinta que sea de nuestro ser contingente su personalidad absoluta, de modo alguno es un ser exterior, es decir, extraño a nosotros, y no es de afuera que él nos habla; cuando el alma se sumerge en sí misma, ella ahí lo encuentra y, en toda inspiración benéfica, nuestra libertad se asocia a su Providencia. Es preciso, aquí como en todas partes, el doble escollo de la incredulidad y de la piedad mal esclarecida; uno no ve más que ilusiones y que impulsos puramente humanos; el otro se rehúsa admitir alguna parte de ilusión, de ignorancia o de imperfección allí donde ve el dedo de Dios. Como si los enviados de Dios dejasen de ser hombres, los hombres de un cierto tiempo y de un cierto lugar, y como si los relámpagos sublimes que les atraviesan el alma depositasen en ella la ciencia universal y la perfección absoluta. En las inspiraciones más evidentemente providenciales, los errores que vienen del hombre se mezclan con la verdad que viene de Dios. El Ser infalible no comunica su infalibilidad a nadie.
«No pensamos que esta digresión pueda parecer superflua; debíamos pronunciarnos sobre el carácter y sobre la obra de una de las inspiradas que ha dado testimonio en el más alto grado de las facultades extraordinarias que acabamos de hablar, y que las ha aplicado en la más brillante misión de las épocas modernas; por lo tanto, era preciso tratar de expresar una opinión para la categoría de seres excepcionales a los cuales pertenece Juana de Arco.»
El 26 de mayo, aniversario de nacimiento de Mesmer, han tenido lugar los dos banquetes anuales que reúnen a la élite de los magnetizadores de París y a los adeptos del extranjero que a ellos se juntan. Nosotros siempre nos hemos preguntado por qué esta solemnidad conmemorativa es celebrada por dos banquetes rivales, donde cada facción bebe a la salud de la otra y donde, sin resultado, se hacen brindis por la unión. Cuando uno está allí, parece que están bien cerca de entenderse. Entonces, ¿por qué una escisión entre hombres que se consagran al bien de la Humanidad y al culto de la verdad? ¿No se les presenta la verdad bajo el mismo aspecto? ¿Tienen ellos dos maneras de entender el bien a la Humanidad? ¿Están divididos sobre los principios de su ciencia? De ningún modo; ellos tienen las mismas creencias; tienen el mismo maestro que es Mesmer. Si ese maestro, cuya memoria invocan, viene –como lo creemos– a atender a su llamado, debe sufrir al ver la desunión entre sus discípulos. Felizmente esta desunión no engendrará guerras como las que, en el nombre del Cristo, han ensangrentado el mundo para la eterna vergüenza de los que se decían cristianos. Pero esta guerra, por más inofensiva que sea, y aunque se limite a golpes de pluma y a beber cada uno por su lado, no es por eso menos lamentable; nos gustaría de ver a los hombres de bien unidos en un mismo sentimiento de confraternidad; con esto, la ciencia magnética ganaría en progreso y en consideración.
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ERRATA
En la Revista Espírita de mayo de 1858 (Nº V), una falta tipográfica ha desnaturalizado un nombre propio que, por esto mismo, ha perdido su sentido. En la página 141 (respuesta a la pregunta Nº 25), 174 en lugar de Poryolise, leer: Pergolesi.
ALLAN KARDEC
Julio
Varios diarios han narrado el siguiente hecho:
«Fallecido el 12 de noviembre último y después de una enfermedad de tres meses, el Sr. Badet tenía la costumbre –dice el periódico Union bourguignonne (Unión borgoñona) de Dijón– de colocarse en su ventana del primer piso, cada vez que sus fuerzas se lo permitían, con la cabeza constantemente vuelta hacia el lado de la calle, a fin de distraerse viendo a los transeúntes. Hace algunos días, la Sra. Peltret, cuya casa está enfrente a la de la Sra. viuda de Badet, percibió en el vidrio de esta ventana al propio Sr. Badet, con su gorro de algodón, su rostro delgado, etc., en fin, tal como ella lo había visto durante su enfermedad. Grande fue su emoción, por no decir más. Ella no sólo llamó a sus vecinos, cuyo testimonio podría ser sospechoso, sino aún a hombres serios que percibieron muy claramente la imagen del Sr. Badet en el vidrio de la ventana donde tenía la costumbre de colocarse. También se mostró esta imagen a la familia del difunto, que inmediatamente hizo desaparecer el vidrio.
«No obstante, queda bien constatado que el vidrio había tomado la impresión del rostro del enfermo, que ahí se encontraba como daguerrotipado, fenómeno que podría explicarse si, del lado opuesto a la ventana, hubiera tenido otra por donde los rayos solares pudiesen llegar al Sr. Badet; pero no había nada: el cuarto sólo tenía una ventana. Tal es la pura verdad sobre este hecho asombroso, cuya explicación conviene dejar a los estudiosos del tema.»
Admitimos que a la lectura de este artículo, nuestro primer sentimiento ha sido el de darle la calificación vulgar con la cual se presentan las noticias apócrifas, y al mismo no le hemos atribuido importancia alguna. De Bruselas, pocos días después, el Sr. Jobard nos escribía lo siguiente:
«A la lectura del hecho siguiente (el que acabamos de citar), que ha pasado en mi tierra con uno de mis parientes, me he encogido de hombros viendo al periódico que lo narra remitir su explicación a los estudiosos del tema, y al ver a esta buena familia retirar el vidrio a través del cual Badet miraba a los transeúntes. Evocadlo para ver lo que él piensa.»
Esta confirmación del hecho por un hombre del carácter del Sr. Jobard, cuyo mérito y honorabilidad todo el mundo conoce, y esta circunstancia particular en la que uno de sus parientes ha sido el héroe, no podrían dejarnos dudas sobre su veracidad. En consecuencia, hemos evocado al Sr. Badet en la sesión del martes 15 de junio de 1858 de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, y he aquí las siguientes explicaciones:
1. Fallecido el 12 de noviembre último en Dijón, ruego a Dios Todopoderoso que permita al Sr. Badet, Espíritu, comunicarse con nosotros. –Resp. Estoy aquí.
2. El hecho que os concierne y que acabamos de relatar, ¿es verdadero? –Resp. Sí, es verdadero.
3. ¿Podríais darnos su explicación? –Resp. Son agentes físicos desconocidos hasta ahora, pero que se volverán usuales más adelante. Es un fenómeno bastante simple, y semejante a una fotografía combinada con fuerzas que no han sido todavía descubiertas.
4. ¿Podríais adelantarnos el momento de este descubrimiento por vuestras explicaciones? –Resp. Gustaría, pero es la obra de otros Espíritus y del trabajo humano.
5. ¿Podríais reproducir por segunda vez el mismo fenómeno? – Resp. No he sido yo quien lo ha producido; han sido las condiciones físicas, que son independientes de mí.
6. ¿Por la voluntad de quién y con qué objetivo este hecho ha tenido lugar? –Resp. Se produjo cuando yo estaba encarnado e independientemente de mi voluntad; un estado particular de la atmósfera lo ha revelado después.
Habiéndose establecido entre los asistentes una discusión sobre las probables causas de este fenómeno, y al ser emitidas varias opiniones sin que fuesen dirigidas preguntas al Espíritu, éste dijo espontáneamente: Y la electricidad y la galvanoplastia que también actúan sobre el periespíritu, ¿no las tenéis en cuenta?
7. Se nos ha dicho últimamente que los Espíritus no tienen ojos; ahora bien, si esta imagen es la reproducción del periespíritu, ¿cómo es que ella ha podido reproducir los órganos de la visión? –Resp. El periespíritu no es el Espíritu; la apariencia o periespíritu tiene ojos, pero el Espíritu no los tiene. Bien os he dicho, al hablar sobre el periespíritu, que yo estaba encarnado.
Nota – Esperando que este nuevo descubrimiento sea realizado, nosotros le daremos el nombre provisorio de fotografía espontánea. Todo el mundo lamentará que, por un sentimiento difícil de comprender, se haya destruido el vidrio sobre el cual estaba reproducida la imagen del Sr. Badet; tan curioso monumento hubiera podido facilitar las investigaciones y las propias observaciones para estudiar la cuestión. Tal vez hayan visto en esta imagen una obra del diablo; en todo caso, si el diablo está en algo en este asunto, es seguramente en la destrucción del vidrio, porque él es el enemigo del progreso.
Philippine no estaba todavía acostada; se encontraba en medio de un cierto número de personas que conversaban sobre el Espíritu golpeador, cuando de repente el cajón de una mesa muy grande y muy pesada, ubicada en el cuarto, fue tirado y empujado con gran ruido y con una rapidez extraordinaria. Los asistentes se quedaron muy sorprendidos con esta nueva manifestación; en el mismo momento la propia mesa se puso en movimiento en todos los sentidos y se dirigió hacia la chimenea, cerca de la cual Philippine estaba sentada. Perseguida –por así decirlo– por este mueble, ella debió dejar su lugar y huir hacia el centro del cuarto; pero la mesa se volvió en esta dirección y se detuvo a medio pie de la pared. Fue colocada en su lugar habitual, de donde no se movió más; pero las botas que se encontraban debajo, y que todos pudieron ver, fueron lanzadas al centro del cuarto, con gran espanto de las personas presentes. Uno de los cajones comenzó a deslizarse por sus correderas, abriéndose y cerrándose por dos veces, al principio muy rápidamente y después más lentamente; cuando estaba completamente abierto, fue sacudido con estruendo. Un paquete de tabaco dejado sobre la mesa cambiaba de lugar a cada instante. Los golpes y las raspaduras se hacían escuchar en la mesa. Philippine, que por entonces gozaba de una muy buena salud, se encontraba en medio de la reunión y de ninguna manera parecía inquieta con todas esas extrañezas que se repetían a cada noche desde el viernes; pero el domingo ellas fueron aún más notables.
El cajón fue varias veces abierto y cerrado violentamente. Después de haber estado en su antiguo dormitorio, Philippine se volvió súbitamente presa de un sueño magnético y se dejó caer en un asiento, donde las raspaduras se hicieron escuchar varias veces. Las manos de la niña estaban en sus rodillas y la silla se movía tanto a la derecha como a la izquierda, hacia adelante y hacia atrás. Se veían levantarse las patas delanteras del asiento, mientras que la silla se balanceaba con un equilibrio sorprendente sobre las patas traseras. Al haber sido Philippine transportada al centro del cuarto, fue más fácil observar ese nuevo fenómeno. Entonces, al dar la orden, la silla giraba, avanzaba o retrocedía más o menos rápido, ya sea en un sentido como en el otro. Durante esta danza singular, los pies de la niña, como paralizados, se arrastraban en el suelo; con gemidos, ella se quejaba de dolores de cabeza, llevando varias veces la mano a su frente; después, al despertarse de repente, se puso a observar hacia todos los lados, no pudiendo comprender su situación: su malestar la había dejado. Ella se acostó; entonces, los golpes y las raspaduras que se habían producido en la mesa se hicieron escuchar en la cama con fuerza y de una manera alegre.
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* Debemos la traducción de este interesante opúsculo a la cortesía de uno de nuestros amigos: el Sr. Alfred Pireaux, empleado de la administración de Correos. [Nota de Allan Kardec.]
1. Escríbenos algo, lo que tú quieras. –Resp. Ran plan plan, ran plan plan.
2. ¿Por qué escribes esto? –Resp. Yo era tocador de tambor.
3. ¿Habías recibido alguna instrucción? –Resp. Sí.
4. ¿Dónde has hecho tus estudios? –Resp. En los Ignorantinos.
5. Nos pareces ser jovial. –Resp. Lo soy y mucho.
6. Nos has dicho que, cuando encarnado, gustabas beber demasiado; ¿es verdad? –Resp. Gustaba todo lo que era bueno.
7. ¿Eras militar? –Resp. Claro que sí, ya que era Tambor.
8. ¿En qué gobierno has servido? –Resp. En el de Napoleón el Grande.
9. ¿Puedes citarnos una de las batallas a las cuales has asistido? – Resp. La batalla del Beresina.
10. ¿Ha sido allá que has muerto? –Resp. No.
11. ¿Estabas en Moscú? –Resp. No.
12. ¿Dónde has muerto? –Resp. En las nieves.
13. ¿En qué cuerpo servías? –Resp. En los fusileros de la guardia.
14. ¿Amabas mucho a Napoleón el Grande? –Resp. Como lo amábamos todos, sin saber por qué.
15. ¿Sabes lo que sucedió con él después de su muerte? –Resp. Yo no me he ocupado sino de mí mismo después de mi muerte.
16. ¿Estás reencarnado? –Resp. No, ya que vengo a hablar con vosotros.
17. ¿Por qué te has manifestado a través de golpes sin que hayas sido llamado? –Resp. Es preciso hacer ruido para aquellos cuyo corazón no cree. Si aún no ha sido lo suficiente, os daré más todavía.
18. ¿Es por tu propia voluntad que has venido a golpear o realmente otro Espíritu te ha forzado a hacerlo? –Resp. Es por mi propia voluntad que vengo; realmente, hay otro a quien vosotros llamáis Verdad que también puede forzarme; pero hace mucho tiempo que yo quería venir.
19. ¿Con qué objetivo querías venir? –Resp. Para conversar con vosotros: he aquí lo que yo quería; pero había algo que me lo impedía. He sido forzado por un Espíritu familiar de la casa que me ha comprometido a que me volviese útil a las personas que me hicieran preguntas. –¿Tiene, pues, mucho poder este Espíritu, ya que comanda así a otros Espíritus? –Resp. Más de lo que creéis, y sólo lo usa para el bien.
20. ¿Qué te lo impedía? –Resp. No sé; algo que no comprendo.
21. ¿Lamentas la vida? –Resp. No, nada lamento.
22. ¿Prefieres tu existencia actual o tu existencia terrestre? –Resp. Prefiero la existencia de los Espíritus a la existencia del cuerpo.
23. ¿Por qué? –Resp. Porque uno está mucho mejor que en la Tierra; la Tierra es un purgatorio, y todo el tiempo que en la misma he vivido, siempre he deseado la muerte.
24. ¿Sufres en tu nueva situación? –Resp. No; pero todavía no soy feliz.
25. ¿Estarías satisfecho de tener una nueva existencia corporal? – Resp. Sí, porque sé que debo elevarme.
26. ¿Quién te lo ha dicho? –Resp. Bien lo sé.
27. ¿Estarás pronto reencarnado? –Resp. No lo sé.
28. ¿Ves a otros Espíritus a tu alrededor? –Resp. Sí, a muchos.
29. ¿Cómo sabes que son Espíritus? –Resp. Entre nosotros nos vemos tal cual somos.
30. ¿Con qué apariencia los ves? –Resp. Como se pueden ver a los Espíritus, pero no por los ojos.
31. Y tú, ¿con qué forma estás aquí? –Resp. Con la que tenía en vida, es decir, con la de tocador de tambor.
32. Y a los otros Espíritus, ¿los ves con la forma que tenían cuando estaban encarnados? –Resp. No; nosotros no tomamos una apariencia sino cuando somos evocados: de otro modo nos vemos sin forma.
33. ¿Nos ves tan claramente como si estuvieras encarnado? –Resp. Sí, perfectamente.
34. ¿Es por los ojos que nos ves? –Resp. No; nosotros tenemos una forma, pero no tenemos sentidos; nuestra forma no es más que aparente.
35. Dinos positivamente, ¿en qué lugar estás aquí? –Resp. Estoy cerca de la mesa, entre el médium y vos.
36. Cuando golpeas, ¿estás debajo de la mesa, por encima o en el espesor de la madera? –Resp. Estoy al lado; no me meto en la madera: basta que yo toque la mesa.
37. ¿Cómo produces los ruidos que haces escuchar? –Resp. Creo que por una especie de concentración de nuestra fuerza.
38. ¿Podrías explicarnos la manera por la cual se producen los diferentes ruidos que imitas, por ejemplo, las raspaduras? –Resp. No sabría especificar mucho la naturaleza de los ruidos: es difícil explicar. Sé que raspo, pero no puedo explicar cómo produzco ese ruido que vosotros llamáis raspadura.
39. ¿Podrías producir los mismos ruidos con cualquier médium? – Resp. No, hay especialidades en todos los médiums; todos no pueden obrar del mismo modo.
40. ¿Ves entre nosotros a alguien, además del joven S... (el médium de influencias físicas por el cual este Espíritu se manifiesta), que podría ayudarte a producir los mismos efectos? – Resp. Por el momento no veo a nadie; con él estoy muy dispuesto a hacerlo.
41. ¿Por qué con él en lugar de otro? –Resp. Porque lo conozco más, y también porque es más apto que otro en ese género de manifestaciones.
42. ¿Lo conoces desde hace mucho tiempo, antes de su actual existencia? –Resp. No; lo conozco hace poco tiempo; de alguna manera, he sido atraído hacia él para hacerlo mi instrumento.
43. Cuando una mesa se levanta en el aire sin punto de apoyo, ¿qué es lo que la sostiene? –Resp. Nuestra voluntad, que le ha ordenado obedecer, y también el fluido que nosotros le transmitimos. Nota – Esta respuesta viene en apoyo a la teoría que nos ha sido dada, a la cual hemos hecho referencia en los números 5 y 6 de esta Revista, sobre la causa de las manifestaciones físicas.
44. ¿Podrías hacerlo? –Resp. Pienso que sí; lo intentaré cuando el médium venga. (Él estaba ausente en ese momento.)
45. ¿De quién depende eso? –Resp. Depende de mí, ya que me sirvo del médium como instrumento.
46. Pero la cualidad del instrumento ¿no está para algo? –Resp. Sí, ésta me ayuda mucho, puesto que he dicho que no podría hacerlo con otros hoy.
47. ¿Por qué, el otro día, los movimientos de la mesa se detenían cada vez que uno de nosotros tomaba la luz para observar debajo? – Resp. Porque yo quería punir vuestra curiosidad.
48. ¿De qué te ocupas en tu existencia de Espíritu, ya que, en fin, no pasas el tiempo golpeando? –Resp. Frecuentemente tengo misiones que cumplir; nosotros debemos obedecer las órdenes superiores, y sobre todo cuando –a través de nuestra influencia– tenemos que hacer el bien a los humanos.
49. Sin duda tu vida terrestre no ha sido exenta de faltas; ¿las reconoces ahora? –Resp. Sí, las expío con justicia al estar estacionario entre los Espíritus inferiores; sólo podré purificarme más cuando tome otro cuerpo.
50. Cuando hacías escuchar golpes en otro mueble al mismo tiempo que en la mesa, ¿eras tú quien los producía u otro Espíritu? – Resp. Era yo.
51. Entonces ¿estabas solo? –Resp. No, pero solamente yo cumplía la misión de golpear.
52. Los otros Espíritus que estaban allí, ¿te ayudaban en algo? – Resp. No para golpear, sino para hablar.
53. ¿No eran, pues, Espíritus golpeadores? –Resp. No, la Verdad no había permitido golpear a nadie más que a mí.
54. Los Espíritus golpeadores ¿no se reúnen a veces en gran número, a 191 fin de tener más poder para producir ciertos fenómenos? –Resp. Sí, pero para lo que yo quería hacer podía bastarme solo.
55. En tu existencia espírita, ¿estás siempre en la Tierra? –Resp. Lo más frecuentemente en el espacio.
56. ¿Vas a veces a otros mundos, es decir, a otros globos? –Resp. No a los más perfectos, sino a los mundos inferiores.
57. Algunas veces ¿te diviertes al ver y al escuchar lo que hacen los hombres? –Resp. No; sin embargo, algunas veces tengo piedad de ellos.
58. ¿Hacia quiénes vas con preferencia? –Resp. Hacia los que quieren creer de buena fe.
59. ¿Podrías leer en nuestros pensamientos? –Resp. No, no leo en las almas; no soy lo bastante perfecto para esto.
60. Entretanto debes conocer nuestros pensamientos, puesto que vienes hacia nosotros; de otro modo, ¿cómo podrías saber si creemos de buena fe? –Resp. No leo, pero escucho.
61. ¿Has vuelto a encontrar en el mundo de los Espíritus a alguno de tus antiguos camaradas del ejército? –Resp. Sí, pero sus posiciones eran tan diferentes que no los he reconocido a todos.
62. ¿En qué consistía esta diferencia? –Resp. En el orden feliz o infeliz de cada uno.
63. ¿Qué les habéis dicho al reencontrarlos? –Resp. Yo les decía: Vamos a elevarnos a Dios, que Él lo permite.
64. ¿Cómo entendías esa elevación hacia Dios? –Resp. Cada peldaño superado es un peldaño más hacia Él.
65. Nos has dicho que habías muerto en las nieves; por consecuencia, ¿has muerto de frío? –Resp. De frío y de necesidades.
66. ¿Has tenido conciencia inmediata de tu nueva existencia? – Resp. No, pero no tenía más frío.
67. ¿Has vuelto alguna vez al lugar donde has dejado tu cuerpo? – Resp. No, me había hecho sufrir mucho.
68. Te agradecemos las explicaciones que has tenido a bien 192 darnos; ellas nos han suministrado temas útiles de observación para perfeccionarnos en la ciencia espírita. –Resp. Estoy a vuestra disposición.
Uno de los escollos que presentan las comunicaciones espíritas es el de los Espíritus impostores que pueden inducir al error sobre su identidad y que, al abrigo de un nombre respetable, intentan pasar los más groseros absurdos. En muchas ocasiones hemos explicado sobre este peligro, que deja de serlo para cualquiera que examine, a la vez, la forma y el fondo del lenguaje de los seres invisibles con los cuales esté en comunicación. No podemos repetir aquí lo que hemos dicho sobre ese tema; léase atentamente al respecto en esta Revista, en El Libro de los Espíritus y en nuestras Instrucciones Prácticas, * y se verá que nada es más fácil que precaverse contra semejantes fraudes, por poco de buena voluntad que en esto se ponga. Reproducimos solamente la siguiente comparación que habíamos citado en alguna parte: «Suponed que en un cuarto vecino al que estáis se encuentren varios individuos que no conocéis, que no podéis ver, pero que escucháis perfectamente; ¿no sería fácil reconocer su conversación, si son ignorantes o sabios, personas honestas o malhechores, hombres serios o atolondrados, gente de buena compañía o sujetos groseros?»
Tomemos otra comparación sin salir de nuestra humanidad material: Supongamos que un hombre se os presente con el nombre de un distinguido literato; ante ese nombre, lo recibís al principio con toda la debida consideración a su supuesto mérito; pero si él se expresa como un hombre grosero, reconoceréis inmediatamente sus intenciones y lo expulsaréis como a un impostor.
Sucede lo mismo con los Espíritus: se los reconoce por su lenguaje; el de los Espíritus superiores es siempre digno y en armonía con la sublimidad de los pensamientos; nunca la trivialidad mancha la pureza. La grosería y la bajeza de las expresiones sólo pertenecen a los Espíritus inferiores. Todas las cualidades y todas las imperfecciones de los Espíritus se revelan por su lenguaje, y con razón se les puede aplicar este adagio de un célebre escritor: El estilo es el hombre.
Estas reflexiones nos son sugeridas por un artículo que encontramos en el Spiritualiste de la Nouvelle-Orléans del mes de diciembre de 1857. Es una conversación que se estableció, a través de un médium, entre dos Espíritus, uno dándose el nombre de Padre Ambrosio y el otro el de Clemente XIV. El Padre Ambrosio era un respetable eclesiástico, muerto en Luisiana en el siglo pasado; era un hombre de bien, de gran inteligencia, y que ha dejado un recuerdo venerado.
En este diálogo, donde el ridículo disputa con lo innoble, es imposible confundirse sobre la cualidad de los interlocutores, y es preciso concordar que los Espíritus que han mantenido dicho diálogo han tomado muy pocas precauciones para enmascararse; porque ¿cuál es el hombre de buen sentido que podría un solo instante suponer que el Padre Ambrosio y Clemente XIV hubieran podido rebajarse a tales trivialidades, que se parecen más a una escena burlesca? Comediantes del más bajo nivel que hiciesen una parodia de esos dos personajes, no se expresarían de otro modo.
Estamos persuadidos que el Círculo de Nueva Orleáns –donde sucedió el hecho– lo ha comprendido como nosotros; dudar de esto sería injuriarlos; sólo lamentamos que a la publicación no la hayan hecho seguir de algunas observaciones correctivas, que hubieran impedido a las personas superficiales tomarlo como un modelo de estilo serio del Más Allá. Pero apresurémonos en decir que ese Círculo no tiene apenas comunicaciones de ese género: las hay de muy diferente orden, donde se encuentra toda la sublimidad del pensamiento y de la expresión de los Espíritus superiores.
Hemos pensado que la evocación del verdadero y del falso Padre Ambrosio pudiese ofrecer un asunto útil de observación sobre los Espíritus impostores; en efecto, es lo que ha tenido lugar, así como se puede juzgar por la siguiente conversación:
1. Muerto en Luisiana en el siglo pasado y habiendo dejado un recuerdo venerado, ruego a Dios Todopoderoso que permita al verdadero Padre Ambrosio, en Espíritu, comunicarse con nosotros. – Resp. Estoy aquí.
2. ¿Quisierais decirnos si realmente vos habéis mantenido la conversación relatada en el Spiritualiste de la Nouvelle-Orléans con Clemente XIV, y cuya lectura hemos hecho en nuestra última sesión? –Resp. Lamento por los hombres que han sido engañados por los Espíritus, de los cuales también me compadezco.
3. ¿Cuál es el Espíritu que ha tomado vuestro nombre? –Resp. Un Espíritu farsante.
4. Y el interlocutor, ¿era realmente Clemente XIV? –Resp. Era un Espíritu simpático al que había tomado mi nombre.
5. ¿Cómo pudisteis haber permitido que se hayan dicho semejantes cosas en vuestro nombre, y por qué no habéis venido a desenmascarar a los impostores? –Resp. Porque no siempre puedo impedir a los hombres y a los Espíritus que se diviertan.
6. Concebimos esto para los Espíritus; pero con respecto a las personas que han recibido esas palabras, son personas serias y que de ninguna manera buscaban divertirse. –Resp. Con más razón: ellos deberían haber pensado que tales palabras sólo podrían ser el lenguaje de Espíritus burlones.
7. ¿Por qué los Espíritus no enseñan en Nueva Orleáns principios en todos los puntos idénticos a los que enseñan aquí? –Resp. La Doctrina que os es dictada pronto les servirá; no habrá más que una.
8. Puesto que esta Doctrina debe ser enseñada allí más adelante, nos parece que si lo hubiera sido inmediatamente anticiparía el progreso y habría evitado, en el pensamiento de algunos, una lamentable incertidumbre. –Resp. Los caminos de Dios son a menudo impenetrables; ¿no existen otras cosas que os parecían incomprensibles en los medios que Él emplea para llegar a sus fines? Es preciso que el hombre se ejercite en distinguir lo verdadero de lo falso, pero todos no podrían recibir la luz súbitamente sin ser encandilados.
9. ¿Quisierais decirnos, os lo ruego, vuestra opinión personal sobre la reencarnación? –Resp. Los Espíritus son creados ignorantes e imperfectos: una sola encarnación no puede serles suficiente para aprender todo; es preciso que se reencarnen para progresar con las bondades que Dios les destina.
10. ¿Puede la reencarnación tener lugar en la Tierra o solamente en otros globos? –Resp. La reencarnación se da según el progreso del Espíritu, en mundos más o menos perfectos.
11. Esto no nos dice claramente si puede tener lugar en la Tierra. – Resp. Sí, puede tener lugar en la Tierra; y si el Espíritu la pide como misión, eso debe ser más meritorio para él que pedir avanzar más rápido en mundos más perfectos.
12. Rogamos a Dios Todopoderoso que permita al Espíritu que ha tomado el nombre del Padre Ambrosio comunicarse con nosotros. – Resp. Estoy aquí, pero no queráis confundirme.
13. ¿Eres tú realmente el Padre Ambrosio? En el nombre de Dios, te intimo a decir la verdad. –Resp. No.
14. ¿Qué piensas de lo que has dicho en su nombre? –Resp. Pienso como pensaban los que me escucharon.
15. ¿Por qué te has servido de un nombre respetable para decir semejantes tonterías? –Resp. A nuestros ojos los nombres no son nada: las obras lo son todo; como se podía ver lo que yo era por lo que yo decía, no le atribuí consecuencias a la usurpación de este nombre.
16. ¿Por qué en nuestra presencia no mantienes tu impostura? – Resp. Porque mi lenguaje es una piedra de toque con la cual no podéis engañaros.
Nota – Varias veces se nos ha dicho que la impostura de ciertos Espíritus es una prueba para nuestro juicio; es una especie de tentación que Dios permite para que, como lo ha dicho el Padre Ambrosio, el hombre pueda ejercitarse en distinguir lo verdadero de lo falso.
17. Y tu compañero Clemente XIV, ¿qué piensas de él? –Resp. Él no es mejor que yo; ambos tenemos necesidad de indulgencia.
18. En el nombre de Dios Todopoderoso, te pido que vengas. – Resp. Estoy aquí desde que está el falso Padre Ambrosio.
19. ¿Por qué has abusado de la credulidad de personas respetables, para dar una falsa idea de la Doctrina Espírita? –Resp. ¿Por qué estamos inclinados a faltas? Porque no somos perfectos.
20. ¿Ambos no pensasteis que un día vuestra bellaquería sería descubierta, y que los verdaderos Padre Ambrosio y Clemente XIV no habrían de expresarse como vosotros lo habéis hecho? –Resp. Las bellaquerías ya fueron descubiertas y castigadas por Aquel que nos creó.
21. ¿Sois de la misma clase que los Espíritus a los que llamamos golpeadores? –Resp. No, porque aún es preciso tener razonamiento para hacer lo que hicimos en Nueva Orleáns.
22. (Al verdadero Padre Ambrosio.) ¿Os ven aquí estos Espíritus impostores? –Resp. Sí, y sufren al verme.
23. Estos Espíritus ¿son errantes o reencarnados? –Resp. Errantes; ellos no son lo bastante perfectos como para desprenderse si estuviesen encarnados.
24. Y vos, Padre Ambrosio, ¿en qué estado estáis? –Resp. Encarnado en un mundo feliz y sin nombre para vosotros.
25. Nosotros os agradecemos los esclarecimientos que habéis tenido a bien darnos; ¿tendríais la bondad de venir otras veces entre nosotros, para decirnos algunas buenas palabras y darnos un dictado que pueda mostrar la diferencia entre vuestro estilo y el de aquel que había tomado vuestro nombre? –Resp. Estoy con aquellos que quieren el bien dentro de la verdad.
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* Obra agotada, reemplazada por El Libro de los Médiums. [Nota de Allan Kardec.]
1. A la fórmula de evocación, respondió: Estoy aquí.
2. ¿Dónde estabais cuando os hemos evocado? –Resp. Ya estaba cerca de vosotros.
3. ¿Sabéis con qué objetivo principal os hemos rogado venir? – Resp. No, pero deseo saberlo.
4. Desearíamos que aceptaseis reproducir a través del médium una escritura caligráfica que tuviera el carácter de aquella que teníais cuando encarnado; ¿lo podéis hacer? –Resp. Lo puedo.
5. ¿Recordáis las circunstancias de vuestra vida terrestre? –Resp. Algunas.
6. ¿Podríais decirnos en qué año habéis muerto? –Resp. He muerto en 1856.
7. ¿Con qué edad? –Resp. Con 56 años.
8. ¿En qué ciudad vivíais? –Resp. En Saint-Germain.
9. ¿Cuál era vuestro género de vida? –Resp. Trataba de satisfacer mi cuerpo.
10. ¿Os ocupabais un poco con las cosas del otro mundo? –Resp. No lo suficiente.
11. ¿Os lamentáis por no ser más de este mundo? –Resp. Lamento no haber empleado lo suficientemente bien mi existencia.
12. ¿Sois más feliz que en la Tierra? –Resp. No, sufro por el bien que no hice.
13. ¿Qué pensáis del porvenir que os está reservado? –Resp. Pienso que he de necesitar toda la misericordia de Dios.
14. ¿Cuáles son vuestras relaciones en el mundo donde estáis? – Resp. Relaciones lastimeras e infelices.
15. Cuando volvéis a la Tierra, ¿hay lugares que frecuentáis con preferencia? –Resp. Busco a las almas que se compadecen de mis penas o que oran por mí.
16. ¿Veis tan claramente las cosas de la Tierra como cuando estabais encarnado? –Resp. Prefiero no verlas; si lo hiciera, sería eso también una causa de disgustos.
17. Se dice que cuando encarnado erais muy poco tolerante; ¿es verdad? –Resp. Era muy violento.
18. ¿Qué pensáis del objeto de nuestras reuniones? –Resp. Bien que hubiera gustado conocerlas en vida; me hubieran hecho mejorar.
19. ¿Veis a otros Espíritus como vos? –Resp. Sí, pero estoy muy confundido delante de ellos.
20. Rogamos a Dios para que os ayude en su santa misericordia; los sentimientos que acabáis de expresar deben haceros encontrar piedad ante Él, y no dudamos que ayuden a vuestro adelanto. –Resp. Os agradezco; Dios os proteja; ¡bendito sea Él por esto! Mi turno también llegará; así lo espero.
Estoy un poco humillado, os confieso, por veros emplear conmigo las mismas fórmulas y los mismos discursos que con los tontos, cuando debéis saber que toda mi vida ha sido consagrada a sostener la verdad y a testimoniar en su favor todas las veces que la encontraba, ya sea en Física o en Metafísica. Sé que el papel de adepto de las nuevas ideas no siempre está exento de inconvenientes, incluso en este siglo de luces, y que se puede ser ridiculizado por decir que hay claridad en pleno día, porque lo menos que uno se arriesga es ser tratado de loco; pero como la Tierra gira y el día aparecerá para todos, será realmente necesario que los incrédulos se rindan ante la evidencia. También es natural que escuchemos negar la existencia de los Espíritus por aquellos que no creen en los mismos, así como la existencia de la luz por aquellos que aún se encuentran privados de sus rayos. ¿Podemos comunicarnos con ellos? Ahí está toda la cuestión. Ved y observad.
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La siguiente carta nos ha sido dirigida por uno de nuestros suscriptores; como contiene una parte instructiva que puede interesar a la mayoría de nuestros lectores –lo que es una prueba más de la influencia moral de la Doctrina Espírita–, creemos un deber publicarla completa, respondiendo, para todos, a las diversas preguntas que ella encierra.
Os diré al respecto, mi querido señor, que hace aproximadamente dieciocho meses hemos evocado en nuestro Círculo íntimo a un antiguo magistrado –pariente nuestro– fallecido en 1756, que durante su vida ha sido un modelo de todas las virtudes y un Espíritu muy superior, aunque no tenga un lugar en la Historia. Nos ha dicho que está encarnado en Júpiter y nos ha dado una enseñanza moral de una sabiduría admirable, y en todos los puntos en conformidad con lo que contiene vuestro tan precioso El Libro de los Espíritus. Tuvimos naturalmente la curiosidad de pedirle algunas informaciones sobre el estado del mundo que él habita, lo que ha hecho con una extrema complacencia. Ahora bien, juzgad nuestra sorpresa y nuestra alegría al leer en vuestra Revista una descripción completamente idéntica de este planeta, por lo menos en las generalidades, porque no hemos conducido las preguntas hasta donde vos lo habéis hecho: todo allí concuerda en lo físico y en lo moral, y hasta en la condición de los animales. Incluso hizo mención de las viviendas aéreas de las cuales no habláis.
Cuando en nuestro pequeño Círculo alguno de nosotros parece tener pensamientos muy materiales, le decimos: «Tened cuidado, no iréis a Júpiter»; y somos felices en pensar que este futuro nos está reservado, si no es en la primera etapa, por lo menos en alguna de las siguientes. Por lo tanto, mi hermano querido, gracias por habernos abierto este nuevo camino de esperanza.
En lo que concierne a la publicación de los dibujos, el mismo deseo nos ha sido expresado por varios de nuestros suscriptores; pero la complicación es tal que la reproducción por grabado hubiera entrañado gastos excesivos e inabordables; los propios Espíritus habían dicho que el momento de publicarlos no había llegado todavía, probablemente por este motivo. Hoy esta dificultad está felizmente superada. El Sr. Victorien Sardou, de médium dibujante (sin saber dibujar) se ha vuelto médium grabador sin haber tenido nunca un buril en su vida. Ahora hace sus dibujos directamente en cobre, lo que permitirá reproducirlos sin la colaboración de ningún artista extraño. Así la cuestión financiera quedó simplificada, y podremos dar una muestra notable en nuestro próximo número, acompañado de una descripción técnica que él consintió en encargarse de redactar según los documentos que le han suministrado los Espíritus. Estos dibujos son muy numerosos, y su conjunto formará más adelante un verdadero atlas. Conocemos otro médium dibujante a quien los Espíritus hacen trazar dibujos no menos curiosos sobre otro planeta. En cuanto al estado de los diferentes globos conocidos, nos han sido dados sobre varios de ellos informes generales, y sobre algunos solamente informes detallados; pero todavía no hemos fijado la época en la que será útil publicarlos.
ALLAN KARDEC.
Agosto
Además, los Espíritus siempre nos han dicho 193 que no nos inquietemos con algunas de esas divergencias, y que en poco tiempo todo el mundo sería llevado a la unidad en la creencia. En efecto, esta predicción se cumple a cada día a medida que se penetra profundamente en las causas de esos fenómenos misteriosos, y conforme los hechos son mejor observados. Ya las disidencias que han surgido en el origen tienden evidentemente a debilitarse; incluso se puede decir que ahora ellas no son más que el resultado de opiniones personales aisladas.
Aunque el Espiritismo esté en la Naturaleza y haya sido conocido y practicado desde la más alta antigüedad, se constata que en ninguna otra época ha sido tan universalmente difundido como en nuestros días. Es que en otros tiempos sólo hacían de Él un estudio misterioso en el cual el vulgo no era iniciado; se ha conservado por una tradición que las vicisitudes de la Humanidad y la falta de medios de transmisión han debilitado insensiblemente. Los fenómenos espontáneos –que no dejaron de producirse de vez en cuando– han pasado inadvertidos o fueron interpretados según los prejuicios y la ignorancia de las épocas, o han sido explotados en provecho de tal o cual creencia. Estaba reservado a nuestro siglo, donde el progreso recibe un empuje incesante, sacar a luz a una ciencia que existía, por así decirlo, en estado latente. Sólo ha sido hace pocos años que los fenómenos fueron seriamente observados; por lo tanto, el Espiritismo es en realidad una ciencia nueva que poco a poco se implanta en el espíritu de las masas, esperando ocupar una posición oficial. Al principio, esta ciencia ha parecido muy simple; para las personas superficiales, no consistía sino en el arte de hacer girar a las mesas; pero una observación más atenta demostró que era, por sus ramificaciones y por sus consecuencias, mucho más compleja de lo que se había sospechado. Las mesas giratorias son como la manzana de Newton que, en su caída, encierra el sistema del mundo.
La escala espírita, trazada por los propios Espíritus y según la observación de los hechos, nos da, por lo tanto, la clave de todas las anomalías aparentes del lenguaje de los Espíritus. Por hábito, es necesario llegar a conocerlos –por así decirlo– a primera vista, y poderles asignar su clase según la naturaleza de sus manifestaciones; es preciso, en caso de necesidad, poder decirle a uno que es mentiroso, a otro que es hipócrita, a éste que es malo, a aquél que es jocoso, etc., sin dejarse llevar por su arrogancia, ni por sus fanfarronadas, ni por sus amenazas, ni por sus sofismas, ni siquiera por sus halagos; éste es el medio de alejar a esa turba que pulula sin cesar a nuestro alrededor, y que se aparta cuando sabemos atraer a nosotros los Espíritus verdaderamente buenos y serios, así como lo hacemos con respecto a los vivos. ¿Estarán esos seres ínfimos siempre consagrados a la ignorancia y al mal? No, porque esta parcialidad no estaría de acuerdo con la justicia ni con la bondad del Creador, que ha provisto la existencia y el bienestar hasta del menor insecto. Es por una sucesión de existencias que ellos se elevan y se aproximan a Él, a medida que se mejoran. Esos Espíritus inferiores no conocen a Dios sino de nombre; no Lo ven y no Lo comprenden, al igual que el último de los campesinos –en el fondo de su brezal– no ve y no comprende al soberano que gobierna el país en el que habita.
En general, esos mismos Espíritus halagan los gustos y las inclinaciones de las personas cuyo carácter saben bastante débil y bastante crédulo como para escucharlos; se hacen eco de sus prejuicios e incluso de sus ideas supersticiosas, y esto por una razón muy simple: es que los Espíritus son atraídos por su simpatía por el Espíritu de las personas que los llaman o que los escuchan con placer.
Existen todavía dos causas de contradicciones aparentes que no debemos pasar por alto. Como lo hemos dicho en varias ocasiones, los Espíritus inferiores dicen todo lo que quieren, sin preocuparse con la verdad; los Espíritus superiores se callan o se rehúsan a responder cuando se les hace una pregunta indiscreta o cuando sobre la cual no les es permitido explayarse. «En este caso – nos han dicho ellos– nunca insistáis, porque entonces son los Espíritus ligeros los que responden y los que os engañan; vosotros creéis que somos nosotros y podéis pensar que nos contradecimos. Los Espíritus serios jamás se contradicen; su lenguaje es siempre el mismo con las mismas personas. Si uno de ellos dice cosas contrarias bajo un mismo nombre, estad seguros que no es el mismo Espíritu que habla o, al menos, que no es un Espíritu bueno. Reconoceréis al bueno por los principios que enseña, porque todo Espíritu que no enseña el bien no es un Espíritu bueno, y debéis repelerlo».
1º) El grado de ignorancia o de saber de los Espíritus a los cuales uno se dirige;
2°) La superchería de los Espíritus inferiores que, al tomar nombres supuestos, pueden decir –ya sea por malicia, ignorancia o maldad– lo contrario de lo que en otros lugares ha dicho el Espíritu cuyo nombre han usurpado;
3°) Los defectos personales del médium, que pueden influir en la pureza de las comunicaciones, alterar o tergiversar el pensamiento del Espíritu;
4°) La insistencia en obtener una respuesta que un Espíritu se rehúsa a dar y que entonces es dada por un Espíritu inferior;
5°) La voluntad del propio Espíritu, que habla según el momento, los lugares y las personas, y que puede juzgar útil no decir todo;
6°) La insuficiencia del lenguaje humano para expresar las cosas del mundo incorpóreo;
7°) La interpretación que cada uno puede dar de una palabra o de una explicación, según sus ideas, sus prejuicios o desde el punto de vista con el cual encare la cuestión.
Los avisos detallados serían muy extensos para dar sobre la necesidad de ensanchar el círculo de la caridad y de hacer participar del mismo a todos los desdichados, cuyas miserias son ignoradas, a todos los dolores que debemos ir a buscar en sus propios ambientes para ser consolados en nombre de esta divina virtud: la caridad. Observo con felicidad que hombres eminentes y poderosos ayudan a ese progreso que debe unir entre sí a todas las clases humanas: los dichosos y los desdichados. ¡Qué cosa extraña! Todos los desdichados se dan las manos y se ayudan los unos a los otros en su miseria. ¿Por qué los dichosos son los que tardan más en escuchar la voz del desdichado? ¿Por qué es preciso que sea una mano poderosa y terrestre la que dé el impulso a las misiones caritativas? ¿Por qué no se responde con más ardor a esos llamados? ¿Por qué se deja que las miserias manchen, como por placer, el cuadro de la Humanidad?
Cuando dejéis a vuestro corazón abrirse al ruego del primer desdichado que os tienda la mano; cuando le deis sin preguntar si su miseria es fingida o si su mal tiene un vicio como causa; cuando dejéis toda la justicia en las manos divinas; cuando dejéis el castigo de las miserias mentirosas al Creador; en fin, cuando hagáis la caridad tan sólo por la felicidad que ella proporciona y sin indagar su utilidad, entonces seréis hijos amados de Dios, y Él os llamará a sí.
La caridad es el áncora eterna de la salvación en todos los globos: es la más pura emanación del propio Creador; es su propia virtud, que Él da a la criatura. ¿Cómo es posible desconocer esta suprema bondad? Con este pensamiento, ¿qué corazón sería tan perverso como para rechazar y expulsar ese sentimiento completamente divino? ¿Qué hijo sería lo bastante malo como para sublevarse contra esta suave caricia: la caridad?
1. La caridad puede entenderse de dos maneras: la limosna propiamente dicha y el amor a los semejantes. Cuando nos habéis dicho que era preciso dejar al corazón abrirse al ruego del desdichado que nos tiende la mano, sin preguntarle si su miseria es fingida, ¿habéis querido hablar de la caridad desde el punto de vista de la limosna? –Resp. Sí, solamente en ese párrafo.
2. Nos habéis dicho que era preciso dejar a la justicia de Dios la apreciación de la miseria fingida; sin embargo, nos parece que dar sin discernimiento a personas que no tienen necesidad o que podrían ganarse la vida con un trabajo honesto, es estimular el vicio y la pereza. Si los perezosos encontrasen muy fácilmente la bolsa de los otros abierta, se multiplicarían al infinito, en detrimento de los verdaderos desdichados. –Resp. Podéis discernir los que pueden trabajar, y entonces la caridad os obliga a hacer todo para proporcionarles trabajo; pero también hay pobres mentirosos que saben simular hábilmente las miserias que no pasan; es para éstos que es preciso dejar a Dios toda la justicia.
3. Aquel que sólo puede dar una moneda y que tiene que elegir entre dos desdichados que le piden, ¿no tiene razón en indagar quién es el que realmente tiene más necesidad, o debe dar sin examen al primero que llega? –Resp. Debe dar a aquel que parezca sufrir más.
4. ¿Puede considerarse también como haciendo parte de la caridad la manera de hacerla? –Resp. Es sobre todo en la manera de hacerla que la caridad es verdaderamente meritoria; la bondad es siempre el indicio de una bella alma.
5. ¿Qué tipo de mérito otorgáis a los que son llamados benefactores rudos? –Resp. No hacen el bien sino por la mitad. Sus beneficios son recibidos, pero no conmueven.
6. Jesús ha dicho: «Que vuestra mano izquierda no sepa lo que da vuestra derecha». Aquellos que dan por ostentación, ¿tienen alguna especie de mérito? –Resp. No tienen sino el mérito del orgullo, por el cual serán punidos.
7. La caridad cristiana, en su más amplia acepción, ¿no abarca también la dulzura, la benevolencia y la indulgencia para con las debilidades ajenas? –Resp. Imitad a Jesús; Él os ha dicho todo esto; escuchadlo más que nunca.
8. ¿Es bien entendida la caridad cuando es exclusiva entre las personas de una misma opinión o de un mismo partido? –Resp. No; es sobre todo el espíritu de secta y de partido que es preciso abolir, porque todos los hombres son hermanos. Es sobre esta cuestión que concentramos nuestros esfuerzos.
9. Supongamos que un individuo ve a dos hombres en peligro y que sólo pueda salvar a uno, pero uno es su amigo y otro su enemigo; ¿a cuál de los dos debe salvar? –Resp. Debe salvar a su amigo, porque este amigo podría reclamar de aquel que decía amarlo; en cuanto al otro, Dios se encargará de él.
El Espíritu golpeador de Dibbelsdorf (Baja Sajonia)
Por el Dr. Kerner;199 traducido del alemán por el Sr. Alfred Pireaux.
La historia del Espíritu golpeador de Dibbelsdorf 201 encierra, al lado de su parte cómica, una parte instructiva, como resalta de los extractos de antiguos documentos publicados en 1811 por el predicador Capelle.
En el último mes del año 1761, el 2 de diciembre a las seis de la tarde, una especie de martilleo –que parecía venir del piso– se hizo escuchar en un cuarto ocupado por Antoine Kettelhut. Éste lo atribuía a su empleado que quería divertirse a costa de la doméstica, que por entonces estaba en el cuarto de las hiladoras, y que salió para arrojar un balde de agua en la cabeza del travieso; pero no encontró a nadie afuera. Una hora después volvió a comenzar el mismo ruido y se pensó que la causa pudiese ser un ratón. Entonces, al día siguiente, se examinaron las paredes, el techo, el parqué, pero no se encontró el menor rastro de ratones.
A la noche se escuchó el mismo ruido; entonces se pensó que la casa era peligrosa para vivir, y los empleados domésticos ya no querían más permanecer en sus cuartos en vigilia. Poco después el ruido cesó, pero reapareció a cien pasos de allí, en la casa de Louis Kettelhut –hermano de Antoine– y con una inusitada fuerza. Era en un rincón del cuarto que esa cosa golpeadora se manifestaba.
Al final la cuestión se volvió sospechosa para los lugareños, y el burgomaestre dio parte a la justicia que, al principio, no quiso ocuparse de un asunto que consideraba ridículo; pero bajo la constante presión de los habitantes, el 6 de enero de 1762 la justicia se transportó a Dibbelsdorf para examinar el hecho con atención. Las paredes y el techo fueron derribados, pero sin llevar a ningún resultado, y la familia Kettelhut juró que no tenía relación alguna con aquella cosa extraña.
Hasta entonces nadie había conversado con el golpeador. Un individuo de Naggam, armándose de coraje, le preguntó: –Espíritu golpeador, ¿aún estás ahí? Y un golpe se hizo escuchar. –¿Puedes decirme cómo te llamas? Entre los varios nombres que se le dijeron, el Espíritu dio un golpe al ser pronunciado el del interlocutor. – ¿Cuántos botones tiene mi ropa? Fueron dados 36 golpes. Se contaron los botones y exactamente eran 36.
A partir de ese momento la historia del Espíritu golpeador se difundió por las inmediaciones, y todas las tardes centenas de habitantes de Brunswick se dirigían a Dibbelsdorf, como también ingleses y una multitud de extranjeros curiosos; la muchedumbre se volvió tal que la milicia local no podía contenerla; los lugareños tuvieron que reforzar la guardia de noche y fueron obligados a sólo dejar entrar en fila a los visitantes.
La concurrencia de público pareció estimular al Espíritu a manifestaciones más extraordinarias, haciendo surgir signos de comunicación que probaban su inteligencia. Nunca se confundió en sus respuestas: si se deseaba saber el número y el color de los caballos que estaban en el frente de la casa, él lo indicaba con mucha exactitud; al abrirse un libro de canto, colocándose el dedo fortuitamente en una página y preguntando el número del fragmento musical –que inclusive era desconocido por el interrogador–, luego una serie de golpes indicaba perfectamente el número designado. El Espíritu no hacía esperar su respuesta, porque ésta seguía inmediatamente a la pregunta. También anunciaba la cantidad de personas que había en el cuarto, cuántas había afuera, designando el color de los caballos, de las ropas, la posición y la profesión de los individuos.
Un día, entre los curiosos se encontraba un hombre de Hettin – completamente desconocido en Dibbelsdorf– que desde hacía poco habitaba en Brunswick. Preguntó al Espíritu el lugar de su nacimiento y, para inducirlo a un error, le mencionó un gran número de ciudades; cuando llegó al nombre de Hettin se escuchó un golpe. Un astuto burgués, creyendo que hacía caer en falta al Espíritu, le preguntó cuántos pfennings tenía en su bolsillo; le fue respondido el número exacto: 681. Le dijo a un repostero cuántos biscochos había hecho por la mañana; a un vendedor, cuántos metros de cinta había vendido en la víspera; a otro, la suma de dinero que había recibido por correo en la antevíspera. Tenía un humor bastante jovial; marcaba el compás cuando se lo pedían y, a veces, tan fuerte que el ruido era ensordecedor. A la noche, durante la cena, después del benedícite, él golpeaba el Amén. Esta señal de devoción no impidió que un sacristán, vestido con los hábitos de exorcista, intentase expulsar al Espíritu; pero la conjuración fracasó.
El Espíritu no temía a nadie, y se mostró muy sincero en sus respuestas al duque reinante Carlos y a su hermano Fernando, como a cualquier otra persona de menor condición. Entonces, la historia tomó un aspecto más serio. El duque encargó a un médico y a doctores en Derecho que examinaran los hechos. Estos eruditos explicaron que los golpes se producían por la presencia de una fuente subterránea. Mandaron cavar a ocho pies de profundidad, y naturalmente encontraron agua, teniendo en cuenta que Dibbelsdorf está situada en la parte baja de un valle; el agua brotó inundando el cuarto, pero el Espíritu continuó golpeando en su rincón habitual. Entonces, los hombres de Ciencia creyeron ser víctimas de una mistificación, y dieron al empleado el honor de tomarlo por aquel Espíritu tan bien informado. Decían ellos que la intención del empleado era la de seducir a la doméstica. Todos los habitantes del pueblo fueron invitados a permanecer en esa casa un día establecido; al empleado le fueron colocados guardias para vigilarlo, porque, según la opinión de los eruditos, él debía ser el culpable; pero el Espíritu respondió nuevamente a todas las preguntas. Al ser reconocido inocente, el criado fue puesto en libertad. Pero la justicia quería un autor de esa fechoría: acusó al matrimonio Kettelhut por el ruido del cual se quejaban, a pesar de que fueran personas muy benévolas, honestas e irreprochables en todas las cosas, y aunque fuesen los primeros en dirigirse a las autoridades desde el origen de las manifestaciones. Con promesas y amenazas forzaron a una joven a testimoniar contra sus patrones. En consecuencia, éstos fueron puestos en prisión, a pesar de las retractaciones ulteriores de la joven, y de la confesión formal de que sus primeras declaraciones eran falsas y que le habían sido arrancadas por los jueces. El Espíritu continuó golpeando, pero ni siquiera por esto el matrimonio Kettelhut dejó de estar preso durante tres meses, al cabo de los cuales fueron absueltos sin indemnización, aunque los miembros de la comisión hubiesen resumido su informe de la siguiente manera: «Todos los medios posibles para descubrir la causa del ruido han sido infructuosos; tal vez el futuro nos esclarezca al respecto». –El futuro aún nada ha enseñado.
El Espíritu golpeador se ha manifestado desde el comienzo de diciembre hasta marzo, época en la que dejó de escucharse. Se volvió a pensar que el empleado –ya incriminado– debería ser el autor de todas esas jugarretas; pero ¿cómo él habría podido evitar las trampas que le tendieron los duques, los médicos, los jueces y tantas otras personas que lo interrogaron?
Observación – Si consentimos reportarnos a la fecha en que han pasado las cosas que acabamos de relatar, y las comparamos con las que han tenido lugar en nuestros días, encontraremos en ellas una identidad perfecta en el modo de las manifestaciones y hasta en la naturaleza de las preguntas y respuestas. Entretanto, ni América ni nuestra época han descubierto a los Espíritus golpeadores –ni tampoco a los otros–, como lo demostraremos a través de innumerables hechos auténticos más o menos antiguos. Hay, por lo tanto, entre los fenómenos actuales y los de antaño una diferencia capital: es que éstos últimos eran casi todos espontáneos, mientras que los nuestros se producen casi a voluntad de ciertos médiums especiales. Esta circunstancia ha permitido estudiarlos mejor y profundizar su causa. A esta conclusión de los jueces: «Tal vez el futuro nos esclarezca al respecto», el autor no respondería hoy: El futuro aún nada ha enseñado. Al contrario, si este autor viviese actualmente, sabría que el futuro ha enseñado todo, y la justicia de nuestros días –más esclarecida que la de hace un siglo– no cometería errores que recuerdan a los de la Edad Media, con relación a las manifestaciones espíritas. Mucho tiempo antes nuestros propios sabios han penetrado en los misterios de la Naturaleza como para no saber tener en cuenta las causas desconocidas; ellos tienen demasiada sagacidad y no se exponen a los desmentidos de la posteridad, como lo han hecho sus predecesores en detrimento de su reputación. Si algo asoma en el horizonte, ellos no se apresuran en decir: «Eso no es nada», por miedo a que ese nada sea un navío; si no lo ven, se callan y esperan: ésta es la verdadera sabiduría.

Vivienda de Mozart - Victorien Sardou (Médium)
Pido disculpas por esta digresión: era indispensable para el tema que ahora puedo abordar.
VICTORIEN SARDOU
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El autor de esta interesante descripción es uno de esos adeptos fervorosos y esclarecidos que no temen en reconocer abiertamente sus creencias, y que se ponen por encima de la crítica de las personas que no creen en nada de aquello que salga del círculo de sus ideas. Vincular su nombre a una nueva Doctrina, arrostrando sarcasmos, es de un coraje que no es dado a todo el mundo, y felicitamos al Sr. V. Sardou por tenerlo. Su trabajo revela al escritor distinguido que, aunque joven todavía, ya ha conquistado un lugar honorable en la literatura, y une al talento de escribir, los profundos conocimientos del sabio; ésta es una nueva prueba de que el Espiritismo no se encuentra entre los tontos y los ignorantes. Hacemos votos para que el Sr. Sardou complete, lo más pronto posible, su trabajo tan felizmente comenzado. Si por sus eméritas investigaciones los astrónomos nos revelan el mecanismo del Universo, los Espíritus, por sus revelaciones, nos hacen conocer el estado moral, y es –como ellos dicen– con el objetivo de inclinarnos al bien para merecer una existencia mejor.
ALLAN KARDEC
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** Al ser de 0,23 la densidad de Júpiter, es decir, un poco menos de un cuarto que la de la Tierra, el Espíritu nada ha dicho aquí que no sea muy verosímil. Se concibe que todo es relativo y que en ese globo etéreo, todo sea etéreo como él. [Nota de Allan Kardec.]
Septiembre
En cuanto se vio en el Espiritismo solamente fenómenos materiales, no se interesaron por el mismo sino como por un espectáculo, porque se dirigía a los ojos; pero desde el momento en que se ha elevado a la categoría de ciencia moral, ha sido tomado en serio, porque ha hablado al corazón y a la inteligencia, y porque cada uno ha encontrado en Él la solución de aquello que buscaba vagamente en sí mismo; una confianza basada en la evidencia ha reemplazado a la incertidumbre punzante; del punto de vista tan elevado en que nos ubica, las cosas de la Tierra aparecen tan pequeñas y tan mezquinas que las vicisitudes de este mundo no son más que incidentes pasajeros que soportamos con paciencia y resignación; la vida corporal es sólo una corta parada en la vida del alma, y para servirnos de la expresión de nuestro sabio y espiritual compañero –el Sr. Jobard–, no es más que un mal albergue, donde no vale la pena deshacer las maletas.Con la Doctrina Espírita todo es definido, todo está claro, todo habla a la razón; en una palabra, todo se explica, y aquellos que la han profundizado en su esencia obtienen en la misma una satisfacción interior a la cual no quieren renunciar más. He aquí por qué ha encontrado en tan poco tiempo numerosas simpatías, y estas simpatías no son reclutadas en el círculo restricto de una localidad, sino en el mundo entero. Si los hechos no estuvieran ahí para probarlo, lo juzgaríamos por nuestra Revista que sólo tiene algunos meses de existencia, cuyos suscriptores –aunque no se cuenten todavía por millares– están esparcidos por todos los puntos del globo. Además de los abonados de París y de sus Departamentos, nosotros los tenemos en Inglaterra, Escocia, Holanda, Bélgica, Prusia, San Petersburgo, Moscú, Nápoles, Florencia, Milán, Génova, Turín, Ginebra, Madrid, Shangai –en China–, Batavia, Cayena, México, Canadá, Estados Unidos, etc. No lo decimos por fanfarronería, si no como un hecho característico. Para que un periódico que recién nace, especializado, sea desde hoy solicitado en regiones tan diversas y tan distantes, es preciso que el objeto de que trate encuentre allí adeptos; de otro modo, no lo suscribirían por simple curiosidad desde varias millares de leguas, aunque fuese del mejor escritor. Por lo tanto, es su objeto el que interesa y no su modesto redactor; a los ojos de sus lectores, su objeto es por lo tanto serio. Resulta así evidente que el Espiritismo tiene raíces en todas las partes del mundo y, desde este punto de vista, veinte suscriptores repartidos en veinte países diferentes probarían más que cien concentrados en una sola localidad, porque no se lo podría suponer como la obra de una camarilla.
Si el Espiritismo no ha sido secundado por la prensa de Europa, se dirá que no sucedió lo mismo con la de América. Esto es verdad hasta un cierto punto. Existe en América, como en todas partes, la prensa general y la prensa especializada. Sin duda, la primera se ocupó de Él mucho más que entre nosotros, aunque menos de lo que se piensa; también ella tiene sus órganos hostiles. La prensa especializada cuenta, solamente en los Estados Unidos, con dieciocho periódicos espíritas, de los cuales diez son semanales y varios de formato grande. Vemos que todavía estamos bien a la zaga en este aspecto; pero allá, como aquí, los periódicos especializados se dirigen a las personas especializadas; es evidente que una gaceta médica, por ejemplo, no será buscada de preferencia ni por arquitectos, ni por los hombres de ley; del mismo modo, un periódico espírita no es leído, salvo algunas excepciones, sino por los adeptos del Espiritismo. El gran número de periódicos americanos que trata de esta materia prueba una cosa: que para mantener a los mismos hay bastantes lectores. Sin duda, ellos han hecho mucho; pero, en general, su influencia es puramente local; la mayoría son desconocidos por el público europeo, y los nuestros no les han hecho más que muy raras transcripciones. Al decir que el Espiritismo se ha propagado sin el apoyo de la prensa, hemos querido referirnos a la prensa general que se dirige a todo el mundo, aquella cuya voz alcanza a millones de oídos a cada día y que penetra en los lugares más ocultos; a aquella con la cual el anacoreta, en el fondo del desierto, puede estar al corriente de lo que sucede, tanto como el habitante de la ciudad; en fin, a la que siembra ideas a manos llenas. ¿Cuál es el periódico espírita que puede jactarse de hacer resonar así los ecos del mundo? Ése habla a las personas convencidas; no llama la atención de los indiferentes. Por lo tanto, estamos en lo cierto al decir que el Espiritismo ha sido librado a sus propias fuerzas; si por sí mismo ha dado tan grandes pasos, ¡qué será cuando pueda disponer de la poderosa palanca de la amplia publicidad! A la espera de ese momento, por todas partes Él planta jalones; por todas partes sus ramas han de encontrar puntos de apoyo; en fin, por todas partes encontrará voces cuya autoridad habrá de imponer silencio a sus detractores.
1º) El de la curiosidad, en el cual los Espíritus golpeadores han desempeñado un papel principal para llamar la atención y preparar los caminos.
2º) El de la observación, en el cual entramos, y que también podemos llamar período filosófico. El Espiritismo es profundizado y se depura; tiende a la unidad de Doctrina y se constituye en ciencia. Vendrán después:
3º) El período de la admisión, donde el Espiritismo ha de ocupar un lugar oficial entre las creencias universalmente reconocidas.
4º) El período de influencia sobre el orden social. Será entonces que la Humanidad, bajo la influencia de estas ideas, ha de entrar en un nuevo camino moral. Esta influencia, desde hoy, es individual; más adelante, actuará sobre las masas para el bien general.
En los curiosos documentos célticos que publicamos en nuestro número de abril, hemos visto la doctrina de la reencarnación profesada por los druidas, según el principio de la marcha ascendente del alma humana a la cual hacían recorrer los varios grados de nuestra escala espírita. Todo el mundo sabe que la idea de la reencarnación remonta a la más alta Antigüedad, y que el propio Pitágoras la ha extraído de entre los hindúes y los egipcios. Por lo tanto, no es admirable que Platón, Sócrates y otros compartiesen una opinión admitida por los más ilustres filósofos de aquel tiempo; pero lo que quizá es más notable, es encontrar en esa época el principio de la doctrina de la elección de las pruebas, enseñada hoy por los Espíritus, doctrina que presupone la reencarnación, sin la cual no tendría ninguna razón de ser. No discutiremos hoy esta teoría, que estaba tan lejos de nuestro pensamiento cuando los Espíritus nos la revelaron y que extrañamente nos ha sorprendido, porque –lo reconocemos con toda humildad– lo que Platón había escrito sobre este asunto especial nos era por entonces totalmente desconocido, nueva prueba, entre miles, que las comunicaciones que han sido dadas no son en absoluto el reflejo de nuestra opinión personal.
En cuanto a la de Platón, simplemente constatamos la idea principal, pudiendo cada uno fácilmente tener en cuenta la forma bajo la cual ella es presentada, y juzgar los puntos de contacto que puede tener, en ciertos detalles, con nuestra teoría actual. En su alegoría del Huso de la Necesidad, él supone un diálogo entre Sócrates y Glaucón, y atribuye al primero el siguiente discurso sobre las revelaciones de Er, el Armenio, personaje ficticio –según todas las probabilidades–, aunque algunos lo tomen por Zoroastro.
Fácilmente se ha de comprender que este relato no es sino un cuadro imaginario para conducir al desarrollo de la idea principal: la inmortalidad del alma, la sucesión de las existencias, la elección de esas existencias por efecto del libre albedrío, en fin, las consecuencias felices o desdichadas de esa elección, a menudo imprudente; todas estas proposiciones se encuentran en El Libro de los Espíritus, y vienen a confirmar los numerosos hechos citados en esta Revista.
«El relato que voy a haceros –dice Sócrates a Glaucón– es el de un hombre de corazón: Er, el Armenio, originario de Panfilia. Él había sido muerto en una batalla. Diez días después, cuando llevaban a los cadáveres ya desfigurados de los que con él habían caído, el suyo fue encontrado sano e intacto. Lo condujeron a su casa para hacerle los funerales, y en el segundo día, cuando estaba extendido en la pira, revivió y contó lo que había visto en la otra vida.
«Luego que su alma salió del cuerpo, se puso a camino con una infinidad de otras almas y llegó a un lugar maravilloso, donde se veían en la Tierra dos aberturas –próximas la una de la otra– y otras dos aberturas en el cielo que correspondían con las primeras. Entre estas dos regiones estaban sentados jueces. Tan pronto como pronunciaban una sentencia, mandaban a los justos tomar el camino de la derecha por una de las aberturas del cielo –después de ponerles por delante un rótulo que contenía el juicio dado en su favor–, y a los malos tomar el camino de la izquierda, en los abismos, llevando en la espalda un rótulo semejante donde estaban marcadas todas sus acciones. Cuando se presentó su turno, los jueces declararon que él debía llevar a los hombres la noticia de lo que pasaba en ese otro mundo, y le mandaron que escuchase y que observara todo lo que se le ofrecía.
«En primer lugar vio que las almas juzgadas desaparecían, unas dirigiéndose al cielo, las otras descendiendo a la Tierra a través de las dos aberturas que se correspondían: mientras que por la segunda abertura de la Tierra vio salir almas cubiertas de polvo y de inmundicia, al mismo tiempo que por la segunda abertura del cielo descendían otras almas que eran puras y sin mancha. Todos parecían venir de un largo viaje y se detenían con gusto en la pradera como en un punto de reunión. Las que se conocían se saludaban entre sí y se pedían noticias de lo que sucedía en los lugares donde ellas venían: el cielo y la Tierra. Aquí, entre gemidos y lágrimas, recordaban todo lo que habían sufrido y visto sufrir durante su estancia en la Tierra; allí, se contaban las alegrías del cielo y la felicidad de contemplar las maravillas divinas.
«Sería muy largo seguir el discurso entero del Armenio, pero he aquí, en suma, lo que decía. Cada alma recibía diez veces la pena por cada una de las injusticias que había cometido durante la vida. La duración de cada punición era de cien años –duración natural de la vida humana–, a fin de que el castigo fuese siempre décuplo para cada crimen. De esta manera, los que han causado la muerte de muchas personas, traicionando ciudades, ejércitos, reducido a sus conciudadanos a la esclavitud o cometido cualquier otra atrocidad, eran atormentados con el décuplo por cada uno de estos crímenes. Al contrario, aquellos que han hecho el bien a su alrededor, que han sido justos y virtuosos, recibían en la misma proporción la recompensa de sus buenas acciones. Lo que decía con respecto a los niños que morían poco tiempo después de su nacimiento, merece menos ser repetido; pero aseguraba que al impío, al hijo desnaturalizado, al homicida, estaban reservadas las más crueles penas, y al hombre religioso y al buen hijo las mayores felicidades.
«Él estaba presente cuando un alma preguntó a otra dónde estaba Ardieo, el Grande. Ardieo había sido un tirano de una ciudad de Panfilia mil años antes; había dado muerte a su padre, que era de avanzada edad, a su hermano mayor, y cometido –dicen– varios otros crímenes enormes. «Él no viene –respondió el alma– y nunca vendrá aquí. Al respecto, todos nosotros hemos sido testigos de un horrible espectáculo. Cuando estábamos a punto de salir del abismo, después de haber cumplido nuestras penas, vimos a Ardieo y a muchos otros que, en su mayoría eran tiranos como él o seres que, en su condición particular, habían cometido grandes crímenes: ellos hacían vanos esfuerzos para subir, y todas las veces que intentaban salir esos culpables, cuyos crímenes no tenían remedio o no habían sido suficientemente expiados, el abismo los repelía con bramidos. Entonces, personajes horrorosos con los cuerpos en llamas, que allí se encontraban, acudían a esos gemidos. Primeramente condujeron a viva fuerza a un cierto número de esos criminales; en cuanto a Ardieo y a los otros, les ataron los pies, las manos y la cabeza, y, después de haberlos arrojado en tierra y desollarlos a fuerza de golpes, los arrastraron fuera del camino sobre sangrientas zarzas, repitiendo a las sombras, a medida que alguna pasaba: “He aquí a los tiranos y a los homicidas; nosotros los llevamos para arrojarlos en el Tártaro”. Esa alma añadía que, entre tantos objetos terribles, nada les causaba más miedo que el bramido del abismo, y que había sido para ellas una extrema alegría salir de allí en silencio.
«Tales eran, aproximadamente, los juicios de las almas, sus castigos y sus recompensas.
«Después de siete días de reposo en esta pradera, las almas tuvieron que partir en el octavo, y se pusieron a camino. Al cabo de cuatro días de jornada percibieron en lo alto, sobre toda la superficie del cielo y de la Tierra, una inmensa luz, recta como una columna y semejante a Iris, pero más brillante y más pura. Un solo día les fue suficiente para alcanzarla, y entonces vieron, en el medio de esta luz, la extremidad de las cadenas que se unen a los cielos. Es esto lo que los sostienen: es la cubierta del navío del mundo, es el vasto cinturón que lo rodea. En lo más alto estaba suspendido el Huso de la Necesidad, alrededor del cual se formaban todas las circunferencias. *
«Alrededor del huso, y a distancias iguales, estaban sentadas en tronos las tres Parcas, hijas de la Necesidad: Láquesis, Cloto y Átropos, vestidas de blanco y ceñidas sus cabezas con cintillas. Ellas cantaban, uniéndose al concierto de las Sirenas: Láquesis cantaba el pasado, Cloto el presente, Átropos el futuro. Entre un intervalo y otro, Cloto tocaba con la mano derecha el exterior del huso; con la mano izquierda, Átropos imprimía movimiento a los círculos interiores y, con una y otra mano, Láquesis tocaba alternativamente tanto el huso como los pesos interiores.
«Luego que las almas llegaron, les fue preciso presentarse ante Láquesis. Al principio un hierofante las había colocado por orden, una después de la otra. Enseguida, habiendo tomado del regazo de Láquesis los destinos o números en el orden por el cual cada alma debía ser llamada, así como las diversas condiciones humanas ofrecidas a su elección, subió a un estrado y habló de esta manera: “He aquí lo que dice la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: Almas pasajeras, iréis comenzar una nueva carrera y renacer en la condición mortal. No se os asignará vuestro genio; vosotras mismas lo elegiréis. La primera que el destino designe escogerá, y su elección será irrevocable. La virtud no tiene dueño: ella se une a quien la honra, y abandona a quien la desprecia. Cada cual es responsable por su elección: Dios es inocente”. Dichas estas palabras, él echó los números, y cada alma recogió el que cayó delante de ella, excepto el Armenio, a quien no se le permitió hacerlo. Luego, el hierofante mostróa las mismas los géneros de vida de todas las especies, cuyo número era mucho mayor que el de las almas allí reunidas. La variedad era infinita; allí se encontraban, al mismo tiempo, todas las condiciones de los hombres como las de los animales. Había tiranías: unas que duraban hasta la muerte, otras que se interrumpían bruscamente y terminaban en la pobreza, en el exilio y en el abandono. La ilustración se mostraba bajo varios aspectos: se podía elegir la belleza, el arte de agradar, los combates, la victoria o la nobleza de la raza. Estados completamente desconocidos en todos los sentidos, o intermediarios, donde se mezclaban la riqueza y la pobreza, la salud y la enfermedad, los cuales eran ofrecidos a elección: había también la misma variedad de condiciones de mujer.
«Evidentemente, mi querido Glaucón, aquí tienes la temible prueba para la Humanidad. Que cada uno de nosotros piense en esto y deje todos los vanos estudios para sólo consagrarse a la ciencia que hace el destino del hombre. Busquemos un maestro que nos enseñe a discernir el buen y el mal destino, y a elegir todo el bien que el Cielo nos confía. Examinemos con él qué situaciones humanas –juntas o separadamente– conducen a las buenas acciones: si la belleza, por ejemplo, unida a la pobreza o a la riqueza, o a tal disposición del alma, debe producir la virtud o el vicio; qué ventaja puede tener un nacimiento ilustre o común, la vida privada o pública, la fuerza o la debilidad, la instrucción o la ignorancia, en fin, todo lo que el hombre recibe de la Naturaleza y todo lo que adquiere por sí mismo. Esclarecidos por la conciencia, decidamos qué partido nuestra alma debe tomar. Sí, el peor de los destinos es aquel que la vuelva injusta, y el mejor aquel que la forme sin cesar hacia la virtud, sin tener en cuenta todo lo demás. ¡Iríamos a olvidar que no hay elección más saludable después de la muerte como durante la vida! ¡Ah! Que ese dogma sagrado se identifique para siempre con nuestra alma, a fin de que ella no se deje deslumbrar en este mundo, ni por las riquezas ni por otros males de esa naturaleza, y que de modo alguno se exponga a cometer un gran número de males sin remedio y a padecerlos aún mayores, al arrojarse con avidez en la condición de tirano o en cualquier otra similar.
«Según el relato de nuestro mensajero, el hierofante había dicho: “Aquel que eligiese por último, con tal que lo haga con discernimiento y que después sea consecuente con su conducta, puede proponerse una vida feliz. Que ni el primero que haya de escoger se entregue a una excesiva confianza, ni el último desespere”. Entonces, el primero a quien llamó el destino se adelantó apresuradamente y eligió la más considerable tiranía; llevado por su imprudencia y por su avidez, y sin reparar suficientemente en lo que hacía, no vio la fatalidad ligada al objeto de su elección de tener que comer un día la carne de sus propios hijos y cometer muchos otros crímenes horribles. Pero cuando hubo considerado el destino que había elegido, gimió, se lamentó y, olvidándose de las lecciones del hierofante, terminó acusando de sus males a la fortuna, a los genios, a todos menos a sí mismo. ** Esta alma era una de las que venían del cielo: había vivido antes en un Estado bien gobernado y había hecho el bien, más por fuerza de hábito que por filosofía. He aquí por qué las almas procedentes del cielo no eran las menos numerosas entre las que caían en semejantes engaños, por no haber sido puestas a prueba en el sufrimiento. Al contrario, aquellas que, habiendo pasado por la región subterránea, habían sufrido y visto sufrir, no elegían tan a la ligera. A raíz de esto, independientemente de la contingencia que decidía el lugar en que debían ser llamadas para escoger, ocurría una especie de cambio de bienes y de males para la mayoría de las almas. De esta manera, un hombre que, a cada renovación de su existencia en este mundo, se aplicase constantemente a la sana filosofía y tuviese la dicha de no tener los últimos destinos, sería muy probablemente –según este relato– no solamente feliz en la Tierra, sino también en su viaje a este mundo, y al volver marcharía por el camino llano del cielo y no por el sendero penoso del abismo subterráneo.
«El Armenio agregó que era un espectáculo curioso ver de qué manera cada alma hacía su elección. Nada más extraño ni más digno, al mismo tiempo, de compasión y de irrisión. La mayoría de las veces la elección era hecha según los hábitos de la vida anterior. Er había visto el alma que había pertenecido a Orfeo escoger la condición de cisne, por odio a las mujeres que le habían dado muerte, no queriendo deber su nacimiento a ninguna de ellas; el alma de Tamiris había escogido la condición de ruiseñor; vio también a un cisne adoptar la naturaleza humana, y lo mismo hicieron otras aves canoras. Otra alma, la vigésima llamada a elegir, había tomado la naturaleza de un león: era la de Áyax, hijo de Telamón. Detestaba tomar un cuerpo humano, porque recordaba el juicio en el cual no había obtenido las armas de Aquiles. Después llegó el alma de Agamenón, cuyas desgracias lo volvieron enemigo de los hombres: él tomó la condición de águila. Al llegar a la mitad, el alma de Atalanta fue llamada a elegir; habiendo considerado los grandes honores que reciben los atletas, no pudo resistir al deseo de volverse atleta. Epeo –constructor del caballo de Troya– se volvió una mujer hábil en trabajos manuales. El alma del bufón Tersites, de las últimas en presentarse, revistió la forma de un mono. El alma de Ulises, que el destino llamó por último, vino también a escoger: pero como el recuerdo de sus grandes reveses lo había desengañado de la ambición, anduvo buscando por mucho tiempo, hasta que al fin descubrió en un rincón la vida tranquila de un simple particular que todas las demás almas habían dejado a un lado. Y dijo al verla, que aun cuando hubiera sido la primera en elegir, no habría hecho otra elección. Los animales, sean cuales fueren, también pasan unos en los otros o en cuerpos humanos: los que fueron malos se vuelven especies feroces, y los buenos, animales domésticos.
«Después que todas las almas escogieron su condición, se aproximaron a Láquesis, según el orden en que habían elegido. La Parca dio a cada una el genio que había preferido, para que le sirviese de guardián durante su vida y le ayudase a cumplir su destino. Este genio la conducía primero a Cloto, para que con su mano y con un giro del huso, confirmase el destino escogido. Después de haber tocado el huso, la llevaba hacia Átropos, que enrollaba el hilo para hacer irrevocable lo que había sido hilado por Cloto. Enseguida se dirigían hacia el trono de la Necesidad, bajo el cual el alma y su genio pasaban juntos.
Después que todos hubieron pasado, se trasladaron a la llanura del Leteo (el Olvido), *** donde sintieron un calor insoportable, porque allí no había árboles ni plantas. Llegada la tarde, pasaron luego la noche junto al río Ameles (ausencia de pensamientos serios), cuyas aguas no pueden ser contenidas por ninguna vasija: allí eran obligados a beber; pero los imprudentes bebían de más. Aquellos que beben demasiado pierden absolutamente la memoria. Enseguida, todas se entregaron al sueño; pero a medianoche se oyó un gran estruendo de un trueno y de temblores de tierra: luego las almas fueron dispersadas aquí y allá hacia los distintos puntos de su nacimiento terrestre, como estrellas que de repente brillasen en el cielo. En cuanto a él –decía Er– se le había impedido beber el agua del río; sin embargo, sin saber dónde ni cómo, su alma se había unido al cuerpo; y al abrir de repente sus ojos en la madrugada, percibió que estaba extendido en la pira.
«Tal es el mito, mi querido Glaucón, que la tradición hizo vivir hasta nosotros. Él puede preservarnos de nuestra pérdida: si tenemos fe, pasaremos con felicidad el Leteo y mantendremos nuestra alma libre de toda mancha».
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* Éstas son las diversas esferas de los planetas o las diversas divisiones del cielo, girando alrededor de la Tierra, fijada al propio eje del huso. [Nota de V. Cousin.]
** Los Antiguos no atribuían a la palabra tirano la misma idea que nosotros; daban ese nombre a todos aquellos que se apoderaban del poder soberano, cualquiera que fuesen sus cualidades: buenas o malas. La Historia cita tiranos que han hecho el bien; pero como frecuentemente sucedía lo contrario y, para satisfacer su ambición o mantenerse en el poder, ningún crimen les importaba, esta palabra se volvió más tarde sinónimo de cruel, y se dice de todo hombre que abusa de su autoridad.
El alma de la cual habla Er, al elegir la más considerable tiranía, no había buscado la crueldad, sino simplemente el más amplio poder como condición de su nueva existencia; cuando su elección fue irrevocable, percibió que ese mismo poder la arrastraría al crimen y lamentó haberla realizado, acusando a todos de sus males, menos a sí misma: es la historia de la mayoría de los hombres, que son artífices de su propia desgracia sin querer confesarlo. [Nota de Allan Kardec.]
*** Alusión al olvido que sigue al pasar de una existencia a otra. [Nota de Allan Kardec.]
El siguiente caso ha sido relatado por La Patrie (La Patria) del 15 de agosto de 1858:
«El martes último me comprometí –tal vez muy imprudentemente– a contaros una historia emocionante. Debería haber pensado en una cosa: que no existen historias emocionantes, sino que existen historias bien contadas, y el mismo relato, hecho por dos narradores diferentes, puede hacer dormir a un auditorio o ponerle la piel de gallina. ¡Cómo he escuchado a mi compañero de viaje de Cherburgo a París, el Sr. B..., de quien tengo una anécdota maravillosa! Si yo hubiese taquigrafiado su narración, tendría verdaderamente alguna posibilidad de haceros estremecer.
«Pero cometí el error de confiar en mi detestable memoria, y lo lamento profundamente. En fin, mal o bien, he aquí la aventura, y el desenlace os ha de probar que hoy, 15 de agosto, es un hecho totalmente consumado.
«El Sr. de S... (nombre histórico llevado aún hoy con honor) era oficial durante el Directorio. Por placer, o por las necesidades de su servicio, él viajaba a Italia.
«En uno de nuestros Departamentos del Centro, fue sorprendido por la noche y se sintió feliz en encontrar un alojamiento bajo el tejado de una especie de cabaña de aspecto sospechoso, donde se le ofreció una mala cena y un camastro en un desván.
«Habituado a la vida de aventuras y al duro oficio de la guerra, el Sr. de S... comió con buen apetito, se acostó sin murmurar y durmió profundamente.
«Su sueño fue perturbado por una temible aparición. Vio a un espectro levantarse en la sombra, caminar a pasos pesados hacia su camastro y detenerse a la altura de su cabecera. Era un hombre de unos cincuenta años, cuyos cabellos encanecidos y erizados estaban rojos de sangre; tenía el pecho desnudo, y su garganta –con arrugas– estaba cortada con heridas abiertas. Permaneció un momento en silencio, fijando sus ojos negros y profundos sobre el viajero adormecido; después su pálida figura se animó, sus pupilas brillaron como dos carbones ardientes; pareció hacer un violento esfuerzo y, con una voz sorda y temblorosa, pronunció estas extrañas palabras:
«–Te conozco: tú eres un soldado como yo y como yo un hombre de coraje, incapaz de faltar a su palabra. Vengo a pedirte un servicio que otros me han prometido y que no han cumplido. Hace tres semanas que he sido asesinado; el hospedero de esta casa, ayudado por su mujer, me sorprendieron durante el sueño y me cortaron la garganta. Mi cadáver está escondido bajo un montón de basura, en el fondo del corral a la derecha. Ve a buscar mañana a la autoridad del lugar, trae a dos gendarmes y hazme enterrar. El hospedero y su mujer se delatarán a sí mismos y tú los entregarás a la justicia. Adiós; cuento con tu piedad; no olvides el ruego de un viejo compañero de armas.
«Al despertarse, el Sr. de S... se acordó del sueño. Con la cabeza apoyada sobre el codo, se puso a meditar; su emoción estaba viva, pero se disipó ante las primeras claridades del día y, como Atalía, dijo:
¡Un sueño! ¿Debería inquietarme por un sueño?
Él contradijo a su corazón y, no escuchando más que a su razón, cerró su valija y continuó de viaje.
«A la tarde llegó a su nueva etapa y se detuvo para pasar la noche en un albergue. Pero apenas había cerrado los ojos, el espectro se le apareció por segunda vez, triste y casi amenazante.
«–Me sorprendo y me aflijo –dijo el fantasma– al ver a un hombre como tú perjurar y faltar a su deber. Esperaba más de tu lealtad. Mi cuerpo está sin sepultura, mis asesinos viven en paz. Amigo, mi venganza está en tus manos; en nombre del honor, te intimo a volver sobre tus pasos.
«El Sr. de S... pasó el resto de la noche en una gran agitación; a la mañana siguiente, tuvo vergüenza de su pavor y continuó de viaje.
«A la noche, tercera parada: tercera aparición. Esta vez el fantasma se encontraba más lívido y más terrible; estaba con una sonrisa amarga en sus labios blancos; y habló con una voz ruda:
«–Parece que te he juzgado mal: parece que tu corazón, como el de los otros, es insensible a los ruegos de los desafortunados. Por última vez vengo a invocar tu ayuda y hacer un llamado a tu generosidad. Vuelve a X..., véngame o sé maldito.
«Esta vez, el Sr. de S... no deliberó más: volvió al albergue sospechoso donde había pasado la primera de esas noches lúgubres. Fue a la casa del magistrado y pidió dos gendarmes. A su vista y a la vista de 252 los dos gendarmes, los asesinos se pusieron pálidos y confesaron su crimen, como si una fuerza superior les hubiera arrancado esta confesión fatal.
«El proceso fue preparado rápidamente y ellos fueron condenados a muerte. En cuanto al pobre oficial, cuyo cadáver fue encontrado bajo el montón de basura, en el fondo del corral a la derecha, fue enterrado en tierra santa, y los sacerdotes oraron por el reposo de su alma.
«Al haber cumplido su misión, el Sr. de S... se apresuró a dejar el país y se dirigió a los Alpes sin mirar hacia atrás.
«La primera vez que reposó en una cama, el fantasma se levantó nuevamente en la sombra, no más feroz e irritado, sino dulce y benevolente.
«–Gracias, dijo él, gracias hermano. Deseo reconocer el servicio que me has prestado: me mostraré a ti una vez más, una sola; dos horas antes de tu muerte, vendré a avisarte. Adiós.
«El Sr. de S... tenía por entonces alrededor de treinta años; durante treinta años ninguna visión vino a perturbar la quietud de su vida. Pero el 14 de agosto de 182..., en vísperas del cumpleaños de Napoleón, el Sr. de S... –que había permanecido fiel al partido bonapartista– reunió en una gran cena a una veintena de antiguos soldados del Imperio. La fiesta había sido muy alegre; el anfitrión, aunque envejecido, estaba vigoroso y con buena salud. Estaban en el salón y tomaban café.
«El Sr. de S... tuvo deseos de aspirar una pizca de rapé y percibió que se había olvidado la tabaquera en su cuarto. Tenía el hábito de servirse él mismo; por un momento dejó a sus huéspedes y subió al primer piso de su casa, donde se encontraba su dormitorio.
«Él no había llevado luz.
«Cuando entró en un largo pasillo que conducía a su cuarto, de repente se detuvo y fue forzado a apoyarse sobre la pared. Delante de él, en la extremidad de la galería, estaba el fantasma del hombre asesinado; el fantasma no pronunció ninguna palabra, ni gesto alguno y, después de un segundo, desapareció.
«Era el aviso prometido.
«El Sr. de S..., que tenía el alma resistente, después de un momento de desfallecimiento, recobró su coraje y su sangre fría, caminó hacia el cuarto, tomó allí su tabaquera y bajó al salón.
«Cuando allí entró, ninguna señal de emoción apareció en su rostro. Se mezcló en la conversación y, durante una hora, mostró todo su espíritu y toda su jovialidad habituales.
«A medianoche los invitados se retiraron. Entonces se sentó y pasó tres cuartos de hora en recogimiento; después, habiendo puesto en orden sus negocios, a pesar de no sentir ningún malestar, volvió a su dormitorio.
«Cuando abrió la puerta, un tiro lo tendió muerto, justo dos horas después de la aparición del fantasma.
«La bala que le despedazó el cráneo estaba destinada a su empleado.
HENRI D'AUDIGIER»
El autor del artículo ha querido, a toda costa, cumplir la promesa que había hecho al periódico, de narrar algo emocionante y, para este fin, ¿extrajo de su fecunda imaginación la anécdota que relata, o realmente ella es verdadera? Es lo que nosotros no sabríamos afirmar. Además, esto no es lo más importante; real o supuesta, lo esencial es saber si el hecho es posible. ¡Pues bien! No vacilamos en decir: Sí, los avisos del Más Allá son posibles, y numerosos ejemplos –cuya autenticidad no podría ser puesta en duda– están ahí para atestiguarlo. Por lo tanto, si la anécdota del Sr. Henri d'Audigier es apócrifa, muchas otras del mismo género no lo son, e incluso diremos que ésta no ofrece nada que no sea bastante común. La aparición ha tenido lugar en sueño, circunstancia muy vulgar, mientras que lo notorio es que pueden producirse a la vista durante el estado de vigilia. El aviso del instante de la muerte tampoco es insólito, pero los hechos de ese género son mucho más raros, porque la Providencia –en su sabiduría– nos oculta ese momento fatal. Por lo tanto, sólo excepcionalmente es que puede sernos revelado y por motivos que nos son desconocidos. He aquí otro ejemplo más reciente, y menos dramático, es verdad, pero cuya exactitud podemos garantizar.
El Sr. Watbled, negociante, presidente del tribunal de comercio de Boulogne, falleció el pasado 12 de julio en las siguientes circunstancias: Su mujer, desencarnada desde hacía doce años y cuya muerte le causaba un incesante pesar, le apareció durante dos noches consecutivas en los primeros días de junio, y le dijo: «Dios ha tenido piedad de nuestras penas y ha querido que pronto estemos reunidos». Ella agregó que el 12 de julio siguiente era el día marcado para esta reunión, y que en consecuencia él debía prepararse. En efecto, desde ese momento se operó en él un cambio notable: se debilitaba a cada día; luego cayó en cama y, sin sufrimiento alguno –en el día marcado– dio el último suspiro entre los brazos de sus amigos.
El hecho en sí mismo no es discutible; los escépticos sólo pueden argumentar sobre la causa, a la que ellos no dejarán de atribuir a la imaginación. Se sabe que semejantes predicciones, realizadas por echadores de la buenaventura, han sido seguidas por un desenlace fatal; en este caso, se comprende que al estar la imaginación impresionada con esta idea, los órganos puedan sufrir una alteración radical: más de una vez el miedo a morir ha causado la muerte; pero aquí las circunstancias no son más las mismas. Aquellos que se han profundizado en los fenómenos del Espiritismo pueden perfectamente darse cuenta del hecho; en cuanto a los escépticos, no tienen más que un argumento: «No creo, luego no existe». Interrogados al respecto, los Espíritus han respondido: «Dios ha elegido a este hombre que era conocido por todos, a fin de que este acontecimiento se extendiera a lo lejos y llevase a reflexionar». –Los incrédulos piden pruebas sin cesar; Dios las da a cada instante a través de los fenómenos que surgen por todas partes; pero a ellos se aplican estas palabras: «Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen».
De Saint-Foy, en su Histoire de l'ordre du Saint-Esprit, edición de 1778, cita el siguiente pasaje extraído de una compilación escrita por el marqués Christophe Juvénal des Ursins, teniente general del gobierno de París, hacia fines del año 1572, e impresa en 1601.
«El 31 de agosto (1572) –ocho días después de la matanza de la Noche de san Bartolomé– yo había cenado en el Louvre, en lo de la señora de Fiesques. El calor había sido muy grande durante toda la jornada. Fuimos a sentarnos bajo la pequeña parra al lado del río para respirar el aire fresco; de repente escuchamos en el aire un ruido horrible de voces tumultuosas y de gemidos mezclados con gritos de rabia y de furor; quedamos inmóviles, sobrecogidos de temor, mirándonos de vez en cuando sin tener fuerzas para hablar. Este ruido duró –creo– cerca de media hora. Es verdad que el rey (Carlos IX) lo escuchó, que quedó espantado y que no durmió durante todo el resto de la noche; sin embargo, no dijo nada al día siguiente, pero se notó que tenía un aire sombrío, pensativo y perturbado.
«Si algún prodigio no debe encontrar incrédulos es éste, siendo atestiguado por Enrique IV. Este príncipe –dice d'Aubigné, en su libro I, cap. 6, pág. 561– nos ha relatado varias veces, entre sus familiares y cortesanos más cercanos (y tengo varios testigos de que él jamás nos lo ha contado sin sentirse sobrecogido de espanto), que ocho días después de la matanza de la Noche de san Bartolomé, una gran multitud de cuervos llegó a posarse y a graznar sobre el pabellón del Louvre; que la misma noche Carlos IX, dos horas después de haberse acostado, saltó de su cama, hizo levantar a los de su cuarto y los mandó salir a la búsqueda porque escuchaba en el aire un gran ruido de voces gimiendo, en todo semejante a lo que se escuchó en la noche de la matanza; que todos esos diferentes gritos eran tan impresionantes, tan marcados y tan claramente articulados, que Carlos IX, creyendo que los enemigos de los Montmorency y de sus partidarios los habían sorprendido y los atacaban, envió un destacamento de sus guardias para impedir esa nueva matanza; sus guardias informaron que París estaba tranquila, y que todo ese ruido que se escuchaba estaba en el aire.»
Nota – El hecho referido por De Saint-Foy y por Juvénal des Ursins tiene mucha analogía con la historia del aparecido de mademoiselle Clairon, relatado en nuestro número del mes de febrero, con la diferencia de que en este caso un solo Espíritu se manifestó durante dos años y medio, mientras que después de la Noche de san Bartolomé parecía haber una innumerable cantidad de Espíritus que hicieron resonar el aire durante algunos instantes solamente. Además, estos dos fenómenos tienen evidentemente el mismo principio que los otros hechos contemporáneos de la misma naturaleza que hemos relatado, y no difieren de los mismos sino por el detalle de la forma. Varios Espíritus interrogados sobre la causa de esta manifestación han respondido que era una punición de Dios, cosa fácil de concebir.
Según el Courrier des États-Unis (Correo de los Estados Unidos), varios periódicos han relatado el siguiente hecho, que nos ha parecido que pudiese proporcionar el tema para un interesante estudio:
«Una familia alemana de Baltimore –dice el Courrier des ÉtatsUnis– acaba de ser vivamente emocionada por un caso singular de muerte aparente. La señora Schwabenhaus, enferma desde hacía mucho tiempo, parecía haber dado el último suspiro en la noche del lunes para el martes. Las personas que la cuidaban pudieron observar en ella todos los síntomas de la muerte: su cuerpo estaba helado, sus miembros rígidos. Después de haber rendido al cadáver las honras fúnebres, y cuando en la cámara mortuoria todo estaba listo para el entierro, los asistentes fueron a reposar. El Sr. Schwabenhaus, exhausto de fatiga, pronto los siguió. Estaba entregado a un sueño agitado cuando, hacia las seis horas de la mañana, la voz de su mujer llegó a sus oídos. En principio creyó ser víctima de un sueño; pero su nombre, repetido varias veces, luego no le dejó ninguna duda, y se precipitó hacia el cuarto de su mujer. Aquella que había dejado por muerta estaba sentada en su cama, pareciendo gozar de todas sus facultades y más fuerte que nunca, desde el comienzo de su enfermedad.
«La señora Schwabenhaus pidió agua, después deseó tomar té y vino. Rogó a su marido para que hiciera dormir a su hijo que lloraba en el cuarto vecino. Pero él estaba demasiado emocionado para esto, y corrió a despertar a todos en la casa. La enferma recibió sonriendo a sus amigos, a sus domésticos, que temblando se acercaban a su cama. Ella no parecía sorprendida con los preparativos funerarios que saltaban a la vista: «Sé que vosotros me creíais muerta –dijo ella; sin embargo, no estaba más que dormida. Pero durante ese tiempo mi alma se dirigió hacia las regiones celestiales; un ángel vino a buscarme y atravesamos el espacio en algunos instantes. Este ángel que me conducía era la pequeña hija que perdimos el año pasado... ¡Oh! Pronto iré a reunirme con ella... Ahora que he gozado las alegrías del Cielo, no quería más vivir aquí abajo. He pedido al ángel para una vez más venir a abrazar a mi marido y a mis hijos; pero pronto volverá a buscarme.»
«A las ocho horas, después de haberse tiernamente despedido de su marido, de sus hijos y de una multitud de personas que la rodeaban, la señora Schwabenhaus expiró realmente de esta vez, como fue constatado por los médicos, de manera a no dejar ninguna duda.
«Esta escena conmovió vivamente a los habitantes de Baltimore».
Al haber sido evocada la señora Schwabenhaus, Espíritu, en la sesión del 27 de abril último en la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, establecimos con ella la siguiente conversación.
1. Con el objetivo de instruirnos, desearíamos dirigiros algunas preguntas concernientes a vuestra muerte; ¿tendríais la bondad de respondernos? –Resp. ¿Cómo no lo haría, si ahora es que comienzo a tomar contacto con las verdades eternas, y sé de la necesidad que de eso tenéis?
2. ¿Recordáis la circunstancia particular que ha precedido a vuestra muerte? –Resp. Sí, ese momento ha sido el más feliz de mi existencia terrestre.
3. Durante vuestra muerte aparente, ¿escuchabais lo que sucedía a vuestro alrededor y veíais los preparativos de vuestros funerales? – Resp. Mi alma estaba demasiado preocupada con su felicidad próxima.
Nota – Se sabe que generalmente los letárgicos ven y escuchan lo que sucede a su alrededor y conservan al despertar el recuerdo de ello. El hecho que relatamos ofrece la particularidad que el sueño letárgico estaba acompañado de éxtasis, circunstancia que explica el por qué la atención de la enferma fue desviada.
4. ¿Teníais la conciencia de no estar muerta? –Resp. Sí, pero esto me era más bien penoso.
5. ¿Podríais decirnos la diferencia que hacéis entre el sueño natural y el sueño letárgico? –Resp. El sueño natural es el reposo del cuerpo; el sueño letárgico es la exaltación del alma.
6. ¿Sufríais durante vuestro letargo? –Resp. No.
7. ¿Cómo se operó vuestro retorno a la vida? –Resp. Dios permitió que yo volviese para consolar a los corazones afligidos que me rodeaban.
8. Desearíamos una explicación más material. –Resp. Lo que vosotros llamáis periespíritu animaba todavía mi envoltura terrestre.
9. ¿Cómo fue que no os sorprendisteis al despertaros entre los preparativos que se hacían para vuestro entierro? –Resp. Yo sabía que iba a morir, todas esas cosas me importaban poco, ya que había vislumbrado la felicidad de los elegidos.
10. Al volver en sí, ¿quedasteis satisfecha con vuestro retorno a la vida? –Resp. Sí, para consolar.
11. ¿Dónde habéis estado durante vuestro sueño letárgico? –Resp. No puedo deciros toda la felicidad que he vivido: el vocabulario humano no expresa estas cosas.
12. ¿Os sentíais todavía en la Tierra o en el espacio? –Resp. En los espacios.
13. Habéis dicho, al volver en sí, que vuestra pequeña hija que desencarnó el año pasado había venido a buscaros; ¿es verdad? – Resp. Sí, es un Espíritu puro.
Nota – En las respuestas de la madre, todo revela a un Espíritu elevado; por lo tanto, no hay nada de sorprendente que un Espíritu aún más elevado esté unido al suyo por simpatía. Sin embargo, es necesario no tomar al pie de la letra la calificación de Espíritu Puro que los Espíritus se dan a veces entre ellos.
Se sabe que es preciso entender por esto a los del orden más elevado, a aquellos que estando completamente desmaterializados y depurados no están más sujetos a la reencarnación; son los ángeles que disfrutan la vida eterna. Ahora bien, los que no han alcanzado un grado suficiente no comprenden todavía ese estado supremo; por lo tanto, pueden emplear el término Espíritu Puro para designar una superioridad relativa, pero no absoluta. Tenemos numerosos ejemplos de esto, y la señora Schwabenhaus nos parece estar en este caso. Los Espíritus burlones también se atribuyen a veces la cualidad de Espíritus puros para inspirar más confianza en las personas que quieren engañar, y que no tienen la suficiente perspicacia para juzgarlos por su lenguaje, el cual siempre delata su inferioridad.
14. ¿Qué edad tenía vuestra hija cuando desencarnó? –Resp. Siete años.
15. ¿Cómo la habéis reconocido? –Resp. Los Espíritus superiores se reconocen más rápidamente.
16. ¿La habéis reconocido bajo alguna forma? –Resp. Sólo la he visto como Espíritu.
17. ¿Qué os decía ella? –Resp. «Ven, sígueme hacia lo Eterno».
18. ¿Habéis visto a otros Espíritus además que al de vuestra hija? –Resp. He visto a una gran cantidad de otros Espíritus, pero la voz de mi hija y la felicidad que yo presentía eran mis únicas preocupaciones.
19. Durante vuestro retorno a la vida, habéis dicho que pronto iríais a reuniros con vuestra hija; ¿teníais entonces conciencia de vuestra muerte próxima? –Resp. Era para mí una feliz esperanza.
20. ¿Cómo lo sabíais? –Resp. ¿Quién no sabe que es preciso morir? Mi enfermedad bien me lo decía.
21. ¿Cuál era la causa de vuestra enfermedad? –Resp. Los disgustos.
22. ¿Qué edad teníais? –Resp. Cuarenta y ocho años.
23. Al dejar definitivamente la existencia, ¿tuvisteis de inmediato conciencia nítida y lúcida de vuestra nueva situación? –Resp. La he tenido en el momento de mi letargo.
24. ¿Habéis sentido la turbación que comúnmente acompaña al retorno a la vida espírita? –Resp. No, he estado deslumbrada, pero no turbada.
Nota – Se sabe que la turbación que sigue a la muerte es un tanto menor y más corta cuanto más depurado esté el Espíritu durante la vida. El éxtasis que ha precedido a la muerte de esta mujer era, además, un primer desprendimiento del alma de los lazos terrestres.
25. Después de vuestra muerte, ¿habéis vuelto a ver a vuestra hija? –Resp. Estoy frecuentemente con ella.
26. ¿Estáis reunida a ella para toda la eternidad? –Resp. No, pero sé que después de mis últimas encarnaciones estaré en la morada donde habitan los Espíritus puros.
27. Entonces ¿vuestras pruebas no han finalizado? –Resp. No, pero ahora serán felices; no me queda más que esperar, y la esperanza es casi la felicidad.
28. ¿Vuestra hija había vivido en otros cuerpos antes de aquel con el cual era hija vuestra? –Resp. Sí, en muchos otros.
29. ¿Bajo qué forma estáis entre nosotros? –Resp. Bajo mi última forma de mujer.
30. ¿Nos veis tan claramente como si estuvieseis encarnada? – Resp. Sí.
31. Puesto que estáis aquí bajo la forma que teníais en la Tierra, ¿es por los ojos que nos veis? –Resp. Claro que no; el Espíritu no tiene ojos; solamente estoy bajo mi última forma para satisfacer a las leyes que rigen a los Espíritus cuando son evocados y obligados a retomar lo que vosotros llamáis periespíritu.
32. ¿Podéis leer nuestros pensamientos? –Resp. Sí, puedo: leeré si vuestros pensamientos son buenos.
33. Os agradecemos las explicaciones que habéis tenido a bien darnos; en la sabiduría de vuestras respuestas reconocemos que sois un Espíritu elevado, y esperamos que habréis de gozar la felicidad que merecéis. –Resp. Estoy feliz en contribuir para vuestra obra; morir es una alegría cuando se puede ayudar al progreso como yo puedo hacerlo.
Hacía siete u ocho meses que Louis G..., oficial zapatero, era novio de la señorita Victorine R..., costurera de calzados, con la cual debía casarse muy próximamente, puesto que las proclamas estaban en curso de publicación. En este estado de cosas, los jóvenes se consideraban casi definitivamente unidos y, por medida de economía, el zapatero iba todos los días a comer a la casa de su futura esposa.
El miércoles último, en que Louis fue –como de costumbre– a cenar a la casa de la costurera de calzados, sobrevino un discusión a causa de una futilidad; ambos se obstinaron de tal modo y las cosas llegaron a tal punto que Louis se levantó de la mesa y partió jurando nunca más volver.
Sin embargo, al día siguiente el zapatero, avergonzado, acabó por ceder y fue a pedir perdón: como se sabe, la noche es buena consejera; pero la costurera, quizá prejuzgando –según la escena de víspera– lo que podría sobrevenir cuando ya no hubiese más tiempo para desdecirse, rehusó reconciliarse, y ni las justificativas, ni las lágrimas, ni la desesperación, nada pudo doblegarla. Entretanto, anteayer por la noche, como varios días habían transcurrido desde la desavenencia, Louis, esperando que su amada estuviera más tratable, quiso intentar una última aproximación: por lo tanto, llegó y golpeó de modo de hacerse conocer, pero ella se negó a abrirle; entonces, nuevas súplicas fueron dadas por parte del pobre desahuciado, nuevas justificativas a través de la puerta, pero nada pudo conmover a la implacable prometida. «¡Adiós, entonces, malvada! –exclamó finalmente el pobre muchacho–, ¡adiós para siempre! ¡Procurad encontrar un marido que os ame tanto como yo!» Al mismo tiempo la joven oyó una especie de gemido ahogado, y luego como el ruido de un cuerpo que cae deslizándose a lo largo de su puerta, quedando todo en silencio; entonces, ella imaginó que Louis se había sentado en el umbral de la puerta, esperando que saliera, pero ella se propuso no poner un pie afuera hasta que él se marchara.
Transcurrido apenas un cuarto de hora de lo acontecido, un inquilino que pasaba con luz por el descansillo de la escalera lanzó una exclamación y pidió socorro. Inmediatamente los vecinos llegaron, y la Srta. Victorine –habiendo igualmente abierto su puerta– dio un grito de horror al ver tendido en el suelo a su prometido, pálido e inanimado. Todos se apresuraron por socorrerlo, llamaron a un médico, pero pronto se apercibieron que todo era inútil, pues había fallecido. El desdichado joven había hundido su cuchilla de zapatero en la región del corazón, y el hierro había quedado en la herida.
Este hecho, que encontramos en Le Siècle (El Siglo) del 7 de abril último, ha sugerido la idea de hacerle a un Espíritu superior algunas preguntas sobre sus consecuencias morales. Helas aquí, así como sus respuestas que fueron dadas por el Espíritu san Luis en la sesión de la Sociedad del 10 de agosto de 1858.
1. La joven, causa involuntaria de la muerte de su novio, ¿tiene responsabilidad de lo sucedido? –Resp. Sí, porque ella no lo amaba.
2. Para prevenir esta desgracia, ¿debería desposarlo a pesar de no quererlo? –Resp. Ella buscaba una ocasión para separarse de él; hizo al comienzo lo que hubiera hecho más tarde.
3. ¿Entonces su culpabilidad consiste en haber alentado en él sentimientos que ella no correspondía, sentimientos que han sido la causa de la muerte del joven? –Resp. Sí, así es.
4. En este caso, su responsabilidad debe ser proporcional a su falta; ésta no debe ser tan grande como si hubiera provocado voluntariamente la muerte. –Resp. Eso salta a la vista.
5. El suicidio de Louis, ¿encuentra una excusa en el desvarío al que lo llevó la obstinación de Victorine? –Resp. Sí, porque su suicidio, que provino del amor, es menos criminal a los ojos de Dios que el suicidio del hombre que quiere librarse de la vida por un motivo de cobardía.
Nota – Al decir que este suicidio es menos criminal a los ojos de Dios, significa evidentemente que hay criminalidad, aunque menor. La falta consiste en la debilidad que él no supo vencer. Sin duda, ésta era una prueba bajo la cual sucumbió; ahora bien, los Espíritus nos enseñan que el mérito consiste en luchar victoriosamente contra las pruebas de toda especie, que son la propia esencia de nuestra vida terrestre. En otra oportunidad, al haber sido evocado el Espíritu Louis G..., se le dirigieron las siguientes preguntas:
1. ¿Qué pensáis de la acción que habéis cometido? –Resp. Victorine es un ingrata; hice mal en matarme por su causa, porque ella no lo merecía.
2. ¿Ella, pues, no os amaba? –Resp. No; al principio creyó que sí; se hizo esa ilusión; la escena que le hice le abrió los ojos; entonces se puso contenta con ese pretexto para desembarazarse de mí.
3. Y vos, ¿la amabais sinceramente? –Resp. Yo tenía pasión por ella; eso es todo –creo; si la hubiera amado con un amor puro, no habría querido causarle pena.
4. Si ella hubiese sabido que queríais realmente mataros, ¿habría persistido en su negativa? –Resp. No sé; no lo creo, porque ella no es mala; pero hubiera sido infeliz; para ella aun es mejor que las cosas hayan sucedido así.
5. Al llegar a su puerta ¿teníais la intención de mataros en caso de negativa? –Resp. No; ni lo pensaba; no creía que fuese tan obstinada; sucedió que, cuando vi su obstinación, un vértigo me dominó.
6. Parecéis no lamentar vuestro suicidio sino porque Victorine no lo merecía; ¿es éste el único sentimiento que tenéis? –Resp. En este momento, sí; estoy aún completamente turbado; me parece estar a su puerta; pero siento otra cosa que no puedo definir.
7. ¿Lo comprenderéis más adelante? –Resp. Sí, cuando salga de esta turbación... Está mal lo que hice; yo debía haberla dejado tranquila... Fui débil y sufro las consecuencias... Ya veis, la pasión ciega al hombre y le hace cometer tantas tonterías. Las comprende cuando ya no hay más tiempo.
8. Decís que sufrís las consecuencias; ¿cuál la pena que sufrís? – Resp. Hice mal en abreviar mi vida; no debía haberlo hecho; tendría que haber soportado todo en vez de terminar antes de tiempo; y además, soy desgraciado, sufro; siempre es ella la que me hace sufrir; me parece estar aún allí, a su puerta. ¡Ingrata! No me habléis más de ella, no quiero recordarla: esto me hace muy mal.
Adiós
Además, el mismo músico supone que la forma antigua de la clave de do aparece también en las losas que están próximas a la escalera de la derecha».
ALLAN KARDEC
Octubre
En efecto, el Espiritismo presenta un peligro real, pero no es en absoluto aquel que se supone, y es preciso iniciarse en los principios de la ciencia para comprenderlo bien. No nos dirigimos a aquellos que son ajenos al tema, sino a los propios adeptos, a aquellos que lo practican, porque el peligro es para éstos. Lo importante es que lo conozcan, a fin de estar de sobre aviso: se sabe que un peligro que es previsto se puede evitar mejor. Diremos más: aquí, para cualquiera que esté bien compenetrado en la ciencia, el peligro no existe; sólo existe para los que creen saber y no saben; es decir, como en todas las cosas, para aquellos que les falta la experiencia necesaria.
1º) Los Espíritus no son iguales ni en poder, ni en conocimiento, ni en sabiduría. Al no ser sino las almas humanas despojadas de su envoltura corporal, presentan una variedad mayor que la que encontramos entre los hombres en la Tierra, porque vienen de todos los mundos y porque, entre los mundos, la Tierra no es la más atrasada ni la más adelantada. Por lo tanto, hay Espíritus muy superiores y otros muy inferiores; los hay muy buenos y muy malos, muy sabios y muy ignorantes; existen Espíritus ligeros, maliciosos, mentirosos, astutos, hipócritas, jocosos, espirituosos, burlones, etc.
2°) Incesantemente estamos rodeados por un enjambre de Espíritus que, por ser invisibles a nuestros ojos materiales, no por eso dejan de estar en el espacio, a nuestro alrededor, a nuestro lado, espiando nuestras acciones, leyendo nuestros pensamientos, unos para hacernos el bien, otros para hacernos mal, según sean más o menos buenos.
3°) Por la inferioridad física y moral de nuestro globo en la jerarquía de 267 los mundos, los Espíritus inferiores son más numerosos que los Espíritus superiores.
4°) Entre los Espíritus que nos rodean, están los que se vinculan a nosotros, que actúan más particularmente sobre nuestro pensamiento, aconsejándonos, y cuyo impulso seguimos sin darnos cuenta; felices de nosotros si escuchamos solamente la voz de los que son buenos.
5°) Los Espíritus inferiores sólo se vinculan a aquellos que los escuchan, junto a los cuales tienen acceso y a los cuales se aferran. Si consiguen tener dominio sobre alguien, se identifican con su propio Espíritu, fascinándolo, obsesándolo, subyugándolo y conduciéndolo como si se tratara de un niño.
6°) La obsesión jamás tiene lugar a no ser por Espíritus inferiores. Los Espíritus buenos no hacen sentir ningún constreñimiento; ellos aconsejan, combaten la influencia de los malos, y si no se los escucha se retiran.
7°) El grado de constreñimiento y la naturaleza de los efectos que produce, marcan la diferencia entre la obsesión, la subyugación y la fascinación. La obsesión es la acción casi permanente de un Espíritu extraño, que hace conque alguien sea solicitado por una necesidad incesante de obrar en tal o cual sentido y de hacer tal o cual cosa. La subyugación es una opresión moral que paraliza la voluntad del que la sufre, y lo impulsa a los actos más irracionales y, a menudo, más contrarios a sus intereses. La fascinación es una especie de ilusión producida, ya sea por la acción directa de un Espíritu extraño o por sus razonamientos capciosos, ilusión que engaña sobre las cosas morales, falsea el juicio y hace tomar el mal por el bien.
8°) Por su voluntad el hombre puede siempre sacudir el yugo de los Espíritus imperfectos, porque, en virtud de su libre albedrío, puede elegir entre el bien y el mal. Si el constreñimiento ha llegado al punto de paralizar su voluntad, y si la fascinación es tan grande que obnubila su juicio, la voluntad de otra persona puede suplirla.
De la creencia ciega e irreflexiva en la superioridad de los Espíritus que se comunican, a la confianza en sus palabras, no hay más que un paso; así también es como entre los hombres. Si consiguen inspirar esta confianza, la mantienen a través de los sofismas y de los razonamientos más capciosos, que frecuentemente son aceptados con los ojos cerrados. Los Espíritus groseros son menos peligrosos: se los reconoce inmediatamente y no inspiran sino repugnancia; los que son más temibles, tanto en su mundo como en el nuestro, son los Espíritus hipócritas: hablan siempre con dulzura, adulando las inclinaciones; son halagadores, melosos, pródigos en expresiones de ternura y en demostraciones de devoción. Es preciso ser verdaderamente fuerte para resistir a semejantes seducciones. Pero se dirá: ¿dónde está el peligro con Espíritus impalpables? El peligro está en los consejos perniciosos que dan bajo la apariencia de benevolencia, en las actitudes ridículas, intempestivas o funestas que hacen emprender. Hemos visto a ciertos individuos correr de país en país en busca de las cosas más fantásticas, con el riesgo de comprometer su salud, su fortuna y hasta su propia vida. Hemos visto dictar –con todas las apariencias de seriedad– las cosas más burlescas, las máximas más extrañas. Como es bueno poner el ejemplo al lado de la teoría, vamos a relatar la historia de una persona conocida nuestra que estaba bajo el dominio de una fascinación semejante.
Un día le hicieron escribir: Morirás esta noche; a lo que él respondió: Estoy cansado de este mundo; que yo muera si es preciso; pero todo lo que deseo es no sufrir: no pido otra cosa. –A la noche se durmió creyendo firmemente que no iba a despertarse más en la Tierra. Al día siguiente estaba bastante sorprendido e incluso contrariado por estar en su lecho habitual. Durante el día escribió: «Ahora que has pasado por la prueba de la muerte, que creíste firmemente que ibas a morir, estás como muerto para nosotros; podemos decirte toda la verdad: sabrás todo; no hay nada oculto para nosotros; no habrá nada más oculto para ti. Tú eres Shakespeare reencarnado. ¿No es Shakespeare la biblia para ti? (El Sr. F... sabía perfectamente el inglés y se complacía en la lectura de las obras maestras en este idioma.)
En efecto, el Sr. F... vino a verme; me contó su historia; lo hice escribir delante mío y, desde el principio, reconocí sin dificultad la influencia perniciosa bajo la cual se encontraba, ya sea en las palabras o en ciertos signos materiales que la experiencia da a conocer y que no nos pueden engañar. Volvió varias veces; empleé toda la fuerza de mi voluntad para llamar a los Espíritus buenos por su intermedio, toda mi retórica para probarle que él era un juguete de Espíritus detestables; que lo que escribía no tenía sentido común, y además era profundamente inmoral; para esta obra caritativa me uní a uno de mis más dedicados compañeros, el Sr. T..., y ambos conseguimos paulatinamente hacerle escribir cosas sensatas. Él tomó aversión por su mal genio, rechazándolo por propia voluntad cada vez que él tentaba manifestarse, y poco a poco sólo los Espíritus buenos lograron sobreponerse. Para mudar sus ideas, se entregó de la mañana a la noche –según el consejo de los Espíritus– a un trabajo rudo que no le dejaba tiempo para escuchar las malas sugerencias. El propio Dillois terminó por confesarse vencido y expresó el deseo de mejorarse en una nueva existencia; reconoció el mal que había querido hacer y dio pruebas de arrepentimiento. La lucha fue larga, penosa y ofreció particularidades verdaderamente curiosas para el observador. Hoy que el Sr. F... se siente liberado, es feliz; parece haberse sacado un peso de encima; recuperó su alegría y nos agradeció el servicio que le hemos prestado.
1º) Todo médium debe desconfiar del arrastramiento irresistible que lo lleva a escribir sin cesar y en los momentos inoportunos; debe ser señor de sí mismo y no escribir sino cuando él quiere;
2º) No se domina a los Espíritus superiores, ni siquiera a aquellos que, sin ser superiores, son buenos y benevolentes; pero se puede dominar y domar a los Espíritus inferiores. Quien no es señor de sí mismo no puede serlo de los Espíritus;
3º) No hay otro criterio para discernir el valor de los Espíritus sino el buen sentido. Toda fórmula dada a este efecto por los propios Espíritus es absurda y no puede emanar de Espíritus superiores;
4º) Se juzga a los Espíritus como a los hombres: por su lenguaje. Toda expresión, todo pensamiento, toda máxima, toda teoría moral o científica que esté en contra del buen sentido o no corresponda a la idea que uno se hace de un Espíritu puro y elevado, emana de un Espíritu más o menos inferior;
5º) Los Espíritus superiores tienen siempre el mismo lenguaje con la misma persona y jamás se contradicen;
6º) Los Espíritus superiores son siempre buenos y benevolentes; en su lenguaje nunca hay acrimonia, ni arrogancia, aspereza, orgullo, fanfarronería o tonta presunción. Hablan con simplicidad, aconsejan y se retiran cuando no se los escucha;
7º) No se debe juzgar a los Espíritus por su forma material ni por la corrección de su lenguaje, sino sondar su sentido íntimo, examinar sus palabras, evaluándolas fría y maduramente, sin prevención. Todo lo que se aparte del buen sentido, de la razón y de la sabiduría no puede dejar duda sobre su origen, sea cual fuere el nombre con el que se enmascare el Espíritu;
8º) Los Espíritus inferiores temen a aquellos que examinan sus palabras, a los que desenmascaran sus torpezas y a los que no se dejan llevar por sus sofismas. A veces pueden intentar resistir, pero terminan siempre desistiendo cuando se ven más débiles;
9º) En todas las cosas, simpatiza con los Espíritus buenos aquel que obre teniendo en cuenta el bien, elevándose con el pensamiento por encima de las vanidades humanas al expulsar de su corazón el egoísmo, el orgullo, la envidia, los celos, el odio, perdonando a sus enemigos y poniendo en práctica esta máxima del Cristo: «Hacer a los otros lo que quisiéramos que se nos haga»; los malos temen esto y se apartan de aquél.
De Estocolmo escriben lo siguiente al Journal des Débats, el 10 de septiembre de 1858:
«Infelizmente nada de consolador tengo a anunciaros sobre la enfermedad que, desde hace aproximadamente dos años, sufre nuestro soberano. Todos los tratamientos y remedios que los facultativos han prescripto en este intervalo, ningún alivio han traído a los sufrimientos que agobian al rey Oscar. Según el consejo de sus médicos, el Sr. Klugenstiern –que tiene una reputación como magnetizador– ha sido recientemente llamado al castillo de Drottningholm, donde continúa residiendo la familia real, para proporcionar al augusto enfermo un tratamiento periódico de magnetismo. Incluso se cree aquí que, por una coincidencia bastante singular, el foco de la enfermedad del rey Oscar se encuentra precisamente establecido en el lugar de la cabeza donde está situado el cerebelo, como infelizmente también parece ser hoy el caso del rey Federico Guillermo IV de Prusia».
Nosotros preguntamos si, hace sólo veinticinco años, los médicos habrían osado proponer públicamente semejante medio, mismo a un simple particular, ¡con más fuerte razón a una cabeza coronada! En aquella época, todas las Facultades científicas y todos los periódicos empleaban bastantes sarcasmos para denegrir al magnetismo y a sus partidarios. ¡Cómo las cosas cambiaron mucho en este corto espacio de tiempo! No solamente ya no se ríen más del magnetismo, sino que he aquí que es oficialmente reconocido como agente terapéutico. ¡Qué lección para los que se ríen de las ideas nuevas! ¿Les hará esto finalmente entender cuán imprudente es tachar de falso las cosas que no comprenden? Tenemos una gran cantidad de libros escritos contra el magnetismo por hombres de notoriedad; ahora bien, esos libros quedarán como una mancha indeleble sobre su altanera inteligencia. ¿No hubiesen hecho mejor en callarse y en esperar? Entonces, como hoy para con el Espiritismo, se le oponían la opinión de los más eminentes hombres, de los más esclarecidos, de los más concienzudos: nada quebrantaba su escepticismo. A sus ojos, el magnetismo no era más que una charlatanería indigna de personas serias. ¿Qué acción podría tener un agente oculto, movido por el pensamiento y por la voluntad, y del cual no se podía hacer un análisis químico? Apresurémonos en decir que los médicos suecos no son los únicos que han cambiado de opinión acerca de esta idea estrecha, y que por todas partes –en Francia como fuera de ella– la opinión ha cambiado completamente sobre este aspecto; y esto es tan verdadero que, cuando ocurre un fenómeno inexplicable, se dice: es un efecto magnético. Se encuentra, pues, en el magnetismo la razón de ser de una multitud de cosas que se atribuían a la imaginación, razón ésta tan cómoda para aquellos que no saben qué decir.
¿Curará el magnetismo al rey Oscar? Ésa es otra cuestión. Sin duda, ha operado curas prodigiosas e inesperadas; pero tiene sus límites, como todo lo que está en la Naturaleza; y, además, es necesario tener en cuenta esta circunstancia: que, en general, a él sólo se recurre in extremis y como último recurso, 231 cuando a menudo el mal ha hecho progresos irremediables o ha sido agravado por una medicación contraproducente. Cuando triunfa ante tales obstáculos, ¡es preciso que sea muy poderoso!
Si la acción del fluido magnético es hoy un punto generalmente admitido, no sucede lo mismo con respecto a las facultades sonambúlicas que todavía encuentran muchos incrédulos en el mundo oficial, sobre todo en lo que toca a las cuestiones médicas. No obstante, se ha de concordar que los prejuicios sobre este punto están singularmente debilitados, incluso entre los hombres de Ciencia: tenemos la prueba en el gran número de médicos que hacen parte de todas las Sociedades Magnéticas, ya sea en Francia como en el extranjero. Los hechos se han popularizado de tal manera que ha sido realmente preciso ceder ante la evidencia y seguir la corriente, quiérase o no. Pronto ocurrirá con la lucidez intuitiva lo mismo que con el fluido magnético.
El Espiritismo se vincula al Magnetismo por lazos íntimos (estas dos ciencias son solidarias entre sí); y, sin embargo, ¿quién hubiera creído que aquél fuese encontrar sus más encarnizados adversarios entre ciertos magnetizadores, que no por eso cuentan con el antagonismo de los espíritas? Los Espíritus siempre han preconizado el magnetismo, ya sea como medio curativo, ya sea como causa primera de una multitud de cosas; ellos defienden su causa y vienen a prestarle apoyo contra sus enemigos. Los fenómenos espíritas han abierto los ojos a tantas personas que, al mismo tiempo, han adherido al magnetismo. ¿No es extraño ver que los magnetizadores olvidaron tan pronto lo que han tenido que sufrir con los prejuicios, negando la existencia de sus defensores y tirando contra ellos los dardos que les eran lanzados antiguamente? Esto no tiene grandeza, esto no es digno de hombres a los cuales la Naturaleza –revelándoles uno de sus más sublimes misterios, más que a otros– les quita el derecho de pronunciar el famoso nec plus ultra (no más allá). En el rápido desarrollo del Espiritismo, todo prueba que pronto Él también tendrá sus derechos concedidos; a la espera de esto, aplaude con todas sus fuerzas el lugar que acaba de conquistar el Magnetismo, como una señal indiscutible del progreso de las ideas.
Acabamos de ver al Magnetismo reconocido por la Medicina; pero he aquí otra adhesión que, desde otro punto de vista, no tiene una importancia menos capital, puesto que prueba el debilitamiento de los prejuicios que las ideas más sanas hacen desaparecer a cada día: es la adhesión de la Iglesia. Tenemos bajo nuestros ojos un pequeño libro intitulado: Abrégé, en forme de catéchisme, du Cours élémentaire d’instruction chrétienne: A L’USAGE DES CATÉCHISMES ET DES ÉCOLES CHRÉTIENNES, par l’abbé Marotte, vicaire général de Mgr. l'évêque de Verdun, 1853 (Resumen, en forma de catecismo, del Curso elemental de instrucción cristiana: PARA USO DE CATECISMOS Y DE ESCUELAS CRISTIANAS, por el abad Marotte, vicario general de Monseñor obispo de Verdún, 1853). Esta obra, redactada en preguntas y respuestas, contiene todos los principios de la doctrina cristiana sobre el dogma, la Historia Santa, los mandamientos de Dios, los sacramentos, etc. En uno de los capítulos sobre el primer mandamiento, donde son tratados los pecados opuestos a la religión, y después de haber hablado de la superstición, de la magia y de los sortilegios, leemos lo siguiente:
«Preg. ¿Qué es el magnetismo?
«Resp. Es una influencia recíproca que a veces se opera entre los individuos, según una armonía de relaciones, ya sea por la voluntad, por la imaginación o por la sensibilidad física, y cuyos principales fenómenos son la somnolencia, el sueño, el sonambulismo y el estado convulsivo.
«Preg. ¿Cuáles son los efectos del magnetismo?
«Resp. Comúnmente, se dice que el magnetismo produce dos efectos principales: 1°) Un estado de sonambulismo, en el cual el magnetizado –completamente privado del uso de sus sentidos– ve, escucha, habla y responde a todas las preguntas que se le dirigen; 2°) Una inteligencia y un saber que sólo tiene en la crisis; él conoce su estado, los remedios convenientes a sus enfermedades e incluso lo que hacen ciertas personas distantes.
«Preg. En conciencia, ¿está permitido magnetizar y hacerse magnetizar?
«Resp. 1º) Si para la operación magnética se emplean medios, o si por ella se obtienen efectos que suponen una intervención diabólica, será una obra supersticiosa y nunca puede ser permitida; 2°) Sucede lo mismo cuando las comunicaciones magnéticas ofenden la modestia; 3°) Suponiendo que se tome cuidado en apartar todo abuso de la práctica del magnetismo, todo peligro para la fe o para las costumbres, todo pacto con el demonio, es dudoso que sea permitido recurrir a él como a un remedio natural y útil.»
Lamentamos que el autor haya puesto esta última corrección, que está en contradicción con lo que precede. En efecto, ¿por qué el uso de una cosa reconocida saludable no sería permitido, desde que se aparten todos los inconvenientes que él señala en su punto de vista? Es cierto que no expresa una defensa formal, sino una simple duda sobre lo permitido. Cualquiera que ella sea, esto no se encuentra en un libro erudito, dogmático, para uso exclusivo de los teólogos, sino en un libro elemental, para uso de catecismos, por consecuencia destinado a la instrucción religiosa de las masas; por consiguiente, no es de modo alguno una opinión personal: es una verdad consagrada y reconocida que el magnetismo existe, que produce el sonambulismo, que el sonámbulo goza de facultades especiales, en cuyo número está la de ver sin la ayuda de los ojos –incluso a la distancia–, de escuchar sin la ayuda de los oídos, de poseer conocimientos que él no tiene en su estado normal y de indicar los remedios que le son saludables. La calidad del autor tiene aquí un gran peso. No es un hombre desconocido que habla o un simple sacerdote que emite su opinión: es un vicario general que enseña. Nuevo fracaso y nueva advertencia para aquellos que juzgan con demasiada precipitación.
Problema fisiológico dirigido al Espíritu san Luis, en la sesión de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas del 14 de septiembre de 1858.
Leemos en el Moniteur (Monitor) del 26 de noviembre de 1857:
«Nos comunican el siguiente hecho que viene a confirmar las observaciones ya realizadas sobre la influencia del miedo.
«El Dr. F... volvía ayer a su casa después de haber hecho algunas visitas a sus pacientes. En su recorrido le habían entregado –como muestra– una botella de excelente ron, auténticamente proveniente de Jamaica. El doctor olvidó en el carruaje la preciosa botella. Pero algunas horas más tarde se acordó y se dirigió a la cochera, donde declaró al jefe de estación que había dejado en una de sus cupés una botella de un veneno muy potente y le recomendó a prevenir a los cocheros a prestar mucha atención para no hacer uso de ese líquido mortal.
«Apenas el doctor F... hubo entrado en su residencia, vinieron a llamarlo a toda prisa porque tres cocheros del estacionamiento vecino sufrían horribles dolores en las entrañas. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para tranquilizarlos y persuadirlos de que habían bebido un excelente ron, y que su falta de delicadeza no podía tener consecuencias más graves que las de una severa suspensión, infligida en ese mismo instante a los culpables.»
1. –San Luis, ¿podríais darnos una explicación fisiológica de esta transformación de las propiedades de una sustancia inofensiva? Sabemos que, por la acción magnética, esta transformación puede tener lugar; pero en el hecho relatado anteriormente no hubo emisión de fluido magnético; solamente la imaginación ha actuado y no la voluntad.
Resp. –Vuestro razonamiento es muy justo con relación a la imaginación. Pero los Espíritus maliciosos que sugirieron a esos hombres a cometer este acto de falta de delicadeza, hicieron pasar en la sangre, en la materia, un escalofrío de temor que vosotros podríais llamar de escalofrío magnético, el cual tensa a los nervios y lleva frío a ciertas regiones del cuerpo. Ahora bien, sabéis que todo frío en las regiones abdominales puede producir cólicos. Es, pues, un medio de punición que al mismo tiempo divierte a los Espíritus que hicieron cometer el hurto y los hace reír a expensas de aquellos que han hecho errar. Pero, en todos los casos, la muerte no se seguiría: apenas era una lección para los culpables y placer para los Espíritus ligeros. Por eso es que se apresuran a recomenzar todas las veces que la ocasión se les presente, incluso buscándola para su satisfacción. Podemos evitar esto (hablo para vosotros) elevándonos a Dios con pensamientos menos materiales que los que ocupaban el espíritu de esos hombres. A los Espíritus maliciosos les gusta reír; tened cuidado: aquel que cree que dice chistes agradables a las personas que lo cercan, divirtiendo a una sociedad con sus bromas o con sus acciones, a menudo se equivoca –e incluso muy a menudo– cuando cree que todo eso viene de sí mismo. Los Espíritus ligeros que lo rodean se identifican con él y, a su turno, lo engañan frecuentemente con referencia a sus propios pensamientos, así como a aquellos que lo escuchan. En ese caso, creéis relacionaros con un hombre de espíritu, mientras que él no es más que un ignorante. Haced un examen de conciencia y juzgaréis mis palabras. Los Espíritus superiores no son, por esto, enemigos de la alegría; a veces ellos también gustan reír para os ser agradables; pero cada cosa a su tiempo.
Nota – Al decir que en el hecho relatado no había emisión de fluido magnético, quizá no nos expresamos con total exactitud. Exponemos aquí una suposición. Como hemos dicho, se sabe qué tipo de transformación de las propiedades de la materia puede operarse por la acción del fluido magnético dirigido por el pensamiento. Ahora bien, ¿no se podría admitir que por el pensamiento del médico, que quería hacer creer en la existencia de un tóxico y dar a los ladrones las angustias del envenenamiento, ha habido –aunque a la distancia– una especie de magnetización del líquido que habría adquirido así nuevas propiedades, cuya acción se encontraría corroborada por el estado moral de los individuos que se volvieron más impresionables por el miedo? Esta teoría no destruiría la de san Luis sobre la intervención de los Espíritus ligeros en semejante circunstancia; sabemos que los Espíritus actúan físicamente por medios físicos; por lo tanto, para cumplir sus designios pueden servirse de aquellos que ellos mismos provocan, o de los que nosotros les proporcionamos sin saberlo.
Leemos en la Gazette de Silésie (Gaceta de Silesia):
«Nos escriben de Bolkenham, el 20 de octubre de 1857, que un crimen espantoso acaba de ser cometido por un chico de doce años. El domingo último, 25 del mes, tres hijos del Sr. Hubner –fabricante de clavos– y dos hijos del Sr. Fritche –zapatero– jugaban juntos en el jardín del Sr. Fritche. El niño H..., conocido por su mal carácter, se sumó a los juegos y los convenció a entrar en un baúl que estaba guardado dentro de una casita en el jardín, y que servía al zapatero para transportar sus mercancías a la feria. Los cinco niños se introdujeron en el baúl con mucha dificultad, pero riendo se apretujaron unos sobre los otros. Tan pronto como entraron, el monstruo cerró el baúl, se sentó encima y permaneció tres cuartos de hora escuchando primero sus gritos, después sus gemidos.
«En fin, cuando sus estertores cesaron, cuando los creyó muertos, abrió el baúl; los niños todavía respiraban. Volvió a cerrar el baúl, le echó el cerrojo y se fue a jugar con su barrilete. Pero al salir del jardín fue visto por una chica. Comprendemos la ansiedad de los padres cuando percibieron la desaparición de sus hijos, y su desesperación cuando –después de una larga búsqueda– los encontraron dentro del baúl. Uno de los niños aún vivía, pero no tardó en exhalar su último suspiro. Denunciado por la chica que lo había visto salir del jardín, el niño H... confesó su crimen con la mayor sangre fría y sin manifestar ningún arrepentimiento. Las cinco víctimas: un niño y cuatro niñas de cuatro a nueve años, han sido enterrados juntos hoy.»
Nota – El Espíritu interrogado es el de la hermana del médium, desencarnada a los doce años, pero que siempre ha mostrado superioridad como Espíritu.
1. ¿Habéis escuchado el relato que acabamos de leer sobre el asesinato cometido en Silesia por un niño de doce años a otros cinco niños? –Resp. Sí; mi pena exige que todavía yo escuche las abominaciones de la Tierra.
2. ¿Qué motivo ha podido llevar a un niño de esa edad a cometer una acción tan atroz y con tanta sangre fría? –Resp. La maldad no tiene edad; es ingenua en el niño y razonada en el adulto.
3. Cuando la misma existe en un niño, sin razonamiento, ¿no denota esto la encarnación de un Espíritu muy inferior? –Resp. Ella proviene, entonces, directamente de la perversidad del corazón; es su propio Espíritu que lo domina y que lo empuja a la perversidad.
4. ¿Cuál podría haber sido la existencia anterior de semejante Espíritu? –Resp. Horrible.
5. En su existencia anterior, ¿pertenecía él a la Tierra o a un mundo todavía más inferior? –Resp. No lo veo bien; pero debería pertenecer a un mundo mucho más inferior que la Tierra: él ha osado venir a la Tierra; será por esto doblemente punido.
6. A esa edad, ¿tenía el niño realmente conciencia del crimen que cometía, y tiene del mismo la responsabilidad como Espíritu? – Resp. Él tiene la edad de la conciencia: esto es suficiente.
7. Ya que este Espíritu había osado venir a la Tierra, que es demasiado elevada para él, ¿puede ser obligado a retornar a un mundo que esté en relación con su naturaleza? –Resp. La punición es justamente retrogradar; es el propio infierno. Es la punición de Lucifer, del hombre espiritual descendido hasta la materia, es decir, el velo que de aquí en adelante le esconde los dones de Dios y su divina protección. Por lo tanto, esforzaos en reconquistar esos bienes perdidos; habréis recuperado el paraíso que el Cristo ha venido a abriros. Es la presunción, el orgullo del hombre que quería conquistar lo que sólo Dios puede tener.
Nota – Una observación es hecha con referencia a la palabra osado, de la cual se ha servido el Espíritu, y se han citado ejemplos concernientes a la situación de Espíritus que se encontraron en mundos demasiado elevados para ellos y que han sido obligados a regresar a un mundo que esté más en relación con su naturaleza. Sobre este asunto, una persona hizo notar que ha sido dicho que los Espíritus no pueden retrogradar. A esto respondemos que, en efecto, los Espíritus no pueden retrogradar en el sentido de que ellos no pueden perder lo que han adquirido en ciencia y en moralidad; pero pueden decaer en su posición. Un hombre que usurpa una posición superior a la que le confieren sus capacidades o su fortuna puede ser forzado a abandonarla y a regresar a su lugar natural; ahora bien, esto no es lo que podemos llamar decaer, ya que él no hizo sino volver a su esfera, de la que había salido por ambición o por orgullo. Sucede lo mismo con respecto a los Espíritus que quieren elevarse muy rápidamente en los mundos donde se encuentran fuera de lugar.
Espíritus superiores también pueden encarnarse en mundos inferiores para cumplir allí una misión de progreso; esto no puede llamarse retrogradar, porque es abnegación.
8. ¿En qué la Tierra es superior al mundo a que pertenece el Espíritu del cual acabamos de hablar? –Resp. Allí existe una débil idea de justicia; es un comienzo de progreso.
9. ¿Resulta de esto que en los mundos inferiores a la Tierra no hay ninguna idea de justicia? –Resp. No; allí los hombres sólo viven para sí, y no tienen por móvil más que la satisfacción de sus pasiones y de sus instintos.
10. ¿Cuál será la posición de este Espíritu en una nueva existencia? – Resp. Si el arrepentimiento viene a borrar –si no enteramente– por lo menos en parte, la enormidad de sus faltas, entonces permanecerá en la Tierra; si, al contrario, persiste en lo que es llamada la impenitencia final, irá hacia una morada donde el hombre se encuentra en el nivel de la brutalidad.
11. Entonces ¿puede encontrar en la Tierra los medios de expiar sus faltas sin ser obligado a volver a un mundo inferior? –Resp. El arrepentimiento es sagrado a los ojos de Dios, porque es el hombre que se juzga a sí mismo, lo que es raro en vuestra planeta.
Hemos extraído el siguiente hecho del Courrier du Palais (Correo del Palacio), que el Sr. Frédéric Thomas –abogado de la Corte Imperial– ha publicado en La Presse (La Prensa) del 2 de agosto de 1858. Lo citamos textualmente para no descolorar la narración del espirituoso escritor. Nuestros lectores fácilmente tendrán en cuenta la forma leve que él sabe darle tan agradablemente a las cosas más serias. Después del relato de varios asuntos, agregó:
«Tenemos para ofreceros, en una perspectiva próxima, un proceso mucho más extraño que aquél: ya lo vemos asomar en el horizonte, en el horizonte del Sur; pero ¿adónde nos llevará él? Nos escriben que los hierros están al fuego; pero esta seguridad no nos basta. He aquí de qué se trata:
«Un parisiense leyó en un periódico que un viejo castillo estaba a la venta en los Pirineos: lo compró y, desde los primeros días bonitos de la bella estación, fue allí a instalarse con sus amigos.
«Cenaron alegremente y después fueron a acostarse más alegremente todavía. Quedaba por pasar la noche: la noche en un viejo castillo perdido en la montaña. Al día siguiente todos los invitados se levantaron con la mirada despavorida y con los rostros espantados; fueron al encuentro del dueño y todos le hicieron la misma pregunta con un aire misterioso y lúgubre: ¿No habéis visto nada esta noche?
«El propietario no respondió de tan asustado que estaba; se contentó con hacer una señal afirmativa con la cabeza.
«Entonces se confiaron en voz baja las impresiones de la noche: uno escuchó lamentos de voces; otro, ruido de cadenas; éste vio moverse los tapices; aquél, un arcón saludarlo; muchos sintieron que murciélagos se echaban sobre sus pechos: es un castillo de la Dama Blanca. Los empleados declararon que, como al inquilino Dickson, los fantasmas les habían tirado de los pies. ¿Qué más todavía? Las camas se paseaban, las campanillas hacían alboroto solas y palabras fulgurantes atravesaban las viejas chimeneas.
«Decididamente ese castillo era inhabitable: los más espantados huyeron inmediatamente; los más intrépidos enfrentaron la prueba de una segunda noche.
«Hasta la medianoche todo iba bien; pero desde que el reloj de la torre del norte lanzaba en el espacio sus doce sollozos, enseguida las apariciones y los ruidos recomenzaban; de todos los rincones se abalanzaban fantasmas, monstruos con ojos de fuego, con dientes de cocodrilo, con alas velludas: todo esto gritaba, saltaba, rechinaba y hacía un alboroto infernal.
«Imposible resistir a esta segunda experiencia. Esta vez todos dejaron el castillo, y hoy el propietario quiere intentar una acción legal de rescisión del contrato por vicios ocultos.
«¡Qué sorprendente proceso éste! ¡Y qué triunfo para el gran evocador de los Espíritus: el Sr. Home! ¿Lo nombrarán perito en la materia? Sea como sea, como no hay nada nuevo bajo el sol de la justicia, este proceso –que tal vez se creerá una novedad– no es más que una antigualla: existe uno pendiente que, por tener la edad de doscientos sesenta y tres años, no es menos curioso.
«Bien, en el año de gracia de 1595, ante el senescal de Guiena, un inquilino llamado Jean Latapy pleiteó una acción contra su propietario, Robert de Vigne. Jean Latapy alegaba que la casa que de Vigne le había alquilado –una vieja casa de una antigua calle de Burdeos– era inhabitable y que debió dejarla; después de esto pedía la rescisión del contrato en juicio.
«¿Por qué motivos? Latapy los da muy ingenuamente en sus conclusiones.
“Porque había encontrado esta casa infectada por Espíritus que se presentaban, ya sea bajo la forma de niños o con otras formas terribles y espantosas, los cuales oprimían e inquietaban a las personas, moviendo los muebles, haciendo ruidos y barahúndas por todos los rincones y, con fuerza y violencia, arrojando de las camas a aquellos que allí reposaban”.
«El propietario de Vigne se opuso muy enérgicamente a la rescisión del contrato. “Desprestigiáis injustamente mi casa, decía él a Latapy; probablemente no tenéis más de lo que merecéis, y lejos de hacerme reproches, deberíais –al contrario– agradecerme, porque os hago ganar el Paraíso”.
«He aquí cómo el abogado del propietario establecía esta singular proposición: “Si los Espíritus vienen a atormentar a Latapy y lo afligen con el permiso de Dios, el inquilino debe ser responsable justamente por eso, y debe decir como san Jerónimo: Quidquid patimur nostris peccatis meremur (Todo aquello que nos pasa lo merecemos por nuestros pecados), y de ninguna manera echar la culpa al propietario que es del todo inocente, sino tener gratitud para con éste que le ha dado la ocasión de salvarse en este mundo de las puniciones que, por sus deméritos, lo esperan en el otro”.
«Para ser consecuente, el abogado debería haber pedido que Latapy pagase alguna renta a de Vigne por los servicios prestados. Un lugar en el Paraíso, ¿no vale su peso en oro? Pero el generoso propietario se contentaba con la conclusión de que el inquilino fuese declarado no procedente en la acción, por el motivo de que antes de intentarla, el propio Latapy debería haber comenzado a combatir y a expulsar a los Espíritus por los medios que Dios y la naturaleza nos han dado.
«El abogado del propietario exclamaba: “¿por qué Latapy no usaba el laurel, la ruda o la sal crepitando en las llamas y en los carbones ardientes, o penachos de plumas o la composición de la hierba aerolus vetulus con ruibarbo y vino blanco, o sales suspendidas en el umbral de la puerta de la casa, o cuero de la cabeza de la hiena o bilis de perro, que dicen que tiene una virtud maravillosa para expulsar a los demonios? ¿Por qué no usaba la hierba moli, que Mercurio le había dado a Ulises y de la cual éste usó como antídoto contra los encantos de Circe?...”
«Es evidente que el inquilino Latapy había faltado a todos sus deberes al no arrojar sal crepitando en las llamas, y al no hacer uso de la bilis de perro y de algunos penachos de pluma. Pero como ha sido obligado a buscar también el cuero de la cabeza de la hiena, al senescal de Burdeos le pareció que este objeto no era demasiado común para que Latapy no fuese disculpado por haber dejado a las hienas tranquilas, y ordenó la total rescisión del contrato.
«Veis que, en todo esto, ni el propietario, ni el inquilino, ni los jueces ponen en duda la existencia y las barahúndas de los Espíritus. Parecería, pues, que hace más de dos siglos los hombres ya eran casi tan crédulos como hoy; nosotros los superamos en credulidad y eso es lo que está en este orden: es realmente necesario que la civilización y el progreso se revelen en algún lugar.»
Con abstracción hecha de los accesorios con los cuales el narrador la ha adornado, esta cuestión –desde el punto de vista legal– no deja de tener su lado embarazoso, porque la ley no ha previsto el caso en donde los Espíritus perturbadores vuelvan inhabitable una casa. ¿Es éste un vicio redhibitorio? En nuestra opinión tiene su pro y su contra: esto depende de las circunstancias. En principio se trata de examinar si el alboroto es serio o si no es simulado con algún interés: cuestión previa y de buena fe que prejuzga a todas las otras. Admitiendo los hechos como reales, es necesario saber si son de una naturaleza como para perturbar el reposo. Si, por ejemplo, ocurrieran cosas como en Bergzabern, * es evidente que la situación sería insostenible. El Sr. Senger –padre de la niña– soportó eso porque sucedió en su casa y porque no pudo hacerlo de otro modo; pero de ninguna manera un extraño se instalaría en una residencia en la que constantemente se escuchan ruidos ensordecedores, en donde los muebles son empujados y derribados, donde las puertas y las ventanas se abren y se cierran sin ton ni son, en donde los objetos os son arrojados a la cabeza por manos invisibles, etc. Nos parece que, en semejante circunstancia, hay indiscutiblemente lugar a reclamación y que, en buena justicia, tal contrato no debería ser validado, si el hecho había sido disimulado. De este modo, en tesis general, el proceso de 1595 nos parece haber sido bien juzgado, pero queda por esclarecer una importante cuestión subsidiaria que sólo la ciencia espírita podía plantearla y resolverla.
Sabemos que las manifestaciones espontáneas de los Espíritus pueden tener lugar sin una finalidad determinada y sin ser dirigidas contra tal o cual individuo; que hay efectivamente lugares frecuentados por Espíritus perturbadores, los cuales parecen elegir allí domicilio, y contra los que han fracasado todas las conjuraciones puestas en uso. Entre paréntesis digamos que existen medios eficaces para desembarazarse de ellos, pero que esos medios no consisten en la intervención de personas conocidas para producir a voluntad semejantes fenómenos, porque los Espíritus que están a sus órdenes son precisamente de la naturaleza de aquellos que se quiere expulsar. Su presencia, lejos de alejarlos, no podría sino atraer a otros. Pero también sabemos que en una multitud de casos esas manifestaciones son dirigidas contra ciertos individuos, como, por ejemplo, en Bergzabern. Los hechos han probado que la familia, pero sobre todo la joven Philippine, era directamente su objetivo; de tal manera que estamos convencidos que, si esta familia dejaba su casa, los nuevos habitantes nada tendrían que temer, pues la familia llevaría con ella sus tribulaciones en su nuevo domicilio. Por lo tanto, el punto a examinar en una cuestión legal sería éste: ¿tenían lugar las manifestaciones antes de la entrada del nuevo propietario o solamente después de la misma? En este último caso, se volvería evidente que es éste quien ha llevado a los Espíritus perturbadores, y que le cabe la total responsabilidad por esto; al contrario, si las perturbaciones tenían lugar anteriormente y persisten, es que ellas se relacionan con el propio local, y entonces la responsabilidad es del vendedor. El abogado del propietario razonaba con la primera hipótesis, y a su argumento no le faltaba lógica. Queda por saber si el inquilino había llevado consigo a esos huéspedes inoportunos: es lo que el proceso no dice. En cuanto al proceso actualmente pendiente, creemos que el medio de impartir buena justicia sería el de hacer las constataciones que acabamos de mencionar. Si éstas conducen a la prueba de la anterioridad de las manifestaciones, y si el hecho ha sido disimulado por el vendedor, el caso es el de un adquirente engañado sobre la calidad de la cosa vendida. Ahora bien, mantener el contrato en semejantes circunstancias es tal vez arruinar al adquirente por la desvalorización del inmueble; al menos sería causarle un considerable prejuicio, forzándolo a conservar una cosa que no puede hacer uso, como un caballo ciego que se lo hubiesen vendido por un buen caballo. Sea como fuere, el juicio que ha de efectuarse debe tener graves consecuencias: con la rescisión del contrato o con la manutención del mismo por falta de pruebas suficientes, es igualmente reconocer la existencia del hecho de las manifestaciones. Rechazar la demanda del adquirente como asentada en una idea ridícula es exponerse a recibir, tarde o temprano, el desmentido de la experiencia, como tantas veces lo han recibido los hombres más esclarecidos que se han apresurado en negar las cosas que no comprendían. Si se le puede reprochar a nuestros padres el haber tenido demasiada credulidad, nuestros descendientes nos reprocharán, sin duda, por haber tenido el exceso contrario.
A la espera de eso, he aquí lo que acaba de suceder ante nuestros ojos y de lo cual nosotros mismos hemos constatado la realidad; citamos la crónica de La Patrie (La Patria) del 4 de septiembre de 1858:
«La calle du Bac está sobresaltada. ¡Todavía ocurren por allí algunas diabluras!
«La casa que lleva el N° 65 se compone de dos edificios: el que da a la calle tiene dos escaleras que se enfrentan.
«Desde hace una semana, a diversas horas del día y de la noche y en todos los pisos de esta casa, las campanillas suenan y tintinan con violencia; van a abrir, pero nadie está en el descansillo de la escalera.
«Al principio se creyó que fuese una broma y cada uno se puso a observar para descubrir al autor. Uno de los inquilinos se tomó el trabajo de deslustrar un vidrio de su cocina y estuvo al acecho. Mientras él vigilaba con la mayor atención, su campanilla sonó: observó por la mirilla, y ¡nadie! Corrió por la escalera, y ¡nadie!
«Regresó a su casa y quitó el tirador de la campanilla. Una hora después, en el momento en que empezaba a sentirse triunfante, la campanilla comenzó a hacer un gran alboroto. La miró y se quedó mudo y consternado.
«En otras puertas los tiradores de las campanillas estaban retorcidos y anudados como serpientes heridas. Se buscó una explicación, se llamó a la policía; ¿cuál es, pues, este misterio? Aún se lo ignora.»
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* Ver los números de mayo, junio y julio de esta Revista Espírita. [Nota de Allan Kardec.]
ALLAN KARDEC
Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas Nuevo Reglamento Al haber realizado la Sociedad algunas modificaciones en su reglamento, nosotros lo damos adjuntoa este número de la Revista, con su texto actualizado. De esta manera suprimiremos, de ahora en adelante, el ejemplar anexo al número del mes de mayo, y que aquellos de nuestros lectores que lo han recibido consientan en considerarlo nulo.
Noviembre
Hemos escuchado este razonamiento: Dios, que es soberanamente bueno, no puede imponer al hombre que recomience una serie de miserias y tribulaciones. Por ventura, ¿parecerá que hay más bondad en condenar al hombre a un sufrimiento perpetuo por algunos momentos de error, que en darle los medios para reparar sus faltas? «Dos fabricantes tenían cada cual un obrero que podía aspirar a volverse socio del patrón. Ahora bien, sucedió que ambos obreros emplearon una vez muy mal su jornada y merecieron ser despedidos. Uno de los dos fabricantes despidió a su obrero a pesar de sus súplicas, y éste –no habiendo encontrado trabajo– murió en la miseria. El otro dijo al suyo: Habéis perdido un día, me debéis por esto una compensación; habéis hecho mal vuestro trabajo, me debéis una reparación; os permito recomenzar; tratad de ejecutarlo bien y conservarás tu puesto, y podréis siempre aspirar a la posición superior que os he prometido». ¿Es necesario preguntar cuál de los dos fabricantes ha sido más humano? Dios, que es la propia clemencia, ¿sería más inexorable que un hombre? El pensamiento de que nuestro destino esté para siempre fijado por algunos años de prueba –aun cuando no siempre dependía de nosotros alcanzar la perfección en la Tierra– tiene algo de desconsolador, mientras que la idea contraria es eminentemente consoladora, ya que nos deja la esperanza. De este modo, sin pronunciarnos en pro o en contra de la pluralidad de las existencias, sin admitir una hipótesis más que otra, decimos que, si se nos permitiese elegir, no habría nadie que prefiriese un juicio sin apelación. Un filósofo ha dicho que si Dios no existiese sería necesario inventarlo para la felicidad del género humano; lo mismo se podría decir de la pluralidad de las existencias. Pero, como lo hemos dicho, Dios no nos pide nuestro permiso, no consulta nuestro gusto: esto es o no es; veamos de qué lado están las probabilidades y enfoquemos la cuestión desde otro punto de vista, siempre haciendo abstracción de la enseñanza de los Espíritus y únicamente como estudio filosófico.
1. ¿Por qué el alma muestra aptitudes tan diversas e independientes de las ideas adquiridas a través de la educación?
2. ¿De dónde viene esa aptitud fuera de lo normal que tienen ciertos niños de corta edad para tal arte o Ciencia, mientras que otros permanecen inferiores o mediocres durante toda su vida?
3. ¿De dónde provienen las ideas innatas o intuitivas que existen en unos y no en otros?
4. ¿De dónde vienen, en ciertos niños, esos instintos precoces de vicios o de virtudes, esos sentimientos innatos de dignidad o de bajeza que contrastan con el medio en el cual han nacido?
5. Haciendo abstracción de la educación, ¿por qué ciertos hombres son más adelantados que otros?
6. ¿Por qué existen salvajes y hombres civilizados? Si tomáis a un niño hotentote recién nacido, y lo instruís en nuestros más renombrados liceos, ¿por qué nunca haréis de él un Laplace o un Newton?
Al contrario, admitamos una sucesión de existencias anteriores progresivas y todo se explica. Los hombres traen al nacer la intuición de lo que han adquirido; están más o menos adelantados según el número de existencias que han recorrido y según estén más o menos alejados del punto de partida: exactamente como sucede en una reunión de individuos de todas las edades, cada uno tendrá un desarrollo proporcional al número de años que haya vivido; las existencias sucesivas serán –para la vida del alma– lo que los años son para la vida del cuerpo. Reunid un día a mil individuos que tengan desde uno a ochenta años; suponed que se arroje un velo sobre todos los días anteriores y que, en vuestra ignorancia, los creáis a todos nacidos en el mismo día: naturalmente os preguntaréis cómo es que unos son grandes y otros pequeños, algunos viejos y otros jóvenes, unos instruidos y otros todavía ignorantes; pero si la nube que os oculta el pasado se disipa, si aprendéis que todos ellos han vivido más o menos tiempo, todo os será explicado. Dios, en su justicia, no podría haber creado almas más perfectas que otras; pero, con la pluralidad de las existencias, la desigualdad que vemos nada tiene de contrario con la equidad más rigurosa: es que sólo vemos el presente y no el pasado. ¿Se basa este razonamiento en un sistema, en una suposición gratuita? No; hemos partido de un hecho patente e indiscutible: la desigualdad de las aptitudes y del desarrollo intelectual y moral, y encontramos este hecho inexplicable por todas las teorías que están en curso, mientras que la explicación de esto es simple, natural y lógica, a través de otra teoría. ¿Es racional preferir la que no explica a la que explica?
1. Si únicamente nuestra existencia actual debe decidir nuestro destino, ¿cuál será, en la vida futura, la posición respectiva del salvaje y del hombre civilizado? ¿Se encontrarán en un mismo nivel o estarán distanciados en lo que respecta a la felicidad eterna?
2. El hombre que ha trabajado toda su vida para mejorarse, ¿está en el mismo nivel que aquel que ha permanecido inferior, no por su falta, sino porque no ha tenido ni el tiempo ni la posibilidad para mejorarse?
3. El hombre que hace mal porque no ha podido esclarecerse, ¿es responsable de un estado de cosas que no dependían de él?
4. Se trabaja para esclarecer a los hombres, para moralizarlos, para civilizarlos; pero por cada uno que se esclarece hay millones que mueren diariamente antes que la luz los haya alcanzado; ¿cuál es el destino de éstos? ¿Son tratados como réprobos? En caso contrario, ¿qué han hecho para merecer estar en el mismo nivel que los otros?
5. ¿Cuál es el destino de los niños que mueren en corta edad antes de haber podido hacer el bien o el mal? Si están entre los elegidos, ¿por qué este favor sin haber hecho nada para merecerlo? ¿Por qué privilegio están exentos de las tribulaciones de la vida?
1. ¿Por qué el hombre que tiene la firme intención de suicidarse se rebela ante la idea de ser muerto por otro, y se defendería contra los ataques en el mismo momento en que va a cumplir su propósito? – Resp. Porque el hombre tiene siempre miedo a la muerte; cuando se suicida está sobreexcitado, tiene la cabeza trastornada, y lleva a cabo ese acto sin coraje ni temor y –por así decirlo– sin tener conocimiento de lo que hace, mientras que si tuviese discernimiento no veríais tantos suicidios. El instinto del hombre lo lleva a defender su vida y, durante el tiempo que transcurre entre el instante en que su semejante se aproxima para matarlo y el momento en que el acto es cometido, hay siempre un movimiento de repulsión instintiva de la muerte que lo lleva a rechazar ese fantasma que no es pavoroso sino para el Espíritu culpable. El hombre que se suicida no experimenta ese sentimiento, porque está rodeado de Espíritus que lo instigan, que lo asisten en sus deseos y que le hacen perder completamente el recuerdo de que no es él mismo, o sea, el recuerdo de sus parientes, de aquellos que lo aman y de una otra existencia. En ese momento, el hombre es todo egoísmo.
2. Aquel que está hastiado de la vida, pero que no desea quitársela y quiere que su muerte sirva para algo, ¿es culpable de buscarla en un campo de batalla, defendiendo a su país? –Resp. Siempre. El hombre debe seguir el instinto que le es dado; cualquiera que sea el curso que siga, cualquiera que sea la vida que lleve, está siempre asistido por Espíritus que lo conducen y lo dirigen sin él saberlo; ahora bien, buscar ir en contra de sus consejos es un crimen, puesto que están ahí para dirigirnos y, cuando queremos obrar por nosotros mismos, esos buenos 303 Espíritus están allí para ayudarnos. Pero sin embargo, si el hombre – arrastrado por su propio Espíritu– quiere dejar esta vida, es abandonado, y reconoce su falta más tarde cuando se encuentra obligado a recomenzar otra existencia. Para elevarse, el hombre debe ser puesto a prueba; detener sus actos, poner obstáculos a su libre albedrío sería ir contra Dios y, en este caso, las pruebas se volverían inútiles, ya que los Espíritus no cometerían faltas. El Espíritu ha sido creado simple e ignorante; por lo tanto, para llegar a las esferas felices es necesario que progrese, que se eleve en ciencia y en sabiduría, y no es sino en la adversidad que el Espíritu adquiere la elevación del corazón y comprende mejor la grandeza de Dios.
3. Uno de los asistentes observó que cree ver una contradicción entre estas últimas palabras de san Luis y las precedentes, cuando él ha dicho que el hombre puede ser instigado al suicidio por ciertos Espíritus que a esto lo incitan. En este caso, cedería a un impulso que le sería extraño. –Resp. No hay contradicción. Cuando dije que el hombre instigado al suicidio estaba rodeado de Espíritus que a eso lo incitaban, no hacía referencia a los Espíritus buenos, que hacen todos los esfuerzos para desviarlo de esa idea; esto debería estar sobrentendido; todos nosotros sabemos que tenemos un ángel guardián o, si preferís, un guía familiar. Ahora bien, el hombre tiene su libre albedrío; si a pesar de los buenos consejos que le son dados persevera en esa idea que es un crimen, él la lleva a cabo y en esto es asistido por Espíritus ligeros e impuros que lo rodean, que están felices en ver que al hombre –o Espíritu encarnado– también le falta coraje para seguir los consejos de su buen guía y, a menudo, de los Espíritus de sus parientes muertos que lo rodean, sobre todo en semejantes circunstancias.
Conversaciones familiares del Más Allá
2. Nos habíais prometido volver para instruirnos; ¿tendríais la bondad de escucharnos y respondernos? –Resp. Yo no había prometido, ya que no me comprometí.
3. Está bien; en lugar de prometido, digamos que nos habéis hecho esperar. –Resp. O sea, para satisfacer vuestra curiosidad; ¡no importa! Estaré un poco a vuestra disposición.
4. Puesto que habéis vivido en el tiempo de los faraones, ¿podríais decirnos con qué objetivo han sido construidas las pirámides? – Resp. Son sepulcros; sepulcros y templos: allí tenían lugar las grandes manifestaciones.
5. ¿Tenían éstas también un objetivo científico? –Resp. No; el interés religioso lo absorbía todo.
6. En aquel tiempo era preciso que los egipcios fuesen muy avanzados en las artes mecánicas como para realizar trabajos que exigían fuerzas tan considerables. ¿Podríais darnos una idea de los medios que empleaban? –Resp. Masas de hombres han gemido bajo el peso de esas piedras que han atravesado los siglos: el hombre era la máquina.
7. ¿Qué clase de hombres se ocupaban de esos grandes trabajos? – Resp. Aquella clase que llamáis el pueblo.
8. ¿Estaba el pueblo en estado de esclavitud o recibía un salario? – Resp. La fuerza.
9. ¿De dónde le venía a los egipcios el gusto por las cosas colosales, en vez de por las cosas graciosas que distinguían a los griegos, pese a que tenían el mismo origen. –Resp. El egipcio estaba tocado por la grandeza de Dios; buscaba igualársele sobrepasando sus propias fuerzas. ¡Siempre el hombre!
10. Ya que en aquella época erais sacerdote, tened a bien decirnos algo sobre la religión de los antiguos egipcios. ¿Cuál era la creencia del pueblo con respecto a la Divinidad? –Resp. La creencia estaba corrupta, y el pueblo creía en sus sacerdotes; éstos, al mantenerlo doblegado, eran dioses para aquél.
11. ¿Qué pensaba el pueblo del estado del alma después de la muerte? –Resp. Creía en lo que le decían los sacerdotes.
12. ¿Tenían los sacerdotes ideas más sanas que el pueblo, desde el doble punto de vista de Dios y del alma? –Resp. Sí, tenían la luz en sus manos; mientras que la escondían de los otros, ellos la veían.
13. ¿Compartían los grandes del Estado las creencias del pueblo o la de los sacerdotes? –Resp. Estaban entre ambas.
14. ¿Cuál era el origen del culto rendido a los animales? –Resp. Querían desviar al hombre de Dios, rebajarlo en sí mismo, dándole por dioses a seres inferiores.
15. Hasta un cierto punto se concibe el culto a los animales útiles, ¡pero no se comprende el de animales inmundos y nocivos, tales como las serpientes, los cocodrilos, etc.! –Resp. El hombre adora a lo que teme. Era un yugo para el pueblo. ¿Podían los sacerdotes creer en dioses hechos con sus manos?
16. ¿Por qué extraña peculiaridad rendían culto al cocodrilo y a los reptiles, al mismo tiempo en que adoraban al icneumón y al ibis que los destruían? –Resp. Aberración del espíritu; en todas partes el hombre busca dioses para esconderse de lo que es.
17. ¿Por qué Osiris era representado con una cabeza de gavilán y Anubis con una cabeza de perro? –Resp. Al egipcio le gustaba personificar emblemas claros: Anubis era bueno; el gavilán que desgarra representaba al cruel Osiris.
18. ¿Cómo conciliar el respeto de los egipcios por los muertos, con el desprecio y el horror que tenían por aquellos que los amortajaban y momificaban? –Resp. El cadáver era un instrumento de manifestaciones: el Espíritu –según ellos– volvía al cuerpo que había animado. Al ser uno de los instrumentos del culto, el cadáver era consagrado, y el desprecio perseguía a aquel que se atrevía a violar la santidad de la muerte.
19. La conservación del cuerpo ¿daba lugar a manifestaciones más numerosas? –Resp. Más extensas; es decir, que el Espíritu volvía más tiempo, todo el tiempo en que el instrumento fuese dócil.
20. ¿No tenía también, la conservación del cuerpo, una causa de salubridad, en razón de las inundaciones del Nilo? –Resp. Sí, para los del pueblo.
21. La iniciación en los misterios, ¿se hacía en Egipto con prácticas tan rigurosas como en Grecia? –Resp. Más rigurosas.
22. ¿Con qué objetivo se imponía a los iniciados condiciones tan difíciles de cumplir? –Resp. Para sólo tener almas superiores: éstas sabían comprender y callar.
23. La enseñanza dada en los misterios, ¿tenía como único objetivo la revelación de cosas extrahumanas, o también se enseñaban los preceptos de la moral y del amor al prójimo? –Resp. Todo esto estaba muy corrupto. El objetivo de los sacerdotes era el de dominar: no el de instruir.
1. Evocación. –Resp. Estoy aquí.
2. ¿Tendríais la bondad de decirnos dónde estáis? –Resp. Estoy errante.
3. ¿Habéis muerto el 4 de junio de este año? –Resp. Del año pasado.
4. ¿Recordáis a vuestro amigo, el Sr. Jobard? –Resp. Sí, y a menudo estoy cerca de él.
5. Cuando yo le transmita esta respuesta le ha de agradar, porque siempre ha tenido por vos un gran afecto. –Resp. Lo sé; este Espíritu me es de los más simpáticos.
6. Cuando estabais encarnado, ¿qué pensabais que fuesen los gnomos? –Resp. Pensaba que eran seres que podían materializarse y tomar formas fantásticas.
7. ¿Aún lo creéis así? –Resp. Más que nunca: ahora tengo la certeza; pero gnomo es una palabra que parece tener demasiada relación con la magia; por eso prefiero decir ahora Espíritu que gnomo.
Nota – Cuando encarnado él creía en los Espíritus y en sus manifestaciones, únicamente que los designaba con el nombre de gnomos, mientras que ahora se sirve de la expresión más genérica de Espíritu.
8. ¿Todavía creéis que esos Espíritus, a los que en vida llamabais gnomos, puedan tomar formas materiales fantásticas? –Resp. Sí, pero sé que esto no se hace frecuentemente, porque hay personas que podrían volverse locas si viesen las apariencias que esos Espíritus pueden tomar.
9. ¿Qué apariencias pueden ellos tomar? –Resp. De animales, de diablos.
10. ¿Es una apariencia material tangible o puramente una apariencia como en los sueños o en las visiones? –Resp. Un poco más material que en los sueños; las apariciones que podrían asustar mucho no pueden ser tangibles; Dios no lo permite.
11. La aparición del Espíritu de Bergzabern, bajo la forma de hombre o de animal, ¿era de esta naturaleza? –Resp. Sí, de este género.
Nota – No sabemos si, cuando encarnado, él creía que los Espíritus podían tomar una forma tangible; pero es evidente que ahora quiere referirse a la forma vaporosa e impalpable de las apariciones.
12. ¿Creéis que iréis reencarnar en Júpiter? –Resp. Iré hacia un mundo que aún no se iguala a Júpiter.
13. ¿Es por vuestra propia opción que iréis a un mundo inferior a Júpiter, o es porque todavía no merecéis ir a este planeta? –Resp. Creo no merecerlo, prefiriendo cumplir una misión en un mundo menos adelantado. Sé que llegaré a la perfección, y es esto lo que me hace ser modesto.
14. El Sr. Jobard nos pide preguntaros si estáis satisfecho con el artículo necrológico que él ha escrito sobre vos. –Resp. Jobard me ha dado una nueva prueba de simpatía al escribir eso; se lo agradezco mucho, y deseo que la descripción –un poco exagerada– que hizo de mis virtudes y talentos pueda servir de ejemplo a aquellos que de entre vosotros siguen las huellas del progreso.
15. Ya que cuando encarnado erais homeópata, ¿qué pensáis ahora de la homeopatía? –Resp. La homeopatía es el comienzo del descubrimiento de los fluidos latentes. Muchos otros descubrimientos igualmente preciosos se harán y formarán un todo armonioso, que conducirá a vuestro globo a la perfección.
16. ¿Qué mérito atribuís a vuestro libro intitulado: Le Médecin du Peuple (El Médico del Pueblo)? –Resp. Es la piedra del obrero que he aportado a la obra.
En la sesión de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas del 28 de septiembre de 1858, el Espíritu Madame de Staël se comunicó espontáneamente y sin ser llamado, por la mano de la señorita E..., médium psicógrafa; dictó el siguiente pasaje:
Vivir es sufrir; sí, pero la esperanza ¿no sigue al sufrimiento? ¿No ha puesto Dios en el corazón de los más desgraciados una mayor dosis de esperanza? Criatura, el disgusto y la decepción siguen al nacimiento; pero delante marcha la Esperanza que le dice: Avanza, el objetivo es la felicidad: Dios es clemente.
Dicen los descreídos: ¿por qué venir a enseñarnos una nueva religión, cuando el Cristo ha establecido las bases de una caridad tan grandiosa, de una felicidad tan cierta? Nosotros no tenemos la intención de cambiar lo que el Gran Reformador ha enseñado. No: venimos apenas a fortalecer la conciencia, a aumentar las esperanzas. Cuanto más el mundo se civiliza, más debería tener confianza, y también nosotros tenemos más necesidad de sostenerlo. No queremos cambiar la faz del Universo: venimos a ayudar a volverlo mejor; y si en este siglo no se viene ayudar al hombre, será más desgraciado por la falta de confianza y de esperanza. Sí, hombre erudito que descubres lo que está en los otros, que buscas conocer lo que te importa poco y que arrojas lejos de ti lo que te concierne: abre los ojos y no desesperes; no digas que la nada puede ser posible, cuando en tu corazón deberías sentir lo contrario. Ven a sentarse a esta mesa y espera: en ella te 308 instruirás sobre tu futuro y serás feliz. Aquí hay pan para todo el mundo: Espíritu, os desarrollaréis; cuerpo, os alimentaréis; sufrimientos, os calmaréis; esperanzas, floreceréis y embelleceréis la verdad para hacerla soportable.
STAËL
Nota – El Espíritu hacía alusión a la mesa donde estaban los médiums.
Preguntadme, que responderé a vuestras cuestiones.
1. No estábamos aguardando vuestra visita; por eso es que no tenemos un tema preparado. –Resp. Sé muy bien qué preguntas particulares no pueden ser respondidas por mí; pero sí puedes preguntar cosas generales, ¡incluso a una mujer que ha tenido un poco de espíritu y que ahora tiene mucho corazón!
En ese momento, una señora que asistía a la sesión pareció desfallecer; pero era sólo una especie de éxtasis que, lejos de ser penoso, le era más bien agradable. Alguien se ofreció para magnetizarla: entonces el Espíritu Madame de Staël dijo espontáneamente: «–No, dejadla tranquila; es preciso dejar a la influencia actuar.» Después, dirigiéndose a la señora, le dijo: «Tened confianza, un corazón vela cerca vuestro; quiere hablaros; un día vendrá... No precipitemos las emociones».
El Espíritu que se comunicaba con esta señora, y que era el de su hermana, escribió entonces espontáneamente: «Volveré».
Dirigiéndose nuevamente a esa señora, Madame de Staël escribió: «Una palabra de consuelo para un corazón que sufre; ¿por qué esas lágrimas de mujer para una hermana? ¿Por qué ese regreso al pasado, cuando todos vuestros pensamientos solamente deberían ir hacia el futuro? Vuestro corazón sufre, vuestra alma tiene necesidad de dilatarse. ¡Pues bien! ¡Que esas lágrimas sean un alivio y no un producto de lamentos! ¡Aquella que os ama y que lloráis está contenta con vuestra felicidad! Esperad, que un día os reuniréis a ella. Vos no la veis, pero para ella no hay separación, porque constantemente puede estar cerca vuestro».
2. ¿Quisierais decirnos lo que pensáis actualmente de vuestros escritos? –Resp. Una sola palabra os esclarecerá. Si yo volviese y pudiese recomenzar, cambiaría dos tercios de los mismos y solamente conservaría uno.
3. ¿Podríais señalar las cosas que desaprobáis? –Resp. No con mucha exigencia, porque lo que no fuere justo, otros escritores cambiarán: fui demasiado hombre para una mujer.
4. ¿Cuál era la causa primera del carácter viril que mostrabais cuando encarnada? –Resp. Eso depende de la fase de existencia en que se está. En la siguiente sesión del 12 de octubre se le dirigió las siguientes preguntas por intermedio del Sr. D..., médium psicógrafo.
5. El otro día habéis venido espontáneamente entre nosotros por intermedio de la señorita E... ¿Tendríais la bondad de decirnos cuál ha sido el motivo que os llevó a favorecernos con vuestra presencia sin que os hayamos llamado? –Resp. La simpatía que tengo por todos vosotros; es, al mismo tiempo, el cumplimiento de un deber que me he impuesto en mi existencia actual, o más bien en mi existencia pasajera, puesto que soy llamada a revivir: éste es, además, el destino de todos los Espíritus.
6. ¿Es más agradable para vos venir espontáneamente o ser evocada? –Resp. Prefiero ser evocada, porque es una prueba de que han pensado en mí; pero sabéis también que es agradable para el Espíritu liberado poder conversar con el Espíritu del hombre: es por eso que no debéis sorprenderos por haberme visto venir de pronto entre vosotros.
7. ¿Hay ventaja en evocar a los Espíritus en vez de esperar que vengan por sí mismos? –Resp. Al evocarlos se tiene un objetivo; dejándolos que vengan, se corre el gran riesgo de tener comunicaciones imperfectas bajo muchos aspectos, porque tanto vienen los malos como los buenos.
8. ¿Ya os habéis comunicado en otros Círculos? –Resp. Sí; pero me han hecho aparecer más frecuentemente de lo que yo hubiera querido; es decir que, a menudo, han tomado mi nombre.
9. ¿Tendríais la bondad de venir algunas veces entre nosotros a dictarnos algunos de vuestros bellos pensamientos, que estaremos felices en reproducir para la instrucción general? –Resp. De buen grado; con placer vengo entre aquellos que trabajan seriamente para instruirse: mi llegada del otro día es una prueba de esto.
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«Entonces le escribí a la Sra. Patterson –mi prima recientemente descubierta– y le envié una copia daguerrotipada del retrato que nos decían ser el de su padre. En la carta a mi tío de Brownsville yo no había dicho nada del objeto principal de mis averiguaciones, y tampoco dije nada a la Sra. Patterson: ni por qué yo le enviaba ese retrato, ni cómo lo había obtenido, ni quién era la persona allí pintada; simplemente le preguntaba a mi prima si en él reconocía a alguien. Ella respondió que no podía ciertamente decirme de quién era ese retrato, pero me aseguraba que se parecía a su padre en la época de su muerte. Enseguida le escribí que nosotros también lo habíamos tomado como si fuese el retrato de su padre, pero sin decirle cómo lo habíamos obtenido. En esencia, la respuesta de mi prima decía que en la copia daguerrotipada que le había enviado, todos habían reconocido a su padre antes de que yo le hubiera dicho que era él que estaba pintado. Mi prima se quedó muy sorprendida de que yo tuviera un retrato de su padre, cuando ella misma nunca había tenido alguno, y de que su padre jamás le hubiese dicho que él había mandado hacer su retrato por quienquiera que fuese. Ella nunca hubiera creído que existiese alguno. Se mostró muy satisfecha con lo que le envié, sobre todo por causa de sus hijos, que tienen mucha veneración por la memoria de su padre.
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PREFACIO DEL EDITOR
En el transcurso del año 1856, las experiencias de manifestaciones espíritas que se hacían en la casa del Sr. B..., calle Lamartine, atraían a una asistencia numerosa y selecta. Los Espíritus que se comunicaban en ese Círculo eran más o menos serios; algunos han dicho allí cosas de una admirable sabiduría, de una notable profundidad, las cuales se puede juzgar por El Libro de los Espíritus que ahí fue comenzado y hecho en su mayor parte. Otros eran menos graves; su humor jovial se prestaba con gusto a las bromas, pero a bromas de buen tono, que nunca se apartaban de la compostura. De este número era Frédéric Soulié, que ha venido por sí mismo y sin ser invitado, pero cuyas visitas inesperadas eran siempre un pasatiempo agradable para los asistentes. Su conversación era espirituosa, fina, mordaz, adecuada y jamás ha desmentido al autor de Les Mémoires du diable; además, él nunca se vanaglorió, y cuando se le dirigían algunas preguntas un poco difíciles de filosofía, reconocía francamente su insuficiencia para resolverlas, diciendo que él era aún muy ligado a la materia, y que prefería lo alegre a lo serio.
A. K.
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Una noche olvidada
Había en Bagdad una mujer del tiempo de Aladino; es su historia la que voy a contar:
El visitante se quedó un instante confundido, sin saber si debía entrar en el pasillo sombrío que se presentaba ante sus ojos. En fin, armándose de coraje, penetró con audacia. Después de andar a tientas unos treinta pasos, se encontró frente a una puerta que daba a una sala, solamente iluminada por una lámpara de cobre de tres brazos, suspendida del centro del techo.
ALLAN KARDEC
Diciembre
Uno de los miembros de la Sociedad nos da a conocer una carta de uno de sus amigos de Boulogne-sur-Mer, en la cual leemos el siguiente pasaje. Esta carta data del 26 de julio de 1856.
«Desde que por órdenes de los Espíritus he magnetizado a mi hijo, éste se ha vuelto un médium muy raro; por lo menos es lo que él me ha revelado en estado sonambúlico, en el cual yo lo había puesto a petición suya el 14 de mayo último, y cuatro o cinco veces después.
«Para mí está fuera de duda que, despierto, mi hijo conversa libremente con los Espíritus que desea, por intermedio de su guía, que él llama familiarmente de amigo; que a voluntad él se transporta en Espíritu adonde quiere, y voy a citaros un hecho del cual tengo pruebas escritas en mis manos.
«Hace hoy exactamente un mes, estábamos los dos en el comedor. Yo leía el curso de Magnetismo del Sr. Du Potet, cuando mi hijo tomó el libro y lo hojeó; al llegar a un cierto trecho, su guía le dijo al oído: Lee esto. Era la historia de un doctor de América, cuyo Espíritu había visitado a un amigo a 15 ó 20 leguas de allí, mientras dormía. Después de haberlo leído, mi hijo dijo: Me gustaría hacer un pequeño viaje semejante. –¡Pues bien! ¿Adónde quieres ir? –le dijo su guía. –A Londres, respondió mi hijo, a ver a mis amigos, y nombró a aquellos que deseaba visitar.
«Mañana es domingo, fue la respuesta; no estás obligado a levantarte temprano para trabajar. Dormirás a las ocho e irás a viajar a Londres hasta las ocho y media. El próximo viernes recibirás una carta de tus amigos que te harán reproches por haberte quedado tan poco tiempo con ellos.
«Efectivamente, al día siguiente por la mañana, a la hora indicada, se durmió con un sueño muy pesado; a las ocho y media lo desperté: él no se acordaba de nada; por mi parte, no dije una palabra, esperando el resultado.
«El viernes siguiente yo trabajaba en una de mis máquinas y, como de hábito, fumaba, después de almorzar; al observar el humo de la pipa, mi hijo me dijo: ¡Mira! Hay una carta en el humo. – ¿Cómo ves una carta en el humo? –Tú vas a verla, respondió, porque he aquí al cartero que la trae. Efectivamente, el cartero venía a entregar una carta de Londres, en la cual los amigos de mi hijo le reprochaban por haber pasado con ellos solamente algunos momentos el domingo anterior, de las ocho a las ocho y media, relatando una multitud de detalles que sería demasiado largo repetir aquí, entre los cuales el hecho singular de haber comido con ellos. Tengo la carta –como os lo he dicho– que prueba que no he inventado nada.»
Después de haber sido contado el caso anterior, uno de los asistentes dijo que la Historia relata varios hechos semejantes. Citó a san Alfonso de Ligorio, que fue canonizado antes del tiempo requerido, por haberse mostrado simultáneamente en dos lugares diferentes, lo que fue considerado un milagro.
San Antonio de Padua se encontraba en España, y en el momento en que predicaba, su padre (en Padua) marchaba al suplicio, acusado de asesinato. En ese momento san Antonio aparece, demuestra la inocencia de su padre, y da a conocer al verdadero criminal, que más tarde sufrió su castigo. Fue constatado que san Antonio estaba en ese mismo momento en España.
Al haber sido evocado san Alfonso de Ligorio, le hemos dirigido las siguientes preguntas:
1. ¿Es real el hecho por el cual habéis sido canonizado? –Resp. Sí.
2. ¿Es excepcional este fenómeno? –Resp. No; puede presentarse en todos los individuos desmaterializados.
3. ¿Era ése un justo motivo para canonizaros? –Resp. Sí, ya que por mi virtud me había elevado hacia Dios; sin esto no hubiese podido transportarme a dos lugares al mismo tiempo.
4. ¿Merecerían ser canonizados todos los individuos en los cuales este fenómeno se presenta? –Resp. No, porque todos no son igualmente virtuosos.
5. ¿Podríais darnos la explicación de este fenómeno? –Resp. Sí; el hombre, cuando por su virtud se ha desmaterializado completamente y ha elevado su alma hacia Dios, puede aparecer en dos lugares al mismo tiempo; he aquí cómo: el Espíritu encarnado, sintiendo venir el sueño, puede pedir a Dios para transportarse a cualquier lugar. Su Espíritu o alma –como queráis llamarlo– abandona entonces su cuerpo, seguido de una parte de su periespíritu, y deja la materia inmunda en un estado parecido al de la muerte. Digo parecido al de la muerte, porque ha quedado en el cuerpo un lazo que une el periespíritu y el alma a la materia física, y este lazo no puede ser definido. Por lo tanto, el cuerpo aparece en el lugar deseado. Creo que es todo lo que deseáis saber.
6. Esto no nos da la explicación de la visibilidad y de la tangibilidad del periespíritu. –Resp. Al encontrarse el Espíritu desprendido de la materia, según su grado de elevación, puede hacer tangible la materia.
7. Sin embargo, ciertas apariciones tangibles de manos y de otras partes del cuerpo pertenecen evidentemente a los Espíritus de un orden inferior. –Resp. Son los Espíritus superiores que se sirven de Espíritus inferiores para probar la cuestión.
8. ¿Es indispensable el sueño del cuerpo para que el Espíritu aparezca en otros lugares? –Resp. El alma puede dividirse cuando se siente trasladada a un lugar diferente de aquel en que se encuentra el cuerpo.
9. ¿Qué le sucedería a un hombre que está inmerso en el sueño, mientras que su Espíritu aparece en otra parte, si él fuese despertado súbitamente? –Resp. Esto no sucedería, porque si alguien tuviera la intención de despertarlo, el Espíritu volvería al cuerpo y habría de prever la intención, puesto que el Espíritu lee el pensamiento.
Tácito relata un hecho análogo:
Durante los meses que Vespasiano pasó en Alejandría para esperar el retorno periódico de los vientos de verano y de la estación en que el mar se vuelve seguro, sucedieron varios prodigios, a través de los cuales se manifestó el favor del cielo y el interés que los dioses parecían tener por este príncipe...
Estos prodigios aumentaron en Vespasiano el deseo de visitar la sagrada morada del dios para consultarlo sobre asuntos del imperio. Ordenó que el templo fuese cerrado para todos: habiendo allí entrado, y totalmente atento a lo que iba a pronunciar el oráculo, percibió detrás de él a uno de los principales egipcios, llamado Basílides, que sabía que estaba enfermo a muchas jornadas de Alejandría. Se informó con los sacerdotes si Basílides había venido ese día al templo; se informó con los transeúntes si lo habían visto en la ciudad; en fin, envió hombres a caballo y se aseguró que en ese mismo momento él estaba a ochenta millas de distancia. Entonces, no dudó más de que la visión había sido sobrenatural, y el nombre de Basílides le sirvió de oráculo. (TÁCITO. Historias, libro IV, caps. 81 y 82. Traducción de Burnouf.)
Después de que esta comunicación nos fue dada, varios hechos del mismo género –cuya fuente es auténtica– nos han sido contados, y entre ellos están los más recientes, que por así decirlo han tenido lugar en nuestro medio, y que se presentaron en las circunstancias más singulares. Las explicaciones a las que dieron lugar amplían singularmente el campo de las observaciones psicológicas.
La cuestión de los hombres dobles, relegada antiguamente a los cuentos fantásticos, parece así tener un fondo de verdad. Próximamente volveremos sobre el tema.
Sensaciones de los Espíritus.
¿Sufren los Espíritus? ¿Qué sensaciones tienen? Tales las preguntas que nos son naturalmente dirigidas y a las que vamos a tratar de resolver. En principio, debemos decir que para esto no nos hemos contentado con las respuestas de los Espíritus; a través de numerosas observaciones, debemos tomar, en cierto modo, las sensaciones basadas en un hecho.
En una de nuestras reuniones, y poco después de que san Luis nos hubo dado la bella disertación sobre La avaricia, que hemos incluido en nuestro número del mes de febrero, uno de los socios contó el siguiente hecho, con referencia a esta misma disertación.
«Estábamos ocupados –dijo él– con evocaciones en una pequeña reunión de amigos, cuando inesperadamente se presentó, y sin que lo hubiésemos llamado, el Espíritu de un hombre que habíamos conocido mucho y que, cuando encarnado, habría podido servir de modelo al retrato del avaro trazado por san Luis; era uno de esos hombres que viven miserablemente en medio de la fortuna, que se priva no por los otros, sino para amontonar sin provecho para nadie. Era invierno y estábamos cerca del fuego; de repente este Espíritu nos recordó su nombre, en el cual de ninguna manera pensábamos, y nos pidió permiso para venir durante tres días a calentarse en nuestro hogar de leña, diciendo que sufría horriblemente el frío que él voluntariamente había soportado durante su existencia, y que había hecho soportar a los otros por su avaricia. Será un alivio que yo tenga –agregó–, si consentís en concedérmelo.»
Este Espíritu experimentaba, pues, una penosa sensación de frío; pero ¿cómo la sentía? Ahí estaba la dificultad. Al respecto, dirigimos a san Luis las siguientes preguntas:
–¿Tendríais a bien decirnos cómo este Espíritu avaro, que no tenía más el cuerpo material, podía sentir frío y pedir para calentarse? – Resp. Puedes imaginarte los sufrimientos del Espíritu por sus sufrimientos morales.
–Concebimos los sufrimientos morales, como los disgustos, los remordimientos, la vergüenza; pero el calor y el frío, el dolor físico, no son efectos morales; ¿experimentan los Espíritus estas especies de sensaciones? –Resp. ¿Siente tu alma el frío? No; pero tiene la conciencia de la sensación que actúa sobre el cuerpo.
–Parecería resultar de esto que ese Espíritu avaro no sentía un frío efectivo; sino que tenía el recuerdo de la sensación del frío que había soportado, y que ese recuerdo, siendo para él como una realidad, se volvía un suplicio. –Resp. Es casi eso. Queda claro que hay una distinción –que comprendéis perfectamente– entre el dolor físico y el dolor moral; es preciso que no se confunda el efecto con la causa.
–Si comprendimos bien, en nuestra opinión se podría explicar la cuestión de la siguiente manera:
El cuerpo es el instrumento del dolor; si no es la causa primera, al menos es la causa inmediata. El alma tiene la percepción de ese dolor: esta percepción es el efecto. El recuerdo que conserva de esto puede ser tan penoso como la realidad, pero no puede tener una acción física. Efectivamente, ni el frío ni el calor intensos pueden desorganizar los tejidos del alma: ésta no puede helarse, ni quemarse. ¿No vemos todos los días que el recuerdo o la aprensión de un mal físico produce el efecto de la realidad, ocasionando incluso la muerte? Todos saben que las personas amputadas sienten dolor en el miembro que no existe más. Ciertamente que dicho miembro de ningún modo es la sede del dolor, ni aun su punto de partida. Es que el cerebro ha conservado del mismo la impresión: he aquí todo. Se puede creer, pues, que hay algo de análogo en el sufrimiento de los Espíritus después de la muerte. ¿Son justas estas reflexiones?
–Resp. Sí; pero más adelante lo comprenderéis mejor todavía. Esperad que nuevos hechos vengan a proporcionaros nuevos asuntos de observación, y entonces podréis extraer de ellos consecuencias más completas.
Esto sucedía a comienzos del año 1858; en efecto, desde entonces un estudio más profundo del periespíritu –que desempeña un papel tan importante en todos los fenómenos espíritas y el cual no había sido tenido en cuenta: las apariciones vaporosas o tangibles, el estado del Espíritu en el momento de la muerte, la idea tan frecuente en el Espíritu de que todavía se encuentra encarnado, el cuadro tan impresionante de los suicidas, de los ajusticiados, de las personas absorbidas en los goces materiales, y tantos otros hechos– ha venido a arrojar luz sobre esta cuestión y ha dado lugar a explicaciones cuyo resumen damos aquí.
El periespíritu es el lazo que une el Espíritu a la materia del cuerpo: es extraído del medio ambiente, del fluido universal; se relaciona a la vez con la electricidad, con el fluido magnético y, hasta un cierto punto, con la materia inerte. Se podría decir que es la quintaesencia de la materia; es el principio de la vida orgánica, pero no el de la vida intelectual: la vida intelectual está en el Espíritu. Además, es el agente de las sensaciones exteriores. En el cuerpo, esas sensaciones están localizadas en los órganos que les sirven de canales. Al destruirse el cuerpo, las sensaciones son generales. He aquí por qué el Espíritu no dice que le duele la cabeza más que los pies. Por otro lado, es preciso tener cuidado para no confundir las sensaciones del periespíritu –que se volvió independiente– con las del cuerpo: no podemos tomar estas últimas sino como término de comparación y no como analogía. Un exceso de calor o de frío puede desorganizar las tejidos del cuerpo; entretanto, no puede llevar ningún daño al periespíritu. Desprendido del cuerpo, el Espíritu puede sufrir, pero este sufrimiento no es el del cuerpo: sin embargo, no es exclusivamente un sufrimiento moral, como el remordimiento, puesto que se queja del frío y del calor; no sufre más en invierno que en verano: nosotros los hemos visto atravesar las llamas sin sentir nada de penoso; por lo tanto, la temperatura no ejerce sobre ellos ninguna impresión. El dolor que sienten, por lo tanto, no es un dolor físico propiamente dicho: es un vago sentimiento íntimo, del cual el propio Espíritu no siempre se da perfecta cuenta, precisamente porque el dolor no está localizado y no es producido por agentes exteriores; es más bien un recuerdo que una realidad, pero un recuerdo bastante penoso. No obstante, hay algunas veces algo más que un recuerdo, como vamos a ver.
La experiencia nos enseña que, en el momento de la muerte, el periespíritu se desprende más o menos lentamente del cuerpo; durante los primeros instantes, el Espíritu no se explica su situación, no cree estar muerto: se siente vivo; ve su cuerpo al lado, sabe que es el suyo, pero no comprende que de él esté separado; este estado dura el tiempo en que exista un lazo entre el cuerpo y el periespíritu. Téngase a bien reportarse a la evocación del suicida de los baños de la Samaritana, que hemos relatado en nuestro número de junio. Como todos los otros, él decía: No, no estoy muerto, y agregaba: Y, sin embargo, siento que me roen los gusanos. Ahora bien, seguramente los gusanos no roían el periespíritu, y menos aún el Espíritu, sino el cuerpo. Pero como la separación del cuerpo y del periespíritu no era completa, resultaba de esto una especie de repercusión moral que le transmitía la sensación de lo que en el cuerpo estaba sucediendo. Repercusión tal vez no sea la palabra, porque podría hacer creer en un efecto demasiado material; es más bien la visión de lo que pasaba en su cuerpo –al cual se ligaba su periespíritu– que producía en él una ilusión que tomaba por realidad. Por consiguiente, no era un recuerdo, ya que en vida no había sido roído por los gusanos: era su sentimiento actual. Vemos por esto las deducciones que se pueden sacar de los hechos cuando son atentamente observados. Cuando está encarnado, el cuerpo recibe las impresiones exteriores y las transmite al Espíritu por intermedio del periespíritu que, probablemente, constituye lo que es llamado fluido nervioso. Al estar el cuerpo muerto ya no siente más nada, porque en él no hay más Espíritu ni periespíritu. Desprendido del cuerpo, el periespíritu experimenta la sensación, pero como no le llega más por un canal limitado, se hace general. Ahora bien, como en realidad no es sino un agente de transmisión –puesto que es el Espíritu quien tiene conciencia–, resulta de ello que si el periespíritu pudiera existir sin el Espíritu, aquél no sentiría más que el cuerpo cuando está muerto; del mismo modo que si el Espíritu no tuviera periespíritu, sería inaccesible a toda sensación penosa; es lo que sucede con los Espíritus completamente purificados. Sabemos que cuanto más ellos se purifican, tanto más etérea se vuelve la esencia del periespíritu; de donde se deduce que la influencia material disminuye a medida que el Espíritu progresa, es decir, a medida que el propio periespíritu se vuelve menos grosero.
Pero –se dirá– las sensaciones agradables son transmitidas al Espíritu por el periespíritu, como las sensaciones desagradables; ahora bien, si el Espíritu puro es inaccesible a unas, debe serlo igualmente a las otras. Sí, sin duda, para las que provienen únicamente de la influencia de la materia que conocemos; el sonido de nuestros instrumentos, el perfume de nuestras flores no le producen ninguna impresión, y sin embargo él tiene sensaciones íntimas de un encanto indefinible, del cual ninguna idea podemos hacernos, porque en este aspecto somos como ciegos de nacimiento en relación a la luz; sabemos que existen, pero ¿por cuál medio? Allí se detiene por ahora nuestra ciencia. Sabemos que hay percepciones, sensaciones, audiciones, visiones, que estas facultades son atributos de todo el ser, y no de una parte de éste, como en el hombre; pero una vez más preguntamos: ¿por cuál intermediario? Es lo que no sabemos. Los propios Espíritus no pueden explicárnoslo, porque nuestro lenguaje no ha sido hecho para expresar ideas que no tenemos, como tampoco un pueblo de ciegos tendría términos para expresar los efectos de la luz; lo mismo ocurriría con el lenguaje de los salvajes, en el cual no hay términos para expresar nuestras artes, nuestras Ciencias y nuestras doctrinas filosóficas.
Al decir que los Espíritus son inaccesibles a las impresiones de nuestra materia, queremos hablar de los Espíritus muy elevados, cuya envoltura etérea no tiene analogía en la Tierra. No sucede lo mismo con aquellos cuyo periespíritu es más denso; éstos perciben nuestros sonidos y nuestros olores, pero no a través de una parte limitada de su individualidad, como cuando encarnados. Se podría decir que las vibraciones moleculares se hacen sentir en todo su ser y llegan así a su sensorium commune, que es el propio Espíritu, aunque de una manera diferente y quizá también con una impresión diferente, lo que produce una modificación en la percepción. Ellos escuchan el sonido de nuestra voz y, sin embargo, nos comprenden sin la ayuda de la palabra, por la sola transmisión del pensamiento; esto viene en apoyo a lo que dijimos: que dicha percepción es tanto más fácil cuanto más desmaterializado es el Espíritu. En cuanto a la visión, ésta es independiente de nuestra luz. La facultad de ver es un atributo esencial del alma: para ella no hay oscuridad; entretanto, es más amplia, más penetrante en aquellos que están más purificados. El alma, o Espíritu, tiene por lo tanto en sí misma la facultad de todas las percepciones; durante la vida corporal están obstruidas por la grosería de nuestros órganos; en la vida extracorpórea lo son cada vez menos, a medida que la envoltura semimaterial se vuelve más etérea.
Esta envoltura, extraída del medio ambiente, varía según la naturaleza de los mundos. Al pasar de un mundo a otro, los Espíritus cambian de envoltura como nosotros cambiamos de ropa al pasar del invierno al verano, o del polo al ecuador. Los Espíritus más elevados, cuando vienen a visitarnos, revisten por lo tanto el periespíritu terrestre y desde entonces sus percepciones se operan como comúnmente sucede con nuestros Espíritus; pero todos, inferiores como superiores, sólo escuchan y sienten lo que quieren escuchar o sentir. Sin tener órganos sensitivos, ellos pueden a voluntad hacer que sus percepciones se vuelvan activas o nulas; tan sólo una cosa están obligados a escuchar: los consejos de los buenos Espíritus. La vista es siempre activa, pero pueden recíprocamente volverse invisibles unos a los otros. Según la clase que ocupen, pueden ocultarse de aquellos que le son inferiores, pero no de los que le son superiores. En los primeros momentos que siguen a la muerte, la vista del Espíritu es siempre turbada y confusa; se va aclarando a medida que se desprende, y puede adquirir la misma claridad que cuando estaba encarnado, independientemente de la posibilidad de penetrar a través de los cuerpos que para nosotros son opacos. En lo que respecta a la extensión de su visión a través del espacio infinito, en el pasado y en el futuro, depende del grado de pureza y de elevación del Espíritu.
Se dirá que toda esta teoría no es muy tranquilizadora. Pensábamos que una vez despojados de nuestra grosera envoltura – instrumento de nuestros dolores– no sufriríamos más, y he aquí que nos enseñáis que todavía habremos de sufrir; sea de una manera o de otra, eso no es sufrir menos. ¡Ay de nosotros! Sí, podemos todavía sufrir, y mucho, y por un largo tiempo, pero también podemos no sufrir más, incluso desde el instante en que dejamos esta vida corporal.
Los sufrimientos de este mundo son a veces independientes de nosotros, pero muchos son la consecuencia de nuestra voluntad. Si nos remontamos a la fuente, veremos que el mayor número de ellos es efecto de causas que hubiéramos podido evitar. ¡Cuántos males, cuántas enfermedades el hombre debe a sus excesos, a su ambición, en una palabra, a sus pasiones! El hombre que haya vivido siempre con sobriedad, sin abusar de nada, que siempre haya sido simple en sus gustos, modesto en sus deseos, se ahorrará muchas tribulaciones. Sucede lo mismo con el Espíritu; los sufrimientos que padece son siempre la consecuencia de la manera con la que ha vivido en la Tierra; sin duda, no tendrá más la gota ni el reumatismo, pero tendrá otros sufrimientos que no son menores. Hemos visto que sus sufrimientos son el resultado de los lazos que todavía existen entre él y la materia; que cuanto más desprendido está de la influencia de la materia –dicho de otro modo–, cuanto más desmaterializado se encuentra, menos penosas son sus sensaciones; ahora bien, depende de él liberarse de dicha influencia desde esta vida; tiene libre albedrío y, por consecuencia, puede elegir entre hacer o no hacer; que dome sus pasiones animales, que no tenga odio, ni envidia, ni celos, ni orgullo; que no se deje dominar por el egoísmo, que purifique su alma con buenos sentimientos, que haga el bien y que no dé a las cosas de este mundo más importancia de la que merecen, y entonces –incluso bajo su envoltura corporal– ya estará purificado, ya estará desprendido de la materia, y cuando deje esa envoltura no sufrirá más su influencia; los sufrimientos físicos que haya experimentado no le dejarán ningún recuerdo penoso ni le quedará de ellos ninguna impresión desagradable, porque sólo afectaron al cuerpo y no al Espíritu; se sentirá feliz al verse liberado, y la calma de su conciencia lo librará de todo sufrimiento moral. Al respecto hemos interrogado a miles de Espíritus que han pertenecido a todas las categorías de la sociedad, a todas las posiciones sociales; los hemos estudiado en todos los períodos de su vida espírita, desde el instante en que dejaron su cuerpo; los hemos seguido paso a paso en esa vida del Más Allá para observar los cambios que se operaban en ellos, en sus ideas, en sus sensaciones, y en este aspecto los hombres más vulgares han sido los que nos proporcionaron los temas de estudio más preciosos. Ahora bien, siempre hemos visto que los sufrimientos están en relación con la conducta, cuyas consecuencias sufren, y que esa nueva existencia es la fuente de una dicha inefable para los que han seguido el buen camino; de donde se deduce que aquellos que sufren es porque así lo han querido, y que no deben culparse sino a sí mismos, tanto en el otro mundo como en éste.
Ciertos críticos han ridiculizado algunas de nuestras evocaciones, como por ejemplo la de El asesino Lemaire, encontrando singular el hecho de que nos ocupemos de seres tan innobles, cuando hay tantos Espíritus superiores a nuestra disposición. Ellos se olvidan que de algún modo es con esto que hemos aprendido la naturaleza del hecho o –mejor dicho– en su ignorancia de la ciencia espírita, ellos no ven en estas conversaciones sino una charla más o menos divertida, cuyo alcance no comprenden. Hemos leído en alguna parte que un filósofo decía, después de haber conversado con un campesino: He aprendido más con este rústico campesino que con todos los letrados; es que él sabía ver otra cosa más allá de la superficie. Para el observador nada está perdido; encuentra útiles enseñanzas hasta en la criptógama que crece en el estiércol. ¿Se rehúsa el médico a tocar una herida horrenda cuando se trata de profundizar la causa del mal?
Agreguemos todavía una palabra al respecto. Los sufrimientos del Más Allá tienen un término; sabemos que al Espíritu más inferior le es dado elevarse y purificarse por medio de nuevas pruebas; esto puede ser largo, muy largo, pero depende de él abreviar ese tiempo penoso, porque Dios lo escucha siempre si aquél se somete a su voluntad. Cuanto más desmaterializado está el Espíritu, más vastas y lúcidas son sus percepciones; cuanto más se encuentra bajo el imperio de la materia –lo que depende enteramente de su género de vida terrestre–, más limitadas y veladas están ellas; tanto la visión moral de uno se extiende hacia el infinito, como la del otro se restringe. Por lo tanto, los Espíritus inferiores sólo tienen una noción vaga, confusa, incompleta y frecuentemente nula del futuro; no ven el término de sus sufrimientos: es por esto que creen sufrir siempre, y eso todavía es para ellos un castigo. Si la posición de unos es aflictiva, inclusive terrible, no es sin embargo desesperante; la de los otros es eminentemente consoladora; por lo tanto, está en nosotros elegir. Esto es de la más alta moralidad. Los escépticos dudan de lo que nos espera después de la muerte; nosotros les mostramos lo que ésta es, y con eso creemos prestarles un servicio; también hemos visto a más de uno salir de su error, o al menos ponerse a reflexionar sobre lo que anteriormente criticaban. No hay nada como esto para darse cuenta de la posibilidad de las cosas. Si fuera siempre así no habría tantos incrédulos, y la religión y la moral pública ganarían con eso. Para muchos, la duda religiosa viene de la dificultad de comprender ciertas cosas; son espíritus positivos que no están organizados para la fe ciega, que solamente admiten lo que para ellos tiene una razón de ser. Volved estas cosas accesibles a su inteligencia, y ellos las aceptarán, porque en el fondo no piden más que creer, siendo que para ellos la duda es una situación más penosa de lo que se cree o de lo que ellos consienten en decir.
En todo lo anteriormente dicho no hay nada de sistemas, ni de ideas personales; tampoco fueron algunos Espíritus privilegiados los que nos han dictado esta teoría: es el resultado de estudios hechos acerca de individualidades, corroboradas y confirmadas por Espíritus cuyo lenguaje no puede dejar duda sobre su superioridad. Nosotros los juzgamos por sus palabras y no por el nombre que llevan o por el que pueden ostentar.
Disertaciones del Más Allá
El sueño libera parcialmente el alma del cuerpo. Al dormir, estamos momentáneamente en el estado en que uno se encuentra de manera permanente después de la muerte. Los Espíritus que al desencarnar se desprendieron rápidamente de la materia han tenido sueños inteligentes; cuando dormían, se reunían con la sociedad de otros seres superiores a ellos: viajaban, conversaban y se instruían con los mismos; incluso trabajaban en obras que encontraron concluidas al morir. Esto debe enseñaros una vez más a no temer la muerte, puesto que morís todos los días, según las palabras de un santo.
Esto con respecto a los Espíritus elevados; pero para la masa de los hombres que, con la muerte, deben permanecer largas horas en turbación –en esa incertidumbre de que os han hablado–, van a mundos inferiores a la Tierra, adonde antiguos afectos los llaman, o a buscar placeres quizá todavía más bajos que los que aquí tienen; van a beber doctrinas aún más viles, más innobles y más nocivas que las que profesan en vuestro medio. Y lo que forma la simpatía en la Tierra no es otra cosa que el hecho de sentirnos, al despertar, vinculados por el corazón a aquellos con quienes acabamos de pasar simplemente 8 ó 9 horas de felicidad o de placer. Lo que explica también esas antipatías invencibles es saber que, en el fondo del corazón, esas personas tienen una conciencia diferente de la nuestra, porque se las conoce sin haberlas visto jamás con los ojos. Es esto aun lo que explica la indiferencia, puesto que no se desea hacer nuevos amigos cuando se sabe que existen otros que os aman y os aprecian. En una palabra, el sueño influye en vuestra vida más de lo que pensáis.
Por efecto del sueño los Espíritus encarnados están siempre en relación con el mundo de los Espíritus, y esto es lo que hace que los Espíritus superiores consientan –sin demasiada repulsión– encarnarse entre vosotros. Dios ha querido que ellos, durante su contacto con el vicio, puedan ir a fortalecerse en la fuente del bien, para no fallar, ya que vienen a instruir a los otros. El sueño es la puerta que Dios les ha abierto hacia los amigos del cielo; es la recreación después del trabajo, a la espera de la gran libertad, la liberación final que debe volverlos a su verdadero medio.
El sueño es el recuerdo de lo que vuestro Espíritu ha visto mientras el cuerpo dormía; pero tened en cuenta que no siempre soñáis, porque no os acordáis siempre de lo visteis, o de todo lo que habéis visto. Vuestra alma no está en todo su desarrollo; a menudo no es más que el recuerdo del problema que acompaña a vuestra partida o a vuestro retorno, a lo que se agrega el recuerdo de lo que habéis hecho o de lo que os preocupa en el estado de vigilia; sin esto, ¿cómo explicaríais esos sueños absurdos que tienen los más instruidos como los más simples? Los Espíritus malos también se sirven de los sueños para atormentar a las almas débiles y pusilánimes.
Por lo demás, dentro de poco veréis desarrollarse una nueva especie de sueños; es tan antigua como la que conocéis, pero la ignoráis. El sueño de Juana, el sueño de Jacob,el sueño de los profetas judíos y de algunos adivinos hindúes: ese sueño es el recuerdo del alma desprendida completamente del cuerpo, la remembranza de esa segunda vida de la que os hablaba hace instantes.
Tratad de distinguir bien esas dos especies de sueños entre aquellos que recordáis, pues sin ello caeríais en contradicciones y en errores que serían funestos a vuestra fe.
Nota – El Espíritu que ha dictado esta comunicación, al habérsele solicitado su nombre, respondió: «¿Para qué? ¿Creéis, pues, que sólo los Espíritus de vuestros grandes hombres vienen a deciros cosas buenas? Entonces, ¿no contáis para nada con todos aquellos que no conocéis o que no tienen ningún nombre en vuestra Tierra? Sabed que muchos toman un nombre solamente para contentaros.»
Las flores han sido creadas en los mundos como símbolos de la belleza, de la pureza y de la esperanza.
¿Cómo el hombre que ve las corolas entreabrirse todas las primaveras y las flores marchitarse para dar frutos deliciosos, cómo no piensa que su existencia también se transformará, pero para dar frutos eternos? Por lo tanto, ¿qué os importa las tempestades y los torrentes? Estas flores nunca perecerán, como no perece la más frágil obra del Creador. Coraje, pues, hombres que caéis en el camino: levantaos como el lirio después de la tormenta, más puros y más radiantes. Como las flores, los vientos os sacuden a diestro y siniestro, os voltean, sois arrastrados en el barro, pero cuando el sol reaparece, también levantáis vuestras cabezas más nobles y más altas.
Por lo tanto, amad a las flores; éstas son el emblema de vuestra vida, y no os sonrojéis por ser comparados a ellas. Tenedlas en vuestros jardines, en vuestras casas, incluso en vuestros templos, ya que quedan bien en todas partes; en todos los lugares las flores llevan a la poesía; elevan el alma del que sabe comprenderlas. ¿No ha sido en las flores que Dios ha mostrado todas sus magnificencias? ¿De dónde conoceríais los colores suaves con los que el Creador ha alegrado la naturaleza si no existiesen las flores? Antes que el hombre hubiera excavado las entrañas de la Tierra para encontrar el rubí y el topacio, tenía a las flores delante de sí, y esta infinita variedad de matices ya lo consolaba de la monotonía de la superficie terrestre. Por lo tanto, amad a las flores: seréis más puros, más afectuosos, tal vez más niños, pero seréis los hijos queridos de Dios, y vuestras almas simples y sin mancha serán accesibles a todo su amor, a toda la alegría con la cual Él abrazará vuestros corazones.
Las flores quieren ser cuidadas por manos esclarecidas; la inteligencia es necesaria para su prosperidad; durante mucho tiempo os habéis equivocado en la Tierra al dejar ese cuidado en manos inhábiles que las mutilaban, creyendo embellecerlas. Nada es más triste que los árboles redondos o puntiagudos de algunos de vuestros jardines: pirámides de verdor que hacen el efecto de un montón de heno. Dejad a la naturaleza que se desarrolle bajo mil formas diversas: ahí está la gracia. ¡Feliz de aquel que sabe admirar la belleza de un tallo que se balancea sembrando su polen fecundante! ¡Feliz de aquel que ve en sus tonalidades brillantes un infinito de gracia, de delicadeza, de colorido, de matices que se esquivan y se buscan, que se pierden y se reencuentran! ¡Feliz de aquel que sabe comprender la belleza de la gradación de tonos, desde la raíz marrón que se confunde con la tierra –como los colores que se funden–, hasta el rojo escarlata del tulipán y de la amapola! (¿Por qué esos nombres rudos y raros?) Estudiad todo esto y observad a las hojas que salen unas de las otras como generaciones infinitas, hasta su completo florecimiento bajo la cúpula del cielo.
¿No parece que las flores dejan la Tierra para lanzarse hacia otros mundos? ¿No parece, a menudo, que bajan la cabeza de dolor al no poder elevarse más alto todavía? En su belleza, ¿no las creemos más cerca de Dios? Entonces imitadlas, y volveos siempre cada vez mayores, cada vez más bellos.
Vuestra manera de aprender Botánica también es defectuosa; no está todo en saber el nombre de cada planta. Cuando tengas tiempo te sugiero que trabajes también en una obra de este género. Por lo tanto, aplazaré para más adelante las lecciones que quería darte en estos días; serán más útiles cuando tengamos en manos su aplicación. En su momento hablaremos del género de cultivo, de los lugares que les convienen, de las condiciones del edificio para la ventilación y salubridad de las viviendas.
Si fueres a publicar esto, suprime los últimos párrafos: los tomarían como anuncios.
La mujer sabe principalmente hacerse notar por la delicadeza de sus pensamientos, la gracia de sus gestos, la pureza de sus palabras; todo lo que viene de ella debe armonizarse con su persona, a la que Dios ha creado bella.
Sus largos cabellos ondulados sobre el cuello son la imagen de la dulzura y de la facilidad con la que su cabeza se dobla sin ceder ante las pruebas. Ellos reflejan la luz de los soles, como el alma de la mujer debe reflejar la luz más pura de Dios. Jóvenes, dejad a vuestros cabellos sueltos: Dios los ha creado para esto; pareceréis, a la vez, más naturales y más hermosas.
La mujer debe ser sencilla en su vestir; ella ha salido demasiado bella de las manos del Creador como para tener necesidad de atavíos. Que el blanco y el azul combinen en sus hombros. Dejad también fluctuar vuestras vestimentas; que los ropajes se vean extenderse detrás vuestro en un largo rastro de gasa, como una leve nube que indique que hace poco estuvisteis ahí.
¡Pero qué son los adornos, las ropas, la belleza, los cabellos ondulados o fluctuantes, enrulados o atados, si la sonrisa tan dulce de las madres y de las novias no brilla en vuestros labios! ¡O si vuestros ojos no siembran la bondad, la caridad, la esperanza en las lágrimas de alegría que dejan correr, en las chispas que saltan de esa llama de amor desconocido!
Mujeres: no temáis deslumbrar a los hombres con vuestra belleza, con vuestras gracias, con vuestra superioridad; pero que los hombres sepan que para ser dignos de vosotras, es preciso que ellos sean tan grandes como vos sois bellas, tan sabios como sois buenas, tan instruidos como sois cándidas y simples. Es preciso que ellos sepan que deben mereceros, que vosotras sois el premio de la virtud y del honor; no de ese honor que se cubre con un casco y un escudo y que brilla en las justas y en los torneos, con el pie sobre la frente del enemigo derribado; no, sino del honor según Dios.
Hombres: sed útiles, y cuando los pobres bendigan vuestro nombre, las mujeres serán vuestras iguales; entonces, formaréis un todo: vosotros seréis la cabeza y las mujeres serán el corazón; seréis el pensamiento bienhechor, y las mujeres serán las manos de la libertad. Uníos, pues, no sólo por el amor, sino también por el bien que podéis hacer de a dos. Que esos buenos pensamientos y esas buenas acciones –realizadas por dos corazones que se aman– sean los eslabones de esa cadena de oro y de diamante que se llama casamiento, y entonces cuando los eslabones fueren tan numerosos, Dios os llamará junto a sí, y vosotros continuaréis agregando más eslabones a los anteriores; pero en la Tierra éstos eran de un metal pesado y frío: en el Cielo serán de luz y de fuego.
NOTA – Estos versos 300 han sido escritos espontáneamente por medio de una cesta, tocada por una joven señora y por un niño. Pensamos que más de un poeta 301 podría atribuirse el mérito de los mismos. Ellos nos fueron enviados por uno de nuestros suscriptores.
¡Qué bella es la Naturaleza y cuán suave es el aire!
¿Cuál es, pues, tu grandeza, si este vasto Universo
No es sino un punto a tus ojos, y el espacio de los mares
Ni siquiera es un espejo para tu esplendor inmenso?
¿Cuál es, pues, tu grandeza, cuál es, pues, tu esencia?
¡Qué palacio tan vasto has construido, oh, Rey!
Los astros no sabrían separarnos de Ti.
El Sol a tus pies, poder sin medida,
Parece el ónice que un príncipe sujeta a su calzado.
Lo que más admiro en Ti, ¡oh, Majestad!
Es bien menos tu grandeza que tu inmensa bondad
Que en todo se revela, así como la luz,
Y que a un ser impotente atiendes en su oración.
JODELLE
Conversaciones familiares del Más Allá
Ojos grandes y negros, con tono amarillento en el blanco del ojo; rostro redondeado, mejillas rollizas y gordas; piel amarilla azafrán tostado; pestañas largas, cejas arqueadas y negras; nariz un poco grande y ligeramente achatada; boca grande y sensual; dientes bonitos, grandes y derechos; cabellos lacios, abundantes, negros y espesos de grasa. Cuerpo bastante grande, rechoncho y gordo. Pañuelos de seda la envolvían, dejándole la mitad del pecho desnudo. Pulseras en los brazos y en las piernas.
1. ¿Recordáis aproximadamente en qué época vivíais en la India y dónde habéis sido quemada sobre el cadáver de vuestro marido? – Resp. Ella hace señas que no lo recordaba. –San Luis responde que fue hace alrededor de cien años.
2. ¿Recordáis el nombre que teníais? –Resp. Fátima.
3. ¿Qué religión profesabais? –Resp. La mahometana.
4. Pero el mahometismo no ordena tales sacrificios. –Resp. He nacido musulmana, pero mi marido era de la religión de Brahma. Yo he tenido que conformarme con las costumbres del país en que habitaba. Allí las mujeres no son dueñas de sí mismas.
5. ¿Qué edad teníais cuando hubisteis muerto? –Resp. Creo que tenía alrededor de veinte años.
Nota – El Sr. Adrien hace observar que ella parece tener al menos de veintiocho a treinta años; pero que en ese país las mujeres envejecen más rápido.
6. ¿Os habéis sacrificado voluntariamente? –Resp. Yo hubiera preferido casarme con otro. Reflexionad bien y comprenderéis que todas nosotras pensamos de la misma manera. He seguido la costumbre; pero en el fondo hubiese preferido no hacerlo. Por varios días esperé otro marido, pero nadie vino; entonces obedecí a la ley.
7. ¿Qué sentimiento ha podido dictar esta ley? –Resp. Idea supersticiosa. Imaginan que al quemarnos agradan más a la Divinidad; que rescatamos las faltas de aquel que perdimos y que vamos a ayudarlo a vivir feliz en el otro mundo.
8. ¿Aprobaba vuestro marido este sacrificio? –Resp. Nunca procuré volver a ver a mi marido.
9. ¿Hay mujeres que se sacrifican así con agrado? –Resp. Muy pocas; una entre mil, y aún así, en el fondo, ellas no desearían hacerlo.
10. ¿Qué os ha sucedido en el momento en que la vida corporal se extinguió? –Resp. Turbación; he sentido como una nebulosidad, y luego no sé lo que pasó. Mis ideas no se aclararon sino después de mucho tiempo. Iba a todas partes, y sin embargo no veía bien; e inclusive ahora no estoy completamente esclarecida; todavía tengo que pasar por muchas encarnaciones para elevarme; pero no me quemaré más... No veo la necesidad de ser quemada, de ser arrojada en el medio de las llamas para elevarme..., sobre todo por faltas que no he cometido; por otra parte, eso no me ha sido valorado... Además, yo no he buscado serlo. Me haríais un favor al orar un poco por mí, porque comprendo que no hay como la oración para soportar con coraje las pruebas que nos son enviadas... ¡Ah! ¡Si yo tuviese fe!
11. Pedís que oremos por vos, pero somos cristianos; ¿podrían agradaros nuestras oraciones? –Resp. Sólo hay un Dios para todos los hombres.
Nota – En varias sesiones siguientes la misma mujer ha sido vista entre los Espíritus que la asistían. Ella ha dicho que venía para instruirse. Parece que fue sensible al interés que le fue demostrado, porque nos ha seguido varias veces en otras reuniones e incluso hasta en la calle.
Evocada el 26 de octubre de 1858, en la sesión de la Sociedad Parisiense de Estudios Espíritas, nos ha sido dicho que ella aún no podía venir por motivos que no fueron explicados. El 9 de noviembre atendió a nuestro llamado, y he aquí la descripción que le hizo el Sr. Adrien, nuestro médium vidente:
Cabeza ovalada; tez pálida mate; ojos negros, lindos y nobles; cejas arqueadas; frente amplia e inteligente; nariz griega, fina; boca mediana y labios indicando bondad de espíritu; dientes muy bonitos, pequeños y bien derechos; cabellos negros de azabache, ligeramente crespos. Bello porte de cabeza; talle grande y muy esbelto. Vestimenta de ropajes blancos.
Nota – Sin duda, nada demuestra que esta descripción y la anterior no estaban en la imaginación del médium, porque nosotros no tenemos un control; pero cuando lo hace con detalles tan precisos de personas contemporáneas que nunca ha visto y que son reconocidas por padres o amigos, no se puede dudar de la realidad; de donde sacamos la conclusión que, puesto que él ve a unos con una verdad indiscutible, puede ver a otros. Otra circunstancia que debe tomarse en consideración es que siempre ve al mismo Espíritu bajo la misma forma, y que, aunque fuese con varios meses de intervalo, la descripción no varía. Sería necesario suponer que tiene una memoria fenomenal, para creer que pudiera recordarse así de los mínimos detalles de todos los Espíritus –cuya descripción ha hecho–, los cuales contamos por centenas.
1. Evocación. –Resp. Estoy aquí.
2. ¿Quisierais tener la bondad de responder a algunas preguntas que desearíamos haceros? –Resp. Con placer.
3. ¿Recordáis la época en la que erais conocida con el nombre de La Bella Cordelera? –Resp. Sí.
4. ¿De dónde provenían las cualidades viriles que os han hecho abrazar la carrera de las armas que, según las leyes de la Naturaleza, es más bien atribución de los hombres? –Resp. Eso agradaba a mi Espíritu, ávido de grandes cosas; más tarde se volvió hacia otro género de ideas más serias. Las ideas con las cuales nacemos vienen ciertamente de las existencias anteriores, cuyo reflejo son; sin embargo, se modifican mucho, ya sea por nuevas resoluciones o por la voluntad de Dios.
5. ¿Por qué esos gustos militares no han persistido en vos, y cómo tan pronto han podido ceder lugar a los de la mujer? –Resp. He visto cosas que no desearía que veáis.
6. Erais contemporánea de Francisco I y de Carlos Quinto; ¿quisierais decirnos vuestra opinión sobre esos dos hombres y hacernos un paralelo? –Resp. De ninguna manera quiero juzgar; ellos han tenido defectos, que conocéis; sus virtudes son poco numerosas: algunos rasgos de generosidad, y eso es todo. Dejad esto; sus corazones podrían sangrar todavía: ¡ellos sufren bastante!
7. ¿Cuál era el origen de esa alta inteligencia que os volvió apta para recibir una educación tan superior a la de las mujeres de vuestro tiempo? –Resp. ¡Penosas existencias y la voluntad de Dios!
8. ¿Había, pues, en vos un progreso anterior? –Resp. No podría ser de otro modo.
9. Esa instrucción, ¿os hace progresar como Espíritu? –Resp. Sí.
10. Parecéis haber sido feliz en la Tierra: ¿lo sois más ahora? – Resp. ¡Qué pregunta! ¡Por más feliz que uno sea en la Tierra, la felicidad del Cielo es totalmente otra cosa! ¡Cuántos tesoros y riquezas, que conoceréis un día, y de los cuales no sospecháis o ignoráis completamente!
11. ¿Qué entendéis por Cielo? –Resp. Entiendo por Cielo a los otros mundos.
12. ¿Qué mundo habitáis ahora? –Resp. Habito en un mundo que no conocéis; pero estoy poco ligada al mismo: la materia nos liga poco.
13. ¿Es Júpiter? –Resp. Júpiter es un mundo feliz; pero ¿pensáis que entre todos sólo éste sea favorecido por Dios? Ellos son tan numerosos como los granos de arena del océano.
14. ¿Habéis conservado el genio poético que teníais en la Tierra? –Resp. Os respondería con placer, pero temo contrariar a otros Espíritus, o me colocaría por debajo de lo que soy: esto hace que mi respuesta se vuelva inútil, tornándose sin razón.
15. ¿Podríais decirnos qué clase podríamos asignaros entre los Espíritus? –Sin respuesta. (A san Luis). ¿Podríais san Luis respondernos al respecto? –Resp. Ella está aquí: yo no puedo decir lo que ella no quiere decir. ¿No veis que es un Espíritu de los más elevados entre los que comúnmente evocáis? Además, nuestros Espíritus no pueden apreciar exactamente las distancias que los separan: éstas son incomprensibles para vosotros, ¡y aún así son inmensas!
16. (A Louise Charly). ¿Bajo qué forma estáis entre nosotros? – Resp. Adrien acaba de describirme.
17. ¿Por qué esta forma y no otra? En fin, ¿por qué en el mundo donde estáis, no sois tal como erais en la Tierra? –Resp. Evocasteis la poetisa: vino la poetisa.
18. ¿Podríais dictarnos algunas poesías o cualquier trozo de literatura? Estaríamos felices de tener algo vuestro? –Resp. Buscad mis antiguos escritos. Nosotros no gustamos de esas pruebas, principalmente en público: a pesar de ello, lo haré en otra ocasión.
Nota – Sabemos que los Espíritus no gustan de pruebas, y las preguntas de esta naturaleza casi siempre tienen este carácter; es por eso, sin duda, que casi nunca ellos obedecen. Espontáneamente y en el momento en que menos lo esperamos, nos dan a menudo las cosas más sorprendentes, las pruebas que en vano habríamos solicitado; pero casi siempre basta que se les pida una cosa para que no se la obtenga, si sobre todo denota un sentimiento de curiosidad. Los Espíritus, y principalmente los Espíritus elevados, quieren probarnos con esto que no están a nuestras órdenes.
Al día siguiente, espontáneamente, La Bella Cordelera escribió lo siguiente a través del médium psicógrafo que le había servido de intérprete:
«Voy a dictar lo que te había prometido; no son versos, no he querido hacerlos; además, no recuerdo más aquellos que hice, y de ellos no gustaríais: será la más modesta prosa.
«En la Tierra he exaltado el amor, la dulzura y los buenos sentimientos: hablé un poco de lo que no conocía. Aquí no es del amor que hablo, es de una caridad amplia, austera y esclarecida; una caridad fuerte y constante de la que sólo hay un ejemplo en la Tierra.
«¡Oh, hombres! Pensad que depende de vosotros ser felices y hacer de vuestro mundo uno de los más avanzados del Cielo: sólo tenéis que hacer callar odios y enemistades, olvidar rencores y cóleras, perder el orgullo y la vanidad. Dejad todo esto como una carga que os es preciso abandonar tarde o temprano. Esta carga es para vosotros un tesoro en la Tierra, lo sé; es por eso que tenéis el mérito de dejarla y perderla; pero en el Cielo esta carga se vuelve un obstáculo para vuestra felicidad. Por lo tanto, creedme: anticipad vuestro progreso, la felicidad que viene de Dios es la verdadera felicidad. ¿Dónde encontraréis placeres que valgan las alegrías que Él da a sus elegidos, a sus ángeles?
«Dios ama a los hombres que buscan avanzar en su camino; por lo tanto, contad con su apoyo. ¿No tenéis confianza en Él? ¿Creéis, pues, que sea perjurio porque no os entregáis a Él enteramente, sin restricciones? Infelizmente no queréis escuchar, o pocos de entre vosotros escuchan; preferís el hoy en vez del mañana; vuestra limitada visión limita vuestros sentimientos, vuestro corazones y vuestra alma, y sufrís para avanzar, en lugar de avanzar natural y fácilmente por el camino del bien, por vuestra propia voluntad, porque el sufrimiento es el medio que Dios emplea para moralizaros. No evitéis esta ruta segura, pero terrible para el viajero. Terminaré exhortándoos a no más ver la muerte como un flagelo, sino como la puerta de la verdadera vida y de la verdadera felicidad.»
LOUISE CHARLY
Variedades
«El Sr. Stuart se acercó inmediatamente del furioso y, confiando apenas en su coraje, quiso desarmarlo; pero ni bien había dado algunos pasos al encuentro del loco, éste se arrojó sobre él con la rapidez de un relámpago y lo hirió repetidas veces. No fue sino con mucha dificultad que se consiguió dominar al asesino.
«De las siete cuchilladas con las cuales el Sr. Stuart fue alcanzado, una era mortal: la que había recibido en el bajo vientre; el lunes, a las tres horas y media, falleció a consecuencia de una hemorragia en esa cavidad.»
¿Qué se diría si este individuo hubiera sido acometido por una monomanía espírita, o incluso si –en su locura– hubiese hablado de Espíritus? Y, sin embargo, esto podría haber sucedido, puesto que hay muchas monomanías religiosas, y todas las Ciencias han proporcionado su contingente. ¿Qué es lo que, razonablemente, se podría sacar en conclusión contra el Espiritismo, si no que, debido a la fragilidad de su organismo, el hombre puede exaltarse en este punto como en tantos otros? El medio de prevenir esta exaltación no es el de combatir la idea; de otro modo se correría el riesgo de que se repitan los prodigios de las Cevenas.306 Si jamás se organizara una cruzada contra el Espiritismo, lo veríamos propagarse cada vez más; porque, ¿cómo oponerse a un fenómeno que no tiene lugar ni tiempo predilectos y que puede producirse en todos los países, en todas las familias, en la intimidad, en el más absoluto secreto, inclusive mejor que en público? El medio de prevenir los inconvenientes, nosotros lo hemos dado en nuestras Instrucciones Prácticas: es de hacerlo comprender de tal manera que en él no se vea más que un fenómeno natural, incluso en lo que ofrece de más extraordinario.
Uno de nuestros suscriptores, el Sr. Ch. Renard, de Rambouillet, nos ha dirigido la siguiente carta:
«Señor y digno hermano en Espiritismo: leo o, mejor dicho, devoro con un placer indecible los números de vuestra Revista, a medida que los recibo. Esto no es sorprendente de mi parte, considerando que mis padres eran adivinos de generación en generación. Una de mis tías abuelas había incluso sido condenada a la hoguera por contumaz en el crimen de Vauldrie y por asistente al sabat; ella sólo evitó la hoguera refugiándose en la casa de una de sus hermanas, abadesa de religiosas de clausura. Esto hizo que yo heredase algunas migajas de Ciencias ocultas, lo que no me ha impedido de pasar por la creencia en el materialismo –si es que ahí existe fe– y por el escepticismo. En fin, cansado, enfermo de negación, las obras del célebre extático Swedenborg me condujeron a la verdad y al bien; al volverme también extático, me aseguré ad vivum de las verdades que los Espíritus materializados de nuestro globo no pueden comprender. He tenido comunicaciones de toda especie: hechos de visibilidad, de tangibilidad, de aportes de objetos perdidos, etc. Buen hermano, ¿tendríais la bondad de insertar la siguiente nota en uno de vuestros números? Ciertamente no es por amor propio, sino debido a mi condición de francés.
«Las pequeñas causas producen a veces grandes efectos. Aproximadamente en 1840 conocí al Sr. Cahagnet, tornero ebanista, que había venido a Rambouillet por razones de salud. En mi aprecio a este obrero –fuera de lo común por su inteligencia–, lo inicié en el magnetismo humano; un día le dije: Tengo casi la certeza de que un sonámbulo lúcido está apto para ver las almas de los que han fallecido y con ellas entablar conversación; él se quedó sorprendido. Lo estimulé a que hiciera esta experiencia cuando encontrase un sonámbulo lúcido; tuvo éxitos y publicó un primer volumen de experiencias de necromancia, seguido de otros volúmenes y opúsculos que en América han sido traducidos con el título de Telégrafo Celestial (Télégraphe céleste). Después el extático Davis publicó sus visiones y averiguaciones sobre el mundo espírita. Franklin hizo investigaciones que desembocaron en manifestaciones y en comunicaciones más fáciles que en otros tiempos. En los Estados Unidos, las primeras personas de las que él se sirvió como mediadoras fueron la señora viuda de Fox y sus dos hijas. Hay una coincidencia demasiado singular entre este nombre y el mío, ya que la palabra inglesa fox significa en francés renard (zorro).
«Hace mucho tiempo que los Espíritus me habían dicho que era posible comunicarse con los Espíritus de otros globos y recibir de ellos dibujos y descripciones. Expuse esto al Sr. Cahagnet, pero él no fue más lejos que nuestro satélite.
«Estoy a vuestra disposición, etc.»
CH. RENARD
Nota – La cuestión de prioridad en materia de Espiritismo es, indiscutiblemente, una cuestión secundaria; pero no es menos notable que desde la importación de los fenómenos americanos, una multitud de hechos auténticos –ignorados por el público– han revelado la producción de fenómenos semejantes, tanto en Francia como en otros países de Europa, en una época contemporánea o anterior. Es de nuestro conocimiento que muchas personas se ocupaban de comunicaciones espíritas bien antes de que fuera tratada la cuestión de las mesas giratorias, y nosotros tenemos prueba de esto con fechas precisas. El Sr. Renard parece ser de este número, y según él sus ensayos no habrían sido ajenos a los que han sido hechos en América. Registramos su observación como interesante para la historia del Espiritismo y a fin de probar, una vez más, que esta ciencia tiene sus raíces en el mundo entero, lo que quita toda posibilidad de éxito a los que desearían oponerle una barrera. Si la sofocan en un punto, renacerá más vivaz en otros cien, hasta el momento en que –ya no siendo más posible la duda– ha de ocupar su lugar entre las creencias usuales; entonces, será realmente preciso que sus adversarios, quiéranlo o no, se resignen.
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ALLAN KARDEC
NOTA – La abundancia de materias nos obliga a aplazar para el próximo número la continuación de nuestro artículo sobre la Pluralidad de las existencias y el cuento de Frédéric Soulié.
ALLAN KARDEC